29 de septiembre de 2011

Capítulo VI (tercera parte)


Rosa y el Príncipe entraron en la habitación de ella, y hasta allí pretendían seguirles los curiosos; tanto los Escoltas que habían sido contratados para serlo, como los que lo eran por vocación. Los Guardias Reales se comunicaron entre sí a través de sus auriculares, micrófonos y demás transistores…, quizás improvisando un plan de seguridad que, atendiendo a las previsiones de Iván, incluiría el seguimiento intensivo de Rosa durante las próximas semanas. Los demás entrometidos (es decir, los amigos de la pareja y tantos otros alumnos de la Academia) se dispersaron para evitar una llamada de atención por parte de los Monitores que cuidaban los pasillos de la Residencia.
–¡No digas nada! –le susurró el chico a Rosa cuando hubieron cerrado la puerta del dormitorio–. ¡Eso saca de quicio a los Guardias!
–Iván, recuerda que yo también tengo que contarte algo importante…
–Es cierto, querida, ¿de qué se trata?
El ostentoso móvil del Príncipe sonó y vibró a la vez en ese instante, alertándolo de la llegada de un mensaje. Su dueño decidió leerlo y contestarlo, mientras le hacía un gesto a Rosa para que dijera lo que tenía que decir.
–Resulta que he encontrado un libro en la biblioteca donde se habla de ti.
–Eso no tiene importancia, amor –respondió sin apartar la mirada de la pantalla–: han escrito ya cuatro biografías oficiales, y mi Club de Admiradoras ha publicado recientemente un nuevo tomo de Cartas de Amor al Príncipe Iván, donde se recogen las que recibí entre los doce y los trece años. Pero descuida, son nimiedades; yo sólo tengo ojos para ti.
–No se trata de una biografía autorizada ni de cartas de amor, sino más bien todo lo contrario. Alguien que afirma haber participado en la redacción de tu Carta Astral cuenta en ese libro que la misma fue amañada, y da a entender que tú… ¡¿Me estás escuchando?!
El Príncipe sonrió y se puso colorado después de recibir y leer un segundo mensaje, en respuesta al que él mismo había enviado –con gran destreza y prestidigitación– hacía apenas unos segundos.
–¡No levantes la voz! –Iván se acercó al radio-despertador que tenía Rosa en su mesilla de noche y lo encendió en una emisora al azar, para que nadie pudiera oír lo que se decía en la habitación–. ¡Claro que te escucho, mi Princesa! Pero ahora debo marcharme. Tenemos que actuar tal y como lo hemos planeado, ¿de acuerdo? Mañana les dirás a tus amigos que estuve toda la noche aquí, contigo.
–No creo que haga falta contarles eso: Grimm al completo te ha visto entrar en mi dormitorio. En tal caso, lo que debería decirles es que no te marchaste hasta bien entrada la madrugada. Pero ¿cómo piensas salir de aquí sin ser visto (si es verdad que tienes que irte…)?
–¡Por la fachada, claro está!
Iván apartó la pesada cortina que cubría la única otra salida del dormitorio de Rosa; subió la persiana y señaló dos plantas hacia abajo, donde otra ventana –que seguramente él mismo dejó abierta– le permitiría entrar en la estancia que la Academia había reservado para su alojamiento.
–¡Hasta mañana, mi amada! –susurró el chico en voz baja, y acto seguido comenzó el rápido descenso desde el balcón de su novia hasta el de la primera planta, con una agilidad montañista inusitada.
–¿Y cuándo voy a terminar de contarte lo que descubrí?
Pero Iván ya no podía escucharla. Rosa bajó de nuevo la persiana; se descalzó, se echó sobre la cama y a punto estuvo de aplastar a Gato, que fue el único testigo del pacto entre la chica y el Príncipe desde su escondite entre las sábanas.
Haciendo un primer balance del día, a la vez que un reconocimiento médico (que no veterinario) de su compañero, el resultado arrojado por ambos resultó ser idéntico: “estaba bien”. La gran alegría de su primera fiesta de no-cumpleaños y de su noviazgo –con alguien de sangre azul, nada más y nada menos– no podía verse empañada por la persecución de la Guardia Real y de los demás estudiantes, ni por las cada vez más frecuentes afrentas al Manual, ni por la difícil y extraña petición que acababa de formularle Iván (y que ella había aceptado tácitamente), ni por el empeño del Príncipe en guardar precisamente la única norma –referente al uso y disfrute individual de las habitaciones– que a ella no le hubiese importado quebrantar; de la misma manera, la salud de hierro de Gato no podía verse mellada sólo por un leve aplastamiento…, a los que, por otra parte, el felino ya estaba acostumbrado desde que adquirió la mala costumbre de subirse sigilosamente a la cama de su compañera.
Todo “estaba bien”. “Ha sido un buen día, sí” repitió Rosa con aire canónico, pero metió instintivamente la mano en su mochila y extrajo el tomo I del Tratado de Astrología Elemental, deseando encontrar en él (o mejor dicho, en el texto apócrifo al que daba cobijo) alguna distracción a la complicada complicidad que exigía ser la pareja de Iván. Había tenido la ocasión de ojear los siguientes párrafos en clase de Alquimia, y la tonalidad que prometía el texto se le antojaba ahora muy oportuna.
Parecía como si Azul compartiese con ella una torpe equivalencia basada en los contrarios (o en la contrariedad, quizás): tan pronto se descubría algún paralelismo entre ambos, debía surgir una diferencia fundamental que los separara. Sus respectivos novios, por ejemplo, tenían por costumbre huir a través de una ventana, aunque en el caso del de Rosa (y he aquí la torpeza de la equivalencia) éste lo hacía justo antes de haber cumplido con sus deberes prematrimoniales. De igual manera, mientras que el no-cumpleaños de la chica había resultado ser excepcionalmente bueno y especial, los aniversarios de Azul eran sinónimo de problemas. También eran jornadas especiales, aunque por lo desgraciadas que podían llegar a parecer: sobre todo si se las comparaba con la vida apacible y cómoda que debía de disfrutar en su día a día el huésped de una Mansión en la Campiña, y primogénito de una familia acomodada.
“Puede que mis cumpleaños no sean reales, incluso pese a la intervención de la Realeza” pensó Rosa, “pero al menos han probado ser satisfactorios”. Y esto la colmó de una alegría malsana, porque ya podía mencionar algo en lo que se consideraba más venturosa que el chico-Hada.
Ese día transcurrió inicialmente como cualquier otra celebración en mi nombre: con nubarrones en el horizonte y un pronóstico infalible de peleas familiares. Ahora que lo veo desde una distancia más saludable, he llegado a suponer que para mi Padre debía de ser muy duro el verse obligado, todos los años, a conmemorar la fecha en que un destello azul sobre mi cabeza le había presagiado una paternidad tan problemática. No en vano, la tradición nos enseña que las desgracias se recuerdan, pero nunca hay que celebrarlas.
Creo que si mis cumpleaños acababan siempre en gresca era más por la mala disposición de parte de mi familia, que por una causa metafísica; sin embargo, alguna vez me regodeé en la idea de que mi estrella fugaz –esa que había cambiado mi signo hacía veintiún años– pactó con mi ser no-nacido un trato singular, según el cual yo me beneficiaría de trescientos sesenta y cuatro días de buena suerte a cambio de un día de fatalidad al año. En mi imaginación, yo habría aceptado gustoso la oferta del astro creyendo ingenuamente que hacía un buen negocio; no caí en cuenta de los muchos desastres que podían acontecer en sólo veinticuatro horas.
Ahora que he llegado a la edad adulta (¡qué extraño suenan esas palabras cuando soy yo quien las dice!) he comprendido que aquello era producto de mi fantasía, y que tanto la mala suerte como su contraparte más clemente son sólo una ilusión. Mi vigésimo segundo cumpleaños, por ejemplo, promete ser increíblemente feliz gracias al trabajo duro y no a un buen hado. Y a quien me pida otra prueba de esta certeza, le diré que el día en que soplé veintiuna velas sobre mi tarta –pese a los malos augurios y tristezas aseguradas– compartí un momento de cercanía con mi Madre que es uno de mis mejores recuerdos.
Después de cantar Cumpleaños Feliz subí corriendo a encerrarme en mi habitación; ni siquiera di tiempo a que encendieran de nuevo las luces, cesaran los flojos aplausos o repartieran trozos de tarta. Necesitaba refugiarme, y sumar a escondidas las monedas de plata que acababa de recibir como regalo a las que guardaba celosamente en el monedero. Las volví a contar todas para asegurarme de que ya tenía suficiente dinero como para costear mi aventura; sopesé la gravedad del metal en mis manos, y caí en cuenta de la ironía de que algo tan pesado fuera a permitirme volar livianamente lejos del hogar familiar.
Mi Madre entró entonces en la habitación sin llamar antes a la puerta, y la cerró luego tras ella. Aprovechó así la distracción del resto de los invitados, que se entretenían con su delicioso pastel en la planta de abajo (mientras encendían de nuevo la radio o el televisor del salón, dando por finiquitada la celebración de mi aniversario). No tenía ganas de ser la anfitriona de ninguna fiesta.
Lo que mi Madre realmente quería era hablar conmigo a solas. Según me contó, varios días atrás había descubierto las maletas que yo escondía debajo de mi cama; también me confesó que las había reordenado en secreto para que la ropa no llegara arrugada. Estaba claro que no pensaba detenerme, aunque sus ojos seguían un guion muy distinto y parecían suplicarme que me quedara. Me preguntó cuándo y cómo pensaba marcharme, y  yo le conté con reparos mi plan disparatado –que incluía hacer autoestop a media noche en la carretera que cruza el bosque–, así como otras versiones alternativas de idéntica peligrosidad.
“Suerte que te he pedido un taxi” musitó ella, conteniendo las lágrimas. “No tienes que preocuparte, ya está pagado; quiero que ese sea mi regalo de cumpleaños. Utiliza tus ahorros para alquilar un apartamento en una zona bonita y tranquila; no los malgastes en este capricho de madre”. Deduje de sus palabras que la premonición de mi partida llevaba mucho tiempo madurando al sol en una de las ventanas de nuestra casa, como frutas en una cesta, aunque sólo el espíritu despierto y sensible de mi Madre había sabido cómo preparar una tarta con ella. Llegados al punto de no retorno que señalaban mis maletas, la pequeña y gentil Señora (tan taurina ella; fuerte, paciente y chapada a la antigua) había comprendido que más le valía facilitarme las cosas, en lugar de hacerme más difícil el viaje…
“Estoy contenta por ti, pero me entristece que hubieras planeado irte sin decirnos adiós”. Aquello no era del todo cierto, pues le había escrito una carta de despedida a mi Padre que con toda seguridad también leería ella. Aproveché entonces para dársela (metida en un sobre con un sello lacrado, como era costumbre hacer con las Cartas Astrales); la abrió y dentro encontró, escrita en letras de pan de oro, la frase “Muchas gracias por todo, pero a partir de ahora decidiré mi propio destino”.
Mi Madre no pudo reprimir más el llanto. “Tienes razón, haces bien en no decirle a nadie a dónde vas; tu Padre no se detendrá hasta encontrarte y obligarte a regresar. Tienes que cuidarte, ¡prométemelo! No uses tu verdadero nombre, busca un buen empleo y procura ser feliz allí donde estés”.
–Mamá, cuando sea un Hada volveré para cumplir tus deseos.
–Llegarías muy tarde: hace veintiún años que se hicieron realidad.
Nos abrazamos y lloramos hasta bien entrada la noche. Cuando los invitados se fueron, salí sigilosamente de la casa con mis dos maletas a cuestas; recorrí a pie un kilómetro del camino que llevaba hasta el pueblo, y subí al taxi que me esperaba, como un carruaje encantado, en medio de un claro del bosque. Atrás quedaba la ortopedia incompleta y segura del hogar familiar…, y por delante, un futuro incierto pero lleno de plenitud.
La siguiente canción está dedicada a una persona a la que aprecio mucho, y que echa de menos a su madre y su hogar, del que tuvo volar lejos en busca de la felicidad –dijo con voz grave y ronca un Locutor a través del radio-despertador que Iván había dejado encendido, y acto seguido comenzó a sonar
Flying, de Nice Little Penguins
que casualmente era uno de los temas favoritos de Rosa. La chica subió el volumen y continuó leyendo, con sus pies descalzos moviéndose al ritmo de la música.
Hasta entonces, nunca había salido de la Campiña (¡me avergüenza confesarlo, pero es la verdad!), así que no pude apartar la mirada de la ventanilla, como si tuviera que absorber todas aquellas imágenes nuevas que se sucedían ante mí durante el trayecto. Vi las enormes plantas de guisantes en la granja de la familia de Jack, el frondoso bosque de abetos gigantes y el mismísimo límite entre la Campiña y la primera ciudad satélite. Le siguieron varias urbanizaciones cuyas casas parecían cajas de zapatos, o tropezones de chocolate blanco en esa enorme galleta de jengibre que es el Mundo. Y después de la periferia urbana vino un túnel que cruzaba por dentro un árbol tan grande, que dentro cabían cómodamente la autopista de seis carriles y su respectivo peaje.
Al cruzar al otro lado, pude ver en el cielo incontables globos, cometas y dirigibles que navegaban lentamente y en aparente silencio –como el del Conductor del vehículo, que sin embargo iba mascullando sus asuntos entre dientes. Seguro que arriba, entre las nubes, sí podría oírse el rugido de los motores de los aerobarcos…, pero abajo, la quietud matutina sólo era perturbada por la música de la radio y el ruido de otros coches.
El taxi avanzó rápidamente por el puente sobre el estuario donde desemboca el Río, y pasamos a través de una nube de vapor creada por los navíos que lo surcan. El final del camino coincidió con el alba, así que asistí al espectáculo de los primeros rayos del Astro Rey reflejándose sobre las banderolas y estandartes –bordados con el florido escudo de narcisos de la Casa Real– que decoran la muralla. Amanecía en la madre de todas las urbes reales e imaginarias, y el lugar donde se hará realidad mi anhelo: la Capital del Reino.
Una señal de tráfico fue lo primero que me saludó al llegar:

“Retenciones en los próximos setecientos metros. Utilice el carril derecho.
Por su seguridad, conduzca siempre con el cinturón puesto”.

8 comentarios:

marçal dijo...

Hola me a encantado el capitulo. Soy un compañero de tai me llamo marçal y he leído todos los capitulos asta el momento. Es interesantisimo cuando pondrás más eres muy bueno.
quiero leer más me he leido el primero i el segundo 2 veces ojala icieras una película
Adios y suerte.

G. Campanella dijo...

¡Buenos días, Marçal! Estoy encantado con que tú y tus compañeros de clase estéis leyendo mi novela. Voy a seguir publicando capítulos todos los días (incluso los domingos), para que muy pronto lleguéis a las grandes sorpresas de Heliópolis.

Aún queda mucho por descubrir: vídeos, lugares, secretos y personajes. ¿Qué otros cuentos de hadas crees que vivirán en la Capital?

Yo también espero que algún día se haga la película o la serie de televisión, pero la lectura permitirá que te imagines la historia tal y como tú quieras. ¿A que es emocionante?

rina_ sunshine dijo...

Envidio a Azul, tiene una excelente madre ^^

Que pegajosa la canción: uuh, uuh, uuh, I'm Flying.

Si, en un par de años más, tengo un hijo, me encantaría leerle esto.

G. Campanella dijo...

De todos los posibles comentarios positivos, no puede existir ninguno mejor que cuando alguien me dice que compartirá la novela con un niño o un joven.

¡Muchas, muchas gracias!

rina_ sunshine dijo...

Quiero criar a un niño tolerante con el resto, esto me viene como anillo al dedo.

¿Tendrá tantos mensajes cómo creo?

G. Campanella dijo...

Y alguno más...

Sarah Degel dijo...

Me encanta la historia de Azul. Muestra mucha fortaleza, acaba de dar un gran paso. Saludos

Galileo Campanella dijo...

¡Muchas gracias, Sarah! Me alegra haber sido capaz de escribir sobre un personaje más fuerte que yo...