23 de septiembre de 2011

Capítulo III

El aula estaba a oscuras, las persianas bajadas y la puerta firmemente cerrada (con Rosa dentro y no fuera, por suerte para ella). Tan sólo el proyector emitía una débil luz en la pantalla y sobre el cristal de las gafas del Profesor, impidiendo verle los ojos. Parecía bastante joven: probablemente fuera un Académico recién egresado de la Facultad de Astrología, tal y como podía deducirse de su ímpetu y buen humor, así como del hecho de que se hubiera molestado en preparar un vídeo para sus alumnos. En poco tiempo –pensó la chica con amargura– las normas del Manual acabarían haciendo mella en su espíritu y le convertirían en otro Profesor aburrido y taciturno, de esos que arrastran los pies al ir a clase y que sólo se animan durante el recreo, cuando pueden fumar un cigarrillo a escondidas en sus respectivos despachos.
“¡Debo aprovechar y aprender de él mientras aún tenga ganas de enseñarnos algo!” –se dijo Rosa, a la vez que abría su cuaderno en la primera página en blanco, afilaba la punta de un lápiz, buscaba el primer capítulo del libro de texto adulterado y se acomodaba en el asiento, procurando que todo cuanto se encontraba sobre su pupitre (incluida ella misma) estuviera, a pesar de sus taras, perfectamente dispuesto y ordenado, como los planetas y constelaciones cuyo mecanismo estaba a punto de revelársele.
Y es que, desde que era capaz de recordar, Rosa había esperado el momento de comenzar a estudiar Astrología. Si alguien le hubiese preguntado “¿Qué quieres ser de mayor?” en lugar de “¿Qué vas a ser de mayor?”, ella hubiera contestado “¡Astróloga!” sin dudarlo. La idea de que las estrellas decidieran la personalidad y el futuro de la gente le fascinaba, pues ¡qué sencillo resultaría así el conocerse y llegar a ser quien uno está destinado a ser! Bastaría con memorizar el movimiento de los planetas y los astros, comprender su influencia y registrar el resultado en una Carta Astral con letras abigarradas y doradas.
Todos sus compañeros tenían una. Sólo necesitaron saber en qué lugar y a qué hora nacieron para obtenerla. “¡Qué afortunados son!” pensó Rosa muchas veces, no sin que le corroyera la envidia. “¡Lo que daría con tal de no ser la única que desconoce lo que le depara el futuro! Aunque estas lecciones son un primer paso, pues me ayudarán a averiguarlo”.
–Muy bien, chicos; os pido disculpas por las dificultades técnicas que hemos tenido. Ahora sí dará inicio la proyección, que espero sirva de introducción a la asignatura que hoy, con gran orgullo, comenzaré a enseñaros, ¡y a la cual vosotros debéis prestar especial atención! La Astrología no puede tomarse a la ligera: su influencia es tal que condiciona por completo quiénes somos y a dónde vamos. Es el pegamento que mantiene unida nuestra comunidad, y la espada que defiende la paz social. Pero sobre todo, queridos alumnos, es la Voluntad del Supremo Autor: algo así como el guión escrito por Él con la intención de que aprendamos a estar en armonía con Su Obra y Sus Designios. Vamos, sin más preámbulo, a embarcarnos en una aventura que comenzó hace eones, en los albores de la humanidad…
Con exagerada teatralidad, el Profesor pulsó el interruptor que activaba el proyector y en la pantalla comenzaron a sucederse las imágenes, narradas elocuentemente por una voz profunda y poderosa. El emblema de la Casa Real –con sus tres narcisos amarillos sobre un fondo de rayas azules y blancas– se difuminó poco a poco, dejando ver una panorámica del cielo estrellado.

Do I Disappoint You, de Rufus Wainwright

“Libertad. La libertad, para aquellos que desconocen sus límites, puede ser una pesada carga, y el origen de toda perversión y vicio. La causa de infinitas soledades, tristezas y decepciones. Un vuelo sin rumbo. La semilla del libertinaje y de la mala hierba. Una travesía sin brújula, a la deriva...”.
A Rosa le pareció que aquel vídeo había sido realizado expresamente para ella. No pudo más que asentir tras cada frase y apuntar diligentemente en su cuaderno “Libertad: un vuelo sin rumbo, una vida a la deriva”.
“Así pues, desde el comienzo de la Historia los seres humanos se han preguntado cuál es su razón de ser y su destino; cómo se lee el mapa que nos traza el camino y define nuestras fronteras. Estas dudas mortificaron ya al primer hombre, quien interrogó sobre la materia al segundo; éste le repitió las mismas preguntas al tercer hombre y éste, a su vez, al cuarto. Al final resultó que ninguno lo sabía con certeza: era evidente que el Supremo Autor –es decir, el Creador de todo lo visible y lo invisible– no se encontraba entre ellos, ¡mas era preciso encontrarlo para conocer las respuestas!”.
“Aquellos primeros hombres se repartieron los cuatro puntos cardinales con el fin de facilitar la tarea. Comenzaron entonces su larga marcha en busca del Supremo Autor y, tras años de peregrinaje, se reencontraron en el extremo opuesto del Mundo. Habían fracasado en su misión, pero no se sentían decepcionados, pues ahora estaba claro que el Creador no tenía Su hogar en la Tierra ni en los Océanos; de hallarse en algún lugar, seguramente estaría en el Cielo, desde donde lo supervisaba todo tal y como lo haría el Director de una obra de teatro: sentado en el palco de honor”.
“Pero ¿cuáles eran sus instrucciones? ¿Dónde estaba el libreto a seguir? Los cuatro Peregrinos clavaron la mirada en el firmamento, elevaron sus rezos y esperaron en vano una señal. Y así continuaron haciéndolo las futuras generaciones de Eruditos, todos ellos vigilantes y pacientes, mientras la humanidad era presa del desconcierto y el sinsentido. La Creación, secuestrada por su propia libertad, se sumió en el caos y la guerra, mientras que los Sabios imploraban al firmamento y renegaban de la vida en la Tierra, clamando por un rapto divino”.
“Anónimo era uno de esos hombres que se sentían demasiado libres y ansiaban el yugo de su Creador. Se sometía a severas penitencias y oraba día y noche con la vista posada en la infinitud del Cielo. Incluso se retiró al desierto, descalzo y en ayunas, para invocar la piedad del Supremo Autor: aquél que después de tantos siglos de exhortaciones mundanas seguía silente en Su alta morada”.
“Tras años de vida ermitaña, le ocurrió una noche a Anónimo que, mientras recitaba sus mantras, tuvo una hermosa visión: allá arriba, en el firmamento, las estrellas parecían cobrar sentido ante sus ojos. La otrora caótica disposición de los astros guardaba una correspondencia oculta que sólo alguien con sed de verdad era capaz de ver… Y tal era el hambre de Anónimo, y tan verdadera su sed, que el mensaje cifrado le fue revelado en el acto: había un Carnero en las estrellas, y un Toro, ¡y Peces!”.
“Con la ayuda de su bastón y de algunas piedras, el Ermitaño dibujó en la arena las constelaciones. Le faltaban fuerzas y el calor del desierto le nublaba la mente, así que hubo de hacerlo una y otra vez durante doce meses, hasta memorizar la posición de aquellos apetitosos animales. Y la del Aguador capaz de calmar su sed. Y la de la virginal doncella de sus sueños...”.
“Poco después, Anónimo regresó por fin a su aldea y se reunió en petit comité con otros Sabios. Su aspecto miserable les conmovió, y mucho temieron que hubiera perdido la cordura. El Profeta habló pausadamente ante ellos y les relató detalles acerca del durísimo retiro espiritual al que se había sometido, pero nada dijo sobre su descubrimiento, su gran sorpresa. Entre tanto, la noche caía, los ánimos menguaban y sus tripas escolásticas comenzaban a rugir a causa de una cena que se demoraba”.
“Anónimo supo entonces que había llegado el momento: les condujo al patio del Templo y anunció con orgullo que el Supremo Autor les había preparado, en secreto, un opulento banquete de conocimientos. Acto seguido, dibujó en el cielo –valiéndose de su nudoso dedo índice y de unas pocas estrellas– la silueta de un Cangrejo que los hambrientos asistentes vieron al instante: allí estaba su suculenta carne de sabor celestial, ¡allí estaba el misterio, el códice, la señal! A los Sabios se les hizo agua la boca y derramaron lágrimas de felicidad”.
“Con el paso de los siglos, los descendientes de aquellos primeros Astrólogos definieron a la perfección su ciencia. Cada estrella pasó a formar parte de una constelación, la cual regía a su vez el carácter y la suerte de aquellos a los que influenciaba. De esta forma, el joven canceriano sería un adulto tenaz e imaginativo porque así lo dictaba su signo; tal vez se convertiría en Ebanista, y en ese caso sentiría la llamada de la madera con la intensidad de los mil soles de su destino”.
“El Mundo ordenado y previsible de la Astrología le enseñó a la humanidad que el Barrendero nace con la escoba en la mano, y el Rey con su cetro. Las guerras pronto cesaron y la desidia se transformó en tenacidad; el Panadero se resignó a tener que madrugar y el Cazador afinó su mala puntería. El niño Capricornio comenzó a sacar buenas calificaciones en Matemáticas, y la niña Virgo ordenó finalmente su habitación (e incluso disfrutó mientras lo hacía)”.
“Los astros han bendecido durante generaciones la sangre azul de la Familia Real, que ha visto orgullosa cómo sus súbditos prosperan con orden y constancia. La Astrología siempre ha sido –y es, y será– un aliado fiel de la Monarquía; uno de los pilares sobre los que se sustenta nuestra gran nación. A los Astrólogos debemos admiración y respeto, pues es alta la tarea que les ha sido encomendada: velar por la obra del Supremo Autor, quien con infinita sabiduría dispuso las estrellas en el firmamento de manera favorable para nuestro Reino”.
“Finalmente, y como muestra de justicia y eterno agradecimiento, la Casa Real enunció el Derecho de Autor durante el reinado de Ludovico VI: la Ley que protege la propiedad del Supremo Autor sobre aquello que ha creado. Por Real Decreto, todo individuo debe, en pago a su existencia, cumplir con el cometido que las estrellas le dieron en el momento exacto de su nacimiento. El carpintero deberá ser Carpintero y el jardinero, Jardinero…, y así hasta que cumplan setenta años”.
“Hoy día, el hombre libre conoce sus límites y está obligado a obedecer su destino (así como al pago de impuestos) según lo dispuesto por el Derecho de Autor que gobierna nuestros Tribunales. Nadie se salva de hacer prosperar el Reino bajo la poderosa influencia de las estrellas. Nadie está por encima de la Ley ni de Su autoridad celeste. Bajo pena de muerte”.
Rosa recordó a Azul y sintió un escalofrío. Él, que había tenido la gran suerte de que su Carta Astral le destinara a ser Astrólogo, había preferido contradecir su sino y su signo, y correr un grave peligro al escribir aquella barbaridad sobre querer ser un Hada. “Al menos utilizó un seudónimo. Aún así, fue muy insensato al confesar aquel deseo. ¿Lo habrá conseguido? Y de ser así, ¿seguirá vivo?”
“Este vídeo ha sido donado por la Casa Real, Ilustre Benefactora de la Academia Grimmoire”. Títulos de crédito, música in crescendo y FIN.
La chica, evidentemente emocionada, se giró para aplaudir al Príncipe a la vez que el resto de sus compañeros; a fin de cuentas, era el único al que podían agradecer el diligente desempeño de la Familia Real, que tan pronto gobernaba el país, como se preocupaba por la educación de unos insignificantes estudiantes de Astrología.
Sus miradas se encontraron, y Rosa quiso por fin devolverle la sonrisa que le había regalado por la mañana, al entrar en el aula, antes de que lo arruinara todo con su interrupción (y con aquel feo comentario sobre la prueba del Carbono-14). Pero Iván parecía ahora serio y triste, y se refugió en su cuaderno fingiendo que tomaba apuntes.
–¡Vaya, veo que os ha gustado! Espero no haberme puesto el listón demasiado alto, ni verme obligado a que las demás clases del año sean tan emocionantes como ésta. De hecho, ha llegado el momento de entrar en materia, así que abrid vuestro libro de texto en el capítulo uno. Pero antes decidme: ¿Cuáles son los cuatro elementos de los signos del Zodíaco? –preguntó el Profesor mientras desconectaba el proyector.
Rosa sintió cómo alguien le tocaba el hombro. El alumno del pupitre de atrás insistió hasta que la chica aceptó el pequeño trozo de papel que le ofrecía con nerviosismo. Pasarse notas en clase estaba terminantemente prohibido, pero el remitente era el mismísimo Príncipe –que ahora sí la miraba con ojos firmes desde su asiento–, y nadie podría negarse a hacer de recadero en tal circunstancia. Rosa metió el papelito entre las hojas de su cuaderno y lo abrió con disimulo, aunque sus compañeros ya se habían percatado de aquel delito morboso y extraordinario.
“No sabes la suerte que tienes de que tu futuro no haya sido escrito por unas cuantas bolas de gas incandescente” –leyó en él.
–Agua, Tierra, Aire y… –Demian titubeó en su intervención, muy alterado a causa de aquel crimen contra el Manual que su amiga y el Príncipe estaban protagonizando a espaldas del Profesor.
“Y fuego” –pensó Rosa con rabia mientras rompía la nota–, “como el de las estrellas que se tomaron la molestia de darle instrucciones a todo el mundo menos a mí”.

11 comentarios:

Roberto dijo...

Buenos días,

He llegado aquí a partir del comentario que pusiste en Ambiente G. No sabía si lo que pusiste lo hiciste como crítica constructiva, como queja hacia el mundo editorial, o simplemente para expresar tu opinión, así que decidí ver que era lo que habías escrito antes de opinar.

Ahora, una vez revisado todo el trabajo que has hecho, entiendo lo que quieres decir. Me he podido imaginar en el metro, en casa, en una terraza con tu libro entre las manos, leyendo algo que consigue emocionarme (muy bueno lo de Azul!!!), un llibro que engancha, que no me avergonzaría mostrar en público (estoy cansado de forrar las portadas de chulos sugerentes, o de temer que la persona sentada al lado eche un vistado a mi lectura y se encuentre alguna "polla", "mamada" o "cuarto oscuro", y sobre todo, que podría prestar a amigos, amigas, sobrinos, sobrinas, padres, tíos; sin temor a que piensen que soy un degenerado, sino que me ayudaría a que conociesen un poco "este mundo" y a acercarme un poco más a ellos con una barrera menos de por medio.

Felicitaciones, has conseguido otro seguidor, y desde luego que no el último.

G. Campanella dijo...

Muchas gracias, Roberto. Lo que comentas es precisamente la idea detrás de muchos de los temas tratados en la novela.

Creo que puede escribir sobre el colectivo lgtb (la transexualidad, el movimiento bear, las familias homoparentales, la adopción...) y sobre numerosos "temas complicados" (las adicciones, la depresión, el duelo, la inmigración ilegal...) de manera elegante, creativa, positiva y apta para cualquier lector.

No digo que lo haya conseguido, pero sí que ese fue mi objetivo, y la razón de ser de todo el esfuerzo volcado en este proyecto.

Gracias nuevamente por tu apoyo, y espero verte en Heliópolis con regularidad. ¡Esto se pondrá cada vez más interesante!

Maimónides dijo...

Bueno, estoy aprovechando el finde para ponerme al día, ¡y me encuentro con este capítulo que me ha encantado! Resulta muy interesante esa sociedad ¿utópica? que planteas, tan perfecta e inquietantemente ordenada por las estrellas. Verdaderamente espero que Rosa nunca conozca su carta astral (aunque ella no aprecie esa libertad de la que goza).

Por cierto,resulta muy bella la forma en que has contado la historia del nacimiento de la astrología, muy poética...

G. Campanella dijo...

¡Gracias, Maimónides! No puedo prometerte nada acerca de Rosa: es un personaje muy difícil y anárquico, e imposible de mantener controlado incluso por su propio autor.

¡Seguiré esforzándome para que el resto de capítulos te gusten tanto como el tercero!

rina_ sunshine dijo...

Por ser una cartomántica, suelo leer mucho sobre astrología y numerología.
Hay tanta gente que quiere saber qué le depara la vida, con una insistencia tan grande ¬
Me gusta Azul, tan rebelde frente a su destino, él jamás vendría a preguntarme qué suerte tendría en la vida.

Esta tercera parte me ha gustado bastante, y comparto la opinión de la primera persona, los viajes en metro serían muy amenos y puedo suponer que me pasaría de estación haha

G. Campanella dijo...

En cambio, es posible que Rosa estuviera de primera en tu lista de clientes. Son polos opuestos, Azul y Rosa, auqnue comparten un montón de casualidades...

rina_ sunshine dijo...

Me gustan las diferencias, suponque que eso me agrada de ellos dos ^^

lucy dijo...

me tiene enganchada la historia, me falta monton de caps para actualizarme!!..

G. Campanella dijo...

¡Ánimo! ¡Ya verás cómo se leen en un pispás!

Sarah Degel dijo...

el Príncipe y Rosa, tan distintos y tan iguales, ya se darán cuenta de que les atormentan los mismos temores... continúo la lectura.

Julian Urteaga dijo...

Jeje, lo que me enganchó aquí fue el tema astrológico, que también me interesa ;-)