20 de noviembre de 2011

Capítulo XXV (primera parte)


Justo cuando Azul salía de El Caldero de Oro en dirección a la casa de Geppetto, la Cenicero partía de la tienda del Titiritero hacia la Travesía del Arcoíris, con los mellizos a cuestas y el rostro surcado por pequeños ríos de rimel y lágrimas. Podrían haberse encontrado a medio camino –y eso habría cambiado por completo el curso de los acontecimientos–, pero la marea de gente en la calle del Mercado Central ofrece un escondite perfecto incluso a quien no busca pasar desapercibido…, así que ambas amigas (o enemigas en potencia, ahora) se cruzaron y no llegaron siquiera a verse.
Gretel y Hansel, que nada sabían sobre el motivo por el cual su Cuidadora estuvo llorando histérica desde la visita de la chica de pelo rosa, intentaban seguirle el paso con sus piernas cortas y rechonchas. Tampoco repararon en Azul, pero sí en el grupo de chicos vestidos con el uniforme de la Academia Grimmoire que husmeaban cerca de la entrada de la Travesía, con la capucha verde cubriéndoles la cabeza. Gretel se soltó de la mano de la Cenicero y corrió hacia ellos, emocionada al saber que ella y su hermano no eran los únicos alumnos de Grimm que frecuentaban aquel barrio.
–Veamos si te he entendido: ¿dices que después de fotografiarla, seguiste al Hada hasta aquí y la viste atravesar ese muro de piedra? –repitió Demian con escepticismo.
–¡Así es, os lo juro! –Sinclair se sentía frustrado de que nadie le creyese, pese a dar fe de haberlo presenciado. Remató su juramento con un suspiro.
–¡Hola! ¿Sois internos de Grimm, verdad? –dijo una niña pelirroja y rolliza que apareció de la nada–. Me llamo Gretel; mi hermano y yo vamos a la Escuela Primaria. ¿Qué hacéis por aquí? ¡Nosotros vamos a ver el espectáculo de las Hadas!
–¿En serio? –dijo Canella sin creer lo oportuna que era la interrupción de aquella párvula–. Nosotros también, pero estamos perdidos. ¿Sabes por casualidad cómo llegar?
“¡Gretel, ven aquí ahora mismo!”. El alarido de su Cuidadora puso los pelos de punta al grupo de estudiantes. “Tengo que irme; además, no nos está permitido invitar a extraños a la Travesía del Arcoíris” respondió la niña antes de marcharse.
–¡Pero nosotros no somos extraños! ¡Hemos ido a tu mismo colegio! –dijo Pippi, aunque Gretel ya había desaparecido entre la multitud para volver junto a la bruja que la llamaba, y en su lugar sólo quedaban un par de envoltorios de caramelos.
El grupo siguió con la mirada a la Cenicero, y creyeron alucinar cuando la vieron atravesar sin ningún esfuerzo el grueso muro de piedra. “¿Lo habéis visto? ¡Realmente era una bruja!” exclamó Loa. “¡Os dije la verdad!” chilló Sinclair, mientras Vincent se acercaba a inspeccionar y descubría un rastro de envoltorios que atravesaba la pared, señalando previsiblemente el camino hacia las Hadas.
–No es un muro, sino una ilusión óptica lo que oculta el pasadizo –dijo el chico con su voz grave y parsimoniosa, y entró en la Travesía seguido de sus compañeros.

Volvieron a encontrarse a los niños al final de la calle, sentados junto a la puerta de El Caldero de Oro y a un túmulo de dulces y chocolatinas. Ahora que estaban a punto de volver a ver a su madre –tan pronto Geppeto la recogiera en el hospital…– se sentían de nuevo ansiosos, y habían recaído en el hábito de atiborrarse de azúcar.
–¡Hola de nuevo, Gretel! Yo soy Demian, y estos son Loa, Canella, Pippi, Cindy, Vincent y Sinclair. ¿Cómo se llama tu hermano?
–Hansel –dijeron Sinclair y el propio Hansel a la vez.
–¡Estupendo, ya no somos extraños! Y ahora decidme, ¿por qué no hay nadie paseando en esta calle? ¿Está deshabitada? ¿Dónde está vuestra Cuidadora?
–Entró por la puerta trasera, que lleva al camerino. El bar no abre hasta la media noche; todavía es muy pronto para que lleguen los primeros clientes y os dejen pasar.
En efecto, todo el barrio parecía estar dormitando, como si aún faltasen unas horas para que saliera el sol en esa colorida calle. Los chicos de Grimm tenían la sensación de haber atravesado el centro del planeta y de encontrarse ahora en sus antípodas.
–¡Tonterías, no pueden dejarnos aquí fuera! Además, venimos en busca de alguien, y tenemos que encontrarle en la media hora que nos queda antes de que cierren el portón de la Academia– Demian llamó con decisión a la puerta de El Caldero de Oro.
–No creo que eso sea buena idea –dijo Hansel en voz muy baja, sabiendo que era poco probable que un estudiante mayor que él hiciera caso a su sugerencia.
Tras insistir un par de veces más, Pushkin abrió finalmente la puerta, furioso. Los chicos gritaron espantados, pero el propio Tabernero lanzó un grito aún mayor al ver no a dos, ni a tres, sino a un escuadrón de niños delante suyo. Entornó los ojos hacia arriba, abrió la boca y se desmayó estrepitosamente.
Cuando la mole de carne y pelo cayó al suelo, Iván pudo ver al exterior desde el taburete que ocupaba en la barra y reconoció a sus compañeros de clase apostados en la salida. “¡¿Qué hace aquí esta panda de idiotas?!”; su disfraz de Sapito no serviría con ellos, así que tendría que esconderse o escapar de allí, aunque implicara darse por vencido y perder su apuesta con el Príncipe Igor. Mas rápidamente cambió de parecer: “¡No puedo permitirme eso! Aquí no está en juego una moto de agua, sino mi orgullo”.
Rubí y Esmeralda se apresuraron a auxiliar al Tabernero y a los chicos, que aún no se recuperaban del susto. Para Iván era ahora o nunca; tenía que aprovechar la distracción y entrar en el camerino de Zafiro (donde llevaba casi hora y media maquillándose) para esconderse de ellos y acostarse con el Hada: todo a la vez, y de una vez por todas.
Iván corrió entre la mesas y sobre la tarima del escenario hasta la puerta del camerino, donde entró sigilosamente. Las luces estaban apagadas, pero pudo reconocer el perfil alado del Hada, que lloraba amargamente con las manos pegadas al rostro.
–Mi amor, soy yo, tu Sapito. ¿Estás bien? He tenido el presentimiento de que ocurría algo, y ahora te encuentro aquí, apenada… –Se acercó lentamente para no sobresaltarla y ser expulsado de allí–. Mi vida, mi Hada Azul: sé que estás pasando por un momento difícil. Hoy es tu última actuación y yo no podré verla, pues debo asistir a la celebración que darán mis padres esta noche. ¡Malditos compromisos familiares! Pero ahora estoy aquí, y debemos aprovechar este momento para estar juntos y amarnos. Déjame consolarte, y consuélame tú a mí. Aliviemos este ardor que llevamos dentro…
–¿Y qué hay de la Ceni? –dijo el Hada con un hilillo de voz, entre sollozos embarrados de mocos.
–La llamé hace un par de horas, y me dijo que saldría a comprarse un vestido si no conseguía que le prestaran uno de su talla. No pienses en ella ahora; está ocupada con su complejo de patito feo y no vendrá a molestarnos. Además, tal y como me hiciste prometer, he esperado pacientemente hasta hoy sin romper con ella…, pero me sinceraré tan pronto vuelva a verla y le diré que ya no estoy enamorado. ¡Cómo voy a estarlo, sin no se parece en nada a ti! Tú no necesitas un vestido elegante para estar preciosa: lo eres, y quiero reclamar para mí parte de esa belleza…
Iván había conseguido llegar hasta Zafiro sin intimidarla y ahora le acariciaba los cabellos, a pesar de que el Hada seguía con la cara enterrada y no cesaba su lamento.
–Tampoco necesitas una peluca para parecer más hermosa. Hoy he recordado que tienes el cabello azul; me lo contó la Cenicero en una ocasión, tras escapársele tu apodo de Azulão. Confieso que tengo curiosidad y me gustaría poder comprobarlo; enséñame tu pelo azul, amor, te lo suplico… –Iván la abrazó por la espalda, le manoseó torpemente los senos y siguió bajando, mientras besaba su nuca y le apartaba la peluca de la cabeza con los dientes.
Pero el pelo que descubrió debajo no era azul, sino castaño. La Cenicero se puso en pie, le arreó un puñetazo, y luego se secó los lagrimones con el dorso de la mano. Rubí y Esmeralda no tardaron en entrar en el camerino sin llamar ni avisar; a fin de cuentas, el ambiente comenzaba a caldearse y las cosas sucedían cada vez con mayor velocidad.
–¡Azulito, necesitamos tu ayuda! Pushkin se ha desmayado, hay un montón de niños buscándote, y… Un momento, ¡tú no eres Azul! –dijo Esmeralda desde la puerta.
–¿Y qué hace Sapito inconsciente? ¡Estamos ante una epidemia! –Rubí le dio una patadita al chico para comprobar si dormía o no.
–¡Por los tacones de Campanilla, pero si es la Cenicero! ¡Parece un travesti!
–¿Dónde está Azul? ¿Qué haces disfrazada así? Y lo más importante ¿cómo has conseguido embutirte en ese vestido? –Rubí interrogó a la Ceni en tono amenazante, pero la Camarera no respondió.
Sólo después de unos minutos de llanto ininterrumpido, la chica consiguió calmarse y explicar lo sucedido: cómo había llegado al camerino en busca de Azul, a quien pretendía encarar por ser una traidora; cómo había llegado a la conclusión de que el traje diseñado por Bella McCartney en realidad debía ser suyo (y luego se lo había puesto en un ataque de celos, sin importarle que reventasen las costuras); cómo se había topado con Sapito por casualidad, cómo había comprobado que era cierta la historia de la supuesta infidelidad de su novio, y cómo una faja reforzada le permitía a cualquiera entrar en una talla treinta y ocho. Nada dijo sobre por qué, además del vestido, se puso también la peluca, los zapatos y las alas; inspiración del Supremo Autor, quizás, o una mortificación innecesaria de la Cenicero, que quería verse al espejo con las pintas que le valieron a un chico-Hada el cautivar a su amado Sapito.
–No puedo creer que Azul te haya engañado… ¡Pero si eres su mejor amiga!
–Y nosotras desviviéndonos por ella, donando cuánto teníamos para su operación y esforzándonos en que el espectáculo de hoy fuera perfecto. ¡Hemos sido muy estúpidas! –Rubí apretó el puño y aporreó el colchón del camastro.
–¿Qué vas a hacer ahora, Ceni? Le has dado tan fuerte a Sapito que no se despertará en un rato –Esmeralda le tomó el pulso y aprovechó para meterle mano.
–No lo sé. El desgraciado mencionó algo sobre una fiesta que darían sus padres esta noche, aunque a mí me mintió diciendo que se encontraba enfermo y en cama. Si tan importante es esa celebración como para no invitarme (y como para perderse el espectáculo de su amante), quizás deba llevarlo allí personalmente. Me gustaría presentarme ante mis suegros y enseñarles la clase de hijo que tienen.
–¡Cuenta con nosotras! También nos han engañado, así que no te dejaremos sola en esto. Si nos vamos ahora, podríamos estar de vuelta antes de la media noche… Y es que, aunque el plan de destruirle la vida a tu Sapito suene divertido, tenemos que actuar en el bar; ya no por Zafiro, sino por nuestros fans –Rubí habló y Esmeralda asintió, dando su visto bueno a participar en el plan pactado entre su compañera y la Cenicero.
–Muy bien, sólo tengo que hacer una llamada –La Ceni sacó su móvil, decorado con pegatinas de ranas y sapitos, y las fue arrancando una a una mientras hablaba–. ¿Rata?
¿Qué pasa, cómo vas? Se te escucha mal…
–Y lo estoy: por eso necesito tu ayuda. ¿Tienes algo esta noche?
¡Me refería a que tienes poca cobertura! Estoy libre esta noche y las que quieras; llevamos en huelga desde hace semanas, pero por ti haría lo que fuera, cuando fuera.
–Bien. Necesito que vengas a recogerme en coche a mí y a unas amigas en el cruce entre la calle del Mercado Central y el Paseo del Río.
Sus deseos son órdenes; el carruaje estará allí esperándola en quince minutos.
–Muchas gracias, Rata, te debo una.
La Ceni colgó la llamada y sonrió maliciosamente. El rimel chorreante y los ojos enrojecidos le daban un aspecto enajenado y siniestro.
–Tenemos el tiempo justo para cargar con el chico hasta allí –dijo Rubí mientras se lo subía a la espalda, sujetándole los brazos por encima de sus anchos hombros.
–¡Muy bien! Ceni, ¿estás lista? –Las dos Hadas miraron a la Camarera de arriba abajo, esperando que se quitara el vestido, la peluca, las alas y los tacones de cristal.
–Sí, vamos allá –Sólo entonces comprendieron sus cómplices que le hacía ilusión ir así, disfrazada por un día (el más triste de su vida) de una hermosa Hada.
Rubí y la Cenicero salieron del camerino por la puerta trasera. Antes de seguirles, Esmeralda recordó algo importante y subió a la primera planta. Buscó su caperuza verde y también la roja de su amiga Hada; bajó de nuevo al bar y le habló al grupo de chicos que había aparecido de la nada, dándole a Pushkin un susto de muerte.
–¡Chicos, ¿el Tabernero ya se ha despertado?!
Todos menearon negativamente la cabeza.
–Pues a partir de ahora sois los encargados de este lugar. Nosotras tenemos que salir un momento. Gretel, Hansel, ¡comportaros bien!
–¿Estás seguro de que el Hada que buscamos no es ninguna de esas? –preguntó Demian a Sinclair en voz baja.
–Seguro. Pero si nos quedamos aquí, la que falta no tardará en llegar…
Rubí cargó con Sapito a través de la Travesía del Arcoíris, aprovechando que aún no había gente despierta y que nadie se preguntaría qué hacían tres Hadas con un chico desmayado a cuestas…, excepto alguien que estaba ansiosa por saber qué tramaba la Cenicero, y que habría comprendido la gravedad del secuestro. En la calle del Mercado Central, Rosa y Aurora aguardaban sentadas en una terraza cercana al puesto de lotería, bebiendo café y descansando del peso de su propio rehén: la enorme y cerúlea tarta.
–Debo insistir, querida, ¿a quién esperamos? –preguntó Aurora, que había apurado el café y estaba deseando llegar a El Caldero de Oro.
–A unos amigos que también querían ver el show –respondió Rosa con desinterés.
No podría retener mucho más tiempo a la Madre de Azul; sin embargo, la Guardia Real y Astreo seguían sin aparecer. Por si fuera poco, ya eran las ocho y cinco minutos; se le había pasado la hora de regresar a Grimm sin tener que saltar el portón de entrada. Tal y como lo había planeado, Rosa sólo debía indicarle al camino a los Padres de Azul y asegurarse de que les siguieran los Guardias. Luego volvería a la Residencia para cenar y pasar la noche con sus amigos, fingiendo necesitar su consuelo; expectante de que en el telediario se hablara de una exitosa redada en un bar clandestino de las Hadas. Si el Astrólogo no se apresuraba, su plan perfectamente hilvanado pronto necesitaría un remiendo.
–De acuerdo, entremos; le ayudaré a cargar la tarta hasta el lugar del espectáculo y luego volveré a salir para buscar a los que faltan.
–¡Muchas gracias, querida! Estoy tan emocionada…
“¡Qué vieja tan cansina! ¿Y dónde demonios está su marido? ¿A qué distancia estará la Campiña de la Capital? Quizás le avisé con muy poca antelación; debí llamarlo por la mañana…, aunque no podía arriesgarme a que hablara con Aurora y decidiese no venir, sólo por no encontrarse a su mujer y a su hijo en medio de un concierto de Hadas”.
“Da igual. Incluso si no viene su Padre, el disgusto que se llevará Azul al encontrar a su Madre entre el público y tener que anular la operación será devastador. Eso sin contar que el Príncipe descubrirá que no es realmente un Hada (a menos que esté dispuesto a perder la apuesta), que la Guardia Real llegará en cualquier momento para atraparles in fraganti, y que la Cenicero debe estar llevando a cabo una venganza paralela. ¿Qué se le habrá ocurrido hacer a mi secuaz? ¡Me encantaría saberlo!”.
Rosa encontró la respuesta a su pregunta delante de sus narices, pues de la Travesía del Arcoíris emergió la Camarera junto a Rubí y Esmeralda, cargando con Iván en su disfraz de Sapito, aparentemente sedado y listo para ser diseccionado. “¡Vaya, esto promete! No saben que llevan consigo a un Príncipe, y que cualquier cosa que le hagan será un delito gravísimo”. Cuando la chica pasó junto al grupo de delincuentes inminentes, La Cenicero le guiñó un ojo como diciéndole “Gracias por el chivatazo, quien quiera que seas”, y la chica le respondió con una sonrisa sincera.
El sentido de justicia de Rosa estaba en su momento más alto; realmente creía que arruinándole la vida a Azul y a Iván (y a Pushkin, y a Geppetto, y a los Padres del chico-Hada…, e incluso a la Cenicero, por ser amiga de éste) restablecería parte del orden a la Creación. Era su forma de solidarizarse con la tristeza de la pobre Ricitos, a la que le fue negada una familia normal, una profesión digna y respetable y las directrices de una Carta Astral. Si el Supremo Autor existía, debía estar distraído el día en que escribió su historia, porque había incurrido en múltiples erratas que nada tenían que ver con su infinita sapiencia y bondad. Pero por suerte no la hizo inútil, ni sufrida, ni paciente; tenía suficiente carácter como para tomar las riendas de su vida y vengar las promesas hipócritas del Hada, el egoísmo de los tres osos y el cariño insincero de Iván.
La chica entró en la Travesía con renovados ánimos. Su acompañante, en cambio, resopló después de toparse con aquellas personas en actitud sospechosa. Luego se distrajo admirando la curvatura de la calle y el alegre colorido de los edificios.
–¡Qué arrabal tan bonito y peculiar! Me encantaría vivir en un lugar así. ¿Por cierto, sabes que aún no me has dicho cómo te llamas?
–¡Qué pesada!
–¿Disculpa?
–¡La tarta, que qué pesada es…! Necesito descansar.

2 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

Me resulta contradictorio leer sobre Rosa y su anhelo de tener una familia normal jaja
Creo que ninguna lo es, la mía por cierto que no y me gusta, aunque de niña solía pensar que era adoptada.

Es tan humano desear querer pertenecer a algo, saber que se preocupan, si no es así, el carácter se vuelve solitario y vengativo.

Has creado un buen personaje en esta chica de pelo rosa, es grato seguir leyendo.

Galileo Campanella dijo...

Muchas, muchas gracias, Rina. Tienes toda la razón en que familias "normales" hay pocas o ninguna..., y en cualquier caso, sería francamente difícil sacar una historia interesante de ellas.