25 de septiembre de 2011

Capítulo IV (segunda parte)


Gato la recibió con un nervioso “¡Miau!” de “¡Me has pillado!” y se escondió inmediatamente debajo la cama. Rosa no tardó en encontrar los botines que le había tejido la noche anterior, convertidos ahora en una maraña de hilo roto y masticado.
–¡Estúpido, con lo que me costó hacerlos! ¡Y ya ponértelos ni te cuento!
Desde las sombras se escuchó otro “Miau”, esta vez de un Gato triste y arrepentido. Su compañera de habitación se derrumbó en la cama, agotada, pero pronto cayó en cuenta de que debía hacer algo para distraerse, no pensar, y sobre todo no dormir. Una pesadilla al día era más que suficiente para ella.
Tenía a mano, sobre la mesilla de noche, la novela Salvando al Soldadito de Plomo, que decidió aparcar después de leer un capítulo en el que se narraba una amputación con tal detalle, que aquella noche fue incapaz de cenar; también un par de Cuentos de Hadas –la revista del corazón más vendida en el Reino– y el tomo I del Tratado de Astrología Elemental, cuyo primer capítulo (el único que sobrevivió a su mutilación particular) había estado estudiando con interés.
Rosa abandonó la lectura de las memorias de Azul desde que leyó su primera página en la biblioteca, pero aquel parecía el momento perfecto para retomarla. No estaba de humor para la literatura bélica, ni tampoco para los cotilleos del mundo de la farándula (dos bibliografías convivían sin problemas sobre su mesilla). Tampoco tenía cabeza para estudiar las múltiples Esferas Celestes, ni la dieta apropiada para cada signo, ni las dolencias características de los sagitarianos.
Lo que verdaderamente le apetecía era echarse unas risas a costa de la desventurada vida de Azul…, que supuso desventurada porque tan pronto pudo acabar en la horca, como en un asilo para enfermos mentales. La primera opción era, desde luego, la más probable; sobre todo si se tenía en cuenta que había retado a la Guardia Real al imprimir su historia subversiva y camuflarla de texto escolar. Rosa se encogió en hombros, mojó la yema de sus dedos, buscó la página donde la tinta cambiaba de color y prosiguió con la infancia de aquel pequeño anarquista, al tiempo que una sonrisa expectante se le dibujaba en los labios.
Mi Padre ordenó a mi Madre que tirase todas sus revistas, temiendo que fueran la causa de mi aparente confusión. Por suerte, ya me había apertrechado de una gran colección de recortes..., suficientes como para empapelar mi habitación con un collage de mis adoradas Hadas si se me hubiera antojado (y si me hubieran dejado redecorarla).
En cualquier caso, la manía de mi Padre hacia los Cuentos de Hadas no le iba a valer de nada, ya que la certeza sobre mi futuro nacía de algo mucho más hondo que el finísimo papel cuché. Aún así, cuando me descubrió ojeando una revista a escondidas, me castigó con leer una y otra vez mi Carta Astral, en la que se decía que mi destino pasaba por convertirme en Astrólogo y perpetuar el negocio familiar. Yo sabía que aquel documento estaba equivocado, y que convencer a mi Padre de revisarlo sería una tarea casi imposible (a fin de cuentas, nadie da su brazo a torcer cuando cree que las estrellas le dan la razón)… ¡Pero tenía que intentarlo!
La única solución posible pasaba porque yo mismo encontrara el error, de manera que prolongué el encierro en mi habitación por iniciativa propia y no salí hasta que hube comprendido cada aspecto de la mecánica y el orden celestiales. Leí todos los tomos del Tratado de Astrología Elemental, dominé el astrolabio, memoricé el nombre de cada estrella y me convertí, sin quererlo, en un experto en la materia.
Lo anterior me llevó más de un año, pero el esfuerzo mereció la pena. Un día, mientras revisaba los apuntes de otros Astrólogos, me topé con un dato curioso: casi todos coincidían en reseñar la aparición de un cometa en el momento exacto de mi nacimiento. El objeto, que fue visible sin necesidad de telescopio, había cruzado el firmamento junto a la constelación de Virgo –mi signo– en una ruta extravagante y aleatoria, antes de desaparecer sin dejar rastro a las tres horas y cinco minutos de la madrugada.
El dibujo de dicha constelación, con su hermosa doncella en reposo, acompañaba uno de los textos. Y sobre éste, el recorrido del bólido había sido medido en varios puntos que conecté utilizando lo primero que encontré sobre mi escritorio: crayones de colores. ¡El pulso me temblaba ante la idea de encontrar lo que había estado buscando! Y en efecto, al completar el trazo apareció la solución al enigma de mi naturaleza y mi destino. La trayectoria del cometa no había sido fortuita, sino que describía la silueta de unas alas de mariposa que nacían a espaldas de la virgen. Aquella ilustración febril probablemente sería el mayor descubrimiento de la Astrología en siglos: el de la hermosa y efímera constelación del Hada. Sólo recuperé la calma cuando la tuve lista y bien pintada.
Corrí a presentar a mi Padre el hallazgo. Estaba en cama, con el pijama puesto y las gafas aún sobre la nariz. Durante casi media hora escuchó atentamente la explicación que le di, según la cual mi verdadero signo era el del Hada. ¡Así, mi Carta Astral estaba equivocada debido a la imprevista aparición de un cometa el mismo instante en que nací! Incluso le excusé a él del grave error cometido: dije que le era imposible saber de la presencia de aquel asteroide en el cielo nocturno, pues en ese momento asistía al alumbramiento de su primogénito, y seguramente ninguno de sus Ayudantes estaría de guardia para auscultar el firmamento.
Mi Padre no dijo nada. Tras un par de minutos con la vista clavada en mi dibujo de la nueva constelación (a la que añadí toques de purpurina en las alas para hacerlas más realistas), se quitó las gafas y comenzó a llorar sordamente. Mi Madre, que también había asistido a mi exposición con el pijama puesto y rostro perplejo, me pidió con amabilidad que saliera de la habitación y fuese a la mía a acostarme. Les escuché discutir toda la noche.
Gato subió de un salto a la cama y se acurrucó a los pies de Rosa. Ya había olvidado el destrozo de los botines, y su amiga no tenía ánimo de reñirle. Estaba absorta en la lectura de aquella historia que había resultado menos jocosa de lo previsto.
For Today I’m a Boy, de Antony & The Johnsons
Al día siguiente, mi Padre no salió hasta bien entrada la tarde. A mi Madre, en cambio, la encontré en la cocina preparando un pastel; no dijo nada al verme, pero me recibió con algo parecido a un abrazo. Recuerdo que decidí ayudarla en sus tareas para distraerme de la tristeza que se había instalado en nuestra casa, y para espantar el silencio con el ruido de los tazones, batidoras y cucharas.
La había acompañado tantas veces en su afición repostera, que nuestros movimientos parecían sincronizados. Colamos la harina con cuidado, rompimos ocho huevos y quitamos los trocitos de cáscara. Medimos varias tazas de azúcar, ablandamos la mantequilla y batimos todo con esmero y paciencia.
Mientras la levadura hacía crecer el bizcocho en el horno, modelamos figuritas de mazapán: todo un zoológico de animales fantásticos pintados a mano. Los dispusimos en círculo sobre la tarta, de pie sobre césped hecho de coco rallado, como si bailasen en torno a un personaje central ausente…, pero que mi Madre se guardaba bajo la manga pastelera.
Cuando todo lo demás estuvo listo en aquel escenario forestal, sacó de la nevera un Hada de merengue con alas de caramelo, varita de anís estrellado, trenzas de cabello de ángel y vestido de algodón de azúcar bordado. La sentó sobre un tronco de chocolate en el centro de la tarta, y de inmediato pareció como si todos los animales hubieran ido a su corte en el bosque para pedirle que cumpliera sus deseos.
Mi Madre dio en el clavo, pues el diorama representaba una de las cosas que más me gustaba de las Hadas: que parecían no tener problemas propios, pues siempre estaban ocupadas resolviendo los de los demás. Recuerdo que deseé fervientemente ocupar el centro mi propio pastel; ¡no me importaba socorrer eternamente a un séquito de animales atribulados, si ese era el pago que debía hacer!, pero primero habría necesitado que otra Hada entrase en ese instante por la ventana o la chimenea (ya mi Padre acostumbraba a cerrar con llave la puerta) e hiciese realidad mi sueño de ser como ella.
Ese anhelo aún tendría que esperar. “Al menos el consuelo será dulce”, me dije, porque hasta que finalmente me convirtiese en mí misma tendría a mi Madre, sus tartas y mis recortes de Cuentos de Hadas.
Rosa cerró el libro de golpe y espantó sin querer a Gato, que había trepado sigilosamente hasta su regazo en busca de cariño. La lectura le había entristecido y enfadado a la vez, pues en su vida no había madres, ni postres de consolación, ni Hadas…, aunque tampoco tenía necesidad de ellas, porque no deseaba nada que contraviniera el orden natural de las cosas.
Quizás la infancia de Azul hubiera sido difícil, pero en opinión de Rosa, más valía aprender pronto que la vida es sólo un cúmulo de decepciones (con algún momento feliz entre medias, como excepción que confirma la regla). De nada servía lamentarse y regodearse en el sufrimiento, como intuía en la letra de aquel Blues escrito por Azul. “Cada golpe, balonazo, botín mordisqueado, uña rota y día negro te hace más fuerte: más segura e independiente”.
Y más amargada también. En su vida sólo había sitio para las normas del Manual, horarios, calendarios, signos zodiacales reales y frutas deformes de postre, además de algún deseo modesto, mundano y casi siempre pasajero. Así había sido hasta ahora, y estaba persuadida de que así sería siempre.
Entonces alguien llamó a la puerta.
–Buenas noches, Señorita Grimm. ¿Has visto cuán cortés puedo llegar ser? Pasaba por aquí, preguntándome si te habrías recuperado de mi falta de tino en el slowball, y decidí llamar a tu puerta. ¿Cómo estás?
–Bien, Iván, ya lo sabes –contestó Rosa muy seca–. Tú, en cambio, pareces cansado. ¿Es que ya no sabes a quién más agredir o ridiculizar?
–No estoy fatigado ni afligido, aunque percibas tal cosa en mis ojos. Ya sabes lo que se dice sobre el color azul: que es símbolo de melancolía y tristeza. Sólo estaba preocupado…, y avergonzado también. Quería pedirte disculpas otra vez.
–¿Y ahora por qué?
–Por interrumpirte, por la idiotez que dije cuando confesaste no estar segura de tu edad, por pasarte notas en clase, por el balonazo, por asustarte en la enfermería… Por el Supremo Autor, ¡pensarás que soy un auténtico patoso! Me gustaría compensarte y que me perdonases, pero no sé cómo. En tus ojos sí veo una melancolía terrible, y has de saber que haría cualquier cosa por alegrarte.
–De eso nada. Es sólo que acabo de leer una historia deprimente, pero ya se me…
–Por cierto, ¿cuándo celebras tu cumpleaños? –la interrumpió Iván, como si no fuese capaz de tener una idea y escuchar a su interlocutor a la vez, y olvidando que acababa de disculparse precisamente por esa fea costumbre.
Rosa tensó cada uno de sus músculos y pareció erizarse como un gato…, mas no como Gato, que en ese instante se daba un baño y tenía el pelo empapado y esponjoso.
–¿Te burlas de mí? ¡Sabes perfectamente que no sé cuándo nací!
–Ya, pero creí que quizás celebrarías el aniversario del día en que llegaste a Grimm.
–La verdad es que no –sentenció Rosa, a quien no estaba haciendo ninguna gracia aquella conversación.
–¿Nunca has tenido una fiesta de cumpleaños?
–La respuesta es obvia.
–Entonces ya sé cómo compensarte. ¡Mañana será tu gran día!
Dicho esto, Iván salió corriendo por el pasillo de la última planta de la Residencia de Estudiantes, hasta que un Monitor hizo pitar su silbato y le detuvo a mitad de camino. Cuando comprobó que se trataba del joven Príncipe, sonrió con nerviosismo y le dejó marcharse sin amonestación. De hecho, el chico volvió a correr el trecho que le quedaba para llegar a las escaleras.
Rosa cerró la puerta, y sólo entonces se permitió sonreír. La ocurrencia de celebrar su cumpleaños le parecía un despropósito, pero le divertía el empeño de Iván en hacerla feliz. Aquello sí que era una novedad, una emocionante excepción en su lúgubre cotidianidad. Y por un instante se permitió soñar despierta que en su vida había sitio para manuales, horarios, calendarios, zodíacos, frutas deformes, y quizás (sólo quizás) también para un apuesto Príncipe.
En Grimm está prohibido sudar, pero nadie controla lo que ocurre en de cada una de las habitaciones. Sabiendo esto perfectamente dominando, pues, el límite tanto de la norma tácita como de la escrita, la chica decidió darse una ducha caliente. Que el aguador extinguiera un fuego completamente diferente. Y por segunda vez en el mismo día, Rosa Grimm sudó. 

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Felicidades excelente historia, e innovadora la forma en que la presentas

G. Campanella dijo...

¡Muchas gracias! Seguiré trabajando para que no decaiga el nivel, sino que mejore capítulo a capítulo.

rina_ sunshine dijo...

Debo reconocer que siento una mezcla de alegría y de melancolía al leer esto.
Es cómo si me reencontrase con viejas enseñanzas, aprendidas hace siglos, no sé cómo explicarlo mejor.

Que Rosa tenga un gato de acompañante es algo que le viene mucho a su personalidad ^^
Me agradan los detalles, como poner el significado del color azul.
Es casi una aventura estar leyendo, lo bueno de todo es que no requiere ni una pizca de sudor.

G. Campanella dijo...

¡Muchas gracias por todos tus comentarios, Rina!

rina_ sunshine dijo...

Es que... soy buena para hablar y escribir, algo de familia, se podría decir haha
Y yo que me decía: Hey, contrólate, no es necesario escribir en todo ¬

¡Soy una compulsiva de la escritura! T_T

lucy dijo...

Esto si es de un Principe.. que detallazo!!!....

Sarah Degel dijo...

Se te te coló una falta importante: he hiciese realidad mi sueño de ser como ella. -- E hiciese realidad, es sin h.
Y continúo la historia, que sigue con el mismo nivel ;)

Galileo Campanella dijo...

Tienes razón, Sarah. Es tan grave la falta, que no puedo explicarla más que como un error tipográfico. ¡Gracias por encontrarlo! Corregido queda.