11 de noviembre de 2011

Capítulo XXII (primera parte)


Zafiro salió al escenario y dio la mejor de sí, a pesar de que, a sólo una semana para alcanzar su sueño, había aparecido una tara en su alegría; una mancha chillona y difícil de quitar..., como un pegote de chicle rosa en la suela de los zapatos.
Definitivamente no fue su actuación más brillante, pero las otras dos integrantes del Trío se alzaron allí donde ella no daba la talla y en conjunto fueron muy aplaudidas. El público incluso se agolpó en torno a ellas cuando acabó el espectáculo para conseguir un autógrafo de las cantantes de moda.
–¿Qué te ocurre? Parece como si hubieras visto un espectro –preguntó Rubí con disimulo, al notar que su compañera cerúlea tenía la mirada perdida en el espacio.
–No es nada –contestó Zafiro con una sonrisa poco convincente.
–¡Ya sé, estás nerviosa por la operación! Debes de sentirte muy angustiada –dijo Esmeralda, mientras estampaba un autógrafo con su firma enrevesada y barroca.
Las otras dos Hadas le mandaron a callar en el acto y le dieron sendos puntapiés; ¿cómo se le ocurría mencionar algo así delante de sus admiradores? Habían estado de acuerdo en que lo mejor sería mantener en secreto la intervención del Doctor Unicornio. En esa tónica, se anunció un “final de temporada” para el espectáculo de El Caldero de Oro –que coincidiría con el previsible postoperatorio–, y pactaron que al público se le diría que Zafiro tendría un descanso temporal por motivos personales.
La revista Cuentos de Hadas quiso publicar un reportaje al respecto, pero Pushkin rechazó la cuantiosa suma que ofrecían por dar a conocer el pasado del Trío, por saber las misteriosas razones de Zafiro para necesitar un receso en su mejor momento, y por posar en bañador frente a una piscina con forma de caldero. El Manager-Tabernero estaba al tanto del pasado de Azul, y sabía que cualquier publicidad podría atraer en mala hora a su Padre; así pues, decidió que lo mejor sería limitar toda promoción de las Tres Hadas hasta que la operación se hubiera completado y el cambio fuese irreversible. Por el momento, tan sólo quienes consiguieran sintonizar El Caldero de Oro FM oirían hablar sobre la sensación musical que arrasaba en la Travesía del Arcoíris; y de ellos sólo unos pocos miles podrían verlas en directo, porque sabrían cómo llegar al local.
Tampoco es que les hiciese falta anunciarse más: el Caldero estaba a rebosar todas las noches, y Azul había ahorrado el dinero para la operación en cuestión de meses; todo un récord, según el Doctor Unicornio, que se frotaba los cascos imaginando la prima que recibiría a fin de año, y con la cual pensaba comprar una casa de campo con establo.
Como muestra del éxito de las Hadas, baste con decir que Zafiro podría haber estado firmando autógrafos sin parar durante horas esa misma noche, de no ser porque tenía que escabullirse y cambiar de trabajo: de exitosa Cantante a Limpiadora. Lo que solía hacer entonces era encerrarse en su camerino, quitarse el vestido y las alas, desmaquillarse, recogerse el cabello bajo una pañoleta y salir de nuevo al bar con las ropas de cualquier encargado de la limpieza, al que sus fans no debían prestar la menor atención. De esta manera conseguía trabajar en paz la mayoría de las veces, aunque se había dado el caso de que algún cliente veterano la reconociera (como el impertinente Lobo), ocasionando situaciones más que bochornosas.
Para evitar que tal cosa sucediera de nuevo, Azul encargó a Geppetto la fabricación de una peluca con un color de cabello idéntico al de la marioneta de Ricitos de Oro; eso completaría su “disfraz” de Hada (aunque Zafiro ya no estaba segura de si, a estas alturas, el verdadero disfraz no sería el que la obligaba a llevar pañoleta y delantal), y le permitiría cambiar de aspecto a voluntad, por conveniencia y con celeridad.
Azul no había salido de la Travesía del Arcoíris en meses –o al menos eso decía–, de manera que el trabajo de Rapunzel’s estaba deslucido y no valía la pena conservarlo. Después de despedirse de sus admiradores y de las Hadas, con la excusa de que estaba cansada y necesitaba tumbarse un rato, Zafiro entró en su camerino, echó el cerrojo, se desvistió y se cortó el pelo ella misma ante el espejo, procurando dejarlo tan corto como fuera capaz. Su cabeza quedó cubierta otra vez de pelo ralo y azul, y el suelo, de las extensiones rubias que tanta alegría le habían dado; ahora podría pasar desapercibida fácilmente mientras limpiaba, y caracterizarse mejor de Zafiro gracias a su peluca de bucles dorados aún sin estrenar.
Pero había un motivo oculto para mutilar su largo cabello así, cuando faltaba apenas una semana para su metamorfosis en Hada, después de la cual podría salir de la Travesía del Arcoíris sin miedo a que la encontrara su Padre. Habría sido capaz de aguantar un poco más llevando la pañoleta mientras fregaba las jarras de cerveza, pero a Azul le apetecía verse una última vez con el mismo aspecto que había tenido durante casi veintidós años. En cuestión de días, la imagen que le devolvería el espejo sería la de un sueño hecho realidad, pero también la de alguien que había dejado de llamarse de muchas maneras..., y que había sacrificado tanto para convertirse en Zafiro, el Hada Azul.
Allí, ante su reflejo, Azul repasó una vez más sus rasgos siguiéndolos con el tacto, como si intentara memorizarlos para no olvidar nunca quién había sido. Vio una vez más sus ojos azules y gentiles, tan parecidos a los de su Madre, y el mentón firme y cuadrado del Padre. El conjunto, sin embargo, le asemejaba a la chica de pelo rosa que apenas unas horas antes se había colado allí, en su camerino, con exigencias descabelladas y ganas de amargarle la velada.
Quizás se parecieran físicamente, pero sus espíritus eran completamente opuestos: mientras que Azul sabía perfectamente quién era y quién quería ser, aquella chica había nacido del caos; contenía en sí misma todas las posibilidades de lo que una persona puede aspirar a ser y aún no se había decantado por ninguna de ellas. El camino de Azul fue siempre recto, aunque al cruzarlo atentase contra el orden establecido, la sociedad, e incluso contra los fundamentos del Derecho de Autor y de la Astrología. El de la chica de pelo rosa, en cambio, parecía una encrucijada cubierta por las ramas y espinas de un rosal; una que imploraba un Jardinero experto para ganar orden y sentido.
Azul se miró las ojeras al espejo (cada vez eran más profundas), así como las arrugas en sus manos que los corrosivos productos de limpieza no paraban de horadar. Tenía los pómulos salientes, y cuando respiraba podía contar todas sus costillas, a la vez que sentía un ronquido seco en los pulmones. El Doctor Unicornio se había quedado corto al advertirle los peligros de la operación. Bien es cierto que dijo que casi nadie sobrevivía al durísimo esfuerzo de ahorrar para la intervención, pero olvidó mencionar la alarmante velocidad a la que se consumía el cuerpo durante ese tiempo, y la imposibilidad de frenar el deterioro físico y anímico con ninguna medicina.
“Si mi Madre me viese…” –pensó Azul, con su raquitismo en el espejo– “me prepararía un montón de tartas; tanto o más ricas que esa que Hansel y Gretel le trajeron al Tabernero hará un par de semanas, cuando intentaron hacer las paces. ¿De dónde la habrán sacado?”. A falta de pasteles, el único consuelo del chico-Hada en estos momentos era el saber que sus amigos velaban por ella; todos menos la Cenicero, quizás, de quién se había distanciado poco a poco desde que regresó de su primera entrevista con el Doctor Unicornio y fue invitada a formar parte del Trío de Hadas.
No fue a causa del vestido que le regaló Bella en el hospital, ni porque la Cenicero tuviera celos de ver a su compañera subida en el escenario y bañada en aplausos. La confirmación había llegado días después, tras la primera discusión que tuvo con su Sapito. Azul siempre creyó que estaría allí para consolar a su amiga si llegaba ese triste momento, pero las circunstancias habían cambiado…, y cuando la Ceni corrió en busca de un hombro sobre el cual llorar, su Hada madrina sólo pudo apartarse y dejarla tirada.
Debía ponerle punto y final a aquello. Ahora que la chica de pelo rosa le había revuelto el ánimo y la conciencia, no valía la pena intentar mantener un ambiente antiséptico antes de la operación, en el que todo fuese tranquilo, relajado y ameno. Ya habían contaminado su alegría y se había cortado el pelo frente al espejo; ahora era el turno de cortar de raíz otro asunto antes de que fuera demasiado tarde, y su amistad con la Cenicero corriese un serio peligro.
Azul se vistió de nuevo con el traje de gala, la mochila con forma de corazón y la peluca dorada, y salió convertida en Zafiro por la puerta trasera de su camerino (cuya cerradura encontró rota). Corrió a través de la Travesía del Arcoíris entre sus muy sorprendidos fans y no se detuvo hasta salir a la calle del Mercado Central, donde se disolvió entre la multitud y pasó a ser un Hada cualquiera…, como si tal cosa existiera en la realidad.

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