25 de noviembre de 2011

Capítulo XXVI (séptima parte)


Let’s Call the Whole Thing Off, de Ira y George Gershwin
Los focos se encendieron sobre el escenario, descubriendo ante el público a las Tres Hadas en su última función de la temporada. Los rabiosos aplausos iniciales cesaron cuando los asistentes que colmaban El Caldero de Oro –y los que bullían también fuera del local, delante de la gran pantalla–notaron que había algo distinto en ellas.
–¿Dónde están sus alas?
–Yo recordaba a Rubí mucho más morena…
–Al menos Esmeralda está tan despistada como de costumbre.
–¿Y qué le pasa a Zafiro en el pelo? ¡Debe estar muy enferma, la pobre!
Pero tras los primeros compases, la magia de la música hizo efecto y los asistentes parecieron obviar los sorprendentes cambios que habían sufrido las cantantes en una sola jornada. Exceptuando a los estudiantes de Grimm allí presentes, nadie más tuvo la certeza de que ninguna de las que estaba sobre el escenario era realmente un Hada…, y el saberlo tampoco habría mermado su entusiasmo; a fin de cuentas, la alegría y las melodías eran las que debían ser (aunque algo menos afinadas).
Astreo estaba tan desinhibido que cantó como nunca lo había hecho, literalmente. Después de una breve introducción de Aurora, en la que pidió al público sumarse con sus voces, el Astrólogo tomó las riendas de la canción y ya no quiso volver a soltarlas. La Repostera parecía divertirse tanto que la gente le aplaudía las gracias y le silbaba; su hija era la única que, una noche más, no conseguía estar a la altura de su fama y de las circunstancias. Aquella no era, ni de lejos, la despedida que había deseado, pero sí el reencuentro familiar más surrealista y entrañable que jamás se habría permitido soñar. ¿Cómo suponer que su Madre, su Padre y una hermana ignota le acompañarían en su último concierto antes de la ansiada transformación?
Y fue entonces cuando se produjo el segundo chispazo de la velada; Azul cayó en cuenta de que, si aquella era la última vez que actuaba como chico-Hada, no sería gracias a que habría conseguido la armonía que le demandaba su mente. No, el motivo sería muy distinto: ¡hacía apenas unas horas había estado en la Clínica Perrault para cancelar la operación! Si ya no volvía cantar con Rubí y Esmeralda, sería porque habría regresado al redil, obligada por sus Padres y por un estrepitoso fracaso en realizarse.
El público era ajeno a la relativa tristeza del Hada, quien esa noche fue más azul que nunca; cientos de personas bailaban al ritmo de la música y aplaudían cada una de las entradas de las cantantes. Coreaban la canción ya no sólo como si se la supieran de memoria; parecía que llevaran años esperando a escucharla en aquel bar, con aquellas voces y bajo aquel halo de feliz tristeza. Sin embargo, la magia del momento no fue lo suficientemente poderosa como para silenciar el grito que interrumpió la música y la singular actuación desde la puerta del local.
–¡Tú!
Rosa se escondió detrás de la barra, donde ejercía de improvisada Tabernera, cuando vio aparecer a la Cenicero y a las verdaderas Rubí y Esmeralda. El aspecto desaliñado y agitado de éstas inspiró tal respeto en el público, que los clientes se apartaron poco a poco (con mesas incluidas) para que las recién llegadas pudiesen caminar lenta y amenazadoramente hacia el escenario, agitando las alas como tres feroces águilas a punto de despedazar a su presa.
La Cenicero fue la primera en subir a las tablas, sin apartar su mirada llameante de Azul. No dijo nada: sólo le propinó un bofetón cuyo eco resonó en cada rincón del bar.
–Ceni, yo…
Otra bofetada, esta vez en la otra mejilla, casi derriba a Azul de la tarima. Aurora gritó de la impresión, y el público sintió en sus carnes la hinchazón cálida y palpitante.
–Lo siento muchísimo, amiga, pero no hay tiempo para explicaciones –Habiendo sentenciado esto, el chico-Hada le arrebató la peluca a la Cenicero y se la puso sobre la cabeza de cualquier manera.
–¡Cómo te atreves a llamarte mi amiga después de lo que me has hecho!
Tras una nueva tanda de manotazos, Azul y ella forcejearon hasta que una consiguió arrebatarle las alas a la otra. La falsa Hada roja quiso intervenir para detener la pelea, pero Esmeralda le dijo a la desconocida –con aire de Maestra karateka– que no debía interrumpir una batalla que era sólo entre Azul y la Cenicero.
–Traidora, desgraciada… ¡Y encima te defiendes de mis golpes!
–Ceni, por favor, colabora un poco –dijo Azul, mientras la derribaba al suelo y le quitaba los zapatos a la fuerza.
–¡Yo confiaba en ti! Te abrí las puertas de mi casa cuando no tenías ni dónde dormir, ¡y tú me pagas quitándome el novio, que además resultó ser un Príncipe!
–¡Sí, lo sé, soy lo peor! Pero deja que te desabroche el vestido…
El público no podía creer lo que estaba viendo: sobre el escenario, Zafiro desnudaba a la fuerza a una chica disfrazada de Zafiro, mientras que ésta le arreaba patadas.
–Creo que este es un espectáculo para adultos –dijo Loa.
–¡Genial! –añadió Sinclair antes de recibir un coscorrón de parte de Demian.
La Cenicero estaba agotada, tendida en el suelo, en ropa interior, jadeante y humillada hasta la extenuación. Definitivamente, el inocente concierto había dejado de ser apto para menores de edad..., e incluso para cualquier persona con aprecio por la dignidad humana y algo de buen gusto.
–Espero que algún día me perdones, amiga –dijo Azul, y se acercó a la palanca que abría la trampilla en el entarimado, justo debajo de la Ceni. Normalmente servía para crear algún efecto especial o una entrada sorprendente durante la actuación de las Hadas, pero ahora estaba apunto de tener un uso mucho más valioso.
Tras tirar de la palanca, la trampilla dejó caer a la Cenicero al falso fondo del escenario, cuya única salida daba convenientemente al camerino. El Hada Azul –victoriosa y vestida finalmente como Zafiro– se colocó en el centro del escenario a tiempo de recibir los atronadores aplausos del público (para quienes aquello era parte del show) y dar la bienvenida a los nuevos visitantes que en ese momento entraban en el bar.
El Capitán de la Guardia Real mandó a callar a los presentes un par de veces, sin éxito, hasta que se vio forzado a disparar al aire con su arma reglamentaria.
–¡Silencio, en nombre de Su Majestad, el Rey Wenceslao III! –Varios trozos de vigas de madera negra llovieron sobre los presentes y mancharon el uniforme del Capitán, que fingió no darse cuenta–. Hemos seguido hasta aquí a un grupo de terroristas que atentaron contra Su Alteza Real, el Príncipe Iván, y no permitiremos que nadie abandone al local hasta que hayamos apresado a los delincuentes.
Un rumor de voces recorrió el público como una sombra funesta. Los estudiantes de Grimm, refugiados todos detrás de la barra, se taparon la boca con las manos. Sobre el escenario, dos de las tres supuestas Hadas permanecían inmóviles (aunque Astreo se tambaleaba) y en actitud desafiante. Rubí y Esmeralda, en cambio, aprovecharon la duplicidad de sus colores y se ocultaron detrás de Aurora y del Astrólogo para evitar ser apresadas; a fin de cuentas, esos dos esperpentos no eran más que impostores para ellas, seguramente contratados a última hora por Azul para no perder la oportunidad de cantar en su último espectáculo, ante la ausencia de las Hadas originales.
–¡Silencio he dicho! –bramó el Capitán, disparando de nuevo su revólver al aire, pero apuntando esta vez en diagonal para que, si algo tenía que caer del techo, lo hiciera sobre otro de los allí presentes.
–Señor, estoy seguro de que este es el sitio; es idéntico al descrito en el libro que…
–¡Calla, imbécil! –gritó el Capitán a otro Guardia, que Rosa reconoció como uno de los que guardaba la habitación de Iván de la Residencia y a quien había entregado las memorias de Azul–. ¡No es difícil adivinar que este es un antro de perversión y de actividades ilegales! Si los que pretendían secuestrar al Príncipe no se entregan en treinta segundos –dijo ahora al público– ¡todos pasaréis la noche en la cárcel!
Rubí y Esmeralda se escondieron ahora detrás del telón, sin saber bien qué hacer. Mientras tanto, el público comenzó a agitarse; en especial los estudiantes de Grimm, que luchaban por tranquilizar a Gretel y Hansel y evitar que rompieran a llorar.
–No es necesario que sigas buscando: he sido yo –Azul dio un paso al frente.
–¡No es cierto! –chilló un admirador de Zafiro desde la primera fila.
–¡Sí lo es! Todos habéis visto cómo acabo de suplantar a la impostora que se estaba haciendo pasar por mí para darme una coartada.
–¿Eh? No, fue exactamente al revés, creo… –dijo el fan muy confundido.
–¡Traed aquí a nuestro compañero herido! –ordenó el Capitán de la Guardia Real, y sus subordinados entraron en la taberna casi al instante, cargando en brazos a un hombre que tenía una herida a través del cual sangraba a mares.
–Hijo, ¿qué estás haciendo? –le dijo Aurora a Céfiro en voz baja.
–Tranquila mamá: sólo cumplo mi deber como Hada madrina.
Los hombres del Capitán dejaron al Guardia herido a los pies de Azul, le quitaron uno de sus zapatos de cristal, y comprobaron que el tacón encajaba a la perfección en el agujero que el pobre Soldado tenía en la frente.
–¿No deberíais llevarlo a un hospital? –preguntó Azul.
–De eso nos ocuparemos más tarde. ¡Apresadla!

3 comentarios:

Dark Wolf dijo...

una pequeña corrección queda mejor "un paso al frente" que "un paso enfrente" no?

Dark Wolf dijo...

me gusta mucho el giro que le has dado a la historia, supongo que Rosa ya no querrá saber nunca su signo auqnue le propongan decírselo jeje
y supongo que dará la cara por arreglar el entuerto

un saludo

Galileo Campanella dijo...

¡Muchas gracias! Tanto por darte cuenta de la errata, como por tu comentario!