21 de octubre de 2011

Capítulo XV (tercera parte)


Según el fallido plan A, Rosa aprovecharía la hora de la cena para colarse en el despacho del Rector y leer, en sus fichas de estudiante, la dirección exacta donde vivían Gretel y Hansel. Desafortunadamente, durante su labor detectivesca sólo pudo confirmar que los niños aún estudiaban en la Escuela Primaria adscrita a Academia:
Ø      Si Azul tenía siete años cuando nació Iván…,
Ø      y si cuando conoció a Gretel y a Hansel acababa de cumplir veintiuno…
Ø      Entonces, si el Príncipe tenía ahora catorce…

¡Apenas había pasado cerca de un año desde que Azul llegó a la Capital,
y los mellizos seguían en edad escolar!

Además, la historia de Azul parecía ser cada más creíble gracias a estas últimas coincidencias. ¡Debía hallarle de prisa, antes de quedarse sin coartada y sin pistas! Y para eso, precisamente, estaba el plan B, que consistía en seguir las vagas descripciones que el chico-Hada dejó en sus memorias y encontrar el piso de Bella ella sola. Cuando lo hiciera, sería cuestión de esperar a que Azul entrara o saliera del edificio para ir a trabajar al bar; era un plan infalible, porque incluso si su presa no había ido esa tarde al piso de Bella (habiendo intercambiado turnos con su compañera, por ejemplo), aún podría seguir a la Cenicero hasta El Caldero de Oro.
Rosa sacó El Blues de su mochila, recuperó los pasajes que había resaltado con su fosforito rosa y no perdió más el tiempo. Al parecer, la Cenicero, los mellizos y Azul habían caminado varias manzanas desde el portón de la Escuela Primaria el día en que se conocieron, bordeando el Gran Parque durante todo el trayecto; pues lo mismo hizo ella, fijándose además en todos los edificios después de cruzar a la segunda manzana. El que buscaba debía tener al menos siete plantas y ventanales enormes. En caso de haber varios que cumpliesen esos requisitos, el truco para descubrir cuál era el correcto parecía sencillo: llamar a través del telefonillo a cada uno de los pisos en la séptima planta.
–Buenas noches, disculpe…, ¿se encuentra la Señora McCartney?
No, te has confundido.
–Siento haberle interrumpido la cena, ¡y gracias!
Rosa tuvo que repetir esto varias veces, hasta que finalmente se topó con un piso en el que parecía no vivir nadie. Llamó varias veces al interfono, sin respuesta, ¡y era una pena, porque todo coincidía perfectamente! La construcción era moderna y elegante, tenía amplios ventanales con vistas inmejorables al parque, y el telefonillo estaba plagado de botones con los que Blanca podría haberse entretenido largo rato cuando fue a visitar a su amiga Bella, pulsándolos de seis en seis...
–¿Se te ofrece algo, jovencita? –dijo una voz a sus espaldas. Era el Portero del edificio, quien la observaba con una mirada áspera (si tal cosa fuera posible, claro está).
–Buenas noches. Busco a Bella McCartney, ¿vive ella en este edificio?
–Así es. O vivía, al menos. Hace tiempo que no la veo por aquí…
“¡Quizás porque se pasa el día entero narcotizada!” –pensó Rosa. “Tengo que improvisar algo para que me deje echar un vistazo en su casa”.
–¡Vaya, qué pena! Esta es la única dirección que tenía apuntada el Rector…
–¿El Rector? –preguntó el Portero, que sentía un interés incontinente por las vidas ajenas.
–Sí, el mismo. Soy compañera de Gretel y Hansel en Grimm, donde se han dejado olvidado un libro de texto, ¡y eso que mañana tienen examen! –Rosa sacó el tomo I del Tratado de Astrología Elemental para enseñárselo al Portero, quien pareció impresionado por su grosor.
–Pues más les vale haber estudiado con antelación; no creo que les de tiempo de leer tanto en una sola noche. Además, se ve que el libro está un poco estropeado.
–Es sólo que es muy antiguo y valioso. Por eso el Rector me ha pedido que se lo entregue en mano a cualquiera de los dos…, o a su madre, dado el caso.
El Portero alzó la vista, contó las plantas del edificio y comprobó que las luces de la séptima seguían apagadas. Rosa aprovechó su distracción para sacudir la suciedad que quedó incrustada entre las nuevas arrugas de su libro envejecido, cuando el coche que estuvo a punto de atropellarla le pasó por encima a la portada y no a ella.
–Parece que hoy tampoco están en casa.
–Escuche, no puedo regresar a Grimm con algo así en la mochila. ¿Tiene idea de lo que cuesta este ejemplar? ¿No podría dejarme subir un momento al piso de los mellizos? Allí estará a buen recaudo, y así volveré a la Academia sin peligro ni miedo a perderlo.
–¿Y cómo van a estudiarlo los niños, entonces?
–Usted ya lo dijo: ¿cree que podrán leer un libro tan gordo en una sola noche? ¡Más les vale haberlo aprendido con antelación! –replicó la chica, que comenzaba a impacientarse.
El Portero la acompañó a regañadientes hasta el ascensor, subió a la cabina con ella y utilizó una llave especial para pulsar el botón correspondiente a la séptima planta.
–Descuida, para salir no la necesitarás. Y ahora escucha bien, ¡no toques nada! La Señora McCartney es muy cuidadosa con el menaje de su casa. Yo debo irme de inmediato; mi mujer debe estar esperándome para cenar…
–No se preocupe, tan sólo buscaré un lugar seguro donde dejar el libro y luego volveré a la Academia Grimmoire. ¡Yo también me estoy muriendo del hambre, y el comedor cierra en media hora!
La puerta se abrió directamente en un piso espacioso y lujoso, donde cada mueble había sido amortajado con una funda blanca. El Portero se despidió, y Rosa pudo entonces explorarlo a su antojo. La disposición de las habitaciones parecía ser exactamente la que describía Azul en sus memorias: a un lado la cocina, el cuarto de planchado y la habitación oscura y lúgubre de la Cenicero; del otro, el amplio salón y el pasillo que comunicaba con las habitaciones y los cuartos de baño. Y cayendo de arriba, del techo, una aplastante sensación de desánimo.
La mala noticia era que allí parecía no vivir nadie. Azul había sido tan lista como siempre, y las pistas que había dejado no conducían a ella ni a ninguno de sus cómplices, ¡sino a un piso deshabitado desde hacía meses! La nevera estaba vacía y desconectada. En el baño faltaban el papel higiénico y los cepillos de dientes. No había ni un calcetín en la cesta de ropa sucia, ni en el armario de los niños, ni a los pies de los maniquíes en la habitación de Bella. ¿A dónde habrían ido a parar todos, personas y calcetines?
Muy contrariada, Rosa se sentó en la mesa del salón, puso sobre ella el libro y avanzó en su lectura, intentando encontrar alguna respuesta a aquella interrogante. La encontró tan sólo unas páginas después de donde se había quedado; ¡cuánto le habría valido leer un poco más, antes que fugarse de Grimm para nada!

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