21 de septiembre de 2011

Capítulo II (primera parte)


Las campanas de la Torre de Propp suenan cada hora, marcando el ritmo de las clases con su articulada meticulosidad; sin embargo, por orden del Rector jamás repican al mediodía, pues así se impide que los estudiantes salgan al recreo en estampida. Es el Profesor de turno el que decide cuándo son las doce, y quien permite desalojar en silencio y sin prisas el aula de clase.
Los alumnos deben avanzar entonces en fila india hasta el comedor, a través de los pasillos abovedados de los muchos edificios de Grimm, siguiendo los caminos trazados y supervisados por los Monitores. De esta manera se evitan actitudes impropias de un estudiante modélico de la Academia, como empujones, tropiezos, apelotonamientos o carreras por conseguir las frutas menos desagradables de postre.
La fila de la clase de Rosa avanzaba en perfecto orden, como cabría esperar de un grupo donde todos (excepto uno) eran estudiantes que llevaban años padeciendo el rigor del clima austero y sombrío de Grimm. Esto no quiere decir que la hora del recreo fuera menos emocionante para ellos, sino que eran más conscientes que los novatos de cada una de las normas del Manual y sabían bien cómo y cuándo reprimirse. A pesar de todo, las ganas de sonreír sobrevivían aún en parte del alumnado, enterradas en lo más hondo del ser; ahí las guardaba también Rosa, hasta que afloraban al mediodía como los brotes de una planta antes mustia que se supiera más cerca de la luz del sol.
La chica observaba desde uno de los últimos puestos de la fila cómo sus amigos se lanzaban miradas cómplices…, germinando, temblando de alegría y queriendo aprovechar al máximo aquella primera hora libre para ponerse al día de sus vacaciones. También vio –esta vez a través del ventanal que daba a las mesas del comedor al aire libre, ubicado en el jardín colindante a la cocina– a su pandilla pidiéndole con mímica que se diera prisa (¡como si aquello fuera posible en Grimm!), justo en el instante en el que la Cocinera ponía sobre su bandeja una aburrida selección de verduras al vapor, doscientos gramos de una carne oscura y la última pera del día, que nadie había querido por tener una forma mutante y retorcida. 
–¡Venga, que sólo faltas tú! ¡Por el Supremo Autor, me muero de hambre! –le dijo Sinclair a la chica cuando por fin la vio acercarse a la mesa.
–¡Te estábamos esperando, querida! –confirmó Cindy, como si no fuera obvio después de la pantomima que les vio hacer a través del ventanal.
Rosa se mordió los labios y se sentó junto a sus amigos en la única silla libre, que era también la única sin sombra. Su cabello rosa brilló entonces intensamente, “como jarabe vomitado por un volcán de frambuesa”, pensó el hambriento Sinclair. La chica arrugó la nariz ante la claridad, estornudó un par de veces, y la sonrisa que dedicó a sus compañeros en agradecimiento por la espera acabó siendo burlona y siniestra.
–Cindy estaba a punto de contarnos sus vacaciones en Neverland, que según creo fueron terribles, ¿no es cierto? –dijo Demian, siempre intentando redirigir la conversación hacia lo políticamente correcto, y sin darse cuenta de que Rosa conocía perfectamente sus intenciones. Las vacaciones eran un tema tabú cuando ella estaba presente, pues nunca había podido salir de la Capital; los meses de verano los pasaba irremediablemente encerrada tras la verja de Grimm, que quedaba reducida a una pequeña y sofocante ciudadela fantasma.
–¡Oh, pues…! –Cindy miró con los ojos muy abiertos a Demian, quien parecía pedirle telepáticamente que mintiese–. Sí, fueron súper decepcionantes. Aquello estaba lleno de críos, y las colas para subir a cada una de las atracciones eran interminables. Casi muero de tedio. Además, ¡estaba lejísimos!
Dicho esto, todos excepto Rosa asintieron con satisfacción y suspiraron aliviados, como si la versión que acababa de contar Cindy acerca de sus estupendas vacaciones hubiera sido lo suficientemente deprimente como para no darle envidia a nadie.
–Lo mismo me ocurrió el año pasado, cuando fui a Wonderland. Creo que hubiera disfrutado más quedándome todo el verano dentro de una madriguera –comentó Canella, cuyo turno de mentir había llegado. Mientras tanto, deseaba en secreto que sus padres la dejaran volver a aquel maravilloso parque de atracciones el año entrante, en lugar de llevarla a la desabrida casa de campo que tenían a las afueras de la Capital.
–Pues yo estuve en Ciudad Esmeralda –dijo distraídamente Pippi, quien parecía destinada a meter la pata con semejante inicio de frase–. Nada de otro Mundo, por cierto: sólo otra capital llena de rascacielos.
Los demás soltaron el aire de sus respiraciones contenidas. Rosa se rascó la nariz.
–Pero no son iguales a los de las demás ciudades: son verdes –Agregó Vincent con su característica forma de hablar, desesperantemente pausada.
–Es verdad, allí no paran de publicitar el que todos sus edificios son ecológicos, aunque creo que es sólo para distraer la atención del hecho de que no hay ni un solo árbol en todo el casco urbano –Pippi, más animada, comenzó a gesticular y dejó atrás su timidez postvacacional–. ¡La contaminación era espantosa! Mi padre regresó con conjuntivitis, y mi madre estuvo una semana entera con dia…
–Disculpad, ¿puedo sentarme? –dijo el Príncipe Iván a espaldas de Rosa.
La chica, que escuchaba aburrida las mentiras piadosas de sus amigos, tardó varios segundos en reaccionar. Al darse la vuelta, reconoció la misma mirada que le lanzó el novato cuando entró en el aula…, y luego descubrió en su bandeja de almuerzo la pera más grande y hermosa que había visto jamás.
–¡Por supuesto! Venga, hacedle sitio –ordenó Demian, quien a partir de entonces estuvo angustiado por ser lo más educado y protocolario posible. Pippi se quedó con la palabra en la boca y pudo tragársela de nuevo. Vincent le cedió al Príncipe su asiento.
–¡Gracias! Espero no interrumpir una conversación privada…
El uniforme de Iván parecía estar hecho a medida para realzar su cuerpo atlético, a diferencia del de los demás chicos (que no tenían ni uniformes entallados, ni cuerpos atléticos qué enseñar). Rosa se sintió encandilada por el atractivo del futuro Rey, y notó que se estaba ruborizando tanto como la variedad más colorada de la flor con la que compartía nombre.
–¡Para nada! Hablábamos de nuestras vacaciones, Excelencia…, digo, ¡Su Majestad! Esto… –La patosa Loa clavó la mirada en el plato, avergonzada de no saber cómo dirigirse a tan ilustre comensal, y no volvió a levantarla hasta que hubo devorado en silencio toda su verdura.
A esta intervención siguió un silencio incómodo que les pareció eterno, durante el cual Iván no dejó de sonreír ni de observar atentamente a cada uno de sus compañeros. Aquello parecía un zoológico improvisado, donde no estaba claro cuál era el animal tras las rejas; si él como miembro de la realeza, o los pasmados alumnos de Grimm con los que compartía mesa. Se detuvo especialmente en Rosa, cuyo exagerado rubor hacía pensar que llevaba horas bajo el sol, o que estaba a punto de marchitarse de una insolación.
–No sé si debo contaros esto, pero supongo que puedo confiar en vosotros… ¡Mis vacaciones han sido, como siempre, un fiasco! –dijo el Príncipe para sorpresa de los muchachos–. Cada año toca lo mismo: pasear en yate por la costa y las islas. ¡Estoy harto! Pero no hay nada que pueda hacer al respecto: estaría mal visto por la opinión pública el que la Familia Real decidiese veranear en un país distinto al suyo.
Los demás asintieron y comentaron con forzada naturalidad lo terrible que debía ser para el pobre Iván el tener que soportar, año tras año, el mismo plan vacacional. Rosa observó perpleja la facilidad con la que su drama personal –el no haber veraneado nunca fuera del Campus– era reemplazado por los obscenos paseos en yate de aquel arribista. Sin embargo, tuvo la impresión de que el único que en verdad había tenido unas malas vacaciones (aparte de ella) era precisamente el Príncipe. “¡Tonterías! ¿Qué tan desagradable puede ser pasar unos meses en familia? ¡Una Familia Real, además, y no sólo en el sentido monárquico de la palabra!”.
Hay que entender que el pobre Gato era quien hacía las veces de pariente, amigo, confidente, mascota y juguete para Rosa cada día, excepto cuando el felino decidía hacer una escapada imprevista; desaparecía entonces durante semanas y regresaba lleno de mugre y heridas, con algún pájaro muerto en el hocico como souvenir. Esa era la referencia más cercana que la chica tenía de lo que eran la familia y las vacaciones, así que jamás habría podido imaginar lo insufrible que es la combinación de ambas cuando las cosas se tuercen.
La conversación continuaba con Rosa ausente en sus pensamientos, mientras que el Príncipe ganaba entre sus compañeros cada vez más protagonismo, desplazando paulatinamente al bueno de Demian en cuanto a carisma y liderazgo.
–Os confieso que ser Príncipe es una auténtica tortura. No puedo ir de turista a donde realmente me apetece, tengo cantidad de obligaciones monótonas y se supone que debo ser un estudiante excelente. Sólo con pensar en la responsabilidad de gobernar este Reino en el futuro me basta para sentirme mareado. Y por si fuera poco, casi nunca veo a mis padres, que siempre están viajando o asistiendo a banquetes de alta sociedad.
La mente de Rosa volvió a la mesa atraída por las palabras de Iván, quién describía una vida completamente distinta a la que conocía..., y aún así, semejante a la suya en cuanto a desdichas y soledades. Aquel chico le había causado una pésima primera impresión, pero su chulería y malas formas se desvanecían tras cada frase, como si hubiera decidido sincerarse con ellos y mostrarse tal cual era por primera vez. La arrogancia –quizás fingida– con la que se había defendido en un momento tan delicado como el de saberse el único novato del curso ya no tenía cabida entre ellos; el puercoespín dejaba así caer sus púas, esperando que una rosa hiciera lo mismo con sus espinas y lo acogiera entre sus suaves pétalos.
Pero Rosa sólo tenía ganas de salir corriendo: un gesto de mala educación que no podía permitirse (y que además le habría costado la expulsión). ¿Con qué excusa podría levantarse de la mesa y alejarse del influyente magnetismo de aquel Príncipe tan grosero y encantador, tan cercano a ella y alejado de sus posibilidades?
–¡Estoy deseando comenzar a aprender Astrología Elemental hoy por la tarde! ¡Quizás descubra que mi Carta Astral está equivocada, y que en mi destino no está el ser Monarca, sino un simple feriante! –dijo con sorna el Príncipe y todos le rieron el chiste. Todos menos Rosa, que sufrió un fuerte sobresalto al recordar el calendario de clases.
–¿Astrología Elemental? ¡Olvidé buscar el libro de texto en la biblioteca! –La chica se levantó de la mesa como impulsada por un resorte–. Debo irme, o no creo que llegue puntualmente a clase. ¡Deseadme suerte!
Sinclair apartó su bandeja del almuerzo para hacer sitio a la de Rosa, mientras ella se marchaba caminando en dirección a la Biblioteca Afanásiev y el resto de sus compañeros la animaban (nuevamente en balde) a darse prisa.
–¿Lo captas? –preguntó Sinclair al Príncipe cuando la chica estuvo demasiado lejos como para poder escucharle–. Rosa es huérfana, así que el poco dinero que tiene no le alcanza para comprar sus propios libros. Por eso tiene que sacarlos de la biblioteca.
–Menos mal que te tenemos de amigo, Emil… –punzó Canella con ironía.
–¿Qué he dicho ahora? –se quejó él con la boca llena, y recibió una patada de Demian por debajo de la mesa en respuesta a su desquiciante falta de modales.
–Eres un impertinente, Sinclair –Cindy meneó negativamente la cabeza en señal de reproche–. Además, el Príncipe ya se ha dado cuenta de su situación.
Y así era. Iván siguió con la vista a Rosa hasta que desapareció en una de las escalinatas de piedra que comunicaban entre sí los edificios de la Academia, ajena a haber despertado su interés... y a formar parte de un plan trazado hacía largo tiempo.

4 comentarios:

lucy dijo...

ay mi niña....rodeada de gente y tan sola al mismo tiempo..asi me siento a veces....

G. Campanella dijo...

De hecho, puede que esa sea la forma más sencilla de sentirse solo. En cualquier caso, la literatura siempre está allí donde y cuando más la necesitamos...

Sarah Degel dijo...

ups, ese plan trazado hace largo tiempo no me motiva, pobre rosa!!!

lobo_12 dijo...

Empecé a leer tu proyecto hace poco, y, aunque lento, me empieza a intrigar mucho. Rosa me parece un personaje digno de observar e Iván parece un enigma encargado. Además adoro la parte audiovisual de tus entradas. Un saludo desde México y ojala tu libro llegue pronto a las librerías de toda Latinoamérica