26 de septiembre de 2011

Capítulo V (primera parte)


Si aquella noche ya le parecía poco propicia para conciliar el sueño, lo que acababa de leer la convenció de que dormir iba a ser del todo imposible.
Rosa improvisó rápidamente una sala privada de lectura sobre su cama (intentando hacer el menor ruido posible, ya que eran casi las cuatro de la mañana): levantó las paredes con cojines y no dejó sitio para ninguna ventana. Su propia cabeza hizo las veces de columna central, y la fresca sábana que utilizaba en los meses de verano (de utilidad menguante, ahora que se acercaba el otoño) pasó a ser el techo de su biblioteca personal, cuya colección se limitaba a un único ejemplar de El Blues del Hada Azul y al capítulo vestigial de un texto versado en Astrología. La iluminación la proporcionó la lámpara de su mesilla de noche, pues su potencia era más que suficiente para alumbrar aquella minúscula "habitación dentro de una habitación". Finalmente, empleó el cabecero a modo de respaldo y utilizó el colchón como asiento. Así tuvo todo dispuesto para cobijarse en una fortaleza efímera de ropa de cama y almohadas.
La joven necesitaba máxima concentración para releer un pasaje de las memorias de Azul que quizás había malinterpretado. “Es imposible” –se dijo mientras apuntalaba con un edredón la frágil arquitectura de su tienda de campaña–, “pero si lo que cuenta el chico-Hada es verdad, este libro sería capaz de trastornar para siempre la vida de todos los habitantes del Reino. Sobre todo la de aquél a quien afecta directamente…”.
La situación era, además de tensa, terriblemente irónica: Rosa había esperado encontrar respuestas a su desorden vital en una ciencia cuyo Tratado de Astrología Elemental era de lectura obligatoria. Sin embargo, en éste había hallado –literalmente hablando– un texto muy distinto al que esperaba, que no sólo echaba por tierra sus expectativas de un arbitrio celeste, sino que además podía defenestrar a un futuro Monarca, así como animar el caos y el desconcierto en cualquiera que lo leyese.
¡Pero no había tiempo para perderlo en estas consideraciones! La chica buscó la página que había señalado y volvió sus ojos verdes sobre la letra azul. Ya se preocuparía más tarde por rehacer sus esquemas mentales si aquello resultaba ser cierto.
Tras un paréntesis de varios meses, mi Padre regresó con fuerzas renovadas y decidió que debía sacar provecho al hecho de que yo me hubiera convertido en un Astrólogo experto. A pesar de mis protestas, fui presentado en sociedad como el Augur más joven en recibir el título de la Cofradía; tenía apenas siete años, y en mi minúscula anatomía no había espacio para albergar esperanzas de que algún otro Astrólogo certificara el descubrimiento y corrigiese mi tan aborrecida Carta Astral. ¡Con deciros que incluso la talla más pequeña de uniforme me quedaba grande!, así que siempre llevaba las manos escondidas bajo las mangas. La larga caperuza colgaba a mi espalda y sobre mis hombros (aunque mi Padre insistía en que tapase mi cabellera azul con ella), y con frecuencia llegaba a arrastrarla como una cola hecha de tela negra y estrellas bordadas. La hebilla de los zapatos cascabeleaba cuando caminaba, y mi Madre tuvo que comprarme un par de tirantes para que no se me cayesen los pantalones. Parecía un Payaso, pero por primera vez fui el orgullo de mi Padre.
Sobre la constelación del Hada, obviamente, no se volvió a decir nada nunca más. Los avistamientos del cometa no llegaron siquiera a comentarse en las siguientes ediciones del Tratado de Astrología Elemental, así que ningún compañero del gremio pudo redescubrir su peculiar trayectoria. La decepción hizo mella en mi espíritu, y poco a poco acepté que debía someterme a la voluntad de una Carta Astral nefasta. Así fue como comencé a trabajar de Ayudante en el gabinete de mi Padre…, sellando en otras Cartas el destino de personas desconocidas, pero siendo incapaz de cambiar el que me había tocado.
Al poco tiempo, el negocio familiar comenzó a vivir una época de esplendor (gracias a mi talento y diligencia, en parte) que casi nos tentó a darnos algunos caprichos. Pero nunca nos acostumbramos al lujo y al vacuo ambiente burgués; es más, recrudeció innecesariamente el ahorro y la austeridad en la economía doméstica. En tales condiciones, ni mi Madre ni yo fuimos capaces de prever que los mejores años estaban aún por llegar...
Mi Padre era el único que sabía acerca de la sorpresa que se avecinaba, y que pronto descargaría copiosamente sus monedas sobre nuestra Mansión de la Campiña. Se mostró ansioso durante semanas: no se apartó de la puerta de casa y nos obligó a sus Ayudantes y a mí a esperar en el despacho día tras día, vestidos con el uniforme.
Una tarde llegó al fin aquel importantísimo encargo, en forma de pergamino y a manos del Emisario Real. Mi Padre lo leyó en voz alta ante nosotros y luego lo acercó a la llama de una vela. Ya se había convertido en cenizas antes de que nosotros hubiéramos acabado de apuntar los datos fundamentales que se decían en el documento: la fecha, hora, y lugar exactos de nacimiento del heredero al trono, el Príncipe Iván.
Aquello significaba dos cosas: que la Carta Astral del Infante era un “secreto de estado (lo cual no es de extrañar, pues se trata de información sumamente sensible. ¡Imaginaros que se hiciesen públicos los defectos de quienes gobiernan el país!), y que mi Padre acababa de ser ascendido a Astrólogo Oficial del Reino. No había otro encargo más importante que éste, ni otra persona a la cual encomendar tan delicada labor.
Los Ayudantes de mi Padre y yo empezamos a trabajar al instante en la redacción de la Carta Astral, mientras que el Emisario Real esperaba en la puerta del despacho y no nos quitaba ojo de encima. Calculé la posición exacta de los planetas, encontré el ascendente, determiné los rasgos básicos de su personalidad y comencé a escribir el resultado. Mi Padre supervisaba la operación, verificando cada paso y obligando incluso a uno de mis compañeros a mejorar de inmediato su caligrafía, bajo amenaza de despido.
Luego me llegó el turno de ser espoleado: el Astrólogo leyó por encima de mis hombros lo que yo escribía y me detuvo en seco para llevarme discretamente a un rincón apartado, fuera del alcance de la mirada inquisitiva del Emisario.
–¿Qué estás haciendo?
–¿He hecho algo mal? –le pregunté a mi Padre con sincera ingenuidad.
–Tan sólo lee lo que acabas de escribir: “Personalidad manipuladora y camaleónica…”.
–Es que tiene a Mercurio en Acuario…
–¡Y va a peor! Sigo: “Gran magnetismo, elocuencia y facilidad para la mentira. Tendencia a las enfermedades respiratorias”. ¡Por los Anillos de Saturno, se supone que estás hablando de un futuro Rey!
–Sí, es una pena. Sobre todo para nosotros...
Yo sabía que no había ningún error en mis cálculos. Había aprendido a ser minucioso en el trabajo, pues un descuido podía condenar a la hija o hijo de cualquiera de nuestros clientes a llevar una vida que no era la suya (un drama con el que yo empatizaba con facilidad). La redacción de una Carta Astral ameritaba precisión y, en ocasiones, sangre fría.
–¿No lo entiendes? Nuestra clientela desembolsa mucho dinero por el trabajo que realizamos, ¡y ninguno paga tan bien como la Casa Real! No puedes decir que el Príncipe será poco más que un feriante. Te ordeno que rehagas los cálculos y busques la manera de que la Carta Astral que tienes en tus manos sea digna de un Monarca.
Por supuesto, al oír aquello me quedé perplejo. Completé la labor que exigía mi Padre haciendo malabares con los grados de latitud y los segundos de la hora de nacimiento, a la vez que no podía dejar de imaginar lo fácil que sería –para cualquier persona en buena posición económica– sobornar a un Astrólogo y conseguir que su prole tuviera una Carta Astral favorable, o asegurar que el hijo un Médico fuese Médico, y el del Ingeniero, Ingeniero. Intenté trabajar de forma mecánica, pero tenía la mente en otro sitio: en la supuesta posición de los planetas y estrellas el día de mi nacimiento…
No pude continuar con aquella matemática creativa, así que fui relevado por otro de los Ayudantes y apartado de mi escritorio. ¿Cómo era posible que, habiendo miles de carreras posibles, el Padre, el Abuelo, el Bisabuelo y el Tatarabuelo de un Astrólogo compartieran casualmente la misma profesión? Estaba claro: ¡mi Padre había falseado los datos de mi Carta Astral, y ahora pretendía que yo hiciera lo mismo con la del heredero al trono!
El sello de la Cofradía cayó sobre el pergamino, y mi caligrafía infantil –rescatada en aquellas frases donde todo lo que se decía sobre el recién nacido era conveniente– pareció de pronto solemne y bella: apta para servir al futuro Rey. Las mentiras pasaron a ser verdades, y las estrellas coronaron a un niño enfermizo y cruel (con Marte en Capricornio). Tan pronto se secó el lacre, mi Padre entregó la Carta Astral al Emisario Real y todos los empleados del gabinete le acompañamos a la puerta del despacho.
–¡Muchas gracias! ¡Y decidle a Su Majestad de nuestra parte que el Príncipe Iván será un hombre leal, y un gobernante justo y capaz! –gritó mi Padre, agitando la bolsa de monedas de oro que había recibido como paga mientras se despedía efusivamente del Emisario.
Yo comencé a reírme sin parar, por no llorar. Había desperdiciado parte de mi infancia encerrada en mi habitación, estudiando las reglas de un juego que ya no me apetecía jugar. ¡La Astrología no era más que una colección de patrañas, que personas como mi Padre se encargaban de perpetuar! “Por el bien de la sociedad”, dirían algunos…, o como bula para que unos pocos comprasen su libertad, y el resto estuviéramos sometidos a sus voluntades.
Sentí pena por aquel pequeño Infante por no sentirla de mí misma. A fin de cuentas, podía considerarme afortunada: ya no tendría constelaciones, planetas, cometas ni progenitores pisándome la cara. ¡A partir de ese día iba a ser muy, muy Hada!
Rosa respiró hondo. La esperanza de que la Astrología le diese alguna clave para entender quién era y hacia dónde tenía que ir se desvanecería si lo que contaba Azul en sus memorias era cierto. El Príncipe, al contrario, tendría la excusa perfecta para renegar de una vida y un destino con el que parecía sentirse incómodo. Y el Mundo, en general, se vendría abajo, tras descubrir que una sarta de mentiras había condenado a cada quién a ser como era, y a setenta años de trabajos forzados para la Casa Real y su Corte.
La chica intentó convencerse de que el relato de Azul tenía que ser de ficción. Luego pensó en contárselo a Iván –como principal afectado– y averiguar la verdad entre ambos…, pero eso podría empañar la sorpresa que el Príncipe había querido prepararle, y para la que debían faltar apenas unas horas. Así que decidió leer un poco más, y descubrir ella sola si la autobiografía era auténtica; al fin y al cabo, le habría resultado imposible dormir, teniendo (como tenía) el corazón a punto de salírsele por la boca.
“Todavía falta un rato para la primera clase del día” –se dijo, y cogió de nuevo aquel libro que, desde hacía unas cuántas páginas, ya no le daba risa.

8 comentarios:

Miguel dijo...

Si que se pone interesante... El quinto capítulo y ya se echa por tierra lo que se había fijado como pilar para los lectores y los ciudadanos de Heliopolis...

G. Campanella dijo...

¿Un poco pronto, quizás? En cualquier caso, el saber que la Astrología "tiene truco" no necesariamente quiere decir que deje de ser el pilar del libro y de la sociedad de Heliópolis.

A fin de cuentas, mientras alguien crea fervientemente en ella (y la práctica totalidad de la población lo hace)...

En los próximos capítulos se hará más evidente por dónde van los tiros con el tema de la Astrología.

rina_ sunshine dijo...

¿Tan pronto el príncipe es anunciado con su verdadera careta?
He quedado con el :O

Pienso que es difícil echar por tierra las creencias así como así.
La gente prefiere tener algo en qué poner sus esperanzas y su fé.
Azul es todo un personaje, magnífico.

G. Campanella dijo...

No lo sé, si la Astrología es una farsa (como dice Azul) entonces el Príncipe quizás no sea como dice su Carta Astral..., aunque las casualidades ocurren, claro está.

Por otra parte, revelar quién es el "malo malísimo" de la historia tan pronto quizás haya sido un fallo... ¿pero te imaginas si no fuera Iván?

Todavía quedan muchas sorpresas, y te puedo adelantar la mejor de todas: no siempre son necesarios los personajes "buenos" y "malos". Quizás, en el fondo, todos somos un poco ambas cosas...

rina_ sunshine dijo...

Es como cuando leo las características de mi signo, soy cáncer, pero no me considero una persona hogareña, para nada. Y en el chino, soy Tigre.
Pienso que, tengo un par de cualidades del signo, pero la vida me ha hecho asumir otro rol distinto.

Iván es un malo cómun, dueño de sus caprichos y de su ritmo.

Eso último suena como estar entre el bien y el mal.
Es cierto, no se puede presentar a alguien cómo un ser perfecto, nadie lo es.
Yo soy medio hosca, alejarse de la gente es un lío que requiere de tintes oscuros

lucy dijo...

he quedado "azul" como el hada...wowwww...pobrecico Principe...

G. Campanella dijo...

En cualquier caso, el Príncipe Azul de los cuentos de hadas siempre fue un personaje tremendamente sospechoso... ¡A ver cómo resulta ser el de esta historia!

Sarah Degel dijo...

Yo lo que sé, es que unas cuantas entradas atrás cuando la gente alababa al príncipe, me mostré algo reticente... no digo que sea malo malo malo, pero que algo esconde y algo quiere y algo sabe de más, está claro. Veremos cómo continua la historia.
Ah y este giro de la historia me parece apropiado que suceda ahora.