18 de septiembre de 2011

Capítulo I (primera parte)




En Grimm nadie llega tarde a clase, y existe para ello una razón de peso: las dos toneladas y media de bronce pulido que cuelgan en el campanario estratégicamente situado junto a la Residencia de Estudiantes.
Se cuenta que el inclemente carrillón que repica en la Torre de Propp fue diseñado para que su estruendo se oyera con perfecta claridad durante la peor de las tormentas…, una historia que no pondrían en duda los antiguos vecinos del barrio, quienes lo abandonaron tiempo atrás convencidos de que, si permanecían allí, no lograrían volver a dormir después de las 6:00am nunca más.
Así, tras el desalojo de sus propietarios, el viejo bloque de viviendas cercano a la torre fue reformado para albergar la residencia donde ahora vive Rosa Grimm, quien todos los días (hasta los fines de semana) se despierta a primera hora de la mañana con campanadas, cuando el eco de éstas retumba en cada una de las habitaciones y hace saltar fuera de la cama incluso al estudiante más perezoso.
La mayor parte de ellos viven internos en Grimm –que es como se conoce coloquialmente a la prestigiosa y elitista Academia Grimmoire–, aunque los pocos que no lo están, y que por tanto no sufren un atronador despertar al inicio de cada jornada, tampoco se atreven a llegar tarde o a faltar jamás a clase. Los alumnos externos son recogidos por los autobuses escolares en sus respectivos domicilios antes de las 6:00am, y depositados en la entrada del Campus a la hora exacta para que, sin necesidad de correr –algo terminantemente prohibido en todas las dependencias y zonas comunes–, tengan el tiempo justo de llegar al pupitre correcto, en el aula correcta, en el edificio correcto.
Aquel infeliz que pierda el autobús o se confunda de clase, y que para enmendar su error decida apresurar el paso hasta ese punto donde no está del todo claro si “camina rápidamente” o “corre despacio”, recibirá una llamada de atención…, pero en caso de reincidir será inmediatamente expulsado, tal y como dicta la norma número ciento setenta y dos del Manual de buenos usos y costumbres de la honorable Academia Grimmoire. El día comienza muy temprano para los estudiantes, pues las reglas que rigen sobre ellos son una gélida ablución matutina imposible de evitar (y de la que tampoco está permitido quejarse).
En tales circunstancias, a nadie extraña que Rosa Grimm no necesite sombra de ojos –sus ojeras naturales, producto de años de madrugones, ya le proporcionan un bonito tono violáceo alrededor de los párpados–, ni que sus músculos hayan aprendido a reaccionar automáticamente tras la primera campanada, consiguiendo que se ponga en pie y llegue tambaleándose al cuarto de baño antes de haber despertado.
Después de llevar toda su vida residiendo en Grimm, la chica ha desarrollado la capacidad de calcular intuitivamente el límite exacto de cada una de las reglas del Manual, lo cual le permite disfrutar de algo parecido a la comodidad dentro del Campus. Por ejemplo: aunque un conjunto de hasta quince normas la obliga a llegar puntualmente a clase, ninguna dice que deba hacerlo despierta, de manera que puede ganar unos minutos más de sueño si confía en su sonambulismo bien entrenado.
El uniforme es casi sagrado –según otra regla del Manual–, pero los complementos permiten darle ese ansiado toque de originalidad. ¡Sólo el Supremo Autor sabe el esfuerzo que puso el Rector en regularlos todos! Sin embargo, la extensa lista de artículos prohibidos siempre se quedaba corta después de ser inspeccionada por la Señorita Grimm. Cuando los collares pasaron a estar prohibidos, pronto hubo que incluir un anexo confirmando que la veda aplicaba tanto a los de chica como a los de chico. No sirvió de nada, por supuesto; el día en que Rosa apareció con un collar canino idéntico al del buldog del Rector, éste (el anciano, no su perro) tuvo que darse por vencido, pues temía que, tras una nueva adenda al código de conducta de la Academia, la chica optase por los collarines ortopédicos. Así fue como le dejaron llevar esa fea gargantilla negra con púas de metal que ni siquiera a ella misma le gusta, pero que luce como condecoración a su obediente osadía.
Otra de las normas del Manual afecta el largo del cabello: no puede ser ni demasiado largo, ni demasiado corto…, pero nada menciona sobre su color, de manera que la Señorita Grimm se tiñe diligentemente de rosa chicle, y su fosforescencia le hace destacar entre otras cabelleras más comunes. No es que Rosa busque llamar la atención –aunque tampoco le hace ascos–; simplemente le gusta aquel color, así como el hecho de tener un distintivo adicional a su collar perruno (y a un grave infortunio) para sentirse diferente al resto de los alumnos uniformados y modositos de la Academia Grimmoire.
En contraste con lo anterior, y como prueba de la arbitrariedad de algunas normas, el Manual afirma que las uñas pueden llevarse de cualquier largo, pero que está terminantemente prohibido pintarlas de colores. Por suerte, el blanco y el negro no lo son –tal y como aprendió Rosa en clase de Artes Plásticas–, de modo que la chica se vale de esos dos tonos para reflejar su estado de ánimo:
  • Blanco en los días buenos, cuando algún Profesor falta y los estudiantes tienen una hora libre adicional, o cuando Gato se deja vestir y acariciar.
  • Y negro cuando hay exámenes o está enfadada con alguien; cuando se acerca el término del año escolar, el fin de semana o cualquier festivo (y ella se queda sola en Grimm, sin sus amigos). También válido en los días demasiado calurosos o fríos como para hacer nada interesante, cuando Gato está arisco o si le duele el vientre a causa de la regla. Negro los martes, que toca Aritmética, y de nuevo los miércoles, en los que suele despertarse de mal humor sin motivo aparente.
No es necesario decir que Rosa gasta varios frascos de esmalte negro al mes, o que el gris –propio de ánimos más moderados– brilla por su ausencia en su tocador. Sin embargo, la noche anterior al inicio de esta historia eligió el blanco y se pintó cada uña con sumo cuidado. También dejó preparado el uniforme sobre la silla del escritorio, temiendo que los nervios propios del primer día de clases le hicieran dudar en último momento qué ponerse: si las medias verdes (como dicta la norma del Manual relativa al uniforme) con detalles de hojas igualmente verdes, o las de rayas verticales (por supuesto, verdes también). No pudo acostarse antes de doblar con esmero la falda de rombos azules y morados, de planchar una y otra vez la camisa blanca y el pañuelo, pulir los mocasines y quitar los pelos de Gato de la sudadera.
Cuando finalmente tuvo todo listo, Rosa ayudó a su compañero de habitación a vestirse con el pijama. El felino bostezó al mismo tiempo que ella, mientras luchaba por desenganchar una de sus patas de la manga del camisón.
–Mañana será un gran día, Gato...
–“No te hagas ilusiones: lo más probable es que sea idéntico al resto”.
–¡Vaya con el pesimista! ¿Es que no puede haber nada excepcional en mi vida?
Gato la observó fijamente, sin expresión, como si la respuesta fuera obvia.
–Quiero decir, algo excepcionalmente bueno –corrigió la chica–. ¡No todo lo que me rodea tiene que ser desgraciado o mediocre! Tú mismo eres la prueba, ¿o acaso te consideras igual a los demás gatos?
El animalito miró a Rosa con pereza y le respondió con un sonoro “Miau”. Luego se acurrucó junto a ella y los dos se durmieron al instante, aunque el ronroneo duró horas.

16 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

Hola: Ya se me hace interesante, así que seguiré leyendo.
Me ha gustado lo del cambio de humor acompañado del esmalte de uñas.
Saludos, Rina

G. Campanella dijo...

¡Gracias, Rina! Espero que a la altura del capítulo III ya te haya atrapado del todo...

lucy dijo...

pinta muy bien!!! voy a ponerme al dia con los caps siguientes!!

G. Campanella dijo...

¡Gracias Lucy! ¡Espero que te guste!

Sarah Degel dijo...

Interesante inicio, seguiré leyendo a ver cómo sigue toda esta historia... Saludos!!!

You will be my angel... dijo...

Lo empiezo a leer ahora mismo, y cuando lo acabe, reseñadito en mi blog que lo tendrás :)

Galileo Campanella dijo...

¡Qué bien, muchas gracias! Ahora mismo me paso por tu blog...

Vigojoker dijo...

UUU Galileo Me ha gustado mucho... me lo acabare de una. :-) DEsdeb ya eres de mis escritores favoritos

Vigojoker dijo...

Galileo, que decir, que con solo una pagina me has dejado cuativo. Me has regalado una sonrisa. que digo me has hecho reir. y me tienes intrigado de mas vendra... Gracias por invitarme a tu aventura. Abrazos

Kevin Franco dijo...

Espero ver ese libro disponible pronto en amazon.com y exportado a otros paises. Soy de Estados Unidos y me encantaria que el libro estubiera disponible aqui. Ee que es gratis en tu pagina, lo cual aprecio mucho, pero cuando este disponible en librerias yo lo comprare pues el apoyo economico a nuestros escritores liberales es fundamental para una sociedad libre.

Galileo Campanella dijo...

Muchas gracias, VigoJoker y Kevin. En efecto, pronto estará disponible a través de Amazon gracias al apoyo de todos los lectores, y seguirá estando gratis en Internet. ¡Muy proto os daré los detalles!

Incluso las obras gratuitas tienen una gran inversión de tiempo, dinero y trabajo detrás. "Heliópolis" no es la excepción, pero vosotros lo habéis sabido valorar y es por eso que llegará a las librerías y bibliotecas..., y que ya estoy con los preparativos de la secuela.

isolde dijo...

Con solo una pagina leída la historia ya me tiene atrapada. Saludos belen

Galileo Campanella dijo...

¡Gracias, Belén! Espero que el resto de la novela te guste tanto o más que su primer capítulo.

Anónimo dijo...

wow que interesante, tienes algo muy bueno allí , me has atrapado desde el primer instante .
¡quiero mas!¡quiero mas!

César Irnán Sillero dijo...

Ya voy casi por la mitad del libro, pero como los post que más se ven son los primeros, aprovecho para darte la enhorabuena y decirte, que no como me han dicho, no es solo para chicas.

Por cierto el principe de beckelar (ivan) me recuerda un poco a will smith ;)

Julian Urteaga dijo...

Bueno, comenzando a leerte...