27 de noviembre de 2011

Capítulo XXVII (primera parte)


Astreo encendió la radio del coche cuando ya comenzaba a amanecer; necesitaba alguna distracción musical para mantenerse despierto. Los primeros rayos del sol animaron los colores de la Campiña –que resucitó en tonos verdes, azules y violetas para la Tierra, y rojos, naranjas, rosas y amarillos para el Cielo– después de una noche muy oscura. No clarearon los ánimos, sin embargo, que siguieron igual de sombríos.
Nadie decía nada en el coche: quien no dormía, miraba por la ventanilla o hacia el techo, absorto en sus pensamientos…, de modo que la música disimuló ese silencio en extremo incómodo que a Astreo le producía modorra. De todos los pasajeros era sin duda el más afortunado, y no sólo porque aún conservase intacta la capacidad de dormirse (algo que, muy a su pesar, no podría poner en práctica mientras se encontrase al volante), sino porque aún estaba mareado cuando comenzó la trifulca y se produjo el cataclismo. Sólo podía recordar con claridad a partir del momento en que se vio cubierto de polvo y cenizas delante del coche, vestido con lentejuelas, intentando hacer memoria de dónde había dejado las llaves.
Tuvieron que romper el cristal de una ventanilla para abrir las puertas, y el Hada roja se encargó de cortocircuitar el vehículo para que arrancara el motor. Aurora se sentó en el asiento del copiloto y Pushkin detrás, junto a Rubí y Esmeralda (tales eran los supuestos nombres de las dos Cantantes que se les habían sumado en su huída), quienes llevaban en brazos a dos mellizos llamados Gretel y Hansel. Los siete acordaron que conducirían hasta un sitio seguro en lugar de dirigirse directamente a la Mansión de la Campiña, así que Astreo sólo se obligó a espabilar lo suficiente como para llegar despierto hasta las afueras de la Capital, a unos diez kilómetros del Casco Antiguo. Aparcó en una gasolinera y descansaron hasta que se les pasó la agitación (la borrachera también, en su caso), y pronto se sintieron con ánimos de emprender el viaje.
Ahora que ya se acercaban a su destino, el Astrólogo miró a través del retrovisor y examinó a sus extraños pasajeros. Desconocía la historia de todos ellos –aunque recordaba haber entablado amistad con el exTabernero–, pero pensó que aquella compañía era la peculiar compensación que había recibido de parte del Supremo Autor tras encontrar y perder de nuevo a sus hijos. Dos Hadas, dos niños, un oso y una esposa pródiga eran el resultado místico de una ecuación que no acababa de comprender, de la división entre cero de todo cuanto fueron su vida y sus afectos.
A pesar de estar de nuevo a su lado, Aurora no podía ofrecerle ninguna respuesta ni ningún consuelo; a fin de cuentas, ella también era una pasajera extraña para él. Hacía meses que se había ido de casa para evitar que la consumiera la tristeza de haber perdido a su primogénito. La Pastelera decidió entonces migrar a la capital sin más ahorros que un puñado de joyas, y abrir un negocio que le permitiese sobrevivir hasta que la casualidad la reuniese con Céfiro de nuevo. También era posible que, contraviniendo su pacto y el sentido común, hubiera decidido buscar a su otra hija, a la niña de rizos dorados. “¿Qué habrá sido de ella?” pensó Astreo, sorprendido de que la mayor revelación de la anterior jornada hubiera pasado casi desapercibida en medio de la confusión. El Astrólogo bostezó, y seguidamente se avergonzó de su cansancio en tales circunstancias.
Su mujer era la única que no tenía sueño, y después de aquella noche no volvería a tenerlo jamás; “Cosas de familia”, habría pensado alguien que conociera tanto su historia como la de Rosa, y concluyera que la familia Celeste era propensa a los desvelos. La Pastelera pasaría a conformarse con dormir un par de horas cada día; luego leería, miraría el crepitar del fuego en chimenea u hornearía un pastel. Tendría mucho que recordar y que sentir, y unas cuantas pesadillas de las cuales rehuir, comenzando por la vivida en El Caldero de Oro aquella fatídica noche.
Si cerraba los ojos, podía ver de nuevo a su hijo dando un paso al frente y entregándose a la Guardia Real en el lugar de la chica con la que batalló sobre el escenario. No paraba de preguntarse por qué lo había hecho, y qué tan profunda sería la relación de un Hada madrina con su ahijada…, aunque debía de ser lo suficientemente intensa como para que Céfiro entregase su vida por ella. Aurora era Madre antes que Repostera, y conocía esa clase de amor por haberlo vivido, pero se sorprendió al descubrirlo además como causa y consecuencia de las amistades más profundas.
Su ignorancia en estos temas era comprensible; la mujer había tenido muy pocas amigas a lo largo de su vida, y quizás ninguna que pudiese considerar verdaderamente como tal. Se había casado muy joven con Astreo, y desde entonces su vida social había girado en torno a su marido, a los Ayudantes del gabinete astrológico, a los vecinos de la Campiña y a las infrecuentes visitas de algún pariente lejano. Si se aficionó a la lectura de Cuentos de Hadas, fue porque ese folletín aliviaba su curiosidad de saber lo que sería una vida en la que realmente estuviese integrada en la sociedad.
Pero aquellas dos Hadas en el asiento trasero del coche no se parecían en nada a los elegantes seres feéricos de las revistas, y mucho menos ahora que estaban cubiertas de hollín de pies a cabeza. Las había visto arrear golpes poderosos a los Guardias Reales y defender su territorio aguerridamente. Más que Hadas parecían aves rapaces, extendiendo sus alas hoscamente y atacando con sus afiladas garras. El glamour que destilaban en los posados de verano brilló por su ausencia, así como el decoro y la amabilidad que se les intuía cuando concedían una entrevista; en el bar, aquellas dos fieras de espíritu incendiario comandaron una auténtica sublevación contra la autoridad.
Rubí se habría enorgullecido de saberse merecedora del título de fiera incendiaria. Al ver cómo Azul se iba con la Guardia Real sin oponer resistencia, dejó su escondite detrás del telón y asumió el mando temporal del recién nacido bando revolucionario. Unas pocas palabras le bastaron para exaltar al público presente, a los estudiantes de Grimm e incluso al Guardia herido, que reclamó asistencia sanitaria de inmediato.
La gente le cerró el paso al Comandante, y cuando comenzaron a caer los primeros porrazos, el Hada roja fue la primera en bajar del escenario y enfrentarse directamente a los Guardias. Así mismo, cuando se sumó más gente a la pelea, fue ella la primera en repartir la única provisión de armas que se guardaba en el bar: jarras de cerveza y botellas, tacones, móviles, polveras de maquillaje tóxico y lacrimógeno, lápices de labios arrojadizos, y un par de boas de plumas que bien podían servir de látigos. Los estudiantes de Grimm fueron los que mejor parados salieron en el reparto, y defendieron a capa y espada (metafóricamente hablando) El Caldero de Oro.
Rubí se quedó con la que creyó era la mejor arma de todas: un diminuto bote de laca que, con la ayuda de un mechero, se convirtió al instante en un poderoso lanzallamas. El truco lo había aprendido de Azul cuando ésta les ayudó a escapar de la trifulca en el Mercado Central, y la lección probaría ser muy provechosa. Los Guardias retrocedieron asustados, y las tornas giraron favorablemente hacia el bando de las Hadas.
Sin embargo, el peligro de accidentes cuando se juega con fuego es siempre elevado, y pese a la larga lista de peculiaridades de la Travesía del Arcoíris, las leyes de la física y de la probabilidad seguían operando allí con total normalidad. Una chispa saltó del lanzallamas a las lámparas de papel que colgaban del techo; de allí cayó sobre el licor derramado entre las botellas rotas que había aquí y allá, y no tardó en escalar la viga central hasta llegar al tejado, donde comenzó a calentar desde abajo el enorme caldero negro que hacía de cúpula, convirtiendo al bar en una improvisada pira funeraria.
Bien pensado, Rubí debería sentirse muy poco orgullosa de su espíritu incendiario.
Esmeralda dejó momentáneamente la lucha armada al ver el peligro que se cernía sobre ellos, y corrió a liberar a las alimañas que guardaba en su habitación. Por las escaleras bajó en estampida una horda de animales callejeros, que también causaron estragos entre los Guardias Reales antes de salir huyendo del fuego por la puerta.
A partir de ese momento, la máxima prioridad del Hada verde fueron los humanos; se dedicó a advertir a todos del riesgo que corrían quedándose dentro de El Caldero de Oro, gritando primero desde el escenario y ayudando luego a desalojar el local a través del camerino. Si las palabras no habían servido para disuadir a los Guardias de llevarse a Azul, tampoco iban a conseguir que dejasen vía libre a los clientes para abandonaran el bar por la amplia salida principal.
El crujir de la madera aumentaba en intensidad, así como el calor asfixiante. El humo impedía la visión y congestionaba los pulmones. La batalla entre Guardias y defensores de Azul pronto se convirtió en una lucha por encontrar la salida y respirar aire fresco. Mientras tanto, la creativa Brigada de Bomberos de la Travesía del Arcoíris –que era independiente del Cuerpo de Bomberos de Heliópolis para mantener la autonomía e invisibilidad del barrio– ya disparaba con sus mangueras al tejado, intentando sofocar las llamas y llenando otra vez de agua el negro caldero que cobijaba, después de muchos años siendo un simple reclamo publicitario para el bar, y no un arcaico método para la extinción de incendios.
Como el barrio no era demasiado grande (¡se limitaba a una calle, de hecho!), los Bomberos no tenían que enfrentarse de manera habitual al fuego y su experiencia era más bien poca. En el día a día se limitaban a salvar a gente atrapada en los ascensores, a encontrar mascotas perdidas y a posar en un calendario que servía para recaudar fondos y subirles el ego. Aquella inexperiencia ya se había hecho notar una vez en el pasado, y todo indicaba que esta vez no sería diferente, a pesar de las mangueras y los sistemas hidráulicos comprados con las ventas del último calendario.
Si les disculpásemos también a ellos, al final resultaría que la tragedia de aquella noche no habrá sido más que una sucesión de terribles errores…, pero tampoco sería justo acusar a la Brigada de Bomberos sólo por su falta de previsión: y es que nadie se dio cuenta de que el peso que debían soportar las vigas sobre las que descansaba el caldero aumentaría considerablemente al llenarse de agua. Tras lo que pareció un gruñido a modo de aviso, los listones se quebraron y dejaron que la mole de metal cayera en el centro del local, aplastando a muchos y derramando agua hirviendo sobre otros tantos. A partir de ese momento estuvo claro que el edificio no aguantaría su segundo incendio, y que le quedaban pocos minutos para venirse abajo.

4 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

¿Y dónde está Pushkin?

Ahora miraré a las lacas como armas incendiarias haha
Rubí es muy personaje muy fuerte. Ese par de esas hadas son mis favoritas ^^

Galileo Campanella dijo...

Las lacas se cargaron la capa de ozono y luego El Caldero... ¡Desde luego que son peligrosas!

Anónimo dijo...

hola Campanella, soy yo otra vez...
solo quiero comentarte que una linea que acabo de leer me confunde..."de la división entre cero de todo cuanto fueron su vida y sus afectos."
div/0 tiende a infinito... entonces con esa frase uno entedería que su vida y afectos tienden al infinito, que se siente mas que pleno...y dada su situacion actual es todo lo contrario :S ..... lo siento :( de seguro mi carta astral dice que soy ingeniera y no puedo evitar atacar la lirica literaria con razonamientos matematicos

Galileo Campanella dijo...

¡Me has dejado de piedra! Empleé esa expresión intentando decir que Astreo comenzó a sentirse completamente descolocado (por aquello de que la división entre cero se considera un error lógico o una indeterminación)... ¡No imaginé que también pudiera interpretarse como dices!

Ahora el descolocado soy yo, ¡pero muchísimas gracias por tu comentario, en cualquier caso! Voy a plantearme seriamente el darle una vuelta a esa frase, de manera que exprese algo inequívoco.