21 de diciembre de 2011

Epílogo


El diario de Rosa Grimm
Capítulo 1

Me niego a comenzar este diario con un “Capítulo I” a la vieja usanza; a fin de cuentas, ¿de dónde rayos vienen los números romanos, y por qué algunos Escritores se empeñan en usarlos?
Se supone que esto es parte de mi terapia para no estar triste, así que lo haré como me venga en gana. Ya veremos cómo me va desahogándome en este diario, y qué cosas descubro en el intento. No sé si llegaré lejos dejándome arrastrar por estas palabras que fluyen tan lentamente, aunque dicen que lo más difícil es dar el primer paso, escribir la primera frase; que lo verdaderamente importante es la travesía y no la meta.
Dudo que el mío vaya a ser precisamente un camino de rosas.
Creo que ya va siendo hora de que me presente, aunque haciéndolo varios párrafos después de la primera letra no conseguiré reparar el despiste, e incluso parecerá una insolencia. Me llamo Rosa, y no por el color de mi cabello –que era de una escandalosa tonalidad rubia cuando nací–, sino porque yo lo decidí; una suerte que casi nadie tiene, pues la gente debe conformarse con el nombre que les dan de pequeños para homenajear, casi siempre, a algún familiar difunto. ¿O me equivoco?
Grimm es mi apellido, y ése sí que no lo escogí…, como tampoco pude opinar sobre el que mis verdaderos padres le encargasen mi educación y cuidados a la Academia Grimmoire. Allí viví internada hasta hace un año y de ella heredé esas cinco letras, así como una manía de despertarme cada día a las seis de la mañana con enfermiza puntualidad.
Durante ese tiempo, mi única familia fue mi querido Gato. El pobre fue también la voz de mi consciencia –muy sucia, a veces, ¡ya me gustaría haber tenido un comportamiento más felino y aseado!–, y yo ni siquiera le di un nombre más original: se quedó así, como estaba, a falta de uno más apropiado. No fue por pereza o incapacidad; simplemente, no quería poder llamarlo (ni echarlo de menos) si algún día se marchaba. Me imaginaba a mi misma en clase, dibujando la palabra en la última página de un cuaderno mientras me enjugaba las lágrimas, o repitiéndola en voz baja, lloriqueando en mi cama, aferrada a la almohada e insomne… Aunque cada día que pasaba era más evidente que Gato no me abandonaría jamás, y que no por carecer nombre iba yo a dejar de echarlo en falta, o a conseguir conciliar el sueño por las noches.
Geppetto insiste en llamarlo Fígaro, pues se pasa el día maullando. Esa es una de las muchas libertades que se toma mi Padre desde que nos mudamos a vivir con él. Yo le digo que no está cantando, sino intentando hablar en su lenguaje gatuno, pero él insiste en proponer cualquier nombre operístico que le viene a la cabeza. Entonces me enfado y le explico que no es justo que decidamos uno por él, pero ya suele tener otra tanda de opciones en la punta de la lengua: “¡Caruso!”, “¡Rossini!”, “¡Pavarotti!”.
Hay días en que me saca de quicio con su insistencia, pero por lo demás, mi vida a su lado es muy agradable. Es decir, ¿a quién no le gustaría vivir en una juguetería? Hace un par de meses instalamos un extractor diseñado por él mismo, y al fin conseguimos ventilar el taller y la tienda. Desde entonces todo fue a mejor: sin vómitos ni mareos a causa del olor a barniz, ni picor en la nariz debido a aquella desagradable bruma de serrín que antes flotaba por toda la casa. Geppeto es un excelente Inventor y Titiritero, pero para mí eso no es nada nuevo, pues cada miembro de mi extensa familia tiene un talento especial.
Esta mañana recogimos a la abuela en su pastelería (¡la mejor de la Capital!) y la trajimos a la casa de Astreo: un hermoso caserón en la Campiña que fue el hogar de ambos, y donde podría haberme criado de no ser por el nefasto precedente de la educación infantil de mi hermana. Y es que Aurora –la Pastelera– y Astreo –el Astrólogo desempleado– son mis verdaderos padres, aunque nunca me acostumbraré a verles como tales. Me siento mucho más cómoda pensando en ellos como mis abuelos, y quizás el sentimiento sea mutuo, pues que me miman como su nieta y se mantienen siempre a una distancia prudencial. ¡Yo lo prefiero así, claro está! Mi hermana se asfixió en el hogar familiar hasta que decidió marcharse a la Capital, convencida de que si seguía junto a ellos no podría alcanzar su sueño de convertirse en un Hada nunca jamás.
De todas formas, creo que comienzo a comprender a Aurora y a Astreo: para mí tampoco habría sido fácil criar a alguien como Azul y quedarme con ganas de repetir la experiencia, ¡aunque yo no fui nunca tan peculiar como ella! No nací con el pelo azul, ni con la necesidad de convertirme en un ser mitológico; muy al contrario, me habría encantado ser una niña modosita y buena, con dos padres no tres cualesquiera y una Carta Astral que me dijera exactamente cómo debía comportarme, o a qué debía aspirar.
Pero los huérfanos (o supuestos huérfanos) como yo no tenemos esa suerte: nos toca descubrir por nosotros mismos quiénes somos, a dónde vamos y cuál es el camino para llegar allí. Hay quien opina que los afortunados –los únicos verdaderamente libres– somos precisamente nosotros…, y con ellos podría enzarzarme en una discusión que sólo acabaría conmigo de mal humor y dando un portazo.
Decía que hoy vinimos a la Mansión de la Campiña para celebrar el cumpleaños de mi hermana. Hace un año que nos dejó, pero todos decidimos que lo mejor sería recordarla con una fiesta. Quizás se convierta en algo así como una tradición terriblemente irónica y macabra... ¡En ningún lugar se celebran los cumpleaños de aquellos que se han ido, mientras que los de los vivos pasan sin pena ni gloria! Aunque quizás me equivoque; no puedo decir que sea una experta en la vida privada de muchas familias, ni en los cumpleaños que conviene o no celebrar. Me falta experiencia en esos ámbitos, digamos.
A la fiesta no sólo asistiremos Geppetto, Aurora y yo; el abuelo vive aquí con el Doctor Unicornio (un famoso Cirujano venido a menos después de perder su cuerno…, y con éste, todos sus conocimientos de Medicina). Astreo le acogió en su casa después de que el potro se aplicara a fondo en su chantaje emocional, diciéndole que necesitaba espacio para correr y hacer ejercicio al aire libre –algo que no tendría si regresaba a la Capital, donde las zonas verdes son más bien escasas–, y que en parte era culpa nuestra el que ya no poseyera su valioso cuerno, tras haberse visto obligado a realizar una triple intervención quirúrgica en contra de su voluntad y a toda prisa; todo un sobreesfuerzo místico que acabó por fracturarlo y hacer que se le desprendiera de la frente. En mi opinión, el unicornio tullido está cada día más malcriado, y comienza a acostumbrarse a que sientan pena de él. Es un gorrón al que evito cada vez que llego a la Campiña de visita.
También han venido la Cenicero y Pushkin –dos viejos amigos de mi hermana– en un aerobarco que se suponía era de alquiler, pero que el oso no tiene la menor intención de devolver al concesionario. Supongo que es una de las ventajas de ser un Corsario del Aire; haces lo que te venga en gana siempre que puedas justificarlo bajo código moral bastante flexible. Pushkin se excusa diciendo que el propietario del vehículo era un estafador, y que por tanto se merece que le roben. Hay ocasiones en las que añade a su discurso que si no lo devuelve a su auténtico dueño, es para que sirva a una buena causa… ¡Como si buscar y llevar a la Cenicero a su país en aerobarco fuera una labor social noble y prioritaria!
Es evidente que también tengo mis roces con Pushkin, a quien me une un pasado del que ambos acabamos muy quemados. Con el unicornio y él rondando, no espero nada bueno de este cumpleaños. Además, ¿por qué miente tan descaradamente? Según el exTabernero, tanto él como la Cenicero acaban de llegar al Reino después de pasar más de una semana volando, pero la distancia entre el país de la Ceni y la Campiña puede recorrerse en ruta aérea en apenas dos días. Por si fuera poco, ayer por la noche –mientras yo fingía dormir– escuché a Pushkin conversando con mi Padre en su taller. ¿Qué se traen esos dos entre manos? Les oí mover un trasto bastante pesado y meterlo en el aerobarco; sin embargo, esta mañana no eché en falta ningún artilugio de Geppetto. Supongo que sería alguno de los cachivaches que consiguió recuperar y reparar después de que El Caldero de Oro se viniera abajo. Pero si sólo era un antiguo cacharro del exTabernero, ¿por qué tanto secretismo? ¿Por qué mentir sobre la fecha en que regresó a la Capital?
No he sido capaz de sonsacarle más información a nadie. Según la Cenicero, es cierta la historia de que acaban de llegar de viaje desde su país, así que también debe estar compinchada con ellos. También me dijo que mañana mismo partirían y harían el camino de vuelta tomando un largo desvío al sur; eso sí me lo creo, porque Pushkin vive atento a cualquier excusa para viajar. Suele decir que dejó de ver mucho Mundo mientras estuvo encerrado en su bar, obedeciendo su Carta Astral y presa de algunas fobias.
Le perdonaré a la Ceni ser parte del complot porque me cae bien. La mejor amiga de mi hermana y yo nos apoyamos la una en la otra después de aquel día, al que sólo nosotras nos referimos como “el del accidente”. Supongo que si el duelo que vivimos ha sido más intenso de lo normal, es porque nunca comprendimos del todo los sentimientos de Azul. O quizás porque necesitábamos su compañía, su ayuda y su alegría, y siendo egoístas, no queríamos que se fuera cuando le llegó el billete “sólo de ida” que tanto había esperado.
La única diferencia entre el duelo de la Cenicero y el mío es que ella no aguantó la cercanía de tantos recuerdos, ni el ambiente opresivo de la Capital. Regresó a su país tan pronto pudo, y según me repite hasta la saciedad cada vez que chateamos, no tiene ninguna intención de volver a vivir en esta ciudad. No la culpo; si yo hubiera tenido la oportunidad (y una segunda nacionalidad) también me habría ido a cualquier país muy, muy lejano…
Ahora que vuelvo a verla, puedo comprobar que el cambio le ha sentado bien. Está más animada, y se la pasa canturreando con una voz que, cuando no se esfuerza en entonar, es chillona y nasal. También ha perdido peso al entrenarse en el arte de la capoeira. Astreo la felicitó por su iniciativa, diciéndole que hoy en día era fundamental que una chica supiera alguna técnica de defensa personal –en especial esa, que probó ser capaz de desarmar a un Guardia Real en cuestión de segundos–, y se ofreció a darle un masaje para relajar sus músculos adoloridos. La Ceni me miró horrorizada y se dejó hacer por pura educación.
Después de tomar el desayuno en el jardín, y mientras el abuelo aporreaba los hombros de la pobre Cenicero, imaginé por un instante que Azul estaba a mi lado viendo la misma escena, y con ella Rubí y Esmeralda, riéndose juntas del lamentable espectáculo. Según la Ceni, después del engaño de Sapito ya no quería saber nada de los hombres, pero no dejaban de lloverle pretendientes. ¿Qué habría opinado mi hermana al respecto? A fin de cuentas, las tres fuimos engañadas por el Príncipe Iván… ¿Habría coincidido en que era mejor no confiar en nadie, o habría rehecho su vida sentimental? ¿También se habría dado cuenta de que si su amiga repetía tantas veces su intención de estar sola, era porque deseaba justo lo contrario? “Si es así, por favor dile que no busque consuelo en papá, ¿quieres?”, dijo entre risas el Hada Azul antes de desvanecerse con sus compañeras en memoria viva.
Puede que la Cenicero esté indecisa sobre su futuro (como yo misma) y que sea un tanto influenciable, pero sé que su renovada autoestima le impedirá lanzarse a los brazos del primero que le pase por delante…, si exceptuamos, claro está, al que bajó de un coche aparcado a medio camino entre el jardín y el porche de la casa. Mi amiga abrazó tan fuerte a Hansel que el chico pidió auxilio…, como su hermana Gretel, que acabó enterrada en el pecho de la exCuidadora cuando le llegó el turno de ser achuchada. Bella McCartney –la famosa Diseñadora de alta costura– y sus dos hijos mellizos llegaron pasado el mediodía. ¡Cuánto habían crecido los niños!
Al verlos a todos juntos de nuevo, me he dado cuenta del inmenso cariño que le guardan a mi hermana. Cosa que no me extraña, pues cumplieron sus sueños gracias a ella: Geppetto fue Padre, Pushkin vivió la aventura de su fallido rescate, la Cenicero…, bueno, su anhelo era casarse con Sapito, así que puede estar feliz de no haberlo cumplido. Los mellizos salvaron a su madre del sueño eterno y Bella recuperó las ganas de vivir despierta para poder estar a su lado. Son una colección de finales felices.
Es enternecedor comprobar cómo la Modista ya no quiere perderse ni un momento junto a sus hijos. Tan pronto entraron en el caserón –y después de que los niños corrieran a saludar a la nevera–, se sentaron juntos en la mesa del comedor y comenzaron a dibujar cada uno en su propia libreta. Me picó la curiosidad y tuve que acercarme para averiguar qué hacían.
–Estamos diseñando el logo de nuestra marca –dijo Hansel.
–Mamá quiere abrir una tienda de ropa para niños de tallas especiales –me explicó Gretel, que al igual que su hermano, duplicaba en ancho a cualquier otro niño de su edad.
–La llamaremos H&G, por Hansel y Gretel –dijo el chico.
–Tú siempre intentando quedar por delante de tu hermana.... –le reproché–. En cualquier caso, ¡os deseo mucho éxito!
Bella parecía estar trabajando en algo muy distinto a un logotipo, y de vez en cuando me miraba de reojo. Tuve que armarme de valor para interrumpir su arrebato creativo.
–¡Me encanta eso que dibujas!
–¿Ah sí? Pues eres tú. Quiero decir, un conjunto para ti…
–¿Para mí?
–Al verte me ha venido la inspiración, y he comenzado a diseñar esto. Supongo que en algo sí te pareces a tu hermana, porque ella también fue mi musa en una ocasión –La Diseñadora remató las líneas rectas de la chaqueta con el trazo ondulado de una falda, que parecía agitarse al viento–. En fin, hablemos de cosas alegres: Sé que el corte es vintage y que parecerás una Corsaria del Aire, como nuestro amigo Pushkin, pero te quedaría divinamente. Sin embargo, tendrías que dejar de pintarte las uñas de negro para ir bien conjuntada. El luto es tan poco elegante…
El traje verde acuarela que coloreaba era sencillamente espectacular, y me lo pareció aún más cuando conseguí identificarme con el maniquí sin rostro que lo vestía en el dibujo, después de que Bella le pintara una cabellera del mismo tono rosa que suelo llevar.
–Toma: quédatelo y guárdalo bien. Pasa un día por casa (supongo que recordarás la dirección, ¿verdad querida?) y te tomaré las medidas. Me hace ilusión regalarte algo, ya que nunca celebras tu cumpleaños. Y como a tu hermana no puedo darle nada…
–Muchas gracias, Bella. Me da vergüenza aceptar un regalo tan caro, pero me quedaré con la ilustración. ¡Es espectacular!
Esto me demostró que la Ceni y yo no éramos las únicas que seguíamos tristes y echando en falta a mi hermana mayor. No puedo decir que el saber miserable a más gente me hiciera sentir mejor –a fin de cuentas, dos personas que están deprimidas o solas difícilmente pueden consolarse mutuamente sin acabar más tristes y solas que antes–, pero al menos ya no me sentí presa de un desánimo inusual. A veces creo que no tengo derecho a extrañar a Azul, como si por haber compartido tan poco tiempo con ella (o por haber obrado en su contra antes de saber quién era) no me estuviera permitido quererla.
Aurora, como Bella, también lidiaba con su tristeza de una forma artística y peculiar. Llevaba toda la tarde encerrada en la cocina, hasta que por fin salió y se quitó el delantal diciendo “¡Ya he acabado! En un rato podremos comer tarta de las Hadas con glasé rosa”. Dejé a los mellizos y a su madre dibujando, pues tenía que hablar con mi abuela Repostera y aquel parecía el momento adecuado. Hay ciertas cosas que, pese a las buenas intenciones de Geppetto, no puedo conversar con él…, así que en esos casos recurro a Aurora, quien siempre se muestra más que dispuesta a ayudarme.
–Abuela, ¿puedo hablar contigo?
–¿De qué se trata, querida? Ah, ya lo entiendo: cosas de chicas. En ese caso, subamos a la habitación de Azul…
De haberse tratado de una “conversación de chicas”, el cuarto de mi hermana habría sido sin duda el mejor lugar posible para sostenerla. Seguía estando tal y como lo dejó el día en que se marchó de casa para irse a vivir a la Capital, con su escritorio perfectamente ordenado, su telescopio, una colección de peluches (que no mencionó en sus memorias), el espejo del tocador cubierto de recortes de Cuentos de Hadas y, sobre el mueble, el único ejemplar que queda de El Blues del Hada Azul, con la cubierta ennegrecida y arrugada como la piel de un ser antiquísimo.
Aurora carraspeó para recordarme que estaba allí, conmigo. Parecía expectante y aún más nerviosa que yo.
–¡Hija, por favor, no tienes nada de qué avergonzarte! –dijo sonriente, mientras yo me desabotonaba la camisa y me quitaba el sujetador–. Ya sabes, es natural que a cierta edad comiencen a crecerte ¡¿ALAS?!
En efecto, en mi espalda han brotado dos pequeñísimas alas de mariposa de color rosa, que puedo mover con cierto esfuerzo y que nadie más ha visto ni verá jamás. ¡Ya está, lo he dicho…, y ahora acabo de escribirlo! No me siento más aliviada, pero al menos me veo capaz de afrontar la realidad y mirármelas al espejo.
–Te… te están saliendo alas… En la espalda.
–Sí, lo sé, ¿qué puede ser?
–¡¿Y cómo quieres que lo sepa?! ¿Acaso piensas que escondo otro par bajo el vestido?
–Creo que Astreo tuvo razón al no fiarse de mí y entregarme en adopción…
–¿Desde hace cuánto las tienes?
–Comenzaron a salirme hará cosa de un mes, pero pensé que se caerían solas.
–Entonces no son de nacimiento –y dicho esto, Aurora suspiró agotada como si acabase de parirme de nuevo–. Espera aquí; bajaré a buscar al Doctor Unicornio.
–¡No te atrevas a hacerlo! Lo último que quiero es que me toquetee con sus cascos inmundos, y todo para que no sepa capaz de diferenciar si son de libélula o de mariposa.
–Pero yo tampoco sé decirte de qué son… ¿A qué pueden deberse?
–Ni idea, pero a Gato le ocurre lo mismo.
–¿A tu gato? ¿Ese que ha crecido tanto que ya es del tamaño de una pantera pequeña?
La abuela se había llevado un susto por la mañana cuando pasamos a recogerla en su pastelería, y se encontró sentada junto a un felino más grande que ella en el asiento trasero del coche. Tuvimos que acercar a Gato de vuelta a casa antes de emprender el viaje a la Campiña, y todo para evitarle un disgusto…, así que no tuve ocasión de enseñarle las dos alas de murciélago que le han salido en el lomo, y que le escondo bajo un suéter de punto que ya se le está quedando pequeño otra vez.
–En un mes ha doblado su peso; el pelo se le está volviendo aún más negro y sus dos alas son casi tan grandes como las mías.
–Un momento, ¿el animal estaba contigo cuando…?
–¿El día del accidente?
–Cuando tocaste el cuerno y brotó aquel rayo dorado –La abuela hizo un esfuerzo para decir la frase entera sin que se le entrecortara la voz, y empleó para ello su mímica más locuaz.
–No lo había pensado, pero ahora que lo dices, creo que recordar que estaba escondido en la mochila que llevaba encima.
Mi móvil sonó en ese instante, y por la cara que debí poner al ver quién era, Aurora intuyó que querría quedarme a solas. Bajó las escaleras con la excusa de ir proteger la tarta de Gretel y Hansel, y me dijo con señas que retomaríamos la conversación más tarde. No cogí la llamada de inmediato y el móvil dejó de sonar; preferí esperar junto a la puerta abierta para asegurarme de que nadie me espiaba. De la planta baja subía el ruido de la televisión –el Príncipe Iván estaba haciendo un nuevo llamamiento a la población, para combatir a los grupos terroristas antimonárquicos con los que se había obsesionado desde el día del accidente– y la conversación que los demás sostenían frente a la pantalla.
–Se le está yendo completamente la cabeza. Mi diagnóstico es que sufre de un delirio paranoide –dijo el Doctor Unicornio, seguramente sentado en el sofá y con una lata de cerveza entre los cascos. Sacaba a relucir la jerga médica reaprendida siempre que podía.
–No le excuses con alguna enfermedad mental, que aún tenemos cuentas pendientes con ese desgraciado –dijo Astreo, seguramente sentado en el mismo sofá y en la misma posición que su amigo equino.
–¡Astreo Celeste! ¡Modera ese lenguaje, que hay niños en la casa! –chilló mi abuela, que bajó las escaleras sin hacer ruido y pilló a su exmarido in fraganti.
–No le riñas, Aurora. Tiene razón… –intervino Pushkin–; alguien tendrá que pararle los pies de una vez por todas, o no descansará hasta haber sometido a todo el Reino.
Dejé de escuchar la conversación en el salón porque mi móvil comenzó a sonar de nuevo. Cerré la puerta, me acosté en la cama y cogí la llamada con una sonrisa en el rostro.
–¡Hola!
–Hola mi vida, ¿cómo estás?
–Bien, ¿y tú?
–Echándote mucho de menos. ¿Qué tal llevas tu reunión familiar?
–Ya sabes, venir aquí me hace sentir más melancólica que de costumbre.
–Vaya, lo lamento… Pero intenta disfrutar del estar todos juntos, y mañana te prepararé una cena especial para compensarte por haber hecho el esfuerzo.
–Muchas gracias. ¡Eres el mejor novio del mundo!
–Eso es porque tengo a mi lado al amor de mi vida, y me toca estar a la altura de las circunstancias.
–No te pongas meloso, que ahora no puedo hablar con tranquilidad. Mañana pasaré a verte; supongo que hoy nos quedaremos aquí. Aún nos falta cantar Cumpleaños Feliz con la tarta que ha preparado Aurora.
–¿Sus postres siguen siendo mejores que los míos?.
–Pues sí, para qué voy a engañarte
–¡Eres cruel! Bueno, te dejo; no quiero distraerte ni privarte de pastel. Y ya sabes, intenta disfrutar…
–Que sí, ¡no seas pesado!
–Te quiero mucho, Rosa Grimm.
–Y yo a ti, Emil Sinclair –me descubrí jugueteando con uno de los peluches que Azul tenía en su cama al decir esto, así que lo solté en el acto.
–Nos vemos mañana. ¡Adiós!
Me acurruqué pensando en él, y escondí la cara en la almohada para que nadie (ni siquiera yo misma), pudiera verme sonreír. En cualquier caso, no me fue difícil dejar de hacerlo; caí en cuenta de que pronto llegaría el momento en que tendría que hablar con Emil sobre el creciente problema de las alas que me han germinado… Pero aún no puedo hacerlo, ¡todo es tan perfecto entre nosotros que no me veo con fuerzas de arruinarlo! Estar con él es una delicia en el sentido más literal de la palabra: Ahora que la Academia ha cerrado, se dedica a aprender el oficio de sus padres, y se está convirtiendo poco a poco en un excelente Cocinero. Es el novio más dulce que alguien podría soñar.
Creo que me quedé dormida pensando en qué platos me prepararía al día siguiente. Ninguna imagen trascendental, desde luego, ni capaz de explicar lo que ocurrió luego. El caso es que caí rendida y no me desperté hasta un par de horas después, cuando ya había oscurecido.
Tuve un sueño de lo más peculiar, que recordé íntegramente mientras me desperezaba. En él, yo vestía el conjunto diseñado por Bella y surcaba el cielo cogida al negro pelaje de Gato, que ya era del tamaño de un león y cuyas alas habían crecido tanto que le permitían volar; las mías no eran tan fuertes, pero se agitaban a mi espalda como un relámpago rosa. Hicimos algunas piruetas en el aire y entonces descubrí que, a la orden de “¡Canta!”, el felino ya no maullaba sino que lanzaba poderosas llamaradas.
El Gatodragón y yo no estábamos solos; Pushkin, Corsario del Aire, volaba en su navío junto a nosotros para luchar en equipo contra la flota aérea de Iván, y acabar así con las hordas de Guardias Reales que enviaba incesantemente para apresarnos y subyugar a Heliópolis.
Las tácticas de combate en la cubierta del aerobarco estaban bastante más afinadas que la última vez; los pasteles de cereza-bomba de Aurora eran sólo un aperitivo del menú de postres explosivos que era capaz de hornear; los autómatas y demás artilugios de mi Padre resistían más de un uso sin romperse, y yo misma –entrenada por Astreo en el arte de la Astrología Defensiva– era capaz de acertar en el punto débil de mis enemigos para derribarlos casi sin esfuerzo.
Varios minutos después de despertar, la ensoñación era aún muy vívida. Pensé que sería emocionante vivir así, como Corsaria..., algo que conscientemente jamás me habría planteado. Si todos nos uniésemos podríamos acabar con la Astrología, me dije: derrocar a cualquier Monarca corrupto, liberar a los presos y políticos, detener las purgas de Ilegales y vengar la muerte de Azul. Además, no tendría que preocuparme por trabajar y ganar un sueldo, porque teniendo un novio Cocinero difícilmente me moriría de hambre. Y sabiéndome ahijada de un Hada madrina, sería imposible que las cosas se torciesen.


A través de la ventana de la habitación de mi hermana vi caer unos cuantos copos de nieve –algo atípico en esta época del año–, y también una estrella brillante en el firmamento, tintineando como si enviara un mensaje en código morse. La nieve se derretía en contacto con el cristal, haciendo que la luz del astro pasara a través de un prisma y descomponiéndola en todos los colores del arcoíris. Mi vida se parece bastante a ese improvisado caleidoscopio; según cómo la mire, puedo ver una cosa u otra en mi futuro…, incluso a mi misma domando un Gatodragón, o empuñando la espada. Todas las posibilidades están contenidas en ese haz de luz, y sólo necesito dejar de un lado la tristeza para decidirme por una de ellas…, para girar el caleidoscopio y encontrar la imagen que siempre he buscando. Mi vida habría sido más sencilla con una Carta Astral, pero también menos interesante; además, un Corsario no necesita de mapas para llegar a su destino, y sabe muy bien que lo más importante es disfrutar del camino.
Seguía sumida en estas reflexiones cuando escuché a Aurora llamarme a gritos escaleras abajo, y creí que había llegado el momento de cantar
Cumpleaños Feliz
y comer tarta. Cuando abrí la puerta de la habitación, el ruido de una radio encendida a todo volumen me hizo espabilar como si me salpicaran con agua helada.
–¡Rosa, date prisa! –repitió Aurora
–¡Tienes que venir a escuchar esto! –gritó la Cenicero.
Bajé corriendo las escaleras y los encontré a todos reunidos en torno al aparato. Nadie hablaba; sólo el Locutor, que con voz grave y ronca dijo “Y ahora, en el puesto número uno, escucharemos el último éxito de un trío que pareciera tener su residencia habitual en nuestro listado semanal de éxitos. Nosotros nos despedimos, queridos oyentes, deseando que tengáis una excelente velada; os dejamos en buenas manos. Con todos vosotros, las Tres Hadas: Zafiro, Rubí y Esmeralda”.
Angel, de The Corrs
–¿Cuándo grabaron esta canción? –pregunté.
–Nunca, que yo sepa –respondió Pushkin, que además de Tabernero, Locutor y Editor de panfletos revolucionarios, también fue Manager del trío del que mi hermana formaba parte bajo el pseudónimo de Zafiro, el Hada Azul.
–Se han convertido en estrellas… de la radio –dijo la Cenicero sin poder contener las lágrimas.
–Así es –mi Padre me rodeó los hombros con su brazo y me dio un beso en la frente–. ¿No te parece increíble, Rosa?
Nadie dijo una sola palabra más. Nos sentamos en la mesa del comedor, con las luces apagadas, la canción aún sonando y las velas encendidas sobre la tarta. Cuando fui a coger el tenedor, descubrí en mi mano el dibujo donde yo aparecía vestida de Corsaria. Estaba algo más arrugado que cuando me lo dio Bella hacía unas horas, pero seguía siendo (o lo era ahora, más que nunca) una hermosa posibilidad.
Aún no me conozco del todo, ni sé qué voy a hacer ahora que tengo alas. Escribir este diario no me permitirá descubrirlo de la noche a la mañana, pero sí puede servirme para recoger las certezas que vaya ganando, ¡y hoy he tenido la primera!: de mayor, me gustaría ser como Azul. Quizás no tan ingenua, pero sí igual de libre, original y consecuente. Quiero hacerme a mí misma, y sólo en eso llegar a ser excelente.
Si algún día tengo la ocasión, le daré personalmente las gracias a mi Hada madrina, a mi estrella, por no haber cumplido mi deseo para que yo misma lo hiciera. Y también le diré aquello que nunca dije cuando la tuve a mi lado:

“Estoy muy orgullosa de ser tu hermanita,
y te quiero más de lo que eres capaz de soñar”.

5 comentarios:

Góngora dijo...

Estimado Galileo, aunque llevo un tiempo que no dejo comentarios por aquí,hoy quiero decirle que me he quedado con una sensación de tristeza, esa sensación de vacío que te queda cuando alcanzas al punto y final de un libro que te llega , de una gran historia. El universo de Heliópolis me ha regalado emociones muy bellas, y deseo que aún nos espere más, así como que nunca se agote esa fuente de la que ha surgido una obra tan honesta, en la que resulta claro que ha volcado el corazón. Mientras tanto, yo personalmente, seguiré luchando por llegar a ser lo que soy . Muchas gracias por todo y, espero, hasta muy pronto.

Galileo Campanella dijo...

El otro día, reflexionando en voz alta sobre lo que significaba para mí la felicidad, puse en palabras esa necesidad que tengo que de todo lo que me redoee sea verdadero. No me importanto tanto que sea alegre o triste, rico o pobre, alto o bajo, sorprendente o corriente..., pero sí que procure ser bello, y nunca jamás falso o mediocre

Por supuesto, tengo que comenzar construyendo esa "verdad" conmigo mismo, en algo parecido a la realización personal (aunque tanto más flexible en sus pretensiones de éxito). Hacerse uno mismo es una empresa heroica, está visto.

Y es por eso que me sorprende tanto que la lectora (y antes que lectora, amiga) más verdadera que conozco "siga luchando por llegar a ser quien es". Me descoloca, porque temo llegar a mi destino y encontrar que tú ya has estado allí, que hace tiempo que has recgido tus cosas y seguido adelante, porque dicho destino sea incesante, y la meta siempre esté un más allá de nuestras narices.

Gracias por haber inspirado cualquier inspiración personal y literaria a convertirme en "un niño (escritor) de verdad", como Pinocho. Si el Hada Azul bebió la cicuta fue gracias a ti. Y ella también te da las gracias.

Góngora dijo...

Querido Escritor y Amigo, la verdad es que considero que el camino para llegar a ser quien uno es acaba siendo incesante, y que la mediocridad, de alguna manera, vendría a ser el darse por satisfecho en esta búsqueda. ¿Puede llegar un momento en la vida en que estemos tan seguros de lo que hemos hecho de nosotros mismos, como para darnos por concluidos? De ser así, resultaría verdaderamente triste y desalentador; quizás en este momento comenzaríamos a envejecer.

Afortunadamente, siempre tendremos la duda, la incertidumbre de si nos estamos dejando algo en el camino, de si hemos realizado suficiente examen de la propia persona y de los resortes que nos mueven. ¿Soy siempre tan valiente como pretendo ser y espero de los demás? ¿Actúo siempre de manera consecuente con lo que creo? ¿Puedo ser una persona aún mejor? Quien no se plantee estas cosas y se suma en la satisfacción de lo que ha alcanzado a ser, a mi parecer empezaría a caminar por los pantanos de la mediocridad, dejaría de habitar poéticamente.

Y en esta búsqueda y lucha incesante de ser quien soy, he tenido el privilegio de caminar junto a un Amigo, un compañero de vida que me ha ayudado a construir ( a veces entre risas, a veces entre llanto, a veces con un café) lo bueno y bello que puede haber en mí. Gracias por absolutamente todo.

Teresa dijo...

Ha sido toda una ventura compartir con usted Sr. Campanella estos meses. Cómo dice Góngora me queda ahora el vacio de leerle. Espero en breve que este magnífico relato esté impreso para poder compralo y regalarlo a manos llenas.

Espero en un futuro no lejano que siga usted compartiendo tan generosamente ese don de escribir que la vida le ha dado. Muy agradecida.

Maravillosos los videos. Un trabajo muy cuidado. Le felicito

rina_ sunshine dijo...

En ciertos momentos uno no encuentra las palabras y así estoy ahora.

Todos los días ando como sonámbula con la almohada persiguiéndome y quejándome por no poder dormir de noche, pero vuelvo a afirmar que gracias a ese odioso detalle pude llegar a tu historia.

Muchos seguimos buscando un lugar en el mundo y poder ser mejores de lo que ya somos, ¡vaya si lo sé!

Mil gracias por crear un fabuloso Blog, éxito y espero algún día ver Heliópolis en las librerías ^^

Un abrazo, Rina