28 de septiembre de 2011

Capítulo VI (primera parte)


–¿Quieres ser mi novia?
–Discúlpame, debo de haberte oído mal. ¿Qué has dicho? 
–Que estoy enamorado de ti y quiero que seas mi novia. Hablo en serio, Rosa…
–Iván, tú eres un Príncipe y yo una triste súbdita. ¿Hace falta que diga más?
–Escucha, puedes estar segura de que lucharé contra todo aquel que sugiera algo en tu contra, como que intentarás utilizar mi influencia a tu favor, que la Familia Real jamás te aceptará en su seno o que nunca serás digna de mí..., pero sólo tú puedes desterrar esas ideas tan horribles de tu cabeza. ¿Triste súbdita?
–Vale, es muy noble de tu parte el estar dispuesto a defenderme ante todas esas cosas (la mayoría de las cuales ni siquiera había pensado), y quizás lleves razón en que debería ser menos prejuiciosa, ¡pero es que apenas nos conocemos!
–Por eso te pido que me concedas parte de tu tiempo: para que podamos descubrirnos mutuamente. Quiero enamorarme aún más de ti, y que tú llegues a quererme…
–¿Has preparado una respuesta para cada una de mis posibles excusas?
–Así es, no voy a negarlo. Hay que ir bien preparado al campo de batalla.
El Príncipe sonrió de manera tan encantadora que Rosa tuvo serios problemas para concentrarse y decidir qué pretexto darle a continuación.
–Veamos… ¡Quizás nuestros signos sean incompatibles!
–¡Ah, la Astrología ya no puede tenderme otra trampa! Y si lo intenta, conquistaré cada planeta y los alinearé con una estrella que lleve tu nombre.
Un escalofrío recorrió la espalda de la chica, que no pudo disimular su aversión a la cursilería que creía inmanente a cualquier intento de lirismo en las palabras, sobre todo cuando eran de amor. La única escapatoria posible a la arcada la encontró en cambiar de tema, aunque fuese a tópicos aún más delicados.
–Pues sí, veo que vienes preparado. Y hablando de Astrología: hay algo que debo decirte. Resulta que llegó a mis manos un texto de lo más curioso, donde se cuenta…
–Rosa, por favor, no me evadas. Necesito que me des una respuesta o no seré capaz de volver a respirar. Dime, ¿quieres ser mi novia?
Pero ¿cómo se llegó a esta situación? Rosa aún no era capaz de asimilar el discurso que escuchaba de Iván; que un futuro Rey le declarase su amor estaba, de lejos, fuera de cualquier quiniela que hubiese hecho sobre su sorpresa de no-cumpleaños. Además, ¡hacía apenas cinco minutos estaban terminando sus respectivos trozos de tarta en la mesa privada del jardín, sin ningún indicio de romanticismo excepto aquel absurdo candelabro de plata! Tuvieron entonces la siguiente conversación (que Rosa refrescó ahora en su memoria, intentando hallar pruebas de que el enamoramiento de Iván tenía, al menos, cinco minutos de antigüedad):
–Rosa, creo que este es el día más feliz de mi vida…
–Y yo creo que exageras. Un Príncipe debe de tener días felices todo el rato.
–Eres muy dura conmigo. ¿Acaso crees que miento?
–No, sólo he dicho que exageras.
–¿Es que no he conseguido hacerte feliz con todo esto?
Uno de los Guardias Reales, vestido con gafas de sol y chaleco antibalas debajo del peto del uniforme, se acercó al Príncipe e interrumpió discretamente la conversación.
–Disculpe, Su Alteza, pero le quedan tres minutos para llegar a su próxima clase.
–¡Necesito más tiempo! Hablad con el Rector, retrasad el huso horario, ¡haced lo que haga falta!
El Guardia se apartó de nuevo y comenzó a hablar en voz baja a través de un micrófono oculto en alguna de sus condecoraciones. Iván, por su parte, cogió a la no-cumpleañera de la mano para captar toda su atención, aunque con esto sólo consiguió que los estudiantes que les rodeaban se apresuraran a sacar una nueva tanda de fotografías con sus teléfonos móviles, cual improvisados paparazzi.
–Tu Escolta tiene razón, Iván. Debemos ir a clase.
–Rosa, ¿he conseguido darte una alegría?
–Claro que sí. Y te estoy agradecida, pero…
–Pues debes saber que eso es lo que me hace tan feliz. Y si jamás lo he sido tanto, es porque nunca había conocido a nadie que mereciera más un momento como éste.
Rosa calló, confundida y alegre a la vez, y ambos se sonrieron con incipiente ternura. ¡No ocurrió nada más!, pero sólo cinco minutos después, mientras caminaban juntos al aula de clase, le llegó el turno a aquella otra conversación y a la muy solemne interrogante, que el Príncipe le repitió ahora por tercera y última vez:
–¿Quieres ser mi novia?
La chica se regañó a sí misma por no haberle contestado sin rodeos cualquiera de las dos veces anteriores, cuando el aula todavía no se había llenado de alumnos y habría pocos testigos a su respuesta. Luego maldijo la impuntualidad de la Torre de Propp –por no maldecir al causante de la misma– y a esos cinco minutos robados al horario académico que parecían pródigos en segundos.
–Iván, por favor, quizás no es el mejor…
–¿Quieres que te lo pida de rodillas?
El Príncipe no esperó una respuesta y se dispuso a inclinarse galantemente. Rosa se supo al instante el blanco de todas las miradas; percibió cómo la brisa se detenía fuera del edificio y cada hoja en las copas de los árboles permanecía estática, en observancia. También pudo sentir la sangre ruborizándole la cara, al saberse objeto de una violación a la jerarquía protocolar de la Casa Real y de una pedida romántica. Vio en cámara lenta a un Señor Príncipe arrodillándose ante ella, como su vasallo, y la flexión de cada músculo de sus piernas y brazos…
Y antes de que llegase a tocar con la rodilla el suelo, gritó:
–¡Sí, quiero que seamos novios! ¡Pero por el amor del Supremo Autor, ponte de pie ahora mismo!
La clase entera aclamó a la nueva pareja permitiéndose dar voces y saltos, como si el infringir las normas del Manual tuviese un salvoconducto siempre que fuera para celebrar algo relacionado con el futuro Monarca. El Profesor de turno también parecía saber esto, pues esperó pacientemente a que acabara la fiesta antes de iniciar la clase.
Nadie se paró a pensar en la pobre ama de casa, vecina del Ensanche –el barrio más próximo a Grimm– a la que se le quemó el asado en el horno por confiar ciegamente en la regularidad de unas campanadas que, a partir de ese día, ya no serían de fiar.

8 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

Que extraño episodio. Creo que me he convertido en detractora de Iván haha
Hasta en los libros salta mi desconfianza gatuna, pero si uno se pone a pensar en las probabilidades de que alguien, de buenas a primeras, sea tan amable, es sencillamente dudoso.

G. Campanella dijo...

¡Jajajajajaja! Tienes toda la razón: ¡no hay nada más inquietante que la amabilidad insistente y gratuita de alguien a quien apenas conocemos!

rina_ sunshine dijo...

¿Verdad que si? Eso le decía yo a mi archienemigo español: Tendrás en mí a una crítica no a una zalamera lamebotas como a las que envias tus trabajos, desconfía del buen trato tan regalado, ese no te ayuda ¬¬
jajajajaja

lucy dijo...

voy a regalarle el beneficio de la duda al Principe..Inocente hasta probar lo contrario. Aunque soy de las que dicen "de las aguas mansas..librame Señor"...que miedico...

Sarah Degel dijo...

Campanella muy listo tú... ofreciendo un príncipe del que cualquiera se enamoraría para después marcarnos la duda con el relato de Azul, para más tarde confirmarlo con tal comportamiento tan sospechoso. Con todo esto no se consigue más que tener al lector queriendo que sea bueno y quizás creyéndolo a ratos pero desconfiando en otros, manteniéndonos así con un ansia desmedida.
Buen capi de nuevo.

Galileo Campanella dijo...

¡Qué bien, eso era justo lo que buscaba, Sarah!

Sonia de la Torre dijo...

jajajaja pobre vecina!! anda que ella tambien... si que iba el pollo apurado para que se le quemase en 5 minutos xD

Y me ha sorprendido Rosa en este capitulo, porque la veo muy rebelde, muy altanera, y sin embargo al principe le contesta con rodeos. Su actitud ha sido muy activa, pensaba que iba a ser mas pasiva, en plan "¬¬ tío, dejame en paz" jaja

Galileo Campanella dijo...

¡Rosa tiene un carácter espinoso, Sonia! Me alegra verte por aquí; espero que te guste la novela.