6 de diciembre de 2011

Capítulo XXXI (tercera parte)


Alí Babá no tardó ni diez, ni cinco, sino siete minutos y medio; el tiempo justo que tardó Azul en darse los últimos retoques con el colorete, antes de salir del pequeño cuarto anexo a la sala del Tribunal convertida otra vez en ella misma, es decir, en Hada. El auditorio no sabía si aplaudirle, reírse, arrugar la nariz o continuar rechistando ante cada comentario o aparición de Azul…, pero lo cierto es que, si ahora dudaban qué hacer, era porque el Hada estaba radiante como magnicida en potencia.
La escasez de aplausos decepcionó a Azul, que había salido contentísima de su improvisado camerino. Aún así, desfiló con una sonrisa –saludando con la mano como una Princesa– hasta su silla en el banquillo de los acusados, para que todos viesen que quizás no era el Hada grabada en vídeo, pero sí una con los suficientes atributos como para recibir su sentencia. Los martillazos del Juez aplacaron el rumor de la sala, y entre tanto, Azul se sentó muy erguida en su mesa. Ahora podía respirar mejor; los nervios que sentía en la garganta, como una pastilla difícil de tragar, por fin se había disuelto.
–Su Señoría; me atrevo a decir que, después de ver esto y de escuchar al acusado declararse culpable de atentar contra el Príncipe…
–¡Protesto! –gritó Azul desde su mesa–. ¡Sólo me he declarado culpable de ser un Hada, no de atentar contra Su Alteza!
–Como decía: después de escuchar su confesión y de comprobar que ese chico de pelo azul es realmente el Hada que aparece en la grabación de las cámaras de seguridad, Su Señoría podría dar por concluida esta audiencia y emitir sentencia. Sin embargo, estaríamos purgando sólo uno de sus crímenes, y este juicio no sería tan ejemplar como pretender serlo. Pido pues, que se me permita desvelar la cuarta prueba…
El Juez asintió con parsimonia. El Fiscal se acercó entonces a la cuarta vitrina de cristal y reveló el objeto que contenía: un ejemplar del tomo I del Tratado de Astrología Elemental con la cubierta destrozada, como si una muchedumbre le hubiera pasado por encima. Azul palideció; “¡El Príncipe prometió que no utilizaría mis memorias en el juicio! Esto no tiene ningún sentido: al hacerlo, se descubrirá que su Carta Astral está amañada y que se escapaba de Grimm con frecuencia para ir a El Caldero de Oro, donde se hacía llamar Sapito. ¿Será que consiguió destruir todas las demás copias, y que ha alterado ese último ejemplar para suprimir cualquier referencia a sí mismo?”.
–Aquí tenéis la última prueba: un tratado de Astrología comúnmente empleado como libro de texto en academias e institutos de la Capital. Ahora debo pedirle, Su Señoría, que me permita llamar a declarar a su autor: el Profesor Astreo Celeste.
“¡¿Papá?!” quiso gritar a Azul, pero se contuvo. Si Iván había descubierto su verdadera identidad, aquella sería una jugada demasiado sucia incluso para él. “¡Traer a mi Padre al juicio para que asista a mi condena! ¡Qué ruin!”.
Una puerta se abrió al fondo de la Sala. Astreo entró con la cabeza en alto y porte militar, a pesar de no sentirse particularmente orgulloso de estar allí presente. Pasó junto a Azul sin decir nada, aunque le guiñó el ojo: un gesto que al Hada le resultó incomprensible dadas las circunstancias.
Su Padre subió al estrado, saludó con una reverencia al Juez y al Fiscal, recibió en sus manos el libro y miró a las cámaras mientras juraba decir la toda verdad y nada más que la verdad. Azul, a punto del desmayo, se cubrió la cara con los rizos dorados de la peluca, en un vano intento por esconderse de lo que estaba a punto de pasar.
–Muy bien, comencemos. ¿Es usted el autor del libro que sostiene en sus manos?
–Sí.
–¿Debemos suponer entonces que es un erudito de las Artes Astrológicas?
–Por algo soy Astrólogo Oficial del Reino…
–Debe haber escrito miles de Cartas Astrales a lo largo de su carrera, ¿no es así?
–Decenas de miles, si me permite la aclaratoria.
–Y de todas esas Cartas Astrales que usted ha redactado y sellado, ¿en cuántas ha resultado de sus cálculos que la profesión del interesado sería la de “Hada”?
–En ninguna.
–¿Y eso por qué?
–Porque las Hadas no existen. Una mujer puede ser Cantante, Bailarina o Modelo, que sí son profesiones presentes en el Códice, pero nunca “Hada”.
–Es curioso, puesto que como verá, en el banquillo de los acusados tenemos a una…
–No es un Hada de verdad –dijo tranquilamente Astreo, y el Juez tuvo que ordenar silencio en la sala, pues los asistentes respondieron dando exclamativas muestras de asombro…, aunque se suponía que las palabras del Astrólogo debían de ser obvias para aquellos que acababan de ver al Hada tal y como era realmente, sin su parafernalia.
Astreo no prestó atención al revuelo que causó su afirmación; no hacía más que mirar por la ventana, como si estuviese distraído o esperara algo que le salvara de tener que declarar. Azul, en cambio, se rompía la cabeza intentando descifrar el significado del guiño que le había lanzado su Padre, de su estrategia. “¿Está intentando hacer ver al Jurado que es imposible que yo sea un Hada, y que por lo tanto no soy la que aparece en el vídeo? ¿No se da cuenta de que me veo exactamente igual a la Cenicero con el vestido, los tacones, la peluca y las alas? ¡Con lo cerca que estaba de que el Tribunal Supremo me declarase Hada!”.
–Interesante reflexión… Si nadie puede llegar a ser un “Hada” porque el Códice de la Astrología no la considera una profesión de verdad, entonces la única forma de serlo es naciendo como tal. ¿Estoy en lo cierto? Señor Celeste, ¿me está escuchando?

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