16 de diciembre de 2011

Capítulo XXXI (cuarta parte)


Aurora supo que había llegado el momento al escuchar la voz de su marido por la radio. Ya le había dado la señal a la furgoneta de atrás, y ella misma estaba sentada en el asiento del conductor del coche, lista para la acción…, pero no contaba con la lentitud con la que cambiaban los semáforos de la Plaza de los Neones.
–Chicas, avisadme –masculló mientras se acomodaba las gafas sobre la nariz.
–Rojo, rojo, rojo, todavía rojo… –dijo Rubí desde el asiento de atrás.
–¡Verde! –gritó Esmeralda, y entonces la Pastelera aceleró con el coche, entró en la Plaza de los Neones e impactó contra varios vehículos que cruzaban en ese instante la intersección entre las principales calles que allí se daban cita.
No fue una colisión terrible; el airbag salvó a Aurora y a sus elegantes pasajeras de todo daño, lo mismo que a los demás conductores. Las dos Hadas celebraron una maniobra perfecta, pues ahora el tráfico estaba completamente colapsado, y la furgoneta que les seguía había quedado atrapada en el centro de la Plaza de los Neones.
Quizás convenga aclarar que llamar plaza a aquel sitio requería imaginación, porque ya no era un espacio para bancos, ni césped, ni lagos con abundantes patos; allí sólo había rascacielos hasta donde alcanzaba la vista, y algún que otro edificio señorial –como el del Tribunal Supremo de Justicia– que quedó encerrado entre ellos como recuerdo del pasado. Los coches ocupaban el lugar de los árboles, y cientos de comercios, estancos, teatros de musicales y restaurantes de comida rápida se peleaban por llamar la atención de los peatones.
Hasta hacía un par de décadas, aquel había sido un lugar de recreo en el corazón del Distrito Financiero, al norte del Casco Antiguo; separado por el Río del Ensanche y comunicado con éste a través de un puente modernista. Se le conocía entonces como la Plaza de los Eones, porque había sido reformada coincidiendo con la celebración del primer milenio de la Capital; sin embargo, la posterior construcción de rascacielos (cuyas fachadas estaban cubiertas casi en su totalidad por anuncios de neón), había propiciado el que la gente comenzara a llamarla tal y como lo hacían hoy en día.
No podía haber un mejor escenario para el espectáculo que estaba a punto de dar inicio. De furgoneta salió ALICIA acompañada de su banda de rock underground, quienes se subieron al techo del vehículo con sus instrumentos.
–¡Querido público de la Capital! –gritó la cantante micrófono en mano–. Ya que no saldremos de este atasco en un buen rato, ¿qué os parece si animamos la espera?
Los conductores atrapados en sus coches protestaron dándole al claxon, pero los peatones se congregaron divertidos alrededor de la furgoneta, dispuestos a asistir al improvisado espectáculo hasta que una caravana de grúas despejase el tráfico.
–Vuestras teloneras ya están en posición –comentó Aurora, mirando a las Hadas a través del espejo retrovisor.
–No te preocupes, estaremos listas justo a tiempo –dijo Rubí, que al igual que Esmeralda, repasaba su maquillaje y peinado en el espejo de la polvera.
–Azul, Astreo…, espero que todo salga bien –y dicho esto, la Pastelera subió el volumen de la radio al máximo.

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