13 de octubre de 2011

Capítulo XIII (primera parte)


Rosa abrió lentamente los ojos, se encontró en un lugar que le era ajeno, y de inmediato supuso que la gravedad la habría llevado esta vez más allá de la enfermería de Grimm. Mas no la fuerza de gravedad, sino la propia gravedad de perder la consciencia en plena calle; la seriedad de haber estado a punto de ser atropellada a causa de un desmayo que fue a la vez grave, agudo y esdrújulo.
Por tanto, era lógico pensar que aquella habitación desconocida pertenecía a un hospital: la blancura del techo le inundaba la retina, y todo estaba impregnado de un denso olor a medicamentos. Se decidió a mirar alrededor tan pronto pudo tolerar la claridad de los fluorescentes, recordando el susto de toparse con Iván tras el partido de slowball. Lo hizo lentamente, venciendo poco a poco un fortísimo dolor de cabeza.
Y así descubrió que ahora también tenía compañía. No la de un Príncipe, sino la más modesta de Sinclair, que procuraba mantener la boca cerrada para no alterarle los nervios. Rosa siguió buscando a su alrededor, con la esperanza de encontrar otros rostros familiares y más queridos que el de su amigo, pero sólo vio desconocidos recorriendo el pasillo a través de la puerta entreabierta de la habitación. Emil estaba expectante, deseando que la chica iniciara la conversación para poder decirle algo, cualquier cosa, lo que fuera.
–No te lo vas a creer, pero acabo de ver pasar un caballo blanco ahí fuera –le dijo por fin Rosa con voz áspera, mientras se frotaba los ojos–. Y vestía una bata de Médico.
–Bueno, no nos alarmemos; los Doctores no encontraron señales de daño cerebral...
–Gracias, Sinclair, me alegra saberlo.
–…, aunque quizás deberían seguir buscando. Dime, ¿te encuentras bien?
–Me duele todo, como si hubiera dormido en una mala postura durante días.
–Y así fue, estamos a martes.
–¡No puede ser, entonces he faltado a clases!
–Sí, pero descuida: el Rector está al tanto de todo. Además, ahora eres el menor de sus problemas; es posible que incluso olvide tu ausencia. Alguien ha convocado una huelga general y todo funciona a medias. Tanto ayer como hoy se ausentaron unos cuantos Profesores, y aquí sólo están trabajando la mitad de las Enfermeras.
–Tal parece que he escogí un buen momento para desmayarme, entonces. En cualquier caso, me iré de aquí ahora mismo –dijo Rosa, comprobando que no estaba conectada a ningún catéter que le impidiera levantarse de la cama como si fuera la de su dormitorio.
–Yo más bien diría que elegiste la peor hora posible para ser hospitalizada. Tendrás que esperar a que te den el alta si quieres salir de aquí, y no creo que eso ocurra pronto. La chica de la cama de al lado lleva casi tres días esperando a poder irse.
Rosa apartó la cortina que la separaba del resto de la habitación y vio a la otra paciente. La mujer, guapa de cara pero delgada y pálida en extremo, respiraba con dificultad y era alimentada a través de una sonda mientras dormía.
–¿Qué le ocurrió?
–Ha estado a punto de morir de desnutrición. La trajeron inconsciente y los Médicos pensaron que se trataba de una sobredosis. Le hicieron un lavado de estómago, pero sólo encontraron un trocito de manzana; ¡era lo único que había comido en días! –Aquello era inconcebible en la mente de Sinclair, para quien una buena cena era el mayor placer de la vida…, y la alimentación, en general, su leit motiv.
–Qué estúpidas son algunas Supermodelos.
–¿La conoces?
–Debo de haber leído sobre ella en algún número atrasado de Cuentos de Hadas, pero no me apetece hacer memoria en este momento. ¿Qué han dicho los Doctores sobre mí?
–Te hicieron muchas pruebas, y el resultado de todas fue que estás perfecta. Como te dije, ni rastro de daño cerebral. Quizás te sentó mal algo que comiste.
–A diferencia de ti, mi Mundo no gira en torno a la comida, Sinclair. Es sólo que me parece raro haber dormido tanto, ya que jamás he podido hacerlo...
–Eso no es cierto. De pequeña dormías mucho, ¡incluso en clase!
–No lo recuerdo.
–Puede que estés retomando viejas costumbres, porque te has echado una buena siesta. El Príncipe se quedó aquí contigo las noches del domingo y del lunes, y me dijo que no te despertaste ni para ir al aseo…
–¿Iván estuvo aquí?
–Sí, y hoy parecía agotado por el desvelo. Todos estamos muy preocupados por ti…
Rosa sintió remordimientos por apresurarse en juzgar a su novio. Si el pobre no se había movido de su lado en días, entonces ya tenía una prueba irrefutable de su amor hacia ella. Sin embargo, eso no le disculpaba por tantos otros días de abandono, y así debía hacérselo saber la próxima vez que hablara con él. Ya pensaría cómo decírselo cuando no tuviese a Sinclair delante, importunándola con sus preguntas.
–¿Qué ocurrió, Rosa? ¿Por qué te desmayaste?
–No es asunto tuyo. ¡Por Marte! De haberme despertado antes, habría encontrado a Iván a mi lado y él se habría hecho cargo de todo. ¿Dónde está mi ropa? Quiero vestirme y salir de aquí. No, espera un momento, ¡¿dónde está mi libro?!
–¿Qué libro? Cuando te trajeron no estabas aferrada a ninguno. Quizás el coche que estuvo a punto de atropellarte lo destrozó.
–Es imposible, ¡lo necesito!
–¿Para qué? Escucha, te encuentras muy débil; no es el momento de que esfuerces en leer nada. Si el pan se saca del horno antes de tiempo, la masa no levanta y…
–¿Qué panes ni qué hostias? llevo toda la vida queriendo descubrir cómo soy, cuál es mi signo y cuál se supone que será mi futuro. ¡Si sabes muy bien lo emocionada que estaba de que este año tuviésemos por fin clase de Astrología! Y ese libro…, ese libro contenía las claves que he estado buscando.
–No te preocupes, es un texto escolar muy conocido; puedes sacar otra copia de la biblioteca cuando salgas de aquí. Lo estudiaremos juntos, si te apetece.
Rosa hizo silencio. Le habría gustado hablar con alguien sobre El Blues del Hada Azul. Incluso con Sinclair, que estaba deseando tener más protagonismo en su vida a toda costa. Pero hacerlo suponía un riesgo demasiado grande; a nadie con un signo y una profesión bien definidos le gustaría leer que la Astrología estaba amañada. Él mismo, tan satisfecho con su futuro como Chef, se sentiría destrozado al saber que era posible que su padre hubiera sobornado a un Astrólogo para que su hijo continuara la tradición familiar. Ella, en cambio, no tenía nada qué perder…
–Y lo que dices sobre tu pasado… Escucha, soy de la opinión de que cuando a un alimento se le ha pasado la fecha de caducidad, lo mejor es tirarlo a la basura.
–¿Acaso existe otra opinión al respecto? Por favor, recuérdame que no coma jamás en el restaurante de tu padre. En cualquier caso, no podría estar más de acuerdo contigo: ¡lo pasado, pasado está! Y aún así, debo recuperar ese libro… Dudo que cualquiera que lo encuentre sea capaz de digerirlo; puede sentarle mal a mucha gente.
–¡Incluso a ti! Parecías haberlo olvidado todo cuando te quedaste huérfana por segunda vez y te llevaron de vuelta a Grimm, ¡y ahora esas memorias…!
–Emil, ¿tú sabías que fui adoptada de pequeña? ¿Lo recuerdas?
–No.
Sinclair sintió cómo la mirada de Rosa lo estrangulaba.
–De acuerdo, sí. Aún estábamos en el Parvulario. Yo pensaba que nunca conseguirías que alguien te adoptara porque eras un verdadero azote en clase: no parabas de hacer travesuras, insultar a los Profesores y pegarle a los demás niños. Una vez me diste tan fuerte que sangré por la nariz durante un día entero.
–¿Y sabes quién me adoptó? ¡Bah, déjalo!, no creo que lo recuerdes…
–¡Claro que sí! Fue el Monitor que te cuidaba.
Rosa comenzó a verle con más claridad al instante, pese a ser un fragmento de su memoria lleno de polvo, cenizas y sombras.
–Es cierto; recuerdo que era muy alto…
–Y peludo. Tenía una barba canosa y mullida, ¡parecía un oso! Siempre jugaba conmigo y con los demás niños de la clase, pero a ti te adoraba.
–¿Cómo lo sabes?
–¡Venga ya, qué pregunta tan tonta! Por la mañana te recogía en tu dormitorio, te llevaba a desayunar en la cocina como a una sonámbula, y luego cruzaba el rosal contigo a cuestas (¡aunque está prohibido, y además es un arbusto cargado de espinas!). De esa manera acortaba el camino, y tú podías dormir unos minutos más en sus brazos.
–Qué vergüenza, ¡si te acuerdas de muchas más cosas que yo!
–Sí, bueno, es que siempre salía con rasguños del rosal, y los dos coincidíamos en los aseos para limpiarnos la sangre que perdíamos por tu culpa. Pero él parecía feliz; se divertía cuando abrías los ojos y te sorprendías al encontrarte en el aula de clase.
Rosa se vio fugazmente a sí misma con el fornido Monitor, mirándolo de reojo por debajo de su melena rubia, y haciéndose la dormida para disfrutar de la comodidad de ser llevada en brazos desde la cocina hasta su mesa en el Parvulario. Escuchó el crujir de sus pasos sobre el césped cubierto de hojas secas y después de nieve; se ablandaron luego en primavera, y desaparecieron en verano con cualquier otra reminiscencia.
–La primera palabra que dije fue "rosa". ¡Claro, como las veía todos los días…!
–¡Anda, quizás fue por eso que cambiaste de nombre! Antes te llamábamos Ricitos, y en la lista figurabas simplemente como Señorita Grimm.
–¿Y cómo se llamaba el Monitor? ¡Dímelo!
Sinclair hizo un gesto de “no pienso caer en tu trampa; ya sé que quieres hacerme hablar más de la cuenta” y meneó negativamente la cabeza.
–Rosa, no creo que saberlo sea bueno para ti. El caso es que nada salió como esperabas, y cuando regresaste ya no eras la misma, ¡para bien! Comenzaste a atender más en clase, a comportarte mejor y a respetar a los Profesores. Pronto pareció que no recordabas nada sobre tu fallida adopción. El propio Klaus debió intuir que el olvido era un remedio muy potente, porque renunció como Monitor el mismo día en que…
–¡Klaus, así se llamaba!
–¡Porras! –Emil se llevó las manos a la boca para evitar pifiarla otra vez, aunque eso era exigirse demasiado–. ¡Espero que ahora no pretendas buscarle! Lo mismo que si vas tras Geppetto, o insistes en seguir leyendo las memorias de…
–Espera un momento, ¿cómo sabes sobre Geppetto y Azul? ¡Tú tienes mi libro, y lo has estado ojeando!
El móvil de Sinclair comenzó a sonar de forma escandalosa, salvándolo del interrogatorio de Rosa y de un nuevo estrangulamiento ocular.
–¡Mira, es el Príncipe! Seguro que quiere hablar contigo…
–Ahora no es el momento. ¡Quiero que me devuelvas el libro, Emil Sinclair!
–¡Pero si es tu novio! Además, a un Príncipe no se le puede rechazar una llamada (creo que hay una ley al respecto). Ya hablaremos de tu libro; ten y déjame en paz.
Sinclair contestó y le puso el teléfono en la oreja a su amiga.
¿Rosa, amor, eres tú?
–Sí, Iván. Dime.
¡Mi vida... has despertado! ¿Cómo te encuentras?
–Estupendamente: perder la consciencia durante casi dos días me sentó de maravilla, ¡no veas lo relajada que estoy! –dijo con sarcasmo–. ¿Y tú? ¿Qué hay de tu vida?
Princesita mía, creo entender por qué estás enfadada…
–¿Porque no veo mi novio desde el viernes de la semana pasada, quizás?
…pero me parece que aún no has asimilado que yo, como Príncipe, estoy encadenado a una serie de obligaciones. ¿No estarás actuando así para llamar mi atención, verdad? Además, mi actitud forma parte del plan para que pronto podamos estar juntos sin que nadie nos moleste. ¿Has seguido mis indicaciones, o has vuelto a delatarme ante la Guardia Real?
–No he tenido tiempo para hacer ni una cosa ni la otra. Hasta hace unos minutos he estado “fuera de cobertura”, hablando en tu mismo lenguaje.
Lo sé, dormías como un angelito. Uno muy bello, por cierto.
Rosa calló unos segundos para reponerse de la sonrisa que Iván acababa de arrancarle con aquellas palabras, y que le resultaba tan inconveniente si pretendía seguir riñéndole. Tuvo que darse por vencida y cambiar a un tono mucho más amable.
–Sinclair me ha dicho que estuviste aquí ayer y anteayer, cuidándome…
Así fue. Mi lugar estaba junto a ti, y no me hubiera apartado de mi sitio aunque lloviese, tronase o relampaguease.
–¿Y volverás esta noche?
No lo creo, Reina…, hoy lo tengo difícil. Tú preocúpate por descansar; yo hablaré con el Rector para advertirle de que mañana tampoco asistirás a clase.
–Otra vez volvemos a lo de siempre. ¿Crees que podremos vernos algún día estando yo consciente? –La amabilidad y la ternura de Rosa eran siempre flor de un día.
Sí… Espera, tengo otra llamada. Cariño, hablamos en otro momento. ¡Te echo mucho de menos! –y ya sólo se escuchó el tono de la línea por el auricular del teléfono.
–¡Ha colgado! El muy… ¡Que si he estado actuando para llamar su atención, dice!
Rosa le devolvió el teléfono a Sinclair, quien durante toda la conversación había permanecido a su lado observando el techo detenidamente, como si de esa forma le brindara algo de privacidad a los dos enamorados, pese a estar de cuerpo presente.
–Sinclair, quiero mi libro. Ahora
–No está aquí. Lo escondí en otro lugar.
–¡Tráemelo inmediatamente!
–Descuida, está a salvo…, aunque el coche le pasó por encima y estropeó la portada.
–¡Eso me da igual, sólo quiero acabar de leerlo!
–Antes tienes que prometerme una cosa: que no irás a buscar a ninguno de tus tres padres adoptivos. ¡Júralo por tu Gato!
–Lo juro.
Rosa no tenía ningún problema en hacerlo, y no porque le diera igual que el Supremo Autor acabase una a una con las siete vidas de Gato (de hecho, Sinclair había sido muy hábil al pedirle que jurase por la “persona” que más quería en el Mundo), sino porque en sus planes no estaba el ir tras Klaus, Geppetto o quienquiera que fuese el Oso de perilla; su amigo tenía razón acerca de que recrear el episodio de su fallida adopción no sería productivo y sí muy doloroso. “¿En cualquier caso, por qué querría yo encontrarme con los miembros de aquel aborto de familia? ¿Cómo llegó a pensar Klaus que yo podría preferir tener tres padres a seguir siendo huérfana? Lo único que pretendo es encontrar a Azul y que él me diga cuál es mi signo y mi futura profesión. Sinclair no ha dicho nada al respecto, así que podré mantener la promesa”.
–¿Lo juras en serio?
–¡Tú también piensas que actúo! Escucha, ya he leído la dirección de la tienda de Geppetto; si quisiera ir tras él, podría hacerlo sin necesidad del libro. Te repito que lo único que me interesa es terminar de leerlo, ¿comprendes? En él, Azul insiste en que la Astrología no es más que una patraña…
–¡Claro, qué otra cosa podría decir un chico que quiere ser Hada!
–…, y yo sólo quiero conocer sus argumentos. Si me convence, entonces dejaré de preocuparme por no saber cuál es mi signo. De lo contrario, estudiaré a fondo la materia y veré si consigo sacar algo en claro sobre mi personalidad y mi destino.
–Además, se trata de literatura de difícil digestión, como bien dijiste. La supuesta receta de una Carta Astral no es algo que deban saber aquellos que han tenido que tragarse la suya durante toda una vida. A mí no me importó leer que están amañadas porque me encanta la idea de ser Chef…, y tú no tienes Carta Astral, así que tampoco debería afectarte. ¡Pero imagínate si lo leyera el Príncipe!
–¡Sería catastrófico! Por eso debo vigilar que no acabe en otras manos.
–¡Por eso me lo llevé a casa…!
El chico se dio una palmada en la frente, se mordió los labios y pensó durante unos segundos, pero carecía de la malicia necesaria para adivinar las verdaderas intenciones de Rosa. Ya la había obligado a jurar que no buscaría a los Tres Osos, y concluyó que eso bastaba para cuidar su salud mental y prevenirla de nuevos desvanecimientos.
–De acuerdo, te lo devolveré…, aunque es muy tarde como para ir y volver con él. Hagamos lo siguiente: te dejaré mi móvil (escóndelo bien, ¡que no te lo decomisen las Enfermeras!) y te llamaré desde el teléfono de mi casa cuando tenga el texto delante. Voy a leerte un capítulo, ¡sólo uno!, y esa es mi última oferta.
–¡Gracias, Emil, eres un encanto! –Rosa se abalanzó sobre él y le dio un fuerte achuchón.
–¡Pero cuidado con la nariz, que me sacas sangre otra vez!

7 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

Rosa comienza a asustarme :S

Sinclair es un pájaro...

G. Campanella dijo...

¡Y un lince!

El carácter de Rosa es algo retorcido con de muchas capas, como los pétalos de la flor...

rina_ sunshine dijo...

:O ¿también un lince? jaja Trae sus sorpresas bajo la manga

G. Campanella dijo...

¡Jajajaja! Bueno, en realidad estaba siendo irónico. Quizás tarde su tiempo en darse cuenta de las cosas, pero es un personaje íntegro, amable y sincero como pocos.

Anónimo dijo...

lo sabia!!! no era posible que nadie hubiera amado a ROsa en la Academia...lo sabia!!

Dark Wolf dijo...

que bien enlazado el pasado de rosa con lo que ha leido de azul

Galileo Campanella dijo...

¡Muchas gracias! ¡Cómo me alegra que te guste!