5 de diciembre de 2011

Capítulo XXX (segunda parte)


“Señorita Rosa Grimm, preséntese en el Rectorado de inmediato”. La locución, hecha por alguien de Secretaría, sonó en todos los altavoces; algo innecesario, considerando que un lunes al mediodía todos los alumnos se hallarían en el comedor.
–Te acompañaré –dijo Sinclair, dejando la mitad de su almuerzo en el plato.
–¿Qué ocurre? ¿Nos llamarán también a nosotros? –Demian parecía aterrorizado.
Canella se echó a llorar otra vez y Vincent ya no la consoló más; estaba harto de sus lamentos, y eso que sólo llevaba una mañana soportándolos. Él y Cindy también se levantaron de la mesa, siguiendo el ejemplo de Sinclair, dispuestos a acompañar a su amiga al despacho del Rector.
–Lo siento chicos, pero sólo quiere verme a mí. No os dejarán pasar, y yo tampoco permitiré que me sigáis. Ya es suficiente con que caiga uno de nosotros.
Rosa se echó su mochila al hombro y caminó por el sendero empedrado que conducía al Rectorado. Cuando vio que sus amigos la seguían a pesar de su advertencia, comenzó a correr; ya no tenía nada que perder, y aquella era la única manera de perderles de vista. ¡Ninguno se lanzó a la carrera tras ella, tan condicionados como estaban a seguir las normas del Manual dentro del Campus!
Los dos Guardias Reales que entraron en la biblioteca al mediodía salieron del Rectorado instantes antes de que Rosa llegara. La chica agachó la cabeza al verlos, temiendo que alguno hubiese estado presente en la batalla de El Caldero de Oro, y ella le hubiera asestado un latigazo con la boa de plumas que le tocó como arma.
Dentro, la Secretaria no le hizo esperar (como dictaba protocolo tácito de elegancia y sumisión), sino que la condujo directamente al despacho del Rector; cerró la puerta al salir, y Rosa se encontró a solas con el anciano dueño y Señor de Grimm. El hombre se recostó contra el respaldo de su silla, ocultó el temblor de sus manos entrecruzando los dedos e inspiró profundamente antes de hablar:
–Rosa Grimm; ¿sabe usted que cuando fue entregada a esta institución, fui yo quien le cambió los pañales hasta que se contrató a un Monitor especializado en esa tarea? En cierta forma, soy como un padre para usted.
–Últimamente me salen padres como setas.
–Por eso me entristece de sobremanera lo que debo decirle. Espero que lo entienda, porque ya conoce a la perfección las normas que rigen el funcionamiento de la Academia Grimmoire. Aún así, no es fácil para mí…
–Sea directo conmigo.
–De acuerdo; deberá desalojar su habitación en las próximas veinticuatro horas. Queda oficialmente expulsada tanto de la Academia, como de la Residencia de Estudiantes.
–¡Pero mi verdadero padre me dejó a vuestro cargo, y ha estado pagando mi manutención religiosamente! El trato era que me quedaría aquí hasta que cumpliera la mayoría de edad, ¡no podéis echarme a la calle!
–Desconozco cómo sabe eso, pero debo decirle que no ha sido informada con toda la verdad. Su padre abonó una importante suma para que la acogiésemos en el seno de nuestra institución, es cierto, y también para que la amamantásemos con las normas del Manual de la Academia. Son precisamente las leyes que contiene las que ahora me obligan a expulsarla, pues ha faltado gravemente a ellas. Su familia pagó para que la educáramos y procurásemos que fuera adoptada, no para que la malcriáramos.
–¿A cuál norma he desobedecido?
–Se rumorea que usted ha participado en los disturbios que acabaron con la vida de dos compañeras suyas. ¿Le parece razón suficiente para su expulsión?
–¿Y cómo puede hacer caso a rumores? ¿Dónde están las pruebas? Además, usted es el Rector de la Academia: la única persona por encima de las normas del Manual. Si me aprecia tanto como dice, ¡como un padre!, ¿por qué no hacer una excepción esta vez? ¿Por qué se ceba precisamente conmigo? Sabe muy bien que no tengo a dónde ir.
–Quizás esté por encima del Manual, jovencita, pero el Supremo Autor está por encima de todos nosotros. De Él y de Sus Representantes dimana toda ley y castigo.
–¿Me está diciendo que la Casa Real le pidió que me expulsara?
–Así es; y el castigo es poco severo teniendo en cuenta que, a causa de su comportamiento, el Príncipe Iván ha abandonado nuestra institución…, con la consiguiente mancilla para el prestigio, antes inmaculado, de la Academia Grimmoire.
–¡Pero si el Príncipe es el responsable de todo esto!
–No se hable más, Señorita Grimm. Puede retirarse. A partir de ahora comienza la cuenta atrás de sus últimas veinticuatro horas en el Campus.
–¡Maldita sea, pero si me está dejando sin hogar!
–¡Modere su lenguaje! –gritó el Rector, exaltado como jamás lo había estado–. Le vendrá bien si pretende ser admitida en otro centro de enseñanza.
–Usted no es más que otro despreciable lacayo de la Monarquía.
–Que sean doce horas, en lugar de veinticuatro. Adiós, Señorita Grimm: ha sido una auténtica tortura el tenerle entre nosotros.
Rosa salió del despacho del Rector con la tensión por las nubes y una violenta taquicardia. Sus amigos, que la esperaban escondidos junto al rosal, se acercaron de inmediato para consolarla e interrogarla a un tiempo sobre lo sucedido. Todos respiraron aliviados cuando la chica les contó que no sospechaban nada de ellos, pero se echaron las manos a la cabeza cuando supieron que tendría que dejar el Campus poco después de la media noche.
–¡No puede ser! ¿Y qué piensas hacer? –preguntó Canella entre lloros.
–No lo sé, ¡no estaba en mis planes el verme esta noche sin un lugar dónde dormir!
–Tenemos que recurrir la decisión del Rector –dijo Demian, que recuperó de súbito el color y el aplomo–. Tiene que haber algo en el Manual que pueda salvarte. Quizás…
–Deberíamos entregarnos también nosotros –añadió Vincent con firmeza, pero los demás hicieron como si no le hubiesen escuchado.
–Está de más decirte que puedes quedarte en mi casa el tiempo que haga falta –Las palabras de Sinclair fueron el bálsamo que Rosa necesitaba para calmarse un poco y comenzar a vislumbrar posibles soluciones.
–Gracias, Emil. Aún no sé qué haré; de momento sólo tengo cabeza para regresar a mi habitación y comenzar a hacer el equipaje. Esperad, ¡no tengo ninguno! ¡Nunca he viajado, ni he vivido en otro sitio que no sea éste!
–Descuida, todos tenemos maletas de sobra –ofreció Demian, alzando su voz sobre la de los demás–, y no las necesitaremos hasta dentro de muchos meses, cuando toquen de nuevo las vacaciones de verano y volvamos a nuestras casas.
“Gracias” respondió Rosa, antes de que todos se contagiaran del llanto de Canella.

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