27 de noviembre de 2011

Capítulo XXVIII (primera parte)


–Por aquí, Su Alteza; sígame. Es imperativo que vea esto.
El Príncipe Iván fue recibido así por el Director del Departamento de Documentación y Análisis del Tribunal Supremo de Justicia, y conducido a través de las múltiples dependencias del majestuoso edificio hasta un pequeño despacho. En él, dos Alquimistas terminaban de leer un libro que dejaron ceremoniosamente sobre el escritorio, a total disposición del Monarca.
–Espero que sea verdaderamente importante. La Reina tiene los nervios destrozados después de los eventos de ayer por la madrugada. Sólo pude convencerla de dejarme salir de Palacio cuando acepté llevar una escolta de doce hombres...
En efecto, a lo largo de los pasillos y salones del Tribunal Supremo desfilaba todo un séquito de Guardias. Ahora inspeccionaban el pequeño despacho de los Alquimistas, y registraban a todo el que se acercara a Su Alteza a menos de diez pasos.
–Perdone mi insistencia, pero la información contenida en este manuscrito es en extremo delicada. Su Majestad, el Rey, estuvo de acuerdo en que os lo enseñáramos, y dijo confiar en que Su Alteza tomaría la más sabia decisión sobre qué hacer con él.
A regañadientes, Iván se sentó en el escritorio y se dispuso a leer, por primera vez en su vida, un libro entero. Maldijo entonces a su padre (en silencio, claro está), quien le había encomendado hacerse cargo del “Incidente del Hada Azul” como castigo a ser el verdadero responsable del desastre. “¡De nada ha servido enviarte de interno a una Academia privada, ni ponerte vigilancia día y noche; has vuelto a hacer de las tuyas!”; Iván recordó esas palabras, dichas de forma muy poco autoritaria por el Rey mientras se engalanaba con su traje rosa antes de salir por televisión, y sonrió maliciosamente. Pero más le divirtió descubrir que los Alquimistas habían subrayado los pasajes importantes del libro para que no tuviese que leerlo todo. El castigo no sería tan estricto, después de todo…, ni tampoco el Rey, vestido de rosa.
No imaginó que el contenido de aquel tomo I del Tratado de Astrología Elemental sí sería severo con él, y de forma contundente, además. Por primera vez estuvo frente a un retrato suyo que no había sido comisionado a un pintor relamido e indulgente con los defectos de la Familia Real; ¡allí estaba una semblanza de su verdadero carácter, escrita con letras azules y brillantes, y a disposición de cualquiera que quisiera leerlo!
“Personalidad manipuladora y camaleónica (…) Gran magnetismo, elocuencia y facilidad para la mentira.”
Los Alquimistas pidieron permiso al Director para retirarse, pues el corazón les daba un vuelco cada vez que el Príncipe golpeaba la mesa con el puño cerrado; y es que aquella frase no era sino el primero de una larga lista de disgustos salpicando las memorias que estaba leyendo. “Es decir, que Zafiro es en realidad un chico… ¡¿He besado a un chico?! ¡Y aquí me menciona, aunque con el seudónimo de Sapito! Si esto sale en el juicio y se descubren mis defectos, mis amoríos y mis escapadas de Grimm, la imagen de la Casa Real y el futuro de la Monarquía quedarán en entredicho”.
–¿Dónde está el Guardia que encontró el libro? –reclamó Iván.
Uno de sus escoltas dio un paso al frente, tembloroso. Era el mismo que vigilaba la habitación del Príncipe en la Residencia de Estudiantes, y que había sido enviado junto con un destacamento de la Guardia Real para ver si lo que contaba el libro sobre la Travesía del Arcoíris era cierto. Menos orgulloso se sentía de haber sido también el conejillo de indias del segundo destacamento (el que perseguía a las tres terroristas que pretendían atentar contra Su Alteza), para probar a atravesar el muro de piedra que aparecía señalado en un mapa como entrada a la calle secreta. Corrió hacia éste con los ojos cerrados, y cayó al suelo a la vez que descubría que la falsa pared era una ilusión óptica. Quedó en ridículo ante sus compañeros, pero les permitió llegar hasta El Caldero de Oro para llevar a cabo la fatal redada, y eso le valió un ascenso.
–¿Estás completamente seguro de la identidad de quien te entregó el libro?
–Sí, Su Alteza; fue la Señorita Rosa Grimm, Su novia. Es inconfundible debido al llamativo color de cabello que ostenta.
“Así que Rosa lo estuvo leyendo en lugar de estudiar Astrología, como me hizo creer. Sin embargo, recuerdo que al poco de conocernos intentó advertirme de algo que había descubierto. ¿Quizás quería que supiese la verdad sobre mi Carta Astral? Sea como sea, luego desistió de enseñarme nada, y tal parece que desde entonces no ha hecho más que conspirar en contra mía”.
–En cualquier caso, Su Alteza –dijo el Director–, en el libro no hemos encontrado otras huellas dactilares excepto las del Guardia Real que lo recibió.
–Claro que no, es una chica demasiado lista como para hacer una tontería así.
Iván se había equivocado con Rosa, a quien subestimó. La escogió para ser su coartada pensando que era la más frágil de la clase, la más necesitada de todas, la pobre huérfana…, y que por eso aceptaría casi cualquier cosa que él le pidiera. Pero había resultado ser una flor con muchas espinas, y ponzoñosa como ninguna.
–Quiero entrevistar a la detenida. Al detenido, digo, en privado. Luego decidiré qué haremos con este libro –dijo el Príncipe con la respiración agitada.
–Su Alteza, quizás no sea conveniente que se vea a solas con ese chico…
–¡No es una petición, es una orden!
Iván salió furioso del despacho y amenazó con el dedo y la mirada a los Alquimistas, diciendo que como se filtrara una sola palabra de las memorias de Azul, él mismo sería el verdugo en la ejecución del chivato. Los Alquimistas asintieron asustados, y se concentraron en el experimento que estaban llevando para comprender cómo funcionaba el artilugio alado inventado por Geppetto.
Mientras eso ocurría, el Director, hizo una llamada desde su teléfono móvil y anunció que acababa de conseguir una autorización verbal del Juez –contrincante habitual del Rey en el campo de golf del Club de Campo Rosenberg– para dejarle ver al chico-Hada en una de las torres del edificio. Iván le espoleó para que no perdiera más el tiempo y le condujese a él y a sus guardaespaldas a ver a Zafiro. Cruzaron de nuevo la recepción, pasaron frente a un laboratorio forense y a una biblioteca de textos jurídicos, caminaron a través de un jardín interior (donde había un obelisco que tenía grabados, en bajorrelieve, los principales dictados del Derecho de Autor), y subieron la escalera en espiral que les conduciría a los temibles calabozos, famosos en todo el Reino por la falta de ley, humanidad e higiene que allí imperaba.
Iván halló al detenido en una celda oscura y sin ventilación, sentado tranquilamente sobre su camastro y vestido con el uniforme naranja de los presos. Allí vio por primera vez su cabello azul y lacio…, hermoso a su manera, pero decididamente extraño a ojos del Príncipe, que se había acostumbrado a su rubio disfraz de Hada.
A Azul también le costó reconocer a su interlocutor, vestido tal y como estaba de chaqueta y pantalón, y adornado con tantas insignias y condecoraciones que parecía un árbol de Navidad. Aquella era la imagen del Príncipe a la que todo el mundo estaba habituado a ver en los periódicos y en las monedas de cobre, pero eran unas galas demasiado elegantes para Sapito. Azul había aprendido a quererle como mendigo y no como futuro Rey, así que su aspecto imponente se le antojó un pomposo disfraz, y le hizo sentir aún más incómoda, si cabe, en su presencia.
–¡Mirad qué bichos más raros hay en este zoológico! –dijo Iván al verle– Aunque esperaba algo diferente; pensé que las Hadas tendrían más gracia.
–Yo tampoco imaginé que los sapos vistieran de traje y corbata.
Iván gruñó ante la intromisión del preso y se giró para hablar con el Director, mientras que un Guardia abría la reja de la celda y la inspeccionaba de arriba abajo.
–¿Ya sabéis cuál es su verdadero nombre?
–Sí, Su Alteza: nuestra base de datos de huellas dactilares, al cotejarla con el Registro General de Cartas Astrales, ha revelado que se trata de Céfiro Celeste, de signo Virgo y Astrólogo de profesión. Es hijo de Aurora y Astreo Celeste, residentes en…
–¿Astreo Celeste? Así que su padre escribió el mismo libro que luego decidió mutilar… Quiero a ese Astrólogo de testigo en el juicio; me encantaría que estuviera presente para escuchar el veredicto del jurado.
–Así se hará, Su Alteza.
El Director se retiró y caminó con la mirada clavada en el suelo. Dos Guardias Reales se quedaron guardando la celda, a una distancia prudente tanto para garantizar la privacidad de la conversación, como para proteger al Príncipe en caso de que aquella supuesta Hada fuera capaz de obrar alguna magia. El resto de escoltas se dedicó a recorrer las celdas de las plantas superiores para lanzarles migas de pan e improperios a los presos.
–Voy a ir al grano: ¿cuántos ejemplares de tus memorias existen?
–¿Ya no piensas coquetear conmigo? –dijo Azul, desafiante–. Es una pena; esperaba que intentaras sonsacarme la información con algo más de galantería.
El Príncipe le arreó un golpe con todas sus fuerzas, y el párpado derecho le comenzó a sangrar profusamente a la vez que se le hinchaba.
–Creo que no has entendido bien. De hecho, es probable que aún no comprendas la gravedad de tus acciones…
–Vamos, Sapito; sabes perfectamente que yo no he hecho más que escribir y cantar.
–“Su Alteza, el Príncipe Iván”. ¡Así debes llamarme, escoria!
–Disculpe, Su Alteza, ¡mi Príncipe! –y Azul acompañó sus palabras con una reverencia torpe y exagerada–. Usted sabe bien que soy inocente de su secuestro, pero supongo que no ha venido a rescatarme de mi encierro en esta torre, ¡tales cosas sólo pasan en los Cuentos de Hadas!
–¡Me engañaste diciendo que eras un Hada, y no eres más que un espantajo!
–Entonces, ¿estamos empatados en cuanto a engaños, Sapito?
Iván derribó a Azul, y para evitar que se levantara le pisó, dejando la suela del zapato sobre su espalda. El peso le oprimía el pecho y le dificultaba la respiración.
–¿Cuántas veces imprimiste ese maldito libro? –repitió Iván con voz monótona.
–No lo sé, no lo recuerdo. Muchas. Dediqué una tarde entera a encuadernarlos.
–¿Y dónde están?
–En cada biblioteca de la Capital.
Iván levantó el pie, pero sólo para propinarle una patada en las costillas. Luego se llevó las manos a la cabeza y comenzó a andar en círculos, pensando que ya era demasiado tarde como para retirar todas las copias sin que nadie, además de Rosa, hubiese leído al menos una de ellas.
–No me extraña que te pongas así –dijo Azul después de un ataque de tos–. A fin de cuentas, no sales muy bien parado en mi autobiografía. ¿Sabes? Ya no creo en la Astrología, y sin embargo, no puedo evitar pensar en que te comportas exactamente como lo predijeron los astros. ¡Es como si el Supremo Autor hubiera intentado prevenir al Mundo de tu llegada!
–¿Cómo te atreves a decir algo así?
–Tienes razón… Sólo se trata de una casualidad, y tú no eres más que un niño malcriado y prepotente que está a punto de salirse con la suya. ¡Qué estúpida fui al confiar en ti y en quererte! ¡Cuánta falta me hacía el cariño de alguien que me creyese un Hada, como para haberme conformado con las sobras que me diste!
–Cierra la boca, tengo que pensar… Veamos, ¿cómo puedes probar que existen más ejemplares, y que estos aún circulan por toda la ciudad?
–¿Acaso no llegó uno a tus manos?
–Sí, pero eso fue gracias a alguien que seguramente te detesta tanto como yo: mi novia, Rosa Grimm. Quizás descubrió el engaño, y tramó una venganza contra nosotros con ayuda de la Cenicero.
–¡Rosa…! –Azul calló y sintió cómo se le encogía el corazón, al saber que su recién descubierta hermana también estaba detrás de esto; y es que en su larga confesión había olvidado mencionar que el mapa que entregó a la Guardia Real estaba dibujado precisamente en una página de El Blues del Hada Azul.
–¡Ya me ocuparé de ella más adelante! Ahora necesito que me pruebes de alguna manera que puede haber más libros trucados. Créeme, ¡te conviene colaborar!
–Supongo que puedes enviar a tus esbirros a las bibliotecas para comprobarlo, o a la Travesía del Arcoíris, incluso; en El Caldero de Oro había una imprenta que aún debería estar cargada con la misma tinta azul que utilicé.
–Muy bien, mis hombres irán para ver si lo que dices es cierto. De serlo, no permitiré que el libro que tenemos en nuestro poder llegue al juicio como prueba en tu contra o pista para encontrar a tus cómplices. Aunque lo modificásemos para quitar cualquier referencia sobre mí, podría darse el caso de que alguien más encontrara una copia intacta de tus memorias, y eso me dejaría en ridículo ante todo el Reino…
–La forma que tienes de maquinar en voz alta ha terminado por convencerme, ¡tú eres el villano de esta historia!
–¿Eso crees? Entonces no debería tener clemencia, y sin embargo, estoy siendo generoso contigo. Tus amigos no serán perseguidos (aunque en el libro dejaste unas cuantas pistas que nos permitirían pillarlos a todos), a cambio de que tú cargues con la culpa y seas el chivo expiatorio que necesito.
Azul no dijo nada, pero sonrió al escuchar aquella terrible oferta, que seguramente sería la mejor proposición que escucharía en su estancia en la cárcel. También se alegró al darse cuenta de que El Blues salvaría a sus conocidos de una persecución implacable. Había sido escrito para que quien lo leyese pudiera vivir libremente, como ella misma lo intentó…, así que al final lograría su cometido, de forma un tanto rebuscada.
–¿Te burlas de mi propuesta? Entonces comenzaré con las represalias, y diré a los Guardias que retengan al hombre que ha venido a salvarte…
–¿De quién estás hablando?
–Se ha presentado aquí un hombre de gafas y bigote con una gran suma de dinero, pretendiendo liberarte y pagar por ti una fianza.
–¡Geppetto!
–Bien, veo que le conoces. ¿Quieres que te haga compañía en la celda?
–No, acepto tu oferta: cargaré con toda la culpa. Así tu imagen no saldrá perjudicada en el juicio, y no podrás acechar a mis amigos.
–¡Excelente! Aunque sólo daré por cerrado el trato cuando encuentre esa imprenta ilegal de la que hablas…
Dicho esto, Iván se dio media vuelta, salió de la jaula y habló a dos de sus guardaespaldas. Les ordenó ir de inmediato a la Travesía del Arcoíris para recuperar los restos del aparato, así como cualquier copia del libro de letras azules que se hallase entre las ruinas del bar. Otro Guardia cerró la puerta detrás de él.
–¿Sabes, Zafiro? –dijo el Príncipe, de espaldas al detenido–. La Cenicero y tus dos amigas Hadas casi me matan. Por su bien y por el de todos tus cómplices, espero que lo que me has dicho sea cierto. Ya nos veremos el día del juicio; deseo que tu estancia aquí te resulte lo más incómoda posible. Supongo que a estas alturas ya sabrás que jamás te quise, y que nadie podría querer a alguien como tú. ¡En fin! Ha sido un auténtico infortunio el conocerte y el haber desperdiciado contigo tanto tiempo.
Iván recordó entonces la apuesta perdida contra el Príncipe Igor, y dio una fuerte patada a las rejas de la celda antes de marcharse. Azul ni se inmutó: estaba intentando atrapar con sus ojos los últimos rayos de luz del día –que se colaban a través de una grieta en el muro de piedra de la torre– y parecía ignorarle por completo. Pero sus palabras le hicieron temblar el corazón mucho más que los golpes y las demostraciones de rabia; a fin de cuentas, había amado a Sapito…, al mismo que le había llevado flores la última vez que le vio, ¡narcisos dignos de una Princesa!
El Príncipe fue escoltado por los Guardias a través de pasillos y escaleras, y pronto alcanzó la entrada principal del Tribunal Supremo. Al abrir las puertas, los flashes de los Fotógrafos le cegaron, y sólo la fuerza bruta de sus hombres impidió a los Periodistas llegar hasta él. Iván forzó una sonrisa, pidió silencio, y respondió las preguntas de sus entrevistadores de confianza (aquellos que sabía afines a la Casa Real):
–Su Alteza, ¿ha podido ver a Su agresor? ¿Cómo ha sido el encuentro?
–Así es, le he visto…, y aunque no se muestra arrepentido, yo le he perdonado.
Los Periodistas se pusieron el micrófono bajo el brazo para aplaudirle, y los Guardias les indicaron cuándo dejar de hacerlo.
–Ahora es el Supremo Autor quien debe perdonarle, pero para que eso ocurra deberá abrazar de nuevo su Carta Astral y renegar de su vida disoluta y criminal. Sinceramente, dudo que lo haga, así que sólo me resta esperar a que el Creador tenga piedad de ella.
–¿Pero es un chico o una chica? –preguntó confusa una Reportera que a partir de entonces estuvo vetada en todas las ruedas de prensa de la Casa Real.
–Disculpad: espero que tenga piedad de él –rectificó Iván, al que el recuerdo de Zafiro (y de sus dulces besos) le seguía jugando malas pasadas.

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