21 de diciembre de 2011

Capítulo XXXI (novena parte)


American Pie, de Don McLean, versionada por Madonna
Rubí y Esmeralda comenzaron a ejecutar la coreografía de los primeros compases (cuya melodía Azul reconoció al instante), y fueron también ellas las primeras en cantar. Zafiro no pudo evitar el llanto, y tardó un tiempo en calmarse lo suficiente como para poder afinar la voz y unirse a sus compañeras. El público formado por los peatones, los conductores atrapados en el atasco, los estudiantes de Grimm, los Ilegales, los vecinos desalojados de la Travesía (ahora principales clientes de los hostales de Heliópolis); los que escucharon la canción de la Cenicero en la radio, los asistentes al juicio del Hada Azul y hasta los mismísimos Guardias Reales –que acababan de dar por perdida la batalla– quedaron embobados con el espectáculo, y poco a poco comenzaron a fluir los aplausos al ritmo de la canción; muy tímidamente al principio, eso sí, hasta que la lluvia de aplausos pasó de ser llovizna, a una tempestad de truenos regulares y sincronizados.
Parecía como si no existiese un mejor escenario que la cubierta de aquel aerobarco, elevada unos tres metros por encima de los coches aparcados. De igual forma, la acústica que ofrecían los rascacielos cubiertos de anuncios publicitarios era inmejorable. Durante un día normal no hacían más que intensificar el ruido de los coches, pero las voces de las Hadas rebotaban ahora perfectamente sobre ellos. ¡Incluso los neones parecían haber sido puestos allí para formar parte del espectáculo! Aurora, Bella, la Cenicero, Gretel, Hansel, Geppetto, Pushkin y Astreo se subieron también al escenario, y hasta trajeron consigo al Doctor Unicornio (que ya había despertado, y llevaba un rato dando coces en el almacén para que acudieran a rescatarlo), aunque no le quitaron la camisa de fuerza para impedir que escapase. Por delante de ellos, Zafiro, Rubí y Esmeralda encandilaban al público con sus trajes de gala, sus poderosas voces y una coreografía que sacaba a relucir el perfil centelleante de sus alas.
Dos de las tres únicas personas que no prestaban atención al show subieron sin problemas la escalinata que llevaba a la puerta principal del Tribunal, custodiada sólo por un par de enormes leones de piedra (ahora que los Guardias estaban, más que distraídos, embrujados); y es que allí arriba se hallaba el tercero: un ofuscado Príncipe Iván, quien presa de la histeria y de la rabia, intentaba cargar de nuevo el lanzagranadas. Rosa y Sinclair iban a su encuentro decididos a darle una lección al estilo pedagógico de Ricitos; así pues, Iván sólo se percató de ellos tras recibir un golpe en la nuca con el pesado tomo I del Tratado de Astrología Elemental que la chica blandía como arma contundente.
–¡Por fin te encuentro, novio mío! En verdad eres tan escurridizo como un sapo… Así que iré al grano, antes de que te toque regresar a tu charca: Vengo a decirte que hemos terminado. Es mejor hablar estas cosas cara a cara para que queden claras, ¿no lo crees? –Un empujón derribó al Príncipe al suelo–. Pero no te aflijas; no es por ti, sino por mí. A fin de cuentas, eres un excelente partido, un novio ejemplar... No te conviene estar con la persona que te delató ante la Cenicero, que le contó a los estudiantes de Grimm la verdad sobre ti, y que les convenció de venir a salvar a mi hermana de tus ancas.
–¿A tu hermana? ¿Zafiro es tu hermana? –dijo Iván recuperando la compostura–. La ingenuidad debe ser congénita, y las ansias de morir a manos de un Príncipe también…
El chico se incorporó de un salto y desenfundó la espada ornamental que llevaba en el cinto, como parte de su uniforme de gala; atravesó el libro de una estocada, capturó fácilmente a Rosa (ahora que estaba desarmada) y le puso el filo de la hoja en la garganta. Sinclair gritó el nombre de su amiga y se abalanzó sobre Iván para liberarla, pero éste le golpeó con la empuñadura y le hizo rodar escaleras abajo. Llegó al último escalón tan lleno de magulladuras que ya no se levantó hasta el día siguiente.
El futuro Monarca hizo que Rosa recuperara el megáfono del suelo y se lo diese; lo puso a máximo volumen, y gritó para que su voz fuera escuchada en todos los rincones de la Plaza de los Neones, incluso por encima de la música omnipresente.
¡Deteneros, o la chica morirá!
Azul vio la escena desde la cubierta del aerobarco y dejó de cantar y bailar al instante. Rubí y Esmeralda siguieron unos compases más, pero también acabaron por detenerse y la música cesó por completo. Sin embargo, el silencio duró apenas unos segundos, porque los aplausos del público se transformaron en una censura generalizada y sonora hacia el Príncipe y su cobarde estratagema.
¡Me importa muy poco vuestra opinión! Si alguien más vuelve a aplaudir, a silbar o a cantar una sola nota, la hermana del Hada Azul morirá en su lugar. El juicio va a continuar, y todos seréis testigos del castigo que merece quien se atreve a desafiar a la Monarquía, a la Astrología y al mismísimo Supremo Autor.
El Juez, refugiado dentro del Tribunal, salió de nuevo junto al Fiscal, los Alguaciles y los demás Albaceas por la puerta principal. Se dispusieron en el orden que guardarían dentro; esperaron a que las cámaras de televisión les enfocaran y procedieron a la lectura del veredicto, redactado durante la batalla por orden expresa del Príncipe Iván.
El Tribunal Supremo de Justicia ha concluido que Céfiro Celeste, también conocido como Azul Celeste, también conocido como Zafiro, el Hada Azul, es en efecto un Hada; no de nacimiento ni de profesión, pero sí como consecuencia de su estilo de vida libertino y errático. Así pues, como persona con triple identidad, recibirá una triple condena: por haber quedado probado que atentó contra Su Alteza, el Príncipe Iván; por desafiar el Derecho de Autor y obviar las obligaciones dimanantes de su Carta Astral; y por camuflar sus memorias como texto escolar, con la intención de adoctrinar a los jóvenes del Reino y sumarles a su causa anarquista.
Los silbidos del público eran tales, que el Príncipe tuvo que prestarle el altavoz al Alguacil que leía el veredicto para que su voz se oyera con claridad.
La triple condena que este Tribunal impone sobre el Hada Azul para expiar sus crímenes quedará resumida en su muerte. Deberá ser ejecutada en la horca aquí mismo, en la Plaza de los Neones, bajo la mirada atenta de aquellos ciudadanos que, en un lapsus de civismo, han participado en los disturbios callejeros del día de hoy, y que por tanto merecen aprender la lección impartida por este Tribunal.
Todos los que estaban sobre la cubierta del aerobarco arroparon a Azul, pero no pudieron evitar que los Guardias Reales les capturaran uno a uno y les apartasen de ella, obligándoles a bajar del navío; a fin de cuentas, Rosa seguía con la yugular a pocos centímetros de la espada del Príncipe, y cualquier intento de resistencia habría significado su muerte. Aurora imploró que la dejaran quedarse junto a su hija mayor, pero no consiguió darle siquiera un beso de despedida; por otra parte, Azul no parecía concentrada en su Madre sino en el nuevo berrinche que Iván protagonizaba frente al Juez. De pronto hubo movimiento entre los miembros del jurado, y el Alguacil volvió a coger el megáfono para anunciar una rectificación en la condena:
Debido a que el Hada Azul tiene alas, y existe una posibilidad remota de que pueda volar con ellas (resultando así totalmente ineficaz el método del ahorcamiento), se acuerda por unanimidad que deberá morir ahogada. Rogamos colaboración a los presentes y agradecemos su paciencia, pues la ejecución se realizará en breves minutos en el centro de la plaza.
Iván sonrió satisfecho y soltó por fin a Rosa. Luego reclamó la atención de Zafiro con señas, para que viese cómo los Guardias sacaban del almacén de pruebas del Tribunal el enorme caldero negro que coronaba y daba nombre a la famosa taberna de la Travesía del Arcoíris, y que ahora estaba abollado y encajonado en un trozo de entablado de su escenario. Lo traían con una grúa, tal y como había sido arrastrado fuera de aquella calle secreta, aunque esta vez tuvieron cuidado de que ninguna persona, coche o inmueble sufriera la misma suerte que sus edificios de colores.
Rosa se abrió paso entre la multitud hasta el aerobarco, pero los Guardias le impidieron llegar hasta su hermana; la retuvieron junto al resto del batallón a la vera del navío, donde Geppetto fue a su encuentro para consolarla. La chica volvió a enterrar la cara en su pecho, como ya hiciera en medio de las ruinas del que había sido el hogar de ambos, y se deshizo en lamentos.
–¡Todo esto es culpa mía! Si no me hubiese dejado capturar por Iván, Azul habría podido terminar la canción e incluso huir…
–Aquí el único responsable es el Príncipe. Tú simplemente te atreviste a intentar lo que todo el mundo deseaba hacer: darle su merecido a ese desgraciado.
A poca distancia, Pushkin gesticulaba a Geppetto con los ojos muy abiertos, como queriendo decir “¡Cuidado! ¿Es que acaso no lo ves? ¡La niña que abrazas no es otra sino la malévola Ricitos!”. El Titiritero le contestó con otro gesto, que no podía sino significar “Claro que sé quién es… ¡Precisamente por eso la estoy consolando!”.
Los Guardias Reales conectaron varias mangueras a las bocas de incendio más cercanas al aerobarco, apresurándose a llenar el caldero de agua. Azul fue obligada a subir al borde de la olla a través de un tablón de madera que comunicaba con el navío, y allí la ataron de pies y manos para que no pudiese nadar. El peso de las alas al empaparse, y del vestido bordado con piedras semipreciosas, se encargaría de evitar que flotase.
Aurora gritaba histérica, y uno a uno se sumaron al llanto colectivo la Cenicero, Bella, los mellizos y Astreo. Rosa seguía escondida en los brazos de su padre adoptivo, y las Hadas y Pushkin no paraban de forcejear con los Guardias, intentando zafarse. Desde la entrada del Tribunal Supremo, convertida en un improvisado palco de honor para presenciar la ejecución del Hada, Su Alteza se mostraba pletórica. Con el megáfono en mano, se dirigió una vez más a los allí presentes:
¡Con la muerte del Hada Azul, nuestro Reino recuperará el orden y el honor que le fueron arrebatados! ¡Decidle adiós a esa traidora!
American Pie, de Don McLean, versionada por Madonna
Pero por segunda vez, las palabras que empleó no fueron escogidas con acierto, ¡nunca se sabe cuándo una muchedumbre enardecida capitulará en la lucha y obedecerá las órdenes de su Príncipe! Así pues, los ejércitos allí presentes entonaron con decisión el coro de la canción que las Hadas no pudieron terminar, y se despidieron con las manos y su mejor voz de Azul, quien los miró atónita desde el borde de la plancha antes de ser empujada y caer dentro del caldero. El atronador sonido de las palmadas retumbó entonces incluso más, y aunque la música llegaba muy lejana a los oídos de su destinataria, ésta aún podía sentir en el pecho la vibración del agua. Los aplausos ratificaban el fallo del Tribunal y la legitimaban como Hada, justo cuando estaba a una bocanada de la muerte.
¡Maldita sea, callaros! –El megáfono del Príncipe no era lo suficientemente fuerte como para imponerse a las decenas de miles de personas que cantaban al unísono.
Los Guardias Reales, convencidos de que la ejecución estaba a punto de llegar a su fin, aflojaron la vigilancia de los cómplices de Zafiro y se sumaron a los aplausos; así escaparon Rubí, Esmeralda y Pushkin, quienes corrieron a liberar al Doctor Unicornio. El Corsario contuvo al Guardia que apresaba al Cirujano, mientras que las Hadas se encargaron de descoserle la camisa de fuerza con sus largas y afiladas uñas.
–¡Tienes que hacerlo, tienes que convertirla en un Hada! –le gritó Rubí.
–¡Opérala en este instante! Si va a abandonar este Mundo, tiene que hacerlo como quien realmente es –le chilló también Esmeralda.
–No lo haré. La Clínica aún no había recibido el pago esta mañana, y mi contrato de exclusividad especifica que no puedo emplear mis conocimientos fuera de…
–¡Yo tengo el dinero! ¡Doce mil monedas de oro! –le gritó Geppetto a escasos metros de distancia–. ¡Pagaré por la operación cuando todo esto haya acabado!
–Bien, en ese caso… Aunque si queréis salvarla, ¿no debería convertirla en sirena?
–¡NO! –gritaron al unísono todos los que conocían bien al Hada Azul, y sabían que estaba dispuesta a pagar el precio más alto por cumplir su voluntad, su anhelado sueño.
–¡De acuerdo, era sólo una sugerencia! Pues allá vamos… –El Galeno se puso a cuatro patas; una posición que le resultó vergonzoso adoptar frente a todos los que le habían visto andar erguido, pero que le permitiría apuntar fácilmente al caldero con su cuerno espiralado. Rosa soltó al Titiritero y se abrió paso hasta él, al que cogió por el cuello de la bata y zarandeó tan fuerte como pudo.
–¡No lo hagas! Es mi hermana la que está ahí dentro, ¡haz algo para salvarla!
–¡Niña, tú no lo entiendes! –dijo Rubí, al tiempo que empujaba a la chica y cogía del cuerno al Doctor Unicornio para redirigirlo al caldero.
–¡Tienes que dejar que la convierta en Hada, es su última oportunidad! –Esmeralda también forcejeó con Rosa y acabó aferrada al apéndice mágico, que brillaba con una luz dorada mientras que su dueño entraba en trance, ponía los ojos en blanco y recitaba rápidamente un mantra..., que no era más que una lista con los nombres de todos los huesos, músculos y órganos del cuerpo, dichos a una velocidad que hacía ininteligible cualquier palabra.
Por un lado, las Hadas tiraban del cuerno para apuntar al caldero. Por el otro, Rosa hacía lo mismo para evitar que su hermana fuera convertida en un ser que no podría sobrevivir debajo del agua. La canción seguía su curso, entonada por un público que cada vez afinaba y elevaba más la voz; el Príncipe gritaba furioso a través del megáfono y los amigos de Azul estaban paralizados, con la mirada atenta al caldero y al asta del Doctor Unicornio, de la que salió disparado un intenso rayo dorado.
La luz también se extendió sobre Rosa quien, asustada, se soltó y cayó de espaldas. Rápidamente abrió la mochila y comprobó que su fiel Gato se encontraba bien; no así Rubí y Esmeralda, que quedaron bañadas de radiación áurea y parecían experimentar un dolor agónico mientras sostenían el falo intelectual.
La gigantesca olla se quebró en cientos de fragmentos cuando el rayo impactó sobre su negra corteza de suciedad y aspereza, y cada esquirla de metal cayó al suelo convertida en oro; al parecer, la alquimia de la que era capaz aquella Carpa de la que Azul tanto hablaba no era un arte exclusivo suyo, sino una consecuencia de su transformación en pez a manos del Doctor Unicornio. El cuerno del Cirujano parecía tener el mismo poder extraordinario, aunque aún más impresionante era su capacidad de transmutación del cuerpo humano. Dentro de la burbuja de agua que había dentro del caldero –y que quedó suspendida en el aire al estallar su envase–, Azul comenzó su tan ansiada transformación; las orejas adoptaron una forma más puntiaguda y elegante, el cabello le creció y se volvió rubio, el vestido se llenó de curvas femeninas y las alas artificiales se desintegraron, dejando sitio a otras nuevas, naturales y mucho más hermosas, que le crecían rápidamente de los omoplatos.


Lo mismo ocurría con Rubí y Esmeralda, aunque en su caso la transformación fue menos evidente a los ojos del público y sucedió dentro del vestido, en una zona más bien privada. Sus alas de mariposa resplandecían con un brillo nuevo.
El rayo dorado desapareció en un destello fulminante, coincidiendo con la fractura y caída del cuerno del Unicornio. El Doctor volvió poco a poco en sí y se quejó de un fortísimo dolor de cabeza, hasta descubrir que el sobreesfuerzo le había roto el elemento que hacía de él un Médico de renombre, salvándole de ser un potro blanco común.
El Hada Azul, aún dentro de la burbuja, se irguió y abrió los ojos al tiempo que desplegaba sus alas majestuosas y dedicaba una última mirada a su hermana, a sus Padres y a sus muy amados amigos. Entonces estalló la pompa de agua irisada, y con ella desapareció su imagen y su presencia. Quienes buscaron con la mirada a Rubí y a Esmeralda tampoco las encontraron; se habían desvanecido, como quien ve algo de reojo, y cuando lo busca de nuevo se da cuenta de que ya no está.
Aurora se arrodilló junto al Galeno aturdido y le interrogó a gritos sobre lo sucedido. “¿Qué esperaba? ¡Claro que su hija se ha esfumado! A fin y al cabo, no existe tal cosa como un Hada de verdad”, dijo el unicornio.
Rosa corrió hacia el lugar donde estalló la burbuja y miró a su alrededor, sin hallar nada. Luego cayó de bruces, se apartó las lágrimas del rostro e hizo lo mismo con los pesados trozos de caldero roto, que yacían en el suelo como formidables pepitas de oro. Al hacerlo encontró intacta la trampilla del escenario que las Hadas utilizaban en su espectáculo, y que se abría a un pasaje bajo el entarimado. La Cenicero, quien también consiguió liberarse del Guardia que la retenía, corrió junto a Rosa y al ver la puertecilla recordó que ella misma había caído a través de ese agujero cuando Azul la salvó de ser apresada. Las dos chicas sonrieron, imaginando que así era como había escapado el Hada tras completar su armonización feérica, y decidieron abrirla para comprobar que Azul debía de estar escondida bajo las tablas. Pero debajo, a apenas un palmo, no había otra cosa más que el nigérrimo pavimento de la calle.
Una nueva lucha dio inicio en ese instante, pues el Príncipe exigió con renovada vehemencia que los delincuentes aún sueltos fueran capturados. Los Guardias más cercanos a ellos fingieron ser duros de oído para aprovechar para llenarse los bolsillos de oro, y como el frente revolucionario ya no tenía fuerzas para pelear, optó por la retirada. Geppetto cogió a Rosa en brazos y Pushkin arrastró a la Cenicero al aerobarco. También subieron a bordo Bella, Aurora, Gretel, Hansel y Astreo, que convenció a los demás de cargar con el Doctor Unicornio: éste no se recuperaba de la migraña y yacía abandonado en el suelo, aunque ahora era otro de los responsables de atentar contra el Derecho de Autor y su Santo Patriarca (esto es, un camarada más).
Los simpatizantes del Hada Azul lucharon contra la Guardia Real hasta que el aerobarco hubo despegado. Entonces emprendieron ellos también la huída, y desalojaron la Plaza de los Neones a través de las avenidas y transversales que llegaban y partían de ella. En unos pocos minutos sólo quedó el Príncipe y su séquito, mirando con impotencia cómo Pushkin maniobraba a través de las nubes que se amontonaban en el cielo para partir con rumbo desconocido.
Los vehículos comenzaron a fluir con normalidad cuando dos grúas se llevaron el coche de Astreo y la furgoneta de la banda de ALICIA. Iván se sentó en la escalinata del Tribunal Supremo –rodeado de sus escoltas para no ser filmado por las cámaras de televisión– y se llevó el inhalador a la boca. Uno de los Guardias sacó un paraguas y protegió al futuro Rey de las primeras gotas de lluvia.
El atardecer fue apenas un instante. Con la llegada de la noche, los anuncios de neón brillaron con toda su fuerza, y las bocinas de los coches sonaron como miles de grillos esperando la tormenta.


1 comentario:

Dark Wolf dijo...

un gran libro lleno de emoción no me gustó mucho el giro de como pasa a estar ganada la revolución a que dejen de luchar incluso sin estar Rosa en peligro pero ha sido muy buen libro y voy a empezar después del epilogo con el siguiente

ánimo, sigue escribiendo así