25 de noviembre de 2011

Capítulo XXVI (segunda parte)


–¿Sabes? Mi madre también va a venir a ver el espectáculo –dijo Gretel a Aurora, con una sonrisa que surcaba los gruesos mofletes de la niña como si fuera una zanja en lugar de la boca.
–Bien por ti, que al menos tienes una… –resopló Rosa.
–No digas eso, por favor… –La Repostera pareció disgustarse más por el comentario de la chica, que por pillar a Hansel cogiendo un trozo del pastel. El niño había pactado con su hermana que robaría suficiente tarta para los dos si le ayudaba a distraer a Aurora; no había contado con que Rosa también la mortificaría a su manera.
La estudiante de la Academia, que jamás había soportado que nadie la riñera ni le reprochara nada, se levantó de la mesa y fue a la barra, donde Astreo se daba a la bebida desde hacía un buen rato. Sinclair aprovechó que su amiga se había cansado por fin de la compañía de la Pastelera para ir a hablar con ella.
–Rosa, dime la verdad, ¿qué haces aquí?
–Déjame en paz, Emil. Ya me gustaría largarme, pero ahora que estáis aquí no tiene sentido que lo haga sola –“A fin de cuentas, vosotros erais mi coartada”, pensó.
–A ninguno de los chicos le apetece colarse de vuelta en Grimm a estas horas; se han envalentonado, y dicen que para una vez que se arriesgan a salir, lo que les merece la pena es regresar cuando ya haya amanecido.
–Me conformaría con que te fueras tú y dejases de darme la lata.
–Lo lamento, pero ya he llamado a casa para decir que llegaré tarde. ¿Por cierto, sabes que en esta calle casi no hay cobertura? ¿Qué tan profundo estaremos bajo tierra?
–Espera, ¿saliste de la Travesía en busca de señal? ¿Viste algún Guardia Real?
–Pues ahora que lo preguntas, sí… Había unos cuantos, y parecían dispuestos a hacer una redada en algún lugar cercano.
–¡Tenemos que largarnos de aquí cuanto antes!

Azul también vio a los Guardias cuando llegó al Casco Antiguo casi una hora después, pero no imaginó que a quien buscaban era precisamente a ella. La multitud que transitaba por la calle del Mercado Central volvió a cubrirle de invisibilidad y anonimato, y pudo atravesar fácilmente el falso muro de piedra.
Quedaba poco tiempo para que comenzara el espectáculo, de manera que corrió el tramo curvo y empedrado que la separaba de El Caldero de Oro. Para su sorpresa, encontró las puertas del local abiertas de par en par y dando cobijo a una animada clientela. “¿Por qué ha decidido Pushkin abrir tan temprano? En fin, no puedo entrar a averiguarlo vestida así; puede que Sapito aún me esté esperando”.
Azul esquivó la puerta delantera y rodeó el edificio hasta la estrecha callejuela lateral. Abrió la puerta trasera, entró en su dormitorio, encendió la luz y el corazón se le detuvo al instante: ¡alguien le había robado la peluca, el traje, las alas y los zapatos! Buscó por todas partes, pero en ningún sitio encontró rastro de los objetos sustraídos, ni indicios sobre quién podría habérselos llevado.
Salió del camerino otra vez y llegó de un salto a la otra puerta trasera, en el lado opuesto del edificio: la que conducía directamente al despacho de Pushkin. Sacó una llave grande y oxidada del bolso, abrió la cerradura y encontró al Tabernero escondido bajo su escritorio, temblando de miedo y con aspecto de haber llorado durante horas.
–¡Jefe! ¡Qué ha pasado!
–Una invasión de niños. Están ahí dentro, en el bar, con Hansel y Gretel. Puedo oír sus chirriantes vocecillas…, y tengo miedo, mucho miedo.
–¿Dónde están Rubí y Esmeralda?
–No lo sé; Esmeralda gritó que iba a salir con dos amigas. Supuse que una de ellas serías tú, y Rubí la otra. No tenía a nadie a quién pedir ayuda, ¡con decirte que le he estado rezando al Supremo Autor!
–¿Has llamado a Geppetto?
–Sí, y no contesta. Tampoco la Cenicero.
–Esto ya no puede ir peor. A mí me faltan el vestido, la peluca, las alas y los zapatos.
–¡Qué me dices! –El oso se secó los mocos–. ¿Y cómo vas a actuar ahora?
–No lo sé… Escucha, ¿sabes si Sapito sigue ahí dentro?
–Hace tiempo que no le oigo. Bebió mucho; quizás se quedó dormido, o puede que se haya marchado. Seguramente perdió la esperanza de que aparecieras, ¡como yo!
Azul valoró rápidamente sus opciones: Si era poco probable que Sapito siguiera en el bar, la única posibilidad real que tenía de recuperar sus valiosísimas pertenencias era salir ahí fuera y preguntar a los chicos si alguno había visto al posible ladrón, ¡aunque quizás descubriese en la barra a la Niña de las Cerillas, acompañada de su pandilla de delincuentes juveniles! A pesar del peligro, el Hada respiró hondo, cogió impulso, abrió la puerta que conducía al bar y saltó fuera del despacho, al tiempo que preguntaba
–¿Alguien ha visto a mi… Madre?
–¡Céfiro! –gritó Aurora desde la mesa donde vigilaba la tarta.
“¿Céfiro?” –se preguntó Pushkin debajo del escritorio. “Habrá querido decir Zafiro. ¿Acaso hay adultos ahí fuera?”.
–¡¿Padre?! –Azul miraba ahora a Astreo, apoyado en la barra para no caer de bruces.
–Hijo… –dijo el hombre cuando se lo permitió su ataque de hipo.
–¿Y ese quién es? –preguntó Demian a Sinclair.
–Azul, creo…
–¿El Hada Azul? ¿La misma que se lió con Iván? –Entre tanto, Aurora y Astreo se acercaron para abrazar a su hijo y rompieron a llorar todos juntos.
–¿Qué hacemos? ¿Le damos una paliza? –preguntó Canella, que de entre todos los estudiantes era la que tenía más ganas de acción.
–No parece un buen momento –expuso Pippi, poniendo voz a lo que pensaban los restantes miembros del pequeño comité que se había formado en torno a una de las mesas. Ninguno estaba seguro de que aquel chico famélico fuera realmente el Hada que besaba al Príncipe en la foto, así que decidieron aplazar la vendetta en nombre de su amiga deshonrada hasta nuevo aviso, y optaron por disfrutar del resto de la velada.
Rosa miraba atónita el espectáculo, sin poder creer que su elaborada maquinación hubiera tenido como resultado un feliz reencuentro. De pronto se encontró sola, pues no participaba en el grupo de sus compañeros de clase ni disfrutaba con su venganza tan planificada; tan solo era una espectadora más de aquel abrazo.
La colérica decepción le revolvía el estómago tanto como el saber que en cualquier momento llegaría la Guardia Real y se los llevaría a todos –ella incluida– al calabozo. Sentía ganas de marcharse y abandonar a su suerte a sus amigos; a fin de cuentas, ¿quién les había pedido que vinieran, o que castigaran a Azul y al Príncipe? El menguante afecto que sentía por ellos no la retendría allí ni un minuto más.
Pero otra cosa sí lo consiguió: Aurora abandonó unos instantes el feliz abrazo y le hizo señas a la chica para que se acercara. Rosa obedeció más por el respeto que debía a los mayores, que por tener ganas de soportar otra de las rarezas de la Pastelera. Se levantó de la silla con pereza y se acercó arrastrando los pies, con los brazos cruzados y el blanco de las uñas completamente descascarillado.
–¡Pero si es la chica sin signo! –dijo Azul con los ojos rebosando lágrimas.
–¿Os conocéis ya? –preguntó Aurora.
–Sí, no hace falta que me presente a su hijo… –respondió Rosa malhumorada.
–¡Ella me ha ayudado a encontrarte! –dijo Aurora a Azul, y la voz se le quebró de la emoción–. ¡Después de llevar meses aquí, en la Capital, buscándote sin cesar!
–¿Y también ayudaste a mi Padre? –Azul apretó los dientes al hablar, como si se contuviera para no soltar palabras menos amables que desentonarían con la delicada sensiblería de la escena. A todas estas, Astreo no hacía más que sollozar con el rostro enterrado en el hombro de su hijo, y no se enteró de que hablaban de él. El Astrólogo comportaba con una ternura de la que nunca hacía gala cuando estaba sobrio.
–¡De nada! –Rosa sonrió con malicia ahora que había sido descubierta, pues era evidente que Azul ya había intuido que el reencuentro fue planificado por ella como castigo por no revelarle su signo.
–¡Qué buena eres, querida! –Aurora le puso las manos en las mejillas a la chica–. Quién lo iba a decir: gracias a ti, nuestra familia está al completo por primera vez…
–¿Por primera vez? –Azul abrió los ojos de par en par y Astreo levantó la cabeza, mostrando un semblante lacrimoso y pálido.
–Hijo, conoce a tu hermana pequeña –Aurora le hizo un gesto a la chica para que finalmente se presentara.
–Rosa –dijo ella por inercia, con una vocecita infantil y asustada.
La Pastelera le dio un abrazo, y a los pocos segundos se les unieron Azul y Astreo, incapaces de salir del más absoluto desconcierto. Entre los tres les fue fácil sujetar a la chica, que no conseguía sostenerse en pie, como si el corazón le pesara una tonelada y la arrastrase al suelo. Y no era para menos; a través de un agujero con forma de diente se acababa de colar una familia entera (con su Madre, su Padre y su hermano Hada) haciéndolo denso; llenando cada ventrículo y colmando las venas y arterias de algo parecido a la sangre.
Cada latido le dolía a Rosa como el pinchazo de mil agujas.

2 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

Creo que mi radar de adivina anda mejor que nunca.

Por otra parte, los planes nunca resultan como uno quiere. Es tragicómico el giro que ha dado la historia.

Galileo Campanella dijo...

A mí siempre me ha ocurrido lo mismo: mientras más planifico algo, peor sale..., pero quizás se deba a que llego a hacerme una idea tan concreta de las cosas, que es imposible que luego se cumplan exactamente como las imaginé.