13 de noviembre de 2011

Capítulo XXIII (fin de semana)


A las pocas horas amaneció un día perfecto; las fachadas de piedra gris de los edificios de Grimm se colorearon alegremente con la luz del amanecer, y los jardines del Campus se despertaron regados de rocío. El sol brillaba en un cielo despejado de nubes –donde sólo los dirigibles se interponían de vez en cuando entre el Astro Rey y su Ciudad, haciéndole sombra–, pero la brisa matutina permitía llevar puesta la sudadera del uniforme sin pasar calor. Todo apuntaba a un idilio entre el Creador y Su Obra.
Rosa fue encontrándose de uno en uno a sus amigos, y se mostró encantadora y alegre con todos ellos; es más, en sus uñas resplandecía el color blanco de los días agradables, a pesar de cierto deje de cansancio y de unas ojeras tan marcadas como de costumbre. A media mañana, en el círculo de amigos que se había formado bajo el pino piñonero sólo faltaban el Príncipe y Sinclair; al primero nadie se atrevió a molestarlo, y al segundo lo llamaron a casa desde su propio teléfono móvil, que le había prestado a Rosa el día anterior y que ella aún no había tenido la ocasión de devolverle.
–Buenos días, Señora Sinclair, soy Rosa Grimm. ¿Se encuentra Emil en casa?
Espera un momento. ¡Emil, teléfono! Es esa chica de pelo fosforescente…
Canella, que estaba sentada junto a la chica de pelo fosforescente, escuchó los gritos de la madre de Sinclair y rió a carcajadas. Rosa se apretó el auricular fuertemente contra la oreja para que ninguno de sus amigos pudiera escuchar la conversación hasta que ella no la hubiese dirigido a donde quería llevarla.
Dime, Rosa… –suspiró Sinclair al otro lado de la línea. Parecía seguir enfadado.
–¡Buenos días, Emil! ¿Cómo estás?
Me dejaste hablando solo ayer por la noche, después de que perdiera el autobús y llegara a casa con los ojos a punto de estallar debido al gas lacrimógeno… Además, unos vándalos destrozaron un par de mesas en el restaurante de mi padre y nos tocó limpiar de madrugada el estropicio. En resumen: he tenido días mejores.
–¡Vaya, cuánto lo lamento! Escucha; estamos aquí Pippi, Loa, Canella, Cindy, Demian y Vincent, y como tengo que devolverte el móvil, nos preguntábamos si podrías venir a Grimm a pasar con nosotros una estupenda mañana de sábado.
Rosa, lo último que necesito es que sigas machacándome. No me apetece verte a ti y a Iván juntos; no después de…
–Espera, que pongo el altavoz para que todos puedan escucharte.
Eh…, esto, ¡hola chicos!
–¡Buenos días, Sinclair! –dijeron sus amigos a coro.
Le decía a Rosa que no me encuentro muy animado. Creo que estoy indispuesto.
–¡No seas soso! ¡Ven aquí ahora mismo o despídete de tu carísimo móvil! –amenazó Loa, reclinándose sobre el teléfono y gritando cada palabra.
–Sinclair, tienes que tratar mejor a tus amigos. No puedes dejarnos de lado con cualquier mala excusa –le regañó Demian, como era habitual.
Vale, de acuerdo… Me doy una ducha, me visto y voy a veros.
–¿No te has duchado ni vestido aún? ¡Pero si son las doce y media de la mañana! –dijo Canella, y todos rieron excepto el propio Sinclair, quien colgó la llamada.
–Ahora sólo falta el Príncipe –señaló Vincent, que casi nunca hablaba, pero llamaba la atención de todos cuando lo hacía por su voz grave y pausada.
El grupo miró a Rosa demandando más información; ella se limitó a explicarles que no creía que Iván apareciera hasta después del mediodía, porque el próximo fin de semana habría un evento muy importante en Palacio, y antes debía repasar la genealogía de cada monarquía del continente para no cometer un error de protocolo.
–¡El pobre, no puede descansar ni en fin de semana! –dijo Pippi apenada.
La realidad era muy diferente, como Rosa sabía bien. Iván necesitaría recuperar el sueño perdido, y no se dejaría ver hasta después de almorzar un plato preparado por su Cocinero particular. Eso le daba a Sinclair el tiempo justo para llegar al Campus, y al grupo, para estar completo de nuevo. La chica no desaprovecharía el evento, pues tenía que ganarse nuevamente la comprensión y el cariño de sus compañeros. Pensaba emplear la misma táctica que había aprendido del Príncipe: compartir una difícil confesión, inspirarles lástima y fingir que confiaba ciegamente en ellos. Si él consiguió convertir sus vacaciones en yate en una tragedia, la fiabilidad del método estaba garantizada.
Emil apareció casi una hora después y les acompañó al comedor, donde otra vez se notaba la falta de personal a causa de la huelga. Cuando ya todos estuvieron sentados con sus respectivas bandejas del almuerzo en una de las mesas del jardín (la cual tuvieron que limpiar ellos mismos), Rosa inició su estratagema:
–Chicos, os quiero contar algo que no puede salir de aquí. No soporto el seguir distanciándome de vosotros; además, estoy segura de que sabréis guardar el secreto.
El grupo dejó los cubiertos sobre los platos y escucharon a su amiga con atención. Sinclair el que más, porque se suponía que era el confesor de Rosa desde hacía unos días; sin embargo, desconocía el secreto que la chica estaba a punto de revelar.
–Ya habréis notado que he estado muy rara. El verme de súbito como la novia de un Príncipe fue difícil de asimilar. De la noche a la mañana me convertí en el foco de atención de todo el Campus, e incluso crearon un par de blogs de cotilleos.
Sus amigos asintieron, y Vincent le puso la mano en el hombro en señal de apoyo. Pippi se sonrojó porque el primer blog fue obra suya, pero no dijo nada al respecto.
–Sin embargo, lo peor vino cuando Iván me explicó que la Guardia Real tenía órdenes de no dejarnos en paz. Por suerte, a mi querido novio se le ocurrió un plan: si decíamos a todos que él dormía conmigo, los Guardias instalarían cámaras y micrófonos en mi habitación para vigilarnos. Así, cuando descubrieran la mentira dejarían de tomarnos en serio, y podríamos estar juntos en libertad y sin espías de por medio.
–¡Un plan brillante! –dijo Demian, siempre tan de adulador con la Casa Real.
–Es decir que… ¿no habéis intimado todavía? –preguntó Canella, aún sabiendo que su pregunta era terriblemente indiscreta.
–No, mi Príncipe ha estado estudiando cada noche; Geografía, Historia Universal, Diplomacia, y todo cuanto un futuro Rey debería saber para desempeñar bien su papel.
“¡Vaya!” exclamaron todos sus compañeros excepto Sinclair, que miraba a Rosa sin creer una palabra de lo que decía; ¡él había visto con sus propios ojos a Iván escaparse de Grimm, y lo había seguido hasta perderlo de vista en la calle del Mercado Central! La chica detectó su suspicacia, y entonces supo que debía dejarle oler otra pista al sabueso para que éste la ayudara, casi sin darse cuenta, a capturar a las dos presas que ansiaba.
–Sí, es duro, y de allí mis desmayos y mi mal humor. ¡Es muy difícil tener una relación en la que no puedes ver a tu novio siempre que te apetezca! Pero debo ser fuerte, porque Iván lo sufre incluso más que yo: como no pasa la noche conmigo, pero tampoco puede estar en su habitación (de lo contrario ¿cómo iba a despistar a la Guardia Real?), se fuga de Grimm cuando ya es de noche, saltando la verja del portón sin que lo vean los Monitores. Va entonces al Paseo del Río, se sienta en un banco y estudia allí hasta bien entrada la madrugada, bajo la luz de las farolas. O al menos eso dice.
–¡Cómo puedes dudar de él! –chilló Cindy–. Pobre Príncipe, ¡con lo que sufre!
–Tienes razón, ¡pero es tan complicado confiar plenamente en alguien que sólo te dedica unos minutos al día! Sé que soy injusta, y me avergüenzo de ello... Y también lamento haberme alejado de vosotros por creer que debía cargar con este secreto yo sola. Ahora veo que estaba equivocada; ¡vosotros siempre estaréis ahí para apoyarme!
Todos se levantaron de sus asientos y abrazaron a Rosa, quien consiguió derramar alguna lágrima gracias a que había practicado cómo hacerlo frente al espejo del baño. Cuando fue el turno de Sinclair, la chica aprovechó para devolverle su móvil y de decirle al oído unas palabras que también preparó con meticulosidad:
–Gracias por intentar protegerme de Iván, Emil, pero es su palabra contra la tuya. A menos que me traigas pruebas de que está con otra persona, no podré creerte.
Sinclair no dijo nada más. Se guardó el teléfono en el bolsillo y pensó “¡Qué inocente eres! El Príncipe no es de fiar, pero comprendo que reniegues de la idea si sigues enamorada de él. Yo te traeré las pruebas que necesitas para convencerte”.
–¡Buenas tardes a todos!
Emil sintió una palmada en la espalda y reconoció de inmediato la voz de Iván, lo que le llevó a soltar un chillido agudo y femenino, y a desatar las carcajadas del grupo.
–¡Buenas tardes, mi Príncipe! –dijo entre tanto Rosa, lanzándose a los brazos de su novio y recibiéndole con un tórrido beso.

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