31 de octubre de 2011

Capítulo XVIII (segunda parte)


Una vez más, un elevado número de Profesores faltó a causa de la huelga. El Príncipe parecía saberlo de antemano porque no apareció hasta la segunda clase del día siguiente, para la cual al menos tenían una Profesora suplente; esa era otra de las muchas ventajas de tener el Campus plagado de Guardias Reales espiándolo todo y a todos.
Aunque pudo dormir más que sus compañeros, el futuro Rey llegó al Laboratorio de Biología cansado, ojeroso y sin la bata blanca obligatoria. La mirada que dedicó a Rosa al entrar en el aula bien podría considerarse el extremo opuesto del romanticismo.
–Muy bien chicos; ya sabéis que este trimestre os toca aprender Anatomía –dijo la estricta Profesora, apuntando a la pizarra con su par de gafas en la mano–, así que hoy vais a practicar vuestra primera disección. Para economizar vidas animales, trabajaréis en pareja; a cada una le entregaré un espécimen de Bufo ceratophrys o “sapo cornudo” con el cual deberéis trabajar. La práctica consiste en aislar y extraer cada uno de los órganos que aparecen listados en la página veinticuatro de vuestro libro de texto, examinarlos bajo el microscopio, y entregarme una redacción acerca de sus principales características anatómicas al finalizar la clase. Las parejas de trabajo serán las siguientes: Loa Lovett y Max Demian; Rosa Grimm y Emil Sinclair; Pippi…
–Disculpe, Profesora: me gustaría cambiar de pareja –interrumpió Iván desde el fondo del aula.
–¡Aún no le he nombrado, Señor…! –La Profesora se ajustó las gafas para ver mejor–. ¡Señor Príncipe! ¡Disculpe mi insolencia, su Alteza! Dígame con quién le gustaría sentarse…
–Con la Señorita Rosa Grimm, claro está.
–¡De acuerdo, adelante, siempre y cuando a su actual compañero no le importe...! –La Profesora prefirió ser diplomática para evitar meter la pata con otros posibles miembros de la realeza, pero tal no era el caso de Sinclair, que no tenía una genealogía ni lejanamente señorial. El chico miró a Rosa sin saber bien qué decir; en los ojos de ella, en cambio, no había lugar a dudas, pues parecían gritarle “¿A qué esperas, por qué no te has ido ya?”. Emil recogió sus cosas y se fue en silencio al fondo del laboratorio, donde tuvo que hacer la práctica él solo al haber un número impar de alumnos en el aula.
A Rosa no le apetecía destripar a un sapo cornudo, pero tras muchos años de vida académica en Grimm, se había acostumbrado a superar rápidamente la apatía y a hacer cosas que no le gustaban. Trabajó, pues, de forma mecánica y eficaz: introdujo al animal bajo una campana de cristal con un algodón impregnado de cloroformo, preparó la tabla de disección, el bisturí y el resto de los materiales. Mientras tanto, su novio la miraba con gesto aburrido, bostezaba y se sostenía la cabeza entre las manos.
Narcissus, de Alanis Morissette
–¡Quédate quieto, sapito! El anestésico hará que duermas profundamente y no te enteres de nada hasta que mueras. Un momento, esto me recuerda algo... ¡Ah sí, a cuando mi novio me drogó con “Z” estando yo en el hospital, para que no despertara y fuese creíble su mentira de que estuvo allí cuidándome! La única diferencia es que ese somnífero, por mencionar sólo una de sus secuelas, puede hacer que se te caigan el pelo, cosa que afortunadamente a ti no tiene por qué preocuparte, ¿verdad, sapito?
–¡Rosa, baja la voz! –dijo el Príncipe, muy alterado–. ¿Cómo te atreves a acusarme de algo así en público?
–¿Es que no piensas reconocerlo nunca?
–¡Está bien, tú ganas! Tienes razón en que, arriesgándome a un grave escándalo, pedí que te suministraran un poco de “Z”… Y si me ha costado aceptarlo, es porque no quería poner en tela de juicio el trabajo de los Doctores y Enfermeras que te cuidaron. Sí, soy responsable de que te sedaran, pero lo hice para que pudieses descansar, ¿no te das cuenta de eso? Sé que estuvo mal; sólo recapacité cuando ya era demasiado tarde. Me quedé contigo durante dos noches seguidas para comprobar que dormías y que no aparecía ningún efecto secundario. ¿Cómo sabes que no estuve allí, si no te despertaste? Tienes que aprender a confiar en mí y a no dudar de mis intenciones: lo que hago, lo hago por tu bien. Sé perfectamente los problemas que tienes para conciliar el sueño…
–Ahora resulta que sabes un montón de cosas sobre mí… Lo cual no deja de ser sorprendente, pues apenas nos conocemos. Anteayer me di cuenta de que ni siquiera sabía tu edad, ¡y no te molestes en decírmela! Ya sé que tienes catorce.
Rosa sacó al sapo cornudo y adormilado de la campana, lo sujetó con alfileres a la tabla de disección e hizo un corte rápido y preciso en el abdomen del animal.
–Entonces, ¿cuál es el problema? Creo que me he perdido…
–Iván, tu historia no me convence. Creo que tu interés por mí se limita a que siga siendo tu coartada para hacer quién sabe qué todas las noches. Apenas hemos hablado desde el día de mi no-cumpleaños, en el que supuestamente nos hicimos novios. ¿Te demuestro que estoy en lo cierto? Dime, por ejemplo, cuál es mi color favorito…
–El rosa.
–De acuerdo, esa pregunta era muy fácil. ¿Cuál es mi plato favorito?
–La tarta de cumpleaños.
–No la daré por válida… Me refería a mi plato favorito antes de probarla. Has fallado una de dos preguntas. Veamos: ¿cómo se llama mi mejor amigo?
–Emil Sinclair, por lo visto. Os vieron juntitos ayer por la mañana…
–Te equivocas otra vez: mi mejor amigo es mi gato. ¿Sabes acaso cómo se llama?
–Nunca me lo has dicho.
–Nunca me lo has preguntado.
Rosa sacó un órgano bulboso y viscoso del interior del sapo cornudo con ayuda de las pinzas, y lo colocó bruscamente sobre un pequeño plato de cristal.
–Fallaste el examen, aunque has dicho algo que te puede hacer ganar algún punto adicional –dijo Rosa. El Príncipe tuvo que apartar la vista de aquel batracio asqueroso y sanguinolento–: ¿A qué se debe ese comentario sobre Sinclair? ¿Acaso estás celoso?
–Para nada. Sólo me remito a los hechos; todo Grimm os vio llegar juntos en el autobús escolar, lo cual hace muy difícil que podamos seguir con nuestro plan…
–Querrás decir con tu plan. Parece como si esa estúpida estrategia fuera lo único que te importase.
Otro órgano vital del sapo abandonó su cuerpo y cayó en una cápsula de Petri.
–En cualquier caso, Rosa, eres tú quien debes decirme si debo estar celoso o no. A diferencia de ti, yo sí me fío mi pareja.
–¡Gracias por la confianza, Iván! Pero no es ningún obsequio: creo que la tengo bien merecida. Al fin y al cabo, yo no te he drogado con un medicamento prohibido, ni he mentido sobre las supuestas cámaras y micrófonos en mi habitación…
–¿Aún no las han instalado los Guardias? Qué extraño…
–¡Ni lo van a hacer, lerdo!
El mal humor de Rosa era evidente, así que Iván se alejó un poco del bisturí que su novia blandía como arma blanca. El sapo movió una pata a la que se le había soltado el alfiler y Rosa tuvo que volver a clavárselo con más fuerza para atravesarle la piel.
–Contéstame, ¿debería estar celoso?
–Quizás sí; Emil se preocupa por mí mucho más que nadie. Infinitamente más que tú, si prefieres una comparación odiosa.
–Entonces estaré celoso, ya que eso te complace. Veo que todo lo que he hecho por ti no ha dado el menor resultado: de nada ha servido tu fiesta sorpresa, ni interceder por ti ante el Rector, ni el cuidarte en la Enfermería y luego en la Clínica. Ha sido inútil el fingir que pasábamos la noche juntos para que dejasen de seguirme a todas partes. Al final, será un oportunista quien se lleve el mérito, sólo por haberte consolado cuando yo no pude estar a tu lado…
Rosa colocó parte de la anatomía del sapo bajo el microscopio y ocultó la mirada tras la lente. De pronto, las palabras del Príncipe hacían que se sintiese avergonzada.
–¿Y dónde has estado, Iván, si puede saberse?
–Preparándome para los actos oficiales, banquetes y eventos de la Casa Real. Pronto habrá una recepción para los Reyes de Evenkia a la que debo asistir. Tales cosas son también parte de mis obligaciones, y si quiero poder dedicarte tiempo más adelante, primero debo cumplir con ellas. ¿Tan pronto has olvidado que soy un Príncipe?
–¿Quieres decir que has estado estudiando?
–Así es: Protocolo, Geografía, Historia y los enormes árboles genealógicos de todas las monarquías del continente. ¿Por qué crees que apenas me tengo en pie? ¡No he podido pegar ojo en toda la noche, estoy agotado!
El móvil de Iván comenzó a sonar. El chico le hizo automáticamente un gesto a la Profesora que significaba “Descuide, seré breve” y cogió la llamada en plena clase. Rosa redactó el informe de la práctica de laboratorio mientras procuraba escuchar parte de la conversación de su novio. Más de una vez se le coló una frase dicha por el Príncipe en el texto que estaba escribiendo, pero consiguió rectificarlo a tiempo.
–¡Vaya, pero si es su Alteza, el Príncipe Igor!... No seas imbécil… ¡Sí, lo he visto, y no sabes cuánto me he reído! ¿Has visto tú lo que te envié por e–mail? ¿En serio? Pues ya queda sólo una semana, así que date prisa. Por cierto, esta vez pienso ganar yo. Lo que te he contado no era más que un pequeño avance; estoy preparando algo que me hará ganar todos los puntos que me faltan… ¡Ni lo sueñes, no pienso decir nada! Simplemente, prepárate para perder –a esto siguió una carcajada ruidosa que obligó a su novia a parar, porque le era imposible concentrarse–. Ya lo verás ¡Hasta pronto!
Rosa le miró con gesto impasible, aunque todavía no se acostumbraba a la falta de modales de la que hacía gala. El chico aprovechaba ahora para contestar un par de mensajes de texto que recibió mientras hablaba con su homólogo extranjero.
–¿Lo ves? Más obligaciones, y todas relacionadas con la recepción oficial del próximo viernes. Con quien conversaba era nada más y nada menos que el Príncipe Igor, heredero al trono de Evenkia e íntimo amigo mío desde hace años.
–Supongo que te lo pasarás muy bien con él.
–¡Ya quisiera yo! El acto no son más que formalismos y ceremonias durante tres días seguidos.
–¿Tres días? ¡Otro fin de semana que pasaremos separados! Imagino que al menos podremos hacer algo juntos este sábado y domingo, ¿o no? A fin de cuentas, la Guardia Real no nos ha molestado hasta ahora, incluso habiéndose tragado la mentira de que dormías conmigo (y teniendo el deber de protegerte de mí).
–Sí, creo que a partir de ahora podríamos dejar de seguir nuestro plan…
–Tu plan.
–Pues eso. Pero no estoy completamente seguro de que se hayan dado por vencidos; lo normal sería que mi padre les hubiera ordenado vigilarme en todo momento. ¿Te importaría si, por precaución, seguimos con la misma estrategia hasta después de la fiesta? Prometo que entonces seré todo tuyo.
Rosa reflexionó durante unos instantes. Si la promesa de Iván resultaba ser cierta (cosa poco probable) y pasaban a tener una relación normal, a ella le quedaría menos tiempo libre para sus propios asuntos. Este escenario le dejaba poco más de una semana para encontrar a Azul teniendo aún la coartada de que dormía con el Príncipe, para escapar de Grimm de noche si hacía falta. Por otra parte, si Iván mentía, quedaría como una tonta al aceptar su propuesta…, pero igualmente ganaría la libertad necesaria para darle caza al chico-Hada durante unos días, y además tendría una excusa para terminar su noviazgo con el Príncipe si se le antojaba hacerlo.
–De acuerdo, pero esta es tu última oportunidad, Iván. Quiero poder confiar en ti, así que debes cumplir tu palabra. Después de la fiesta en Palacio, pasaremos tiempo juntos haya o no cámaras, micrófonos o Guardias.
–Así será, querida. Y te confieso que me has puesto a cien con tu idea de hacerlo a la vista de la Guardia Real –Dicho esto, el Príncipe la abrazó y le dio un beso apasionado, que el resto de la clase (excepto el melancólico Sinclair) aplaudió y hasta vitoreó.
–Bueno, veamos cómo han trabajado los dos tórtolos –la Profesora interrumpió aquella grave falta a las normas del Manual con la primera excusa que le vino a la cabeza–. Entrégueme el informe, Señorita Grimm. Muy bien: habéis listado todos los órganos de la página veinticuatro, y las características que habéis identificado a través del microscopio son correctas. La mesa está limpia y el material en orden (sólo falta su bata de laboratorio, Su Alteza, si me permite la observación). Sin embargo, no veo la aguja por ninguna parte…
–¿Qué aguja? –preguntó Iván, algo despistado.
–La que habéis clavado en la parte posterior del cráneo del sapo antes de comenzar la disección, para matarlo de manera indolora antes de que se le pasara el efecto de la anestesia…
–¡Ah, esa aguja! Se me cayó al suelo después de utilizarla, y ahora no la encuentro por ninguna parte –mintió el chico con tono jovial y convincente.
–De acuerdo… Enhorabuena, entonces, por un excelente trabajo.
–¿Has escuchado eso, mi amor? ¡Creo que sacaremos un sobresaliente en Biología!
Rosa parecía no escucharle. No hacía más que pensar alternativamente en la mente calenturienta de su novio, y en aquel pobre sapo cornudo al que había olvidado matar a tiempo. Su imaginación, siempre muy activa, le permitía escuchar la voz de Gato cada vez que quería; ahora, sin embargo, debía luchar contra sí misma para no oír croar de dolor de aquel animalito al que, en un descuido, había destripado vivo.