22 de septiembre de 2011

Capítulo II (segunda parte)


La sala de lectura estaba vacía, como siempre, así que la chica pudo ser atendida rápidamente por la anciana Bibliotecaria. Sacó de su mochila un cuaderno donde tenía apuntados los libros de texto que necesitaría ese año, y pidió sin demora una copia del tomo I del Tratado de Astrología Elemental, escrito por el Profesor Astreo Celeste.
–Lo siento, pero en el ordenador me figura que todas las copias han sido solicitadas por otros estudiantes. Tendría usted que haber venido antes; no se deben dejar las cosas para el último minuto… –La Bibliotecaria interrumpió su reprimenda para mirar el reloj de pulsera en su huesuda muñeca–. Y hablando de minutos, ¡le quedan sólo quince para volver a clase!
–Sí, pero ¿no debería mirar antes si han recibido recientemente algún nuevo ejemplar que todavía no esté registrado en la base de datos? Creo que es el protocolo a seguir, ¿o me equivoco? –Rosa aprovechó su perfecto conocimiento del Manual para contraatacar a la anciana con otra norma tan válida como aquella que la obligaba a ser puntual. Algo desconcertada, la Bibliotecaria se recolocó sus enormes gafas sobre la nariz, aunque siguió sin reconocer a la Señorita Rosa Grimm: hija adoptiva de la Academia Grimmoire y única usuaria habitual de la biblioteca.
–¡Por supuesto que hemos recibido más ejemplares! Esta mañana, sin ir más lejos, nos han donado una cantidad considerable de libros, todos ellos el tomo I del Tratado de Astrología Elemental, escrito por…
–¿…el Profesor Astreo Celeste? ¡¿Y por qué no me presta uno de esos?!
–El procedimiento dicta que hasta que no revisemos el buen estado de cada uno de los libros, los cataloguemos, registremos y ordenemos en las estanterías, no pueden ser sacados de este recinto –respondió tranquilamente su interlocutora, dándose media vuelta y dejando a Rosa con un amago de ataque de ansiedad.
–Escuche, ¿qué le parece si hacemos lo siguiente? Deme uno de los ejemplares y yo misma lo revisaré; lo catalogaremos, lo registraremos, y así podré llevármelo a tiempo para mi próxima clase. ¡Con todo el trabajo que usted tiene, no me negará el placer de echarle una mano! –dijo Rosa, atropellando las palabras a la vez que intentaba sonar convincente.
–¡Vaya, pero si al final resultará que eres un encanto! No se ven almas caritativas por aquí todos los días. De hecho, rara vez se ve un alma –La Bibliotecaria cogió uno de los pesados libros que tenía a sus espaldas, apilados en una columna altamente inestable, y se lo entregó a la estudiante–. Ten. No olvides verificar que las ilustraciones estén también en buen estado.
Rosa se sentó en el escritorio más cercano y ojeó rápidamente las primeras páginas. “Todo en orden: las ilustraciones están en buen estado”. Luego repasó velozmente el texto hasta que detectó algo curioso: “¿Otra vez la página 18? ¡Pero si acabo de dejar atrás la 72!”. Retrocedió con menos prisas y pudo comprobar que la numeración se reiniciaba después de la página 81; que el papel era de distinta calidad, y el color de la tinta pasaba de negro a azul. Buscó la segunda “página 1” y comenzó a leer, confirmando –no sin rabia– que alguien había sustituido parte del libro por otro, titulado

El Blues del Hada Azul

“¡No puedo creer que precisamente este libro tenga una tara! Si se lo devuelvo a la Bibliotecaria, tendré que comenzar a revisar otro ejemplar y no llegaré a tiempo a clase. ¿Qué tan terrible sería que me llevara éste? Al menos el primer capítulo sigue en su sitio…” –Rosa continuó leyendo el texto polizón, intrigada por el origen aquel defecto editorial a la vez que intentaba valorar su gravedad.

American Pie, de Don McLean

Hace mucho, mucho tiempo (aunque aún lo recuerdo), cuando aquella música solía hacerme sonreír, supe que, si tenía la oportunidad, podría hacer a la gente bailar, y darles quizás un momento feliz…
“¡Por el Supremo Autor, ¿quién ha escrito esto?! ¿Y por qué querría que lo leyese alguien aparte de su Psicoanalista?” –pensó Rosa, mirando a ambos lados para vigilar que ningún intruso la descubriera ojeando tamaña estupidez.
Pero esa oportunidad tardaría mucho en llegar, y el camino al escenario de mi última actuación se ha convertido en una historia de interés general. Ahora que me encuentro a un paso de cumplir mi sueño, siento que debo transmitir algo de alegría, esperanza y entusiasmo a los demás, ¿y quién lo necesita más que un estudiante de Astrología? Ah, lo digo con conocimiento de causa, amigo lector, ya que yo también estuve en tu lugar…
Quizás convenga que me presente primero, antes de seguir ofreciendo consuelo a alguien que no me lo ha pedido. Aunque no es mi nombre real, todo el mundo me llama Azul…, pues para consternación de mis Padres, nací con una abundante cabellera de ese color. Sigo sin saber por qué, pero sospecho de los tintes vegetales que mi Madre manipulaba al preparar alguna de sus deliciosas tartas. En cualquier caso, tal y como la Matrona que asistió al parto pudo certificar (después de gritar horrorizada al limpiarme la cabeza), el resto de mi anatomía era la de un niño completamente normal. Y he ahí mi auténtico problema…
Lo único que puedo añadir sobre el color de mi pelo –para satisfacer tu curiosidad, querido lector, la cual comprendo y a la cual he llegado a acostumbrarme– es que mi Padre lo veía como la advertencia que “alguien” hubiera querido darle de todas las tristezas que iba a causarle en el futuro. Para mí, desde luego, el pelo cerúleo no significó más que una confirmación de la vida tan inusual que me tocó en la lotería astral, y que comenzó una madrugada fresca de septiembre, en el caserón que ha pertenecido a nuestra familia durante generaciones y al que llamamos pretenciosamente “la Mansión de la Campiña”.
Mi madre dio a luz exactamente a las tres horas y cinco minutos del día nonagésimo segundo del verano del séptimo año del reinado de Su Alteza Real, Wenceslao III… O al menos eso dice mi Carta Astral: la misma que me condenó a ser Astrólogo al igual que mi Padre, mi Abuelo, mi Bisabuelo, mi Tatarabuelo y el Padre de éste. Sin embargo, siempre supe que debía de haber algún error en ella, de modo que cuando tenía sólo cuatro años encaré al responsable de redactarla…
Éste, mi primer recuerdo, es curiosamente muy vívido, como si el tiempo no hubiera pasado sobre él y emborronado sus contornos. Si cierro los ojos, soy capaz de recrear la escena: Mi Padre leyendo el periódico en su sillón preferido, junto a la chimenea, y haciendo una mueca de disgusto al verme llegar sin el gorro que me obligaba a vestir (pues mi Madre no le dejaba raparme la cabeza con tanta frecuencia). Entonces respiré hondo, me armé de valor, y le dije sin preámbulos que de mayor no iba a ser Astrólogo, sino Hada.
Rosa estalló en una carcajada imposible de reprimir. Se llevó las manos a la boca, intentando contener la risa, pero ésta se le escapaba entre los dedos. La Bibliotecaria dio un salto y la pila de libros que había tras ella cayó roncamente al suelo.
–¡¿Qué ha sido eso?! –preguntó atónita la anciana, que en todos sus años trabajando allí jamás había presenciado una violación tan flagrante del Código de conducta–. ¡Eh, tú! ¡Haz silencio o serás expulsada de la Academia!
Rosa consiguió cerrar la boca con muchísimo esfuerzo. Acababa de romper una de las normas escritas en el Manual, y había recibido una reprimenda de parte de una autoridad del Campus por primera vez en su vida. Sabía que no habría una segunda advertencia; que si no conseguía controlarse (o si llegaba tarde a clase por culpa de este incidente) se vería pronto en la calle, malviviendo bajo un puente y cazando palomas con Gato para subsistir. Probablemente exageraba, pero el caso es que una expulsión de Grimm era realmente lo peor que le podía pasar, ¡y sin embargo, había soltado una risotada! “Un niño que quiere ser Hada… ¿A quién se le ocurre semejante locura?”. La chica apretó fuertemente los labios y llegó hasta el mostrador de la Bibliotecaria sin apenas sonreír.
–¡Que no se repita, jovencita, o me veré obligada a denunciarte ante los Monitores! Ahora dime, ¿revisaste el libro? ¿Está en buen estado?
Rosa movió la cabeza afirmativamente, y la señora miró la pantalla del ordenador a través de los sucios cristales de sus gafas.
–De acuerdo, vamos a catalogarlo. ¿Dirías que pertenece a la sección de Astrología?
“¿Es que no ha comprendido el título? ¡No es tan difícil deducir de qué trata!”. La chica sintió que iba estallar en otra carcajada, pero fue capaz de asentir y sacar la risa fuera de su cuerpo en forma de lágrimas.
–Muy bien –continuó la Bibliotecaria–, pongámosle un sello de entrada. Y ahora hazme un favor: déjalo en la estantería 11B, segunda balda, que es donde debería estar.
Rosa cogió de nuevo el libro, lo llevó hasta la estantería 11B, lo dejó en la segunda balda y miró a la anciana, que había estado siguiendo atentamente sus movimientos a través del grosor exagerado de aquellas gafas. A la chica no le hacía ninguna gracia perder los últimos minutos del receso en una ceremonia absurda y torpe, pero no tenía otra alternativa más que satisfacer sus peticiones. La mujer le sonrió desde el puesto que ocupaba frente al ordenador, de manera que Rosa pudo coger el pesado tomo y cargarlo otra vez hasta el mostrador.
–¿Quieres llevarte este libro, querida?
Rosa se tapó la boca con ambas manos. Finalmente dijo que sí, y la mujer tecleó con parsimonia el número de carné estudiantil.
–Pues aquí lo tienes. Cuídalo bien, y recuerda el lema de nuestra biblioteca: “Cada libro es una joya”.
“Y este más que ningún otro” –pensó la chica, mientras guardaba de nuevo su carné y el tomo I del Tratado de Astrología Elemental en la mochila, convencida de haber encontrado un auténtico tesoro de la literatura humorística.
“Un niño que quiere ser Hada… Menuda tontería”.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Magistral, no se puede decir otra cosa. Una inmejorable presentación de personaje.
Además, debo confesar que me he sentido identificado con Rosa, al leer de hurtadillas en el trabajo y tener que contener la sorpresa. ¡Felicitaciones!

G. Campanella dijo...

¡Vaya, muchas gracias! El personaje de Rosa nació precisamente para dar sentido a este momento en la historia de Azul. Otra cosa es que luego la chica se haya ganado el protagonismo de la novela a pulso...

rina_ sunshine dijo...

Rosa era una asidua de la biblioteca y la única; me recuerda a mí y no sé si sonreír o aplaudir haha

Me dio risa, un niño que quiere ser hada ^^
Tengo imaginación, pero creo que en mi vida lograría pensar en escribir algo parecido.
Voy por la siguiente entrada.

G. Campanella dijo...

¡Bien! Queda mostraste el Mundo en el que viven estos cuentos de hadas, y a partir de entonces comenzará la procesión de personajes de Heliópolis. Uno para cada signo del zodíaco; todos sacados de algún cuento bien conocido (¿excepto Rosa...?) y en su particular "versión contemporánea"...

rina_ sunshine dijo...

Ah, rosa me recuerda a alguien, pero prefiero ser buena estudiante y hacer la tarea bien.
No he visto mi signo aparecer aun, me reiré mucho si tiene algo de mí

G. Campanella dijo...

Acabo de ver en tu perfil que eres Cáncer (como yo) y me ha dado un ataque de risa. ¡Espera que veas a nuestro personaje, y ya me dirás si nos parecemos o no!

Sarah Degel dijo...

Me parece perfecto que si quiere ser hada sea hada... curioso que alguien que quiera ir contra las normas y su historia caigan en manos de alguien que siempre las cumpla... veamos como sigue.

Galileo Campanella dijo...

Exacto, Sarah... ¡Veamos qué sale del contraste entre el azul y el rosa!