25 de noviembre de 2011

Capítulo XXVI (quinta parte)


Mientras Rosa se confesaba, Rubí, Esmeralda y la Cenicero corrían a través de las escaleras del Palacio Real, perseguidas por al menos dos decenas de Guardias. En medio de la carrera, escucharon cómo desde el sótano subían otros tantos agentes de la ley, así que decidieron escapar por una ruta distinta a la que habían utilizado para entrar y se lanzaron hacia la entrada principal, a través del salón de baile en la planta baja.
El Hada roja fue abriendo camino, apartando con poderosos empujones a cada una de las parejas que bailaba plácidamente bajo la cúpula del Zodíaco y de la gigantesca lámpara de araña; la verde, por su parte, se ocupó de desarmar a los dos Guardias que vigilaban la entrada, valiéndose del entrenamiento en artes marciales que recibió en la última organización eco-terrorista de la que había formado parte. Y la Cenicero, mientras tanto, no paraba de chillar, a la vez que pulsaba insistentemente el botón del artilugio de Geppetto esperando (muy inocentemente) que las alas de celofán la elevasen del suelo y le permitieran escapar volando.
De esa guisa llegaron a la puerta áurea y al exterior, donde las sirenas de la Guardia Real aullaban como lobas hambrientas, cantándole a la noche y a la luna. El Rata intuyó que algo había salido mal cuando oyó el escándalo de las patrullas, y condujo hacia donde veía más movimiento; pronto se encontró cruzando un puesto de control abandonado por los Guardias frente al mismísimo Palacio Real, en cuyo portón dorado estaban la Ceni y las Hadas librando una batalla encarnizada. Sin pensarlo dos veces, El Chófer aceleró y pasó por encima de un par de Guardias distraídos, deteniéndose justo al final de la escalinata.
Los Soldados atropellados se levantaron con dificultad, pero las Hadas los dejaron noqueados cuando llegaron junto al oportuno vehículo del amigo de la Ceni. La chica, sin embargo, aún luchaba por bajar las escaleras con los zapatos que había robado a Azul (cinco tallas más grandes que los de ella, o que los de cualquier persona con una anatomía más femenina que la del chico-Hada). Uno se le cayó, así que tuvo que regresar para recogerlo…, y es que ya bastante habían metido la pata como para dejar además una pista con sus huellas dactilares. El Guardia que iba tras ella pudo entonces alcanzarla y sujetarla del brazo; afortunadamente, después de un aparatoso forcejeo que las Hadas y el Rata presenciaron desde el coche, la Ceni consiguió zafarse de su captor propinándole un taconazo. Al hombre se le abrió un boquete en la cabeza –es lo que tienen los tacones de las zapatillas de cristal: que hacen bastante más daño de lo habitual– y quedó tendido en las escaleras bañado en sangre, mientras que el Hada Azul impostora huía con sus cómplices.

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