18 de octubre de 2011

Capítulo XIV (segunda parte)



Sinclair cerró el libro porque no estaba acostumbrado a leer en movimiento, y hacerlo en el autobús escolar (habiendo desayunado fuerte, además) no era la opción más recomendable para fomentar el hábito. Por si fuera poco, aquel texto le resultaba, a ratos, profundamente desagradable; “Un chico que quiere ser Hada; ¿qué clase de persona puede desear algo así? Parece como si la vida entera de Azul girase en torno a esa obsesión, y que nada más le resultase importante, o siquiera interesante. ¿Es acaso un problema tan grave el no poder ser exactamente quien uno quiere ser?”.
El chico al menos era consciente de que no tenía una opinión bien formada al respecto: su Carta Astral había dado en el clavo y ser Chef era, sin duda, un pronóstico perfecto para él. “Aunque ahora que lo pienso, tampoco me he planteado nunca tener otra profesión. Siempre he estado entre fogones, y jamás me ha interesado otra cosa aparte de los aperitivos, primeros platos, segundos platos y postres”.
Emil bajó del autobús escolar frente el portón de Grimm, donde cada mañana se instalaba un puesto ambulante de Aurora’s Bakery para ofrecer su bollería recién hecha y trozos de pastel. Aunque eran excelentes, Sinclair sabía que la tal Aurora era de la competencia; por su culpa los clientes habían dejado de tomar el postre en el restaurante de su padre, para irse dando un paseo a aquella deliciosa pastelería situada a poca distancia. Se permitió sacarle la lengua a la Dependienta cuando pasó por delante del carromato de tartas, y luego continuó su camino hacia el aula de clases. Ahora sí le dieron ganas de retomar la lectura..., y todo por olvidar el olor de aquellos deliciosos pasteles que tenía prohibido tocar.
Do Your Thing, de Basement Jaxx
Afuera, en la calle, el día era perfecto y azul: una de esas mañanas radiantes en las que todo el mundo está de buen humor, aunque nadie se atreve a decirlo. En lugar de comentar el buen tiempo que hacía, las señoras que se sentaron delante de mí en el autobús recurrieron a un extraño eufemismo, y se quejaron de que cada año llovía menos en otoño. Yo, entre tanto, estaba maravillada de cómo el tráfico y los semáforos parecían haberse sincronizado para permitirme llegar antes a mi destino.
La amplia avenida Hoffmann me dio la bienvenida a través de la ventanilla, y bajé en una parada que coincidió casi al milímetro con la puerta del salón de belleza recomendado las Hadas. Aún no había abierto, así que me dio tiempo de tomarme un café y comerme un croissant mientras miraba los escaparates de las tiendas cercanas. Rapunzel y sus Ayudantes aparecieron a las nueve menos un minuto, y me atendieron a mí en primer lugar. Pedí un tratamiento que incluía masaje relajante, tinte, extensiones, alisado, maquillaje y depilación completa…, así que me regalaron la manicura para captarme como cliente habitual. La chica que me lavó la cabeza no paró de alabar el color natural de mi cabello, y se mostró comprensiva y entusiasta con el cambio radical de imagen al que estaba a punto de someterme. Me elogió tanto, de hecho, que casi no me importó cuando la descubrí fotografiando mi pelo con la cámara de su móvil, como si quisiera inmortalizar su rareza.
Después de más de tres horas, salí de Rapunzel’s con una espectacular melena rubia y menos de la mitad de mi dinero, ¡pero ya podía tachar de la lista el primero de los cuatro pasos para convertirme en un Hada! Saqué el pintalabios y la servilleta, tracé una línea sobre la palabra “Pelo”, y aproveché para ponerme algo de carmín en los labios.
Sinclair tropezó unas cuantas veces por estar leyendo mientras caminaba, pues a diferencia de Rosa, él no se sabía de memoria la ubicación de los pasillos y las escaleras de Grimm. Saludó a sus amigos, le hizo una absurda reverencia al Príncipe, y se sentó a la espera de que comenzara la clase de Mitología e Historia, aunque fue el tomo I del Tratado de Astrología Elemental el texto que dejó sobre su mesa.
Aún tenía toda la mañana por delante, así que aproveché para buscar un vestido de gala digno de un Hada en las exclusivas tiendas de la avenida Hoffmann. No llegué a probarme ninguno, siquiera; los precios eran prohibitivos a tal punto que necesitaría el sueldo de varios meses sólo para poder pagar por la cremallera. Ahora entendía a lo que se referían Rubí y Esmeralda con que me haría falta muchísimo dinero, y comprendí que el camino que me quedaba por recorrer sería terriblemente agotador y largo.
¡Pero no iba a desanimarme justo ahora! Al menos ya tenía un mapa para guiarme. Además, me quedaba un puñado monedas en el bolsillo; quizás no alcanzaran para comprar un elegante vestido en el Ensanche, pero podían dar mucho de sí en un mercadillo. Miré el reloj, comprobé que aún tenía tiempo antes de ir a recoger a los mellizos y me fui de nuevo al Casco Antiguo, donde esperaba conseguir alguna ganga en la calle del Mercado Central.
Las mismas señoras que antes se quejaban del otoño, me criticaban ahora entre cuchicheos y miradas reprobatorias en el autobús; supongo que era una imagen peculiar el verme ahora maquillada y con cabello largo y rubio, mientras vestía el mismo conjunto desteñido con el que había salido de mi casa hacía un mes. La transformación llevaría mucho tiempo en completarse, pero no por ello tenía que resignarme a estar a medio hacer… ¡Debía encontrar algo coqueto y femenino en el mercadillo con presteza!
Salté del autobús tan pronto llegamos a la Plaza Mayor, me compré un vestido azul claro en el primer puesto ambulante que encontré y le pedí al Dependiente que me dejase cambiar de ropa en la trastienda. Aceptó a regañadientes, pensando quizás que espantaría a los demás clientes con mi insistencia, o que llamaría la atención de la Guardia Real con mis maneras…, pero al verme salir no escatimó en halagos y así consiguió venderme otros tres vestidos, además de unos zapatos sencillos, baratos y extragrandes (como los que yo necesito). Los dos acabamos contentos; él se deshizo de unos tacones de talla imposible, y yo no tuve que pelearme con la multitud que abarrotaba la calle para abrirme paso hasta otros puestos. ¡Ya tenía todo cuanto podía permitirme por ahora!
Y así fue como salí de allí: cargada de bolsas, sin una sola moneda (excepto las que había apartado para pagar el alquiler y los perritos calientes de varias semanas) y convertida en una rubia –que no en Hada, aún– de los pies a la cabeza.
Sinclair levantó la vista del libro, alertado por un escándalo que amenazaba la quietud de la clase: Rosa acababa de entrar por la puerta, y saludaba a todos sus amigos efusivamente. El Príncipe enmudeció y tardó en levantarse de su mesa, como si la impresión de ver a la chica completamente recuperada le hubiese clavado al asiento.
–¡Tienes incluso mejor cara que antes de desmayarte! ¿Qué te ocurrió? ¿Estás bien? –preguntó Loa, a la que le encantaba hacer el papel de madre.
–No te lo vas a creer, pero ya hay dos blogs en los que se cuentan cotilleos sobre tu noviazgo con Iván. ¡Y en ninguno se decía que hubieras salido de la Clínica! –dijo Cindy, quien a partir de entonces dudaría siempre de todo cuanto leyera en Internet.
–¡Sentaros todos, que aún no sabemos si vendrá hoy el Profesor! –exigió Demian desde la pizarra, pero nadie hizo caso.
–Tienes suerte –le dijo Vincent a Rosa con su voz grave y pausada–: a causa de la huelga, nadie notó tu ausencia. Bueno, gracias eso y a que el Príncipe intercedió por ti ante el Rector. Creo que eres la primera persona que se salva de ser expulsada de Grimm pese a haber faltado a clases. ¡Debes tener más cuidado a partir de ahora!
Pippi y Canella también iban a referirle su preocupación y lo muchísimo que la habían echado de menos, pero fueron interrumpidas por otra ilustre intervención:
–¡Rosa, amor mío, yo…! –dijo Iván cuando finalmente consiguió articular palabra.
Todos los estudiantes se apartaron para dar cancha al encuentro entre los dos enamorados. Rosa esperó unos segundos antes de reaccionar; disfrutaba con el susto de su novio, y escuchando cómo la voz le salía aniñada a través del nudo en la garganta.
–¡Mi Príncipe! –dijo al fin, antes de abalanzarse a sus brazos y darle un apasionado beso en los labios, con el que también se desquitó de tantos ardores–. Chicos, sabed que soy la persona más afortunada del mundo: Iván ha estado cuidándome todos estos días y no se ha apartado ni un minuto de mi lado, ¡como anoche, por ejemplo! De no ser por él, aún seguiría en la Clínica, sin poder levantarme de la cama y drogada hasta las cejas.
El Príncipe rió de forma nerviosa y se llevó las manos a la cabeza, mientras la clase al completo aplaudía su heroicidad.
–Gracias a todos los que os habéis preocupado por mí. Por cierto, Sinclair, tengo tu móvil –dijo Rosa en voz alta, procurando que el Príncipe la escuchase con perfecta claridad–. ¡La de mensajes que recibiste anoche! Y creo que tienes algo para mí…
–¿Eh? ¡Ah sí, tu libro! Casualmente lo he traído.
Emil sabía que algo raro estaba ocurriendo, pero no llegaba a comprenderlo del todo. Era evidente que el Príncipe no pasó la noche con Rosa, porque había hablado con ella hasta bien entrada la madrugada y entonces seguía sola. Sin embargo, la chica afirmaba que Iván estuvo allí cuidándola… ¿A qué jugaba? ¿Sería también mentira que el Príncipe había dormido con ella varias veces a lo largo de la semana pasada?
Le habría gustado creer eso, pero se obligó a pensar en otra cosa para no llevarse una decepción. En secreto, Sinclair sentía celos desde que ella y el Príncipe se hicieron novios, y no había pegado ojo ninguna de las noches en las que supuestamente estuvieron juntos. Pero eso era otra historia.
En la que nos ocupa, Iván miraba con los ojos muy abiertos el móvil del chico, que Rosa le tendió a su dueño a cambio de un libro con la portada destrozada. Y su novia sonreía con malicia, al comprobar que la duda sobre si habría leído o no aquel mensaje, o si habría descubierto ya la razón de su somnolencia, le atormentaba de sobremanera.
Sí, a Emil será mejor dejarlo de lado por ahora –pues seguía sin entender nada–, aunque ciertamente sabía, como sólo un futuro Chef puede saberlo, que algo extraño se estaba cocinando.

4 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

¿Emil debe intrigarme?

G. Campanella dijo...

¡No, para nada! El chico lo que quiere es vivir tranquilo y dedicado a la cocina creativa..., aunque si Rosa le hiciera algo de caso, sería de lo más feliz.

rina_ sunshine dijo...

Se nota que sería feliz, casi lo grita.

¿La cocina creativa? haha Quiero que comparta sus recetas conmigo, entonces ^^

G. Campanella dijo...

¡Pronto vendrá alguna...!