30 de septiembre de 2011

Capítulo VII (primera parte)



El taxi me dejó en la Plaza Mayor, con una maleta en cada mano y el corazón en la boca. La idea que me había hecho de la Ciudad del Sol distaba mucho de aquel escenario confuso, ruidoso y a ratos sucio que tenía ante mis ojos. El consecuente desconcierto me paralizó en el centro de la plaza junto a sus muchas estatuas, como si fuera un monumento a la ingenuidad de los provincianos. Tuve que esforzarme para poder mover mis pies, que ya no se conformaban con ser enormes, sino que además se habían vuelto tan pesados como los adoquines de la calzada.
Mi ensimismamiento desapareció cuando las tuberías exteriores de un edificio chirriaron para escupir un chorro de vapor a presión, tras lo cual se encendió un cartel luminoso en la fachada (un reclamo publicitario del todo innecesario a media mañana). Otra bocanada de humo salió de las alcantarillas, bajo las cuales se adivinaba, por su ruido traqueteante, algún tipo de transporte subterráneo. En el otro extremo de la plaza, una estatua ecuestre parecía a punto de alzar el vuelo gracias al gran número de palomas que la cubrían, y que de vez en cuando agitaban sus alas como intentando levantarla entre todas; también ellas se sobresaltaron con los silbidos del vapor furibundo y omnipresente, semejantes al que avisa de que algo se cuece en una olla exprés.
Alcé la vista al cielo en busca de aire fresco y vi la misma bandada de palomas cruzar una fila interminable de dirigibles, que esperaban para anclarse a la punta de un edificio bastante alto; sin embargo, su aguja y pararrayos estaba ahora mismo ocupada por un pequeño globo aerostático al que los demás vehículos pitaban sin cesar con el claxon. También llamó mi atención otro edificio acristalado cercano a la plaza, pues se erigía entre las torres de un antiguo castillo e imitaba, con poco acierto, la forma de éste. El resto de construcciones no tenían más de cinco plantas y era imposible reconocer el estilo de sus fachadas, debido al gran número de tuberías, cables, anuncios (normales y luminosos) toldos y capas de mugre que lo cubrían todo desde el techo hasta los cimientos.
Los verdaderos rascacielos parecían concentrarse a unos pocos kilómetros del Casco Antiguo (en el Distrito Financiero), desde donde llegaba la luz multicolor de la Plaza de los Neones, que incluso a horas tan tempranas ya avisaba insistentemente de su presencia e intentaba, mediante su ingeniosa publicidad, convencer a los peatones de comprar cualquier cosa. Recuerdo que decidí postergar mi visita para otro día…, o mejor dicho, para otra hora, ya que la contemplación de tan espectacular panorama –del que me habían advertido cientos de películas y series de televisión– ameritaba un ambiente más nocturno. ¡Qué mala decisión tomé! No pude prever que justo a partir de ese día tendría las horas contadas, ni que mis noches transcurrirían una tras otra sobre un escenario muy diferente. Han pasado meses desde entonces y yo sigo sin conocer la Plaza de los Neones, pese a estar en la misma ciudad y a vivir tan cerca…, pero muy pronto podré ir a ver un musical en cualquiera de sus famosos teatros (e incluso pienso cantar en alguno, si consigo que nuestro improvisado Representante salga de su despacho y se relacione con gente del mundo del espectáculo).
Mejor volvamos al día en que llegué a la Capital, conmigo en el centro de la Plaza Mayor, presa de las sensaciones más extrañas. Decidí entonces ponerme en marcha: busqué con la mirada y divisé una parada de autobuses, donde una señora vestida de gala esperaba junto a un arlequín, tres roqueros de aspecto siniestro y un esgrimista que besaba a su novia (una bailarina de tap dance) a través de la máscara de malla. Tal era la confusión de gentes que me rodeaba: todas de idéntica originalidad y todas extrañadas de mi atuendo, como si yo fuese la única persona fuera de lugar en aquel carnaval.
Los autobuses de dos plantas entraban en la plaza cada minuto, dejando y recogiendo cientos de pasajeros. Nadie parecía mirar a nadie –¡excepto a mí!–, ni reparar en la desquiciante mezcla de gentes, idiomas, estilos, coches y épocas que coexistían en la ciudad. Las miradas reprobatorias de los capitalinos me disuadieron de subir con ellos en el autobús, y me sacudieron como si me encontrase en medio de una falla tectónica privada.
La angustia comenzó a apoderarse de mí, así que cerré los ojos y esperé a que mi corazón palpitara al mismo ritmo que la ciudad. Cogí fuertemente las maletas y me sumergí en la marea humana sin saber bien a dónde ir. Tampoco tuve necesidad de decidirlo, a decir verdad, pues los empujones de los demás peatones me llevaron con la corriente hasta una bocacalle cercana a la plaza, donde encallé entre cubos rebosantes de basura, paredes con un fortísimo olor a pis, y una niña pobre y harapienta que vendía cajas de cerillas.
–¡Qué color de pelo más bonito! –dijo con zalamería para captar mi atención–. ¿No quiere comprarle una caja de cerillas a esta niña? ¡Pobrecilla!, que no tiene comida, ni cama, ni abrigo… Su madre está enferma, no puede trabajar, y ella tiene hambre, y sueño, y frío…
Me apiadé del tono lastimero con que ofrecía insistentemente su producto. Aunque yo no fumaba ni tenía chimenea (ni casa, siquiera) decidí comprarle una caja para colaborar con su causa y ayudarla a paliar aquel drama que narraba en tercera persona del singular. Dejé las maletas en el suelo, abrí discretamente mi monedero y le di una moneda de bronce.
Y en cuestión de segundos me rodeó una banda de niños igualmente harapientos (salidos de entre las sombras del callejón, creo…) que huyeron con mis maletas y con el monedero antes de que yo me diera cuenta, abandonándome a mi suerte con una caja de cerillas como única pertenencia. No pude ni defenderme, ni gritar; ¡así de ágiles fueron los ladronzuelos!
Por una fracción de segundo dudé qué hacer: si correr tras ellos –exponiéndome a quién sabe qué peligros– o denunciarles ante la Guardia Real, lo cual habría significado el fin prematuro de mi aventura en la Capital… ¡Y es que en el monedero llevaba, además de todos mis ahorros, mis documentos de identidad! Si optaba por lo segundo, seguramente me retendrían en comisaría hasta que dijese el nombre, dirección y teléfono de mis Padres, quienes no tardarían en venir a recogerme para llevarme de vuelta a la Campiña… Me lancé, por tanto, a perseguir a los bribones a través del oscuro callejón, que desembocaba en una calle mucho más ancha y concurrida: la del Mercado Central.
Si el gentío de la Plaza Mayor me sorprendió, fue únicamente porque aún no había visto la muchedumbre que tenía ahora ante mis ojos. Era imposible caminar entre los puestos de fruta, ropa y cachivaches de aquel empinado mercado callejero sin rozar a varias personas simultáneamente. Los ladrones habían escogido bien su ruta de escape, porque sólo un niño podía moverse fácilmente entre los miles de viandantes que compraban, gritaban y estorbaban, todo a la vez.
Me negué a tirar la toalla y comencé a bajar a empellones por la corredera del Mercado, que de todas formas parecía más segura que la callejuela donde me había timado la niña de las cerillas…, ¡aunque quién sabe! Las personas ingenuas rara vez aprendemos a no serlo, porque carecemos de la malicia necesaria para prever cada uno de los trucos que los más espabilados tienen en su repertorio de engaños. ¡Qué tristeza sentí al regodearme en la idea de que mi sueño estuviera a punto de perderse por culpa de una inocentada: esa que era yo misma!
Por si fuera poco el caos que se respiraba en aquel lugar y en mi ánimo, dos activistas encapuchados aparecieron en escena. Uno de ellos comenzó a lanzar pregones instalado a un lado de la vía, sobre un buzón de correos; era espigado y frágil, con una caperuza verde que le cubría la cabeza y una capa del mismo color que le llegaba hasta los pies. Del buzón saltó a una farola, y allí comenzó a atraer a sus oyentes, a los que habló más o menos así:
–¡Compañeros: el Mundo os necesita! Ha llegado el momento de acabar con la masacre que cada día se cobra la vida de cientos de miles de animales. Mueren por su carne o su piel, para vestir al Rey en su banquete y engordar el guardarropa de la Reina…, o para vestir a la Reina y engordar al Rey, no sé… El caso es que la tala indiscriminada de bosques está poniendo en peligro el hábitat de numerosas especies en peligro de extinción. No todas tienen la suerte del Ave Fénix, ¡y no creáis que lo lamentan!, pues ésta renace sólo para acabar una y otra vez con su carne en el asador…
Recuerdo que algunos de los presentes se relamieron y exclamaron frases al estilo de “¡Ave Fénix a la parrilla! ¡Qué buena está!”. El caperuzado lo notó, y a partir de entonces continuó su pregón en un tono más dubitativo todavía, como si aquellas pequeñas interrupciones hubieran lastimado su orgullo ecologista.
–…, y con sus plumas rellenando las almohadas de los inconscientes…
–¿No querrás decir “de los que duermen”? –preguntó alguien del público.
–¡No! Me refiero a los que prefieren no escuchar la dura verdad: que la cría intensiva de ésta y otras especies es inhumana.
–¡Claro que lo es! No son personas, ¡son animales!
–Ya, pero… A ver; lo que quiero decir es que…
Mientras el encapuchado verde distraía a la gente –lo cual resultó ser su verdadero propósito–, su compañero (un forzudo de gran tamaño, caperuza roja y aspecto amenazante) hizo una pintada antimonárquica con aerosol escarlata en el escaparate de una tienda de calendarios, e inmediatamente comenzó a repartir panfletos entre los peatones. Conseguí hacerme con uno, y en él leí lo siguiente:

“Próximo día Primero del Otoño
HUELGA GENERAL
Tres razones para ponerle fin a la Monarquía:
I.– Wenceslao III se come tus impuestos y tu trabajo”.

Junto a esta frase había una graciosa caricatura del Rey convertido en sapo, cazando con la lengua diminutas personitas aladas, como moscas.

“II.– Wenceslao III es un líder supersticioso, presa fácil de sus miedos.
III.– Wenceslao III persigue a los que se atreven a ser diferentes.
¡Queremos la horca para Wenceslao III!”.

Estuve de acuerdo con todo lo que decía el folletín (excepto con eso de pedir la horca para el Rey, cosa que encontré muy exagerada). Desafortunadamente, aún no tenía empleo y no habría podido sumarme a la huelga para mostrar mi apoyo aunque quisiera hacerlo; por otra parte, mi protesta de brazos caídos se remontaba al día en que supe la verdad sobre la Astrología y dejé de ejercer en el gabinete astrológico de mi Padre. Si hubiera querido ser activista o huelguista, habría contado con un currículo revolucionario de lo más competitivo en dicho mercado no-laboral.
Volviendo a la calle del Mercado Central: Debo confesar que sentí una simpatía inmediata por los encapuchados, pues estaba claro que sus Cartas Astrales no los habían destinado a ser Pregonero y Grafitero (respectivamente) de consignas exaltadas…, y aún así se sentían en la obligación de ser ellos mismos y luchar contra el sistema. Pero, ¿a qué clase de represión estaban sometidos, como para sacar tanto valor de ella? ¿Qué les hacía tan diferentes al resto de capitalinos como para querer arriesgar sus vidas por las de todos los que no seguimos los patrones habituales de originalidad?
Y de pronto, tuve respuestas. No sólo a la pregunta de quiénes eran esos subversivos, sino a las de qué tenía que hacer, a dónde debía ir, y quién podría ayudarme. Bajo la capa carmesí del segundo encapuchado pude ver cómo sobresalían las que, sin lugar a dudas, eran dos hermosas alas. ¡La pareja de caperuzados eran en realidad dos Hadas!
Aquella revelación coincidió con la aparición de tres Guardias Reales quienes, al ver el alboroto causado por las agitadoras, decidieron cargar contra ellas. Pronto comenzó una batalla campal en plena calle del Mercado Central, con peatones huyendo de un lado para otro, mercancías destrozadas y Tenderos que cubrían como podían los escaparates de sus tiendas. Las dos Hadas encapuchadas se defendían con lo que tenían a mano, y lanzaban latas de aerosol y panfletos arrugados a los que pretendían capturarlas.
Entre tanto, a mí me había llegado la hora de tomar la segunda decisión del día, que también sería una de las más importantes de mi vida: debía escoger entre esperar a que los Guardias hicieran su trabajo para denunciar ante ellos el robo de mis pertenencias –y regresar a casa con el rabo entre las piernas–, o ayudar al dúo de Hadas en apuros y huir con ellas de la justicia. Me encontraba en una encrucijada vital, una miau que cambiaría mi miau para siempre. La miau que marramiau, miau, miau…

6 comentarios:

Nekane dijo...

"Una señora vestida de gala esperaba junto a un arlequín, a tres rockeros de aspecto siniestro y a un esgrimista que besaba a su novia (una bailarina de tap dance) a través de la máscara de malla" Me ha hecho mucha gracias esta imagen, vamos, momento Kodak :)

G. Campanella dijo...

¡Gracias, Nekane! Aunque no tiene mérito: la ciudad en la que vivo me regala constantemente momentos así, con distinto grado de sordidez según la hora del día.

¿Qué diremos a partir de ahora en lugar de "momento Kodak", si es verdad que la compañía está a un paso de la quiebra?

rina_ sunshine dijo...

Haha Unas hadas encapuchadas, que gracioso. Pensar que acá llevan presos a los que andan hasta con una bufanda tapándose la boca y la nariz; una nueva orden. Yo campante me fui a una protesta y ni sabía aquello.
Espero que Azul haya intervenido para huir con ellas.

G. Campanella dijo...

¡Esa es una oportunidad que no puede dejar escapar!

lucy dijo...

ay que aventuron!!! me encantaaaaaa!!! por fin estais viviendoooo!!jajaja

Galileo Campanella dijo...

Eso es; ¡precisamente en este "episodio" comienza la aventura!