14 de noviembre de 2011

Capítulo XXIII (martes)


Martes
El martes no fue menos ajetreado, ya que Rosa debía aprovechar para trabajar en su venganza todos los días entre las seis y las ocho de la tarde. El portón se cerraba justo antes de la cena, y salir o entrar en la Academia requería entonces un sigilo extraordinario. No es que no pudiese hacerlo –a fin de cuentas, ya se había escapado un par de veces la semana anterior–, sino que ahora debía demostrar un comportamiento ejemplar en todo momento; no saltarse ninguna cena en el comedor con sus recién recuperados amigos, para que ninguno sospechase de ella en los días venideros.
Rosa hizo dos visitas el martes, así que gastó sus últimas monedas en sendos billetes de metro y autobús. Fue primero a Aurora’s Bakery, en el Paseo del Río, y llegó casi al mismo tiempo que la Pastelera. La señora (que se mantenía activa pese a su edad y a su leve sobrepeso) montaba un triciclo por el empedrado de la calle, tirando dificultosamente del puesto ambulante de tartas entre el portón de la Academia Grimmoire y su tienda cinco días a la semana.
Pero otros se le adelantaron a Rosa y esperaban a Aurora en la puerta; no era una clientela cualquiera, además, y la chica tuvo que esperar a que acabase su amena cháchara antes de poder entrar siquiera. Existía el peligro de que uno de los compradores la reconociera, pues al menos ella había identificado fácilmente al hombre que acompañaba a los hijos de Bella.
–Buenas tardes, Aurora, ¿qué tal ha ido tu día? ¿Has tenido suerte esta vez?
–No, Geppetto… Aún así, gracias por preguntar.
–Descuida; tarde o temprano los encontrarás. Y mientras, puedo prestarte a uno de los mellizos para que te haga compañía. ¿Qué os parece, niños? ¿A cuál de los dos le gustaría quedarse una temporada con Aurora? –Gretel y Hansel levantaron la mano tanto como pudieron; a fin de cuentas, vivir en una juguetería era un auténtico privilegio, pero nada podía compararse a vivir en la mejor pastelería del Reino.
–¡Parece que tendrás que dejarme a los dos!
–Vaya par de mocosos… ¿Tan mal os tratamos la Cenicero y yo?
La Pastelera y sus clientes bromearon y conversaron mientras Rosa se impacientaba, esperando a que salieran del local y le despejasen el camino para poder continuar con su plan. La parte que concernía a los mellizos y al Titiritero ya estaba en un buzón de correo, y confiaba en que la ineficiencia del sistema postal no la entregaría a sus destinatarios antes del viernes; así pues, ahora mismo no eran más que un estorbo.
–Bueno niños, decidme qué queréis. Y tú también, Geppetto.
–¡Yo un pastel de nueces y miel! –gritó Gretel.
–Para mí el bizcocho de zanahoria con nata, por favor –pidió Hansel cortésmente.
–Un amigo me ha suplicado que le lleve otra porción de flan de triple chocolate…, y aprovecharé para encargarte una tarta entera que necesitaré este viernes –dijo Geppetto.
–¿Vais a dar una fiesta? ¿Un cumpleaños, quizás?
–Es más bien una despedida…, ¡y la celebración de un nacimiento, todo a la vez!
–Eso es bastante inusual. Tendrás que escribir el mensaje que debo poner sobre la tarta: yo no sabría qué decir en una situación así.
A los pocos minutos, Gretel, Hansel y Geppetto salieron de la tienda cargados de suficientes dulces como para fulminar a un batallón de diabéticos. Rosa esperó a que cruzaran en dirección a la calle del Mercado Central (y a la Travesía del Arcoíris, seguramente; ¡ese flan de triple chocolate debía ser para Pushkin!) antes de entrar en Aurora’s Bakery y encontrar a su propietaria un tanto distraída. Sostenía la tarjeta donde le habían apuntado la frase que llevaría la tarta, y la leía en voz alta otra vez: “¡Muchas felicidades, Zafiro! Gracias por demostrarnos que los sueños pueden hacerse realidad”.
–Curioso mensaje, ¿a que sí?
Aurora alzó la vista y chilló del susto al encontrarse frente a frente con Rosa.
–Perdona, querida, no quería reaccionar así. Es que primero esto, y ahora apareces tú, y no sé... –La Repostera parecía mareada; es más, sentó en una butaca junto a la caja registradora, detrás del mostrador de tartas.
–¿Se encuentra bien? –Al menos no lo parecía; se abanicaba buscando el aire que le faltaba. Rosa esperó unos instantes a su lado haciendo acopio de paciencia.
Perdona a esta vieja que se impresiona con nada. ¿Qué puedo hacer por ti, querida?
–Vengo a pedirle disculpas por mi actitud. Ya sabe, el otro día, en Grimm...
–Descuida, pero has de saber que ese chico es una muy mala influencia para ti.
–¿Se refiere a Sinclair? No se preocupe por él, es inofensivo: ladra mucho más de lo que muerde. Además, no hay excusa para que yo le haya faltado el respeto.
Aurora sonrió y se le iluminó la mirada. Parecía esforzarse por contener el llanto.
–¡Oh, permíteme obsequiarte con un trozo de pastel! Aún me queda una porción del mismo bizcocho que encargó el Príncipe Iván el día de tu supuesto cumpleaños…
–¿Cómo sabe que aquella tarta era para mí?
–Bueno, he atado cabos. El Guardia Real que la encargó de parte suya dijo que necesitaba una tarta de cumpleaños para dos mil personas. Me picó la curiosidad, como es normal, pero lo único que conseguí sonsacarle fue que era para la novia del Infante, y que éste quería una tarta rosa para su chica de pelo rosa. ¡Al verte comprendí que debió de ser para ti! ¿Así que eres la novia del Príncipe? Estoy tan orgullosa…
“¿Orgullosa de mí sólo por ser la coartada de Iván? Quizás crea haber hecho un pastel para la futura Princesa. Definitivamente la Repostera está mal de la cabeza; será mejor que suelte lo que realmente he venido a decirle antes de que siga desvariando” – pensó Rosa, a la vez que se llevaba un trozo de rico bizcocho a la boca.
–El nombre de “Tarta rosa” no le va. Le quedaría mejor el de “Tarta de las Hadas”.
A la Pastelera le cambió la expresión y tuvo que sentarse de nuevo.
–¿"De las Hadas"?
–Sí, ¿por qué no? El viernes fui a un concierto donde cantó un Trío de Hadas, y estuvo casi tan bueno como este pastel. De ahí me ha venido la inspiración.
–Dime una cosa, corazón: ¿alguna de esa Hadas tenía el pelo de color azul?
–No que yo recuerde…
Aurora dio un suspiro que podía ser de alivio, tristeza o ambas cosas.
–Aunque claro, teñirse es muy fácil. Mi color natural es rubio, por ejemplo, y así aprovecho para contestar a aquella pregunta que me hizo usted en la Academia.
–¡Lo sabía!
 “¡Por el Supremo Autor! ¿Qué fijación tiene esta mujer con mi pelo? ¿Por qué le llama tanto la atención?”. Rosa tuvo ganas de cubrirse con la capucha verde de la sudadera para que la Pastelera no volviera a distraerse.
–Sí, en fin… Escuche, creo que la tarta que acaban de encargarle es para Zafiro, una de esas Hadas. Y casualmente, conozco el bar donde cantan.
–¿Sabes cómo llegar a la Travesía del Arcoíris y a El Caldero de Oro?
–Claro, ¿quién no? Si tanta ilusión le hace ir allí, ¿por qué no me acompaña este viernes, y así le entrega personalmente al Hada su delicioso pastel?
–Me encantaría, pero ¿puedes enseñarme antes cómo llegar?
–Hoy no, tengo prisa en volver a Grimm. Pasaré a buscarla aquí este viernes a las siete y media, ¿de acuerdo? –Rosa apuró el último bocado.
–También podrías quedarte un rato más para hacerme compañía…
–No insista, por favor; he de estudiar –y para que su argumento tuviese más peso, Rosa sacó de la mochila uno de los tres tomos I del Tratado de Astrología Elemental que llevaba consigo–. ¿Lo ve?
–Oh, querida, no pierdas tu tiempo leyendo eso… ¡Créeme, sé bien lo que te digo! Mi marido fue quien lo escribió.
Rosa tosió una sonrisa, y luego se quedó boquiabierta. “¡Menuda sorpresa! ¿Así que Astreo Celeste es el Padre de Azul? Y yo que pensaba que llevando a su Madre al último concierto conseguiría amargarle la velada… ¡Esto promete mucho más!”.
–Aún así, debo irme. ¡Muchas gracias por la tarta, y nos vemos el viernes!
–¡Espera, que otra vez olvidaste decirme cómo te llamas!
Pero Rosa ya había salido de la tienda y corría a su siguiente cita.

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