14 de noviembre de 2011

Capítulo XXIII (jueves)


Jueves
El humor del Príncipe empeoraba con el paso de los días, y cada vez le era más difícil disimularlo. Eso sólo podía significar que Azul seguía dándole largas, tal y como estaba previsto, y que él se veía cada vez más cerca del viernes sin haber conseguido una prueba para ganar la sórdida apuesta.
Ya era jueves, y Rosa también comenzaba a estar impaciente por un motivo similar a la vez que muy diferente: Sinclair seguía sin dar señas de éxito en la misión que le había encomendado sin que él lo notara. Pero la chica tuvo un rayo de esperanza al mediodía, cuando Emil se le acercó discretamente y le susurró al oído “Tengo que hablar contigo. ¿Puedo pasar por tu habitación después de clases?”. Rosa asintió y fue con su bandeja del almuerzo a la mesa donde le esperaban el resto de sus compañeros. Sonría ampliamente, aunque el Frutero también debía estar de huelga, pues hoy ni siquiera había peras deformes de postre.
Sinclair llamó a la puerta de su amiga a las seis y media, y procuró entrar sin ser visto. Parecía tener la misma manía persecutoria que un agente secreto, aunque carecía de cualquiera de las habilidades que los convierten en personajes tan eficaces.
–¿De qué se trata, Sinclair?
–Espera… ¿Estás segura de que aquí no hay cámaras ni micrófonos?
–No hay nada, pero Gato es un Guardia Real encubierto.
El felino apareció en ese instante junto a la puerta, como queriendo decir “¡Os he pillado!”, aunque quizás sólo se tratara de una muestra de su curiosidad gatuna.
–No es verdad…, ¿o sí?
–¡Por supuesto que no! En serio, eres tan tonto que a veces me pregunto cómo consigues respirar sin ahogarte en tu propia saliva.
–Ya veremos si opinas lo mismo después de que te enseñe mi hallazgo, por el que te pido disculpas de antemano. No creo que vaya a gustarte… –Sinclair se sacó el móvil del bolsillo, abrió la carpeta de fotos y le enseñó la penúltima a Rosa. También apartó un poco la cara, previendo que su amiga estallaría de ira después de ver aquello.
Rosa, en cambio, se tomó un tiempo para evaluar la imagen antes de reaccionar: la iluminación era bastante mala, estaba algo desenfocada y un dedo de Emil tapaba parcialmente la imagen…, pero sí, serviría a su propósito.
–¿Qué es esto?
–Es el Príncipe Iván… besando a un Hada. Le sigo la pista desde hace días. Cuando escapa de Grimm no lo hace para ir a estudiar al Paseo del Río, como verás.
–¡No puede ser! –Rosa se esforzó por fingir convincentemente el llanto, aunque le apetecía reírse a carcajadas. Todo le estaba saliendo a la perfección.
–Y por si fuera poco… –Emil le quitó el móvil de las manos y buscó otra foto–, ¿a que no sabes quiénes destrozaron la terraza del restaurante de mi padre? ¡Fueron ellos! –La foto que le mostraba ahora era del Príncipe persiguiendo a Zafiro, tras haber sido derribado sobre una de las mesas– Anoche volvieron a hacerlo. Tal parece que siempre discuten y luego se reconcilian con un beso apasionado.
Rosa se echó a llorar con la cara pegada a una almohada para que su amigo no la viese sonreír. El pobre Emil estuvo consolándola largo rato sin resultado, hasta que se decidió a buscar al resto de compañeros en sus respectivas habitaciones.
Así, a los pocos minutos ya no cabía nadie más en el dormitorio de Rosa. Sinclair les explicó lo sucedido: cómo el Príncipe los había manipulado, y cómo utilizó a Rosa de coartada para escaparse todas las noches y realizar extrañas prácticas amatorias con un Hada. Él, afortunadamente, siempre había recelado del terrible Iván, y la suspicacia le llevó a desenmascararlo. Dicho esto, Emil alzó el mentón y puso los brazos en jarra.
–Por favor, chicos, no hagáis ni digáis nada. Iván tiene un evento importante este fin de semana, y no quiero hablar con él sobre este asunto hasta después de su fiesta. Además, necesito tiempo para asimilarlo todo…
–Pobre Rosa, ¡sigues enamorada de él! –dijo Loa, secándose las lágrimas con un pañuelo que era para su amiga.
–Deberíamos ir a partirle la cara –Vincent habló con tal convencimiento, que los demás se lanzaron a detenerlo aunque no había movido ni un músculo.
–¡No, os lo suplico! ¡Nada de discusiones por ahora! Quiero hablar con él y darle la oportunidad de explicarse, pero no hasta después del banquete en Palacio.
–Descuida –dijo Pippi–; hasta entonces, no nos apartaremos de tu lado.
–Bueno, yo sí –precisó Sinclair–. Debo irme a casa, pero te dejaré mi móvil para poder llamarte esta noche y preguntarte cómo estás.
–Muchas gracias por todo, Emil. Eres un buen amigo…
Sinclair salió de la habitación sonrojado, victorioso y feliz.
–Pues el Príncipe te ha salido rana –dijo Canella, intentando aligerar el ambiente para los que se habían quedado en el dormitorio con Rosa.
–¡Ni que lo digas! –Demian sacó pecho al hablar, ahora que volvía a ser la persona de más alta moral que conocía.
–Dame un momento el teléfono de Sinclair –y dicho esto, Canella le arrebató el aparato de las manos–. No es bueno que te tortures viendo esa foto una y otra vez…
–¡Ni se te ocurra borrarla! –Rosa saltó de la cama y recuperó el móvil, que ahora era el engranaje fundamental para poner en movimiento su funesta maquinación.

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