23 de octubre de 2011

Capítulo XV (quinta parte)

Rebusqué en mi sujetador (un improvisado y conveniente bolsillo, tal y como descubrí esa misma mañana) y encontré la solución. Le entregué la tarjeta que me habían dado las Hadas, señalé el número al que debía llamar y le acerqué el teléfono inalámbrico.
Habló con la recepción de la Clínica Perrault mientras yo colocaba sábanas nuevas en una cama que estaría vacía quién sabe por cuánto tiempo. Luego la ayudé a ponerse en pie y a hacer las maletas: guardamos dentro sus camisones blancos, sus artículos de higiene personal y, a modo de pasatiempo, varias telas sin cortar, aguja, hilo, y algún vestido inacabado que envejecía lentamente sobre los maniquíes. 
Cuando salimos, encontramos a los niños y a la Cenicero sirviendo la mesa. Todos se sobresaltaron al ver a Bella, que les saludó con una sonrisa tristísima. Estaba demasiado cansada como para cargar las maletas, así que fui yo quien las dejó junto a la puerta del ascensor; mientras tanto, ella se sentó a la mesa y pidió que le sirvieran también un plato.
Cenamos en silencio. Nadie se atrevía a preguntar lo que ocurría, ni a levantar siquiera la mirada. Aquello me hizo recordar las cenas en mi casa, cuando mi Padre y mi Madre estaban enfadados y yo apenas podía tragar la comida. Muy al contrario, Hansel y Gretel devoraron la cena en cuestión de segundos, llevaron los platos sucios a la cocina mientras aún masticaban, y se escondieron en silencio es su habitación. Su angustia era tan manifiesta, que casi parecía un comensal más entre nosotros.
La Cenicero estaba más enfadada que preocupada, aunque también callaba…, hasta que no aguantó más la tensión:
–¿Podéis explicarme para qué son las maletas? ¿Te vas de vacaciones, Bella? –dijo con el tenedor en la mano, como si fuera un tridente bien afilado.
–No, aunque ciertamente me voy durante un tiempo y espero regresar más aliviada. En la Clínica podrán ayudarme; quizás consiga volver a dormir sin necesidad de tomar “Z”.
–¿Y qué pasará con los niños?
–Esperaba que tú y Azul pudieseis haceros cargo de ellos…
La Ceni zapateó y se levantó de su silla. Gritó que los mellizos necesitaban a su madre, que la responsabilidad de cuidarlos era muy grande y que la actitud de Bella era egoísta y vergonzosa, con muchos y coloridos tacos entre medias. El estómago se me cerró de golpe, así que me levanté de la mesa sin hacer ruido, fui tras Hansel y Gretel y dejé que Bella y la Cenicero resolvieran a solas sus problemas, desde hacía tiempo gangrenados y en avanzado estado de descomposición. Cuando entré en la habitación de los mellizos, encontré a Gretel haciendo también su pequeña maleta.
–¿Y tú a dónde vas?
–A la Clínica, con mamá –dijo la niña muy seria, mientras intentaba meter su enorme unicornio de peluche en un bolso de mano.
–No creo que nos dejen estar allí, corazón. ¿Tú qué opinas, Hansel?
El niño estaba acostado en su cama, cubierto hasta la cabeza con la sábana.
–¡Me da igual! Si nos quiere abandonar, que se vaya. Yo no pienso ir tras ella.
–No os está abandonando… Tan sólo pasará una temporada en la Clínica para poder curarse. Los Doctores la ayudarán a sentirse mejor.
–¿Y qué hay de nosotros? ¿Quién nos hará sentir bien?
Mis palabras fueron un bálsamo inútil; Gretel siguió guardando trastos en su mochila de la Escuela, mientras que Hansel refunfuñaba y lloriqueaba bajo las sábanas. ¿Cómo habría reaccionado yo ante una situación similar? No tenía que pensarlo demasiado, ya que algo parecido me ocurrió cuando tenía la misma edad que los mellizos. Fue precisamente el día en que mi Madre preparó aquella tarta de cumpleaños con el Hada de azúcar, a la mañana siguiente de discutir sobre la constelación que yo acababa de descubrir…
Dinner at Eight, de Rufus Wainwright
Mi Padre entró en la cocina cuando mi Madre y yo acabábamos de terminar de decorar el pastel; vio la escena feérica que representaba y sin mediar palabra me arrastró al jardín, saliendo por la puerta trasera de casa. Estaba tan disgustado que incluso evitaba mirarme a los ojos; es más, empleó la mano que le quedaba libre para cubrirme con la capucha de la chaqueta y no ver siquiera de reojo el reflejo azulado de mis cabellos.
Me llevó al tocón de un árbol, junto al que estaba apilada la leña que debía ser partida antes de que llegara el invierno. El frío fue intenso y prematuro ese año, y el aliento de la respiración agitada se hacía nube delante de nuestras narices. Mi Padre cogió un leño, lo cortó en dos con un golpe seco de su hacha y luego me tendió el arma, obligándome a que repitiera la acción. Amenazó con que, si no lo hacía, sería yo quien alimentase la chimenea cuando llegara la primera nevada. Lo dijo sin que le temblara la voz, y yo le creí.
El hacha pesaba muchísimo, así que fallé cada golpe que intenté dar. Yo no la había blandido nunca, ni hecho trabajo físico, porque mi única labor hasta entonces había consistido en estudiar cada tomo de cada tratado de Astrología en nuestra biblioteca. El hombre se enfadaba más a cada instante y no paraba de gritar, hasta que se hartó de mi incompetencia y regresó a casa.
Las manos me dolían por el esfuerzo. A punto estuve varias veces de desistir, pero entonces sentí el frío aguijonazo de un copo de nieve en la cara. El corazón comenzó a palpitarme con fuerza, y no se calmó hasta que acabé de partir la leña dos horas más tarde, cuando todo el jardín estuvo cubierto de blanco. Dejé el hacha sobre el tronco e intenté cerrar los dedos en un puño, pero no pude moverlos de tan helados que estaban.
Regresé a casa, aunque antes me entretuve en hacer la primera Hada de nieve del año, y distraerme así de las amarguras que debía soportar. Al entrar de nuevo por la puerta trasera, encontré a todos los empleados domésticos reunidos en la cocina y oí discutir a mis Padres en la planta superior. Los Ayudantes me invitaron a quedarme allí con ellos, y las chicas del Servicio me entretuvieron con su conversación mientras preparaban la cena.
Me senté con todos ellos en la mesa, procurando no hacer caso al Chófer, que bajaba por las escaleras con numerosos bultos de equipaje y los ordenaba a continuación en el maletero del coche. Mi Madre salió al poco rato de su habitación, arropada con su abrigo y dispuesta a despedirse de mí; dijo que pasarían unos meses en la Capital, que no debía preocuparme por nada y que me llamaría todos los días. Mi Padre apareció tras ella, dio instrucciones a sus Ayudantes y a las Criadas, y se fue sin decir nada más.
Después de la cena, corté un trozo de tarta e intenté comérmelo, mirando cómo caía la nieve a través de la ventana de mi habitación. No lloré, ni quise ir tras ellos pidiendo perdón por algo que no era culpa mía. Tampoco comí pastel; simplemente contemplé la blancura infinita y elegante de la nieve.
Regresaron la primavera del año siguiente, aparentemente recuperados de la crisis matrimonial que yo les había causado, y jamás volvieron a hablar del tema. Pero yo nunca olvidé aquellos seis meses de angustia continua, con un trozo de tarta en la mano, la mirada perdida y sentado día tras día en la misma silla.
Ver a los mellizos a punto de pasar por una situación similar me rompía el corazón. Acobardada de ellos, preferí regresar al comedor, donde los ánimos ya se habían calmado un poco; Bella le estaba dando instrucciones a la Cenicero sobre el pago de algunos recibos, y mi amiga la escuchaba cabizbaja. Cogí una chocolatina y la mordisqueé, mirando por la ventana, sintiendo los latidos furiosos de aquellos recuerdos en mi cabeza.
El Taxista llamó al telefonillo, y la exDiseñadora arrastró los pies para contestar. La Ceni y yo llevamos las maletas al ascensor, bajamos con ella a la calle y nos despedimos sin más.
–¿Quieres que busque a los niños para que puedas decirles adiós? –le pregunté a Bella, alzando la voz por encima del ruido de los coches.
–No, ya les he causado bastantes disgustos por hoy. Sólo espero recuperarme pronto y poder compensarles por todo esto.
–Lo harás –dijo la Cenicero, más tranquila y también profundamente apenada, aunque sus palabras seguían sonando a amenaza.
–Gracias a las dos. Os debo la vida.
El taxi se puso en marcha, y mi amiga y yo nos encontramos despidiéndonos con la mano de una ventanilla de cristal tintado. Subimos de nuevo al piso, fregamos los platos, apagamos las luces y nos derrumbamos en el sofá.
–¿Qué vamos a hacer ahora? Somos responsables de dos niños pequeños.
–Y de mantener limpia una casa y un bar.
Escarbamos en el centro de mesa, entre los envoltorios de cientos de dulces, para ver si quedaba algún superviviente. Hallamos un par que nos llevamos al gaznate casi por inercia. En mi mente ya no había sitio para vestidos, alas de mariposa ni unicornios, fueran de peluche o de verdad.
–Ef fíficamente impofible que configamos haferlo todo –dijo la Cenicero con un caramelo en la lengua que luego se tragó sin masticar.
–¿Y qué propones? –pregunté, sacándome el mío de la boca.
–Simplificar. ¡Niños! –gritó mi amiga en dirección a la habitación de los mellizos–, ¡haced las maletas!
–Gretel está en ello… ¡Un momento! ¿A dónde vamos a llevarlos?
La Ceni me guiñó el ojo con complicidad y volvió a bramar a los mellizos, con un potente vozarrón que cubrió los trescientos metros cuadrados del piso.
–¡Y daros prisa! Iremos a un sitio estupendo, ¡pero debemos llegar antes de la media noche!

1 comentario:

rina_ sunshine dijo...

La primera Hada del año ^^
Cada vez me parece mas dulce Azul y mi corazón de abuelita le sonríe.

Pronto tendré que convencerme de lo terrible: Es sólo un personaje ficticio :S

El acto típico del padre es querer cambiar lo que no se puede controlar ¬¬