27 de septiembre de 2011

Capítulo V (segunda parte)


Rosa se vio forzada a aparcar El Blues del Hada Azul cuando calculó que disponía del tiempo justo para llegar puntualmente al aula. Tuvo que decidir entre desayunar o cepillarse los dientes (optando por lo primero); luego se vistió tan rápido como pudo..., aunque le faltó tiempo para peinarse, y dejó que los bucles naturales de su cabello estuvieran especialmente rizados el día de su no-cumpleaños, como acababa de bautizarlo (¡a fin de cuentas, la probabilidad era de uno entre trescientos sesenta y cinco de que sí lo fuera!).
La chica repasó su aspecto por última vez ante el espejo, retocando la posición de algún mechón de cabello para que no se le vieran las raíces, cuyo verdadero color ya comenzaba a traspasar el del rosa chicle. “Me habría gustado nacer con el cabello de algún matiz original, sobre todo por el gasto en peluquería y tinte al que vivo atada”.
–Aunque nunca azul; eso habría sido demasiado original. ¿No crees, Gato?
–“¡Y lo dice quien se tiñe de un color que ni siquiera existe en la naturaleza!”
–Tienes razón, mejor no quejarse. Además, el rosa me sienta estupendamente y combina con el esmalte blanco que llevo puesto. ¡Qué nervios tengo! ¡Deséame suerte!
Gato le dijo “Miau”, como cabría esperar. Luego bostezó, y tan pronto Rosa salió de la habitación, se echó a dormir la siesta sobre la ropa limpia y recién doblada que su compañera había olvidado guardar en el armario. Y es que aunque el felino tenía un pelaje de lo más oscuro, sus días eran siempre blancos. 
Six Feet Under, de No Doubt

Grimm parecía más animada que de costumbre mientras Rosa caminaba por sus pasillos eternamente grises. Ahora comprendía por qué la gente celebraba los cumpleaños, aunque significara que estaban envejeciendo: los problemas parecían de pronto muy lejanos, y era mayor la alegría de ver a los amigos de siempre. Por si fuera poco, estaba la expectación por los regalos…, y en su caso, la indiscutible novedad de todo aquello.  
Caminaba sonriente y con la cabeza en alto, como pocas veces solía hacer. Así pudo darse cuenta de que los demás estudiantes la miraban indiscretamente, ya fuera por el llamativo color de su cabello, por sus ojeras profundas y sombrías o por su collar espino. La chica recordó que acababa de leer algo al respecto en las memorias de Azul:
Después de tantos años de encierro, sentí la necesidad de salir, de mostrarme a los demás tal cual soy, de que me diese el aire fresco. Retoqué toda mi ropa para darle un aspecto más femenino y actual, y me compré unos bonitos pendientes con forma de mariposa que iban a juego con mi renovado espíritu. Comenzaba a sentirme libre, fuera de la influencia de cualquier fuerza planetaria, paternal y ominosa.
Sin embargo, la primera vez que salí de mi habitación vestida no como un Hada, sino como alguien que aspira a serlo, me sentí encerrada en una vida distinta a la mía; en especial tras comprobar que las miradas reprobatorias me herían como aguijonazos. Al menos el disgusto no fue generalizado: los Ayudantes de mi Padre no podían parar de reír (el que tenía mala caligrafía fue finalmente despedido) y mi Madre se encerró en la cocina, donde pasó una semana entera preparando tartas de todo tipo: chocolate, vainilla, cereza-bomba, zanahoria, violetas, calabaza…
Mi Padre reaccionó, en comparación, con más naturalidad: me quitó el astrolabio y el sello de la Cofradía, y me dijo que estaría suspendida de empleo y sueldo hasta que no me comportase como un auténtico Astrólogo. Como os podéis imaginar, nunca más redacté una Carta Astral, ¡y espero no volver a hacerlo!
Rosa se sentía en el extremo opuesto de aquello. Le gustaba que la gente la mirase, que comentaran su aspecto y que le ayudasen así a completar el puzle de su persona, aunque fuera a partir de frases malintencionadas o de falsos halagos:
–¡Rosa, estás muy guapa hoy! El cabello rizado te queda genial.
–Gracias, Canella, pero sólo voy despeinada…
A partir de entonces, mis Padres parecían vivir sólo para llevarse un disgusto tras otro, o sufrir mi adolescencia como un auténtico trance:
Los diminutos zapatos de tacón de mi Madre amanecían misteriosamente en mi habitación, sin forma o descosidos después de que yo hubiera intentado meter el pie en ellos con un calzador. Me rompí varias costillas el día que me lancé del tejado de casa, convencida de poder volar (como creía que volaban las Hadas) con un par de alas de celofán. También fabriqué una varita mágica, y recuerdo ir tocando con ella todo cuanto no me gustaba; no conseguí trasmutar nada, pero la casa entera acabó cubierta de purpurina: las prendas horrendas que me regalaban por mi cumpleaños, los libros de Astrología, el peluquín de mi Padre y hasta el plato de sopa. ¡Más de una vez comí crema de espárragos con brillantina como castigo! En resumen, crecí retenida y constreñida por mis progenitores…, en especial por mi Padre, que con obstinada terquedad capricorniana pretendía cultivar un bonsái a partir de la semilla de una secuoya.
A Rosa, en cambio, le gustaba el orden, la disciplina y el cumplir las normas; no llegar tarde a clase, ni tener una sola mancha en su expediente académico. Se afanaba en lograr calificaciones sobresalientes y en acumular elogios de parte de los Profesores. Incluso le seguía gustando la estricta taxonomía de la Astrología y sus leyes categóricas –así acababa de decidirlo–, por mucho que Azul dijese que no era más que una gran estafa, un gigantesco timo.
Yo siempre he sabido quién soy y quién quería ser, ¡y ningún reproche iba a cambiar eso! Por suerte, mis amigas me aceptaban de mejor grado ya que desde siempre me habían conocido como Azul, el chico que quería ser Hada, y no esperaban que actuara según otro papel. De vez en cuando venían a casa, practicábamos las coreografías de Campanilla y nos desvelábamos con interminables sesiones de peluquería, en las que debatíamos cuál era el peinado que favorecía más a cada una. Ellas me alegraron un poco la pubertad..., que dadas mis circunstancias, estuvo a punto de ser catastrófica.
–¡Te veo de muy buen humor, Rosa! Y despeinada, también, todo sea dicho. Oye, ¿es cierto eso que he oído? ¿El Príncipe ha organizando una fiesta sorpresa para celebrar tu cumpleaños?
–No lo sé, Sinclair. En cualquier caso, ya ha dejado de ser sorpresa gracias a ti…
Iván intercambió miradas cómplices con Cindy y Demian al entrar en el aula. Rosa disimuló también su entusiasmo, como queriendo participar en aquel intento absurdo por mantener oculto el plan trazado. El Príncipe estaba radiante y lleno de energía, como el primer día de clases, antes de que el vídeo introductorio a la Astrología le entristeciera los ojos. La chica tuvo que admitir que era guapísimo.
Además de mis amigas, también contaba con la compañía de Jack, mi vecino de la granja de al lado. El pobre no era un chico listo, pero al menos me quería bien. Todas las noches trepaba hasta mi habitación en una planta de habichuelas que hacía crecer rápidamente con un fertilizante de su propia cosecha (cuya patente le haría ganar millones años después, según me enteré), y que luego arrancaba de cuajo para no dejar rastro de su furtiva visita. Sin embargo, dejé de verle de un día para otro, cuando mi Padre descubrió su enorme legumbre una madrugada y la taló antes de que Jack bajara de nuevo por ella. Al querer salir por la ventana de mi habitación, convencido de que la escalera vegetal seguía en su sitio, el chico cayó desde la altura de una planta (nunca mejor dicho) y se fracturó los dos tobillos. ¡Vaya jaleo montó su familia…, y no por la salud del maltrecho Jack, sino por haber descubierto que nos veíamos a escondidas!
Para jaleo, el que Rosa se encontró al mediodía en el comedor. La Cocinera le sirvió en el plato la habitual selección de verduras al vapor, un filete de pescado sin sal (del que sólo pudo deducir que no era magro), ¡y un delicioso trozo de tarta! Muy desconcertada, la chica miró a su alrededor y vio que todos los estudiantes de Grimm, sin excepción, tenían una porción de pastel de chocolate cubierto de glasé rosa en sus bandejas. La Academia al completo observaba a Rosa fijamente y en silencio, hasta que los miembros de la Banda Marcial entonaron los primeros acordes de Cumpleaños feliz con sus instrumentos y comenzó a lloverle una tormenta de aplausos.
Los Profesores, cruzados de brazos y con rostro circunspecto, miraban la escena desde el comedor reservado para ellos. En el de los estudiantes, casi dos mil chicos y chicas coreaban al unísono aquella canción dedicada a Rosa, haciendo retumbar los muros de piedra; era lo menos que podían hacer después de que el Príncipe –¿quién, si no?– hubiera conseguido que, contraviniendo trescientos años de estricta nutrición, el comedor de Grimm sirviese tarta de postre para homenajearla.
A la canción le siguió un ensordecedor chaparrón de vítores y aplausos. Rosa buscó a Iván con la mirada, pero sólo encontró a Cindy, Canella, Pippi, Vincent y Demian, que le regalaron entre todos un gran abrazo. Sinclair se le lanzó al cuello con lágrimas en los ojos, pues aquel pastel era el mejor que había probado en su vida (y eso que el chico no se privaba de catar cada postre del restaurante de su padre). “¡No tuvimos tiempo de comprarte un regalo, Rosa!”, repetían todos, sin caer en cuenta de que ese momento ya era el obsequio más bello que la chica recordaba haber recibido jamás.
Mis padres no acostumbraban a derrochar el dinero, como si siempre estuvieran ahorrando para afrontar un gran gasto que nunca acababa de llegar. Sin embargo, en mi cumpleaños se permitían ser espléndidos y me regalaban, además de un pastel artesanal, una pequeña bolsa de monedas de plata. Había ganado muchas como esa para mi Padre el tiempo que trabajé a su servicio, así que nunca rechacé esa pequeña retribución (que llegaba tarde y menguada, pero llegaba).
Sin saberlo, mis Padres, familiares, amigos y conocidos estaban contribuyendo a financiar una aventura que me sentía cada vez más próxima a realizar. Como buena virgo (¡me avergüenzo cada vez que me descubro pensando así, pero no puedo evitarlo!), se me da bien el ahorrar, así que el día en que cumplí veintiún años completé con sus regalos la pequeña fortuna que necesitaba para llevarla a cabo…
La Fortuna le sonreía a Rosa desde una mesa privada en el comedor exterior, y tenía el rostro de Iván. Un candelabro de plata –completamente innecesario a esa hora del día– le daba el imprescindible toque romántico a la verdura hervida y al pescado criptozoico del almuerzo. Rosa se sentó con él en la mesa y no dijo nada excepto “Gracias”. Sonrieron y comieron callados, mas no en silencio…
Y es que los alumnos de Grimm se agolparon en el jardín cuando acabaron sus respectivos trozos de tarta, para sacar a Rosa y al Príncipe tantas fotos como cupieron en la memoria de sus teléfonos móviles, entre risas, exclamaciones y una insoportable cháchara. La Guardia Real, que llevaba varios días merodeando por la Academia, custodió la escena a pocos metros de distancia y mantuvo a los estudiantes a raya. Y para que a los dos tórtolos no les faltara tiempo y pudieran acabarse el postre, las campanas de la Torre de Propp sonaron ese día cinco minutos más tarde de lo habitual. 


10 comentarios:

Manuel dijo...

Campanella, publica usted a una velocidad endiablada y a los que tenemos lecturas pendientes se nos acumula el chollo. Además escribe usted muy bien, maldita sea.

G. Campanella dijo...

¡Gracias por la crítica, Manuel! Mientras más vehementes, más me gustan.

Lo de escribir tan rápido tiene su truco: la novela ya está acabada, a falta de una serie de retoques en el capítulo final y en el prólogo (aún no publicado).

Me alegra muchísimo que te esté gustando. Pero insisto (a riesgo de ser cansino): esto no ha hecho más que empezar...

Manuel dijo...

Ya me lo imaginaba amigo, pero podrías escanciarla "a modiño". He visto que te agregabas a O museo das ideas. ¿Quieres decir que no ha sido un pootergeist internáutico?

G. Campanella dijo...

¡Lo voy a intentar, Manuel! A veces me puede el ansia y dejo caer el porrón (literario, que casi soy abstemio).

Llegué a "O muser das ideas" saltando de blog en blog..., probablemente desde el de Rodrigo Cota o el de Manuel Jabois, que sigo regularmente.

Me encantó el proyecto: es un muy buen seguimiento de las actividades educativas más interesantes de la que presumo será tu ciudad. Da envidia de la sana; he trabajado en un importante colegio de Madrid, y rara vez vi iniciativas al nivel de las que se reseñan en "O museo das ideas"...

http://ceipfroebel.blogspot.com/

¡Lo que me gustaría que mi novela sirviera en alguna clase de Castellano, Literatura o escritura creativa (como de hecho está ocurriendo, gracias a mi querida lectora Sara Fontsere)!

Manuel dijo...

Encantado de que te guste el Museo. Estará algo flojo este año porque estamos en varios proyectos nuevos. Te dejo mi blog. Diría "literario" si no hubiese leído tus textos. Digamos que hago mis pinitos...

http://galieiro.blogspot.com/

G. Campanella dijo...

¡Pues a primera vista, tus pinitos son enormes! Y con un sentido de humor de lo más simpático, además. ¡Lo leeré con atención a la primera ocasión!

lucy dijo...

las verduras y el pescado le han tenido que saber a gloria a Rosa...y es que con semejanante compañia...a mi se me hubiera quitao el apetito...♥ me encanta!!

G. Campanella dijo...

¡Pues puedo adelantarte que la tarta estaba buenísima, con o sin Príncipe!

Sarah Degel dijo...

Por lo menos hay que agradecerle al príncipe la fiesta de cumpleaños que le está dando a Rosa. Detalle a tener en cuenta, anotado.

Lic. Natasha L. García Urdaneta dijo...

Muy buena historia. No recuerdo haberme enganchado tan rápido con una novela desde hace rato. Por cierto, muy buen detalle el de ir colocando los rostros de los personajes en el ¿logo? de la Academia Grimm...