27 de octubre de 2011

Capítulo XVII (segunda parte)


Cuando conseguimos entrar, tras sortear la fiesta callejera, el bar ya estaba atestado de gente y Pushkin llenaba de cuatro en cuatro las jarras de cerveza. En el escenario, ALICIA y su banda de rock underground se preparaban para llamar la atención del público poniendo especial empeño en ello, ya que el Tabernero les había cambiado el turno de los viernes a los jueves (debido el espectacular éxito del Dúo de Hadas en sus últimas actuaciones) y amenazado con quitarlos de cartelera si no remontaban en popularidad.
Dejamos a Hansel y Gretel en el sofá mugriento junto a la entrada, cuidando los bolsos y maletas. ¡Vaya si nos costó trabajo abrirnos paso hasta la barra, donde Pushkin nos esperaba con cara enfurruñada!
–El local está a reventar; ¡no perdáis tiempo y comenzad a atender a los clientes!
–¿Ni siquiera nos preguntas el porqué del retraso? –dijo la Ceni con su chulería habitual.
¿Y tampoco dices nada sobre mi cambio de look? –insistí yo, después de que ni los mellizos, ni Bella, ni mi amiga hubieran querido explayarse en el tema.
–¡Oh, disculpad mi falta de cortesía! ¡Por favor, contadme vuestra vida con todo lujo de detalles, mientras hago yo mismo el trabajo por el que os pago! –replicó el Tabernero, meneando la cabeza de un lado al otro y procurando que su voz sonase limpia y aflautada.
–Eso no ha tenido gracia. Ahora sí que me vas a escuchar, por bobalicón: tenemos un pequeño problema, y necesitamos tu ayuda…
–Mejor dicho, dos problemas bien gordos –aclaré, señalando a un sofá que de pronto descubrimos vacío.
– Por el Supremo Autor, ¿de qué estáis hablando…?
En ese instante, los mellizos aparecieron entre La Cenicero y yo, sorteando a los clientes y sentándose en la única butaca libre de la barra.
–Ese sofá está sucio y huele a quemado.
–Además, nos estamos muriendo de hambre –Gretel le habló a Pushkin, quien la miraba con los ojos desorbitados y la boca entreabierta en la última sílaba que había pronunciado–. ¿Me sirves una limonada?
Entonces ocurrió algo insólito y aterrador: el Tabernero dejó caer las jarras llenas de cerveza y comenzó a gritar histérico. Luego retrocedió sin apartar la mirada de los dos niños, derribando las montañas de vasos y botellas vacías apiladas durante años a sus espaldas, y cayendo al suelo con ellas.
–¡Socorro! ¡Sacadlos de aquí, pronto!
–¡Pushkin! ¿Qué te ocurre? –gritó la Cenicero mientras socorría su jefe, encogido en posición fetal como si fuera una enorme bola de pelos.
–¡Sólo le pedí una limonada! –nos dijo Gretel asustada.
–Vamos, que si le llegas a pedir un granizado… –añadió Hansel.
Yo no sabía qué hacer, así que corrí a buscar una escoba y me apresuré a barrer los cristales alrededor de Pushkin para que no se cortara con ellos. La Cenicero parecía tener una idea más clara de cómo proceder en estos casos; le quitó rápidamente el delantal, le desabrochó el cinturón y le metió los dedos (con sus largas uñas pintadas) en la boca para evitar que se tragara la lengua.
Mientras el Tabernero luchaba por escapar de los mellizos y de los primeros auxilios de mi amiga, y yo barría insistentemente los vidrios rotos, puede ver por primera vez al completo la foto que colgaba tras la barra, y que hasta entonces había permanecido parcialmente oculta por la montaña de cristal. En el retrato se veía al Tabernero mucho más joven, alegre y sin ningún presagio de su actual calvicie. Estaba abrazado a otros dos hombres, uno de los cuales era grande, orondo y con una barba larga y canosa. Al otro conseguí identificarlo tan sólo con verlo de reojo: ¡era Geppetto! También parecía más joven en aquella foto, pese a llevar el mismo bigote y las mismas gafas; la principal diferencia radicaba en que lo que antes tenía de robusto, ahora lo tenía de encorvado. Y no sólo había envejecido, sino que su mirada y su porte se entristecieron y apagaron con el paso de los años.
Sabiendo ya quienes eran dos de los Tres Osos que aparecían en la foto, no era difícil imaginar el resto de la historia. El edificio retratado de fondo debía ser la casa de Pushkin, antes de que ardiera y un enorme caldero del cuerpo de bomberos quedase incrustado en el tejado. Y aquella niña demoníaca que también había estado oculta por una botella no podía ser otra sino Ricitos, la de angelicales bucles dorados.
La criatura miraba a la cámara con un severo gesto de enfado. Tenía los brazos cruzados, el ceño fruncido y ojos malvados, como si planeara su próxima y cruel travesura. No era de extrañar que Pushkin sintiese terror al ver niños, después de que una huerfanita tan pequeña e inocente incendiase su casa…, ¡lo extraordinario era que Geppetto se hubiera dedicado a hacer juguetes después de semejante trauma!
Rosa se rió al leer aquello. Le pareció increíble haber olvidado su historia durante tantos años, mientras que ella había producido un recuerdo intenso y duradero en al menos dos de sus tres padres adoptivos. ¿Qué habría sido de Klaus, el tercero? Lo único que sabía del Monitor era que había renunciado a Grimm, y que desde entonces nadie le había vuelto a ver.
En cualquier caso, lo único importante en el párrafo que acababa de leer era que Azul cada vez sabía más sobre ella, sobre Ricitos, aunque indirectamente y con un marcado sesgo negativo. ¡Cuántas cosas podría decirle sobre su futuro y su personalidad el día en que se finalmente conocieran!
–¡Azul, espabila! –chilló la Cenicero–. ¡Te necesito aquí y ahora! Ayúdame a cargarlo.
Entre mi amiga y yo conseguimos arrastrar al Tabernero hasta su despacho. La imprenta estaba en plena actividad, fabricando panfletos antimonárquicos y a favor de una nueva convocatoria a la huelga, así que tuvimos que rechazar la ayuda de varios clientes para preservar el secreto que allí guardaba. Una vez dentro, y con la puerta cerrada, nuestro jefe pareció recuperarse poco a poco del susto de ver no a uno, sino a dos niños dentro del que era a la vez su negocio y su osera.
–¡Así que por eso nunca sales de aquí! –dijo la Cenicero en tono burlón, intentando quitarle hierro al asunto.
–No le veo la gracia… –consiguió decir el Tabernero entre jadeos–. Se trata de algo muy serio. Sufro de pedofobia.
Su advertencia fue en balde; la Ceni y yo nos tiramos al suelo de risa al escuchar aquella explicación. Pushkin aún estaba tembloroso y sin fuerzas para pelear, y como nuestras carcajadas eran contagiosas, no pudo evitar sonreír; eso sí, procuró disimularlo tapándose la cara, y aprovechando de secarse el sudor que le chorreaba por la frente y la calva.
–¡Basta ya! Significa “miedo irracional o pánico a los niños” y es una enfermedad muy seria. Por favor, llevaros a esos dos mocosos lejos de aquí o volveré a tener otra crisis de ansiedad.
Miré al techo, respiré hondo y finalmente conseguí articular las palabras necesarias para explicarle al pobre pedófobo nuestras verdaderas intenciones.
–En realidad veníamos a pedirte alojamiento para ellos y para la Cenicero. Quizás podrían quedarse en alguna de las habitaciones de la primera planta…
El atronador gruñido que Pushkin dio como respuesta hizo temblar el edificio; cayó una fina cascada de polvo y cenizas desde el techo y la imprenta se volvió loca, escupiendo al aire los panfletos cada vez que terminaba de imprimirlos. Se ve que los niños, asustados por la sacudida y por nuestra ausencia, dejaron la privilegiada butaca que habían conseguido en la barra y entraron en el despacho a buscarnos. El Tabernero comenzó a llorar de nuevo al verlos, se escondió debajo del escritorio y cogió su micrófono a modo de maza.
–¿Fue él quien gritó? ¡Pensábamos que era un oso! –dijo Gretel, ya más calmada.
–Aunque uno bastante cobarde –aclaró Hansel–. ¿Qué tiene contra nosotros?
–¡Calla, niño! Jefe, la madre de estas criaturas acaba de entrar en rehabilitación –la Cenicero le tapó los oídos a los mellizos cuando dije esto, como si no se hubieran enterado ya–. Ahora que están a nuestro cargo, no vamos a poder seguir trabajando en el bar a menos que los tengamos cerca. Debes hacerlo no sólo por ellos, sino también por su madre y por nosotras.
–¡No tengo habitaciones vacías!
–¡Están las de Rubí y Esmeralda! –intervine yo–. Ellas no las utilizan a partir de la media noche, cuando bajan para actuar en su espectáculo; los niños podrían dormir allí mientras tanto, hasta que fuera la hora de llevarlos al colegio. Además, la Ceni podría ocupar tu habitación (los dos sois igual de sucios y desordenados) y a ti te habilitaríamos como dormitorio este despacho.
–Por favor, necesitamos tu ayuda –insistió mi amiga, tras haber permanecido unos segundos callada y cabizbaja, haciendo un recuento de todos los favores que le debía a Pushkin y de los muchos disgustos con los que le había pagado hasta la fecha.
Después de un breve silencio, volvimos a escuchar los quejidos y lloriqueos del aterrorizado Tabernero desde el fondo de su escritorio, lo cual era una buena señal. El llanto le permitió desahogarse y le devolvió parcialmente el habla:
–Parece que no hay otra alternativa…, pero preguntadle primero a las Hadas si están dispuestas a compartir su habitación. Sea cual sea la respuesta que os den, llevad a los pequeños monstruos a la planta de arriba; o mejor aún, hacedlo de inmediato y encerradlos. Tengo que tomarme un calmante, salir ahí fuera y atender a los clientes, pero si vuelvo a toparme con cualquiera de los dos sufriré un infarto, ¿lo entendéis?
–¡Sí! Ahora mismo vamos a…
–¡Aún no he terminado! También necesito que tiréis a la basura todas las cerillas, encendedores y velas que encontréis en el bar. ¡A partir de ahora queda terminantemente prohibido fumar en El Caldero de Oro! Y bajad con un par de almohadas y una cobija si pretendéis que a partir de ahora duerma aquí.
–¡Pero si tú nunca duermes! En fin, saldré ahora mismo e informaré a los clientes de…
–¡Una cosa más! Los mellizos no deben volver a entrar en esta habitación jamás. Me encerraré aquí durante el día, y no saldré a menos que sea de noche y ya estén en la cama.
–¡Muchas gracias, jefe! Hansel, Gretel, salgamos fuera; pero antes decidle buenas noches al tito Pushkin.
–¡Buenas noches, tito Pushkin! –gritaron los mellizos a coro.
El Tabernero respondió con un sollozo y zarandeando el micrófono para que no se le acercaran a rematarle con un abrazo. Sacamos a los niños del despacho y cerramos la puerta tras nosotras. La situación habría sido cómica en cualquier otra circunstancia.
–Ceni, esto tiene que ser una solución temporal. El jefe no podrá vivir así durante mucho tiempo; lo está pasando francamente mal.
–No te preocupes, Azulão, que a todo se acostumbra uno. Esto le vendrá bien al Tabernero para quitarse muchos miedos de encima.
–Quizás tengas razón…
–Hazme caso. Además, me duele tanto la cabeza que ahora no soy capaz de pensar. Subiré maletas y niños; tú habla con las Hadas y convéncelas para que acepten el trato.
Un alarido quejumbroso se escuchó aún en el despacho. Gretel gritó “¡Pedofobia!” y aplaudió…, y aunque pusimos nuestro mejor empeño (en verdad os lo digo) en tomarnos la enfermedad de Pushkin en serio, no pudimos evitar reírle la gracia. La situación quedó, pues, en un punto medio; no era ni hilarante, ni desgraciada, sino rematadamente extraña.

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