24 de septiembre de 2011

Capítulo IV (primera parte)


Aunque la Academia Grimmoire destaca por su excelencia en casi todos los ámbitos de la vida estudiantil, el deporte no ha sido jamás su punto fuerte, de manera que al menos en esto se ve constantemente superada por otras escuelas de la Capital. Y no hay que profundizar demasiado para encontrar la causa: en Grimm está prohibido sudar. La transpiración excesiva se considera de mal gusto, de modo que cualquier actividad física debe hacerse con mesura para no faltar a esta norma básica de etiqueta.
Que lo anterior sirva para aclarar que Rosa podría haber esquivado el balonazo que vio venir desde la cancha donde los chicos jugaban al slowball…, pero hacerlo la habría obligado a correr o a sudar, dos cosas que no podía permitirse en ningún lugar del Campus si quería evitar ser expulsada. Eso sí, pudo escoger con qué parte del cuerpo recibir el impacto, aunque su decisión resultó ser la más desafortunada.
No calculó que la velocidad del proyectil era lo suficientemente elevada como para dejarla sin aire –especialmente si el balonazo le daba de lleno en el vientre, como en efecto ocurrió. La chica cayó de rodillas al suelo, doblada de dolor y sin poder respirar, y antes de perder el sentido vio cómo sus amigas llegaban caminando (nunca corriendo) a socorrerla, al igual que la Profesora de Gimnasia y algunos de los chicos de su clase. “¿Quién hubiera dicho que el slowball es un deporte tan peligroso?” pensó, y luego le sobrevino la inconsciencia.
No había nada que Rosa Grimm detestase más que el abandonarse al sueño profundo de los sentidos. Sus ojeras no serían tan oscuras y profundas de otro modo; le bastaría con acostarse más temprano para contrarrestar el inevitable madrugón diario a las seis de la mañana. Pero dormirse era para ella una auténtica proeza, y el no despertarse varias veces durante la madrugada, algo prácticamente imposible. Siempre llegaba el momento en que, fuese cual fuese la temática del sueño de turno, evocaba la misma imagen de fuego y humo; fuego y la casa en llamas. Ella y el fuego de sus pesadillas.
Esta vez no fue la excepción, y cuando la asfixiante sensación de calor imaginario se hizo finalmente insoportable, Rosa despertó sobresaltada en la enfermería, bañada en una cantidad indecorosa de sudor. Tardó algunos minutos en relajarse, durante los cuales se concentró en el halógeno que iluminaba la habitación con una luz pálida y mortecina, como enfriando y desinfectando a la vez aquella estancia.
A su lado, sin que ella lo notase, el Príncipe Iván hacía todo lo posible por no emitir ni un solo ruido. Había perdido la oportunidad de avisarla de su presencia cuando abrió los ojos, intuyendo que aquel no era el mejor momento para anunciarse. Ahora que había dejado pasar varios segundos, cualquier palabra o gesto suyo de seguro sobresaltaría a la convaleciente. Sus esfuerzos por disimular fueron, en cualquier caso, en vano; cuando Rosa apartó la vista del techo y se encontró a un Iván mudo, inmóvil y con los ojos como platos, el susto la puso en pie sobre la camilla de un salto.
–¿Te encuentras bien? –preguntó el Príncipe.
–¿Acaso pretendes que lo esté? ¡Casi me matas!
–¡Lo siento, en verdad! No calculé bien mi fuerza al patear el balón…
–¿Así que fuiste tú? Me refería a que casi me matas del susto, pero ya veo que también has intentado acabar conmigo de un pelotazo.
–¡Eh, relájate! ¡Acabo de pedirte disculpas! Además, no me he movido de aquí desde que te trajimos. Yo… quería asegurarme de que estuvieras bien. ¿Lo estás?
Rosa le dio la espalda, se levantó con cuidado la camisa y vio que tenía una marca colorada a la altura del ombligo, con la forma  exacta de una pelota de slowball.
–Supongo que sí –contestó al Príncipe, ya más tranquila tras comprobar que su desmayo y el enrojecimiento parecían ser las únicas consecuencias del balonazo.
–Permíteme que te ayude a bajar de ahí.
Iván le tendió la mano. Después de varias agresiones voluntarias e involuntarias (verbales y físicas) y de un par de días sin dirigirse la palabra (más concretamente, tras el incidente de la nota en clase de Astrología), aquello parecía un gesto en son de paz. Rosa lo aceptó a regañadientes, y bajó de la camilla cogida de su mano.
–Quizás deberías acostarte para descansar otro rato. No te perderás de nada ahí fuera: han faltado los tres Profesores de la tarde y los Suplentes no dan abasto. Yo me presto a hacerte compañía; a quedarme aquí contigo y esperar juntos a que vuelva la Enfermera.
–Olvídalo, detesto este lugar y la detesto a ella por ponerme tantas inyecciones de pequeña. Además, me encuentro estupendamente.
–No sé si creerte…
–¿No me ves? Estoy como una rosa –dijo a la vez que se secaba el rocío en la frente. “¿Estuvo aquí mientras tuve la pesadilla? ¡Qué vergüenza, también me vio sudar!”.
– …pero tendré que fiarme de ti. Y en ese caso, me preguntaba si…
–Escúchame bien, Iván: no te preocupes por mí. Gracias por tus atenciones, pero no necesito que nadie me cuide. Además, se me hace extraño hablar contigo a solas.
Rosa no le dio la oportunidad de replicar; cogió su mochila y salió de allí sin decir nada más. A cada paso se arrepentía más de no haberle dejado acabar la frase, pero sus pies la llevaban lejos: a la Residencia de Estudiantes, a su habitación, a cerrar la puerta con llave, a bajar las persianas y a procurar (con escaso éxito) no pensar en aquellas palabras no dichas. “¿Qué estuvo a punto de proponer, y por qué justamente a mí?”.

9 comentarios:

Coromoto dijo...

¡Pero nos quedamos con ganas de saber cómo se juega el slowball!

G. Campanella dijo...

Si te soy asquerosamente sincero, Coromoto..., ni yo mismo lo sé.

rina_ sunshine dijo...

¡Que chica más gruñona!
¿Cómo es posible que el deporte esté prohibido?
Cuando leí la palabra Slowball pensé en una especie de Bowling en cámara lenta, sin los pinos :S

G. Campanella dijo...

¡Esa es una buena definición! Pero no estoy seguro; también hay que patear el balón, y en una foto que puedes ver en www.AcademiaGrimmoire.com se ve que las chicas llevan una especie de palos-raqueta...

rina_ sunshine dijo...

Pero luego leí que Iván lo pateaba, uno siempre se deja llevar por la primera impresión :S
No me carga la página, pero pienso en dos deportes con semejante definición.

G. Campanella dijo...

Voy a intentar solucionarlo, pero ese dominio me da problemas constantemente. Si ves que no funciona cuando intentes entrar otra vez, prueba con la dirección academiagrimmoire.tumblr.com

lucy dijo...

que ganas de probar la punteria del principe en otros menesteres...ayssss

G. Campanella dijo...

¡Jajajaja! ¡Me has recordado a Rosa en un capítulo al que estás a punto de llegar, Lucy!

Sarah Degel dijo...

Jajajajajaj, pues yo no me fiaría tanto del príncipe... ¿qué iría a proponerle?