20 de septiembre de 2011

Capítulo I (tercera parte)

When I Grow Up, de Garbage


Rosa caminó con uñas blancas y paso firme a través de los pasillos, escaleras, portales, soportales y jardines de Grimm, que bullían en una alegría imposible para cualquier otro día del año… Y es que los nuevos internos llegados durante el fin de semana aún no eran conscientes del rigor de las reglas del Campus. Según la tradición, eso hacía imperativo que, junto a los novatos que bajaban de los autobuses en ese instante, recibieran de parte de los Monitores la primera y única advertencia de observar las normas del Manual, quedando así bajo amenaza de expulsión si volvían a gritar, correr, saltar o reír a carcajadas. 
La cara le cambiaba de inmediato a los recién llegados: agachaban la cabeza, clavaban la mirada al suelo y permanecían así durante las siguientes semanas, hasta que se acostumbraban a la amarga severidad de Grimm y comenzaban a camuflarse con la piedra gris de sus fachadas. Pero incluso después de tantos años, Rosa no acababa de familiarizarse con esa reacción de los novatos. “¿Tan terribles les parecen las normas del Manual?”, “¿Son acaso tan difíciles de seguir?” se preguntaba ella, que podía recitarlas todas de memoria. En su opinión, las reglas existían para garantizar la tensa calma de Grimm; para evitar conflictos, molestias, rechazos y roces en la convivencia. Seguirlas al pie de la letra era (además de agotador) una garantía de afecto por parte de los Profesores, de los compañeros más virtuosos y hasta del propio Rector.
Es verdad que Rosa se divertía forzando los límites de cada norma impuesta, pero no constaba que hubiese transgredido jamás ninguna de ellas. Nadie podía decir de la chica otra cosa excepto que era una estudiante ejemplar…, como el resto de los casi dos mil alumnos de Grimm, sólo que con una cabellera sonrosada. Acatar las reglas que estaban por encima de su espíritu rebelde le brindaba algo de paz; cenar en el comedor a las ocho, todos y cada uno de los días de su vida, le parecía recomendable y sano. “¿Acaso se puede vivir sin normas ni horarios?”, pensó cuando ya estaba a pocos metros del aula, justo a tiempo para la primera clase de la mañana.
Pero la distracción hizo que una chica más joven chocara de frente con ella, sufriendo ambas un imperceptible retraso. Rosa le regaló una mueca furiosa, a la vez que sentía cómo se le resquebrajaba el esmalte blanco de las uñas. La novata se disculpó titubeando y, tras recoger sus libros del suelo, salió de ahí corriendo (con la consiguiente amonestación de los Monitores). Probablemente huyó espantada por el rabioso remolino de cabello que parecía girar sobre la cabeza de su potencial agresora, o por las púas que salían de su gargantilla y pulseras, como las falsas espinas de una flor que se protege fingiendo ser peligrosa. Así comenzó a torcerse aquel feliz día para Rosa.
Ya dentro del aula, un cruce de miradas le bastó para saludar a sus amigos, algunos de los cuales no veía desde el inicio de las vacaciones. Con otro gesto –evidente para los alumnos, pero imperceptible para el Profesor– les dijo que ya hablarían durante el recreo, y que entonces intercambiarían historias y risas a sotto voce. ¡Cuánto había deseado que comenzaran otra vez las clases (a pesar del martirio que implicaba para ellos) sólo por tenerlos cerca de nuevo!
La clase de Sánscrito dio inicio exactamente a las 7:00am, como era bueno y previsible, pero la funesta sorpresa que vino a continuación hizo que el día de Rosa ganase aún más puntos para pasar de blanco a negro. El Profesor decidió que una manera de romper el hielo sería que cada alumno se presentara ante los demás diciendo su nombre completo, su signo zodiacal y la profesión que le había sido asignada en su Carta Astral; todo ello en el lenguaje que atañía a la asignatura, por supuesto, y en el orden en que estaban dispuestos los asientos.
Hola, me llamo Emil Sinclair; soy Libra, y de mayor seré Chef –dijo uno de los de la pandilla de Rosa chapurreando la delicada pronunciación que exige el Sánscrito clásico.
Tiene usted una dicción pésima, Señor Sinclair. Debería probar a abrir la boca para hacer algo más que zampar bollería barata. ¡Le espera un año de arduo trabajo! –replicó el Profesor, hablando en el mismo idioma a una velocidad que resultó ininteligible para casi toda clase.
No para Rosa, a la que siempre se le habían dado bien las lenguas muertas; su problema era otro y de muy distinta naturaleza. De pronto tenía un nudo atado en la garganta, y la sensación de ansiedad, caos e incertidumbre que tanto odiaba se apoderó por completo de ella. Necesitó sujetarse fuertemente al pupitre para no caer al suelo, y cerrar los ojos en un intento de aquietar el terrible mareo que estaba experimentando. Pero allí, en la oscuridad de sus párpados, sólo vio fuego.
Soy Max Demian, mi signo es Leo y de mayor seré Embajador.
“¿Cómo es que el hijo de un Embajador, sea cual sea su signo, siempre acaba heredando la profesión del padre?” –alcanzó a pensar Rosa entre sudores fríos, una vez que el bueno de Max se hubo sentado de nuevo.
Canella McCormick, Sagitario, Cantante.
“Ya le han pillado el truco al ejercicio: basta con decir los datos que ha pedido el Profesor, sin complicarse con la sintaxis de la oración ni con la gramática del Sánscrito” – caviló torpemente  Rosa. “¿Pero yo qué voy a decir?”.
Señorita McCormick, cámbiese de puesto con su compañero de atrás. ¿Quién ha confeccionado estas listas? –preguntó el Profesor al aire, pues seguramente no se atrevería a plantearle la misma duda al Tutor de la clase–. Sentar a una sagitariana detrás de un Leo… ¡Vaya disparate! Muy bien, ahora sí: continuemos.
Vincent van Hart. Virgo. Arquitecto –dijo otro chico con voz monótona.
“Debo calmarme… No necesito entrar en detalles, ni contarles que desconozco mi signo, mi futura profesión y hasta los rasgos de mi carácter”. Rosa se clavó las uñas en la palma de las mano, sintiendo cómo la pintura blanca se descascarillaba rápidamente. “¡Aunque cualquiera podría descubrirlo con sólo escuchar mi apellido!”.
Loa Lovett, Tauro, Responsable de Banca Privada.
La Señorita Grimm pensó de nuevo en ese apellido tan común del ratón Pérez, que le permitía salvaguardar su identidad y vivir en el anonimato. Ella, en cambio, tenía uno de prestigio: el de una dinastía de Escolásticos que acabó hace siglos, cuyos únicos herederos eran la propia Academia Grimmoire y una huérfana condenada a llevarlo consigo, en sustitución del que sus padres le habían negado. “¿De qué me sirven su reputación y abolengo, si no dice nada de mí? Bien podría apellidarme Pérez y no habría diferencia, excepto que nadie sabría al instante que fui abandonada en este lugar”.
Cindy Ripley, Capricornio, Oftalmóloga.
“¿Qué voy a decir cuando llegue mi turno?”.
Pippi Tottenlich, Piscis, Escritora.
“¡¿Qué digo?!”.

Rosa Grimm…, como la Academia, sí, porque fui entregada a esta Institución y me crié aquí, en el Campus –soltó de pie ante toda la clase, con la mandíbula apretada y mirada soberbia–. No sé cuál es mi signo, ya que tampoco sé cuándo nací, de manera
Un momento, Señorita Grimm –El Profesor de Sánscrito la interrumpió para acercarse a la puerta del aula, donde la sombra y voz difusas de un desconocido se filtraban a través del cristal.
En efecto, en el pasillo se encontraba un alumno no muy alto, de tez bronceada y cabello castaño. Hablaba despreocupadamente a través de su teléfono móvil, sin importarle estar llegando tarde a clase ni ser expulsado. La camisa fuera del pantalón, el pie apoyado sobre la pared y ese gesto de “Un segundo, estoy al teléfono” que hizo al Profesor… Su comportamiento al completo evidenciaba una personalidad descuidada e impertinente. Los chicos como él jamás superaban la entrevista personal para ingresar en la Academia.
Cuando finalmente acabó su llamada, la clase esperaba que le cayera encima una brutal reprimenda. Sin embargo, y para asombro de todos, el Profesor se limitó a invitar al novato a entrar en el aula; le indicó luego cuál era su asiento y le pidió gentilmente que procurara mantener apagado su móvil durante el horario de clases. Los estudiantes más veteranos se frotaron los ojos, temiendo que la escena presenciada no fuera real, sino el producto de una alucinación colectiva.
“¿Pero quién es este imbécil?”. Al pasar junto a Rosa, el muchacho le dedicó una sonrisa seductora que ella respondió sacándole la lengua, divirtiendo así a toda la clase.
Señorita Grimm, continúe –soltó el Profesor, que parecía amable y aterrado a la vez. La chica respiró profundamente y se aclaró la garganta antes de hablar, haciendo acopio de fuerzas para soportar el profundo disgusto que experimentaba al escucharse decir esas palabras, pues intuía que el resto de la clase la compadecía y miraba con lástima.
Como os decía, no sé cuál es mi signo ni cuál será mi profesión. ¡Ni siquiera estoy segura de mi edad! –dijo sarcásticamente en un intento de restarle importancia a su drama personal.
¿Y si te haces la prueba del Carbono-14? – sugirió desde su pupitre el recién llegado, con una dicción tan perfecta que el resto de clase no supo si aplaudir o reírle la gracia.
–Eso es, ¡seguid interrumpiéndome! –Rosa se sentó en su silla de golpe… amargada, iracunda, y con las palmas escarchadas de esmalte–. Quizás el trance de contaros mis penas sea así más llevadero…
¡Debe hablar en Sánscrito en esta clase, Señorita Grimm! Y ahórrese las ironías la próxima vez que lo haga. Además, le sugiero que en futuras ocasiones averigüe la identidad de su interlocutor antes de arremeter contra éste de forma tan vulgar. Lo que nos lleva al momento de que se presente ante nosotros un alumno nuevo del cual la Academia Grimmoire se siente particularmente orgullosa. Quiero que todos le brindéis la más cordial bienvenida y le tratéis con el máximo respeto. Adelante, Su Alteza; por favor, ¡preséntese ante la clase!
La expectación hizo que todos los estudiantes se girasen para ver al moreno y atractivo novato que esperaba su turno cruzado de brazos. El chico se puso en pie con chulesca parsimonia, mientras dibujaba en su rostro una media sonrisa premeditada y fascinante.
Soy el Príncipe Iván, heredero al trono de Su Majestad, Wenceslao III; de signo Acuario y futuro Rey de profesión. Encantado de conoceros.
Unos tibios aplausos fluyeron desde la última fila hasta la primera, y sirvieron para ocultar los cotilleos y las miradas de asombro entre sus compañeros. Rosa, que aún temblaba en la silla por el estrés de su particular confesión, se desplomó al saberse protagonista de un catastrófico incidente diplomático, y escondió la cara entre los brazos, tocando el pupitre con la nariz.
Aquel iba a ser un día decididamente negro.

7 comentarios:

BrilloBox dijo...

¡Vaya, Max Demian y Emil Sinclair! Veo que eres seguidor de Hermann Hesse. Seguro que hay otros guiños en esos nombres tan curiosos, ¿o me equivoco?

G. Campanella dijo...

Pues mira qué curioso: Sinclair y Demian homenajean primero a un perro y a un gato con esos nombres, respectivamente. Obviamente, dichas mascotas recibieron sus nombres del libro de Hesse.

Es un autor imprescindible, y "Narciso y Goldmundo" es uno de los libros más hermosos que he leído jamás.

¡A ver si alguien descubre de donde vienen los nombres de los demás personajes secundarios de Heliópolis!

rina_ sunshine dijo...

Permíteme la alegría: ¡Hesse es mi autor favorito desde los 13 años!
Encontrarme con dos personas que lo mencionan T_T Por eso le puse Max a mi gato.

Volviéndome seria otra vez...

Vaya, creo que me habría sentado de maravillas Grimm en mis tiempos de colegiala.
Añadir lenguas muertas, que son algo que me fascina, de igual modo, me parece estupendo.
Y poner a Garbage haha, ¿estaré soñando?
Y qué digo de la cara que puse cuando leí toda la banda sonora, me dije: "Hey, si parte por Rajmáninov, vale la pena quedarse"
Así que ya quiero participar viendo aquello de los nombres de los personajes secundarios,

Saludos ^^

Pd: Y pensar que iba a escribir con seriedad ¬

G. Campanella dijo...

Pues Gato está inspirado en un felino llamado Demian que intenta conversar contigo cuando le hablas, aunque sólo le sale una colección de maullidos de lo más extraña...

Hesse es un gran escritor; me encantaría haberlo leído a los 13 años, como tú, pero me topé con él mucho después.

Me alegra que te esté gustando la selección musical. No todo el mundo está leyendo con el acompañamiento de las canciones, pero éstas se tornarán cada vez más importantes (y en ocasiones tendrán mensajes ocultos en su letra que ayudan a entender mejor la historia...).

¡Muchas gracias por leer "Heliópolis"!

rina_ sunshine dijo...

Yo lo leí por recomendación del bibliotecario de mi colegio, me daba buenas ideas, cambió mi perspectiva completamente. En ese entonces, me había terminado: "Los tres mosqueteros" y al igual que la chica de tu historia, era la única que entraba a la biblioteca haha

Escuchar música y leer, son dos de mis pasiones, es algo natural. Y gracias a ti, por escribir algo tan lindo, se agradece encontrar cosas así siempre ^^

Sarah Degel dijo...

He leído este capítulo escuchando la canción de Garbage, dos veces han sido encesarias para así ambientarme con ella.
Una novata que aún no conocemos pero lo haremos, un futuro rey y seguimos conociendo a rosa... veamos como continúa esto...

Julian Urteaga dijo...

Wow; me gustó el ambiente narrativo. Me hizo recordar a los primeros episodios de Utena, no sé por qué. Vamos avanzando.