17 de octubre de 2011

Capítulo XIV (primera parte)


Mi inesperada participación en el espectáculo de Rubí y Esmeralda fue sólo el principio de una noche agotadora, pues los clientes se animaron y estuvieron en el bar hasta muy tarde, pidiéndonos autógrafos y buscándonos conversación. A las seis de la mañana aún nos quedaba mucha limpieza por hacer a la Cenicero y a mí, mientras Pushkin seguía fregando jarras de cerveza y las Hadas apuraban sus últimas copas antes de irse a la cama (o a repartir panfletos en la calle del Mercado Central, quizás). El Tabernero parecía satisfecho del éxito de nuestro trío improvisado, pero pronto regresó su mal humor habitual.
–Azul, ya has subido y bajado las sillas de esa mesa unas siete veces –me dijo con rudeza, sacándome de golpe del ensimismamiento en que me hallaba–. ¡Espabila, o no acabaréis nunca de barrer el suelo!
–Lo siento, no consigo centrarme…
–Escucha, Jefe: el chico ha logrado hoy que hicieras el doble de caja que de costumbre –dijo la Cenicero poniéndose firme, con el palo de la escoba en la mano como si fuera la bayoneta de un Guardia Real–. ¡Dale un respiro! Además, ¿acaso no ves que tiene la cabeza en algo mucho más importante que barrer la porquería del suelo? Propongo lo siguiente: yo me encargaré hoy de la limpieza del bar, y él me sustituirá mañana.
–¡Gracias, Ceni! ¡Eres la mejor amiga que alguien pueda tener! –le grité, al ver cómo me ayudaba a despejar el camino para que al fin pudiese ir a hablar con las dos Hadas.
–Eh, no tan rápido, Azulão: el trato incluye que seas tú quien recoja hoy a los mellizos en la Escuela. ¿Lo harías por mí? Ya he hecho planes con mi Sapito.
–¡Claro que sí, no hay problema! Siempre que el Jefe esté de acuerdo… –Acto seguido, entornamos nuestros ojos hacia Pushkin y parpadeamos tiernamente, aunque él era inmune a ésta y a cualquier otra de nuestras tácticas femeninas.
–Muy bien; te lo has ganado, Azul. Lo único que lamento es que la taberna quede hecha una pena hasta que sea tu turno mañana…
–¡Oye, que a mí limpiar no se me da tan mal! –le gruñó la Cenicero, con la que siguió batallando hasta que acabó la jornada.
Yo dejé de inmediato lo que estaba haciendo, busqué la bolsa de monedas con mi sueldo del primer mes, aparté el dinero necesario para pagar el alquiler y corrí a la mesa de las Hadas. Me senté con ellas sin decir palabra, temblando de los nervios al saber que estaba a punto de discutir cuán feérico sería mi futuro con dos expertas en la materia.
–Una gran actuación, Azul. Nos has dejado impresionadas –dijo Rubí muy seria, pero con una mirada que parecía sonreírme.
–Eso sí, deberás trabajar los graves –añadió Esmeralda con aplastante sinceridad, mientras sostenía una bolsa de hielo sobre su cabeza para bajar la hinchazón del golpe que sufrió al caerse del escenario.
–Sí, hemos estado hablando acerca de que nos gustaría contar contigo en nuestro espectáculo…, cuando estuvieras lista, claro –el Hada carmesí habló sin dar demasiada importancia a sus palabras, aunque sabía que ellas cambiarían por completo mi vida.
–¿Cantar con vosotras? Queréis quedaros conmigo, ¿verdad? –Mi duda pareció ofender a Rubí, y me confirmó que aquello iba en serio–. ¡Tengo que estar soñando! ¡Muchísimas gracias por darme una oportunidad! No os defraudaré, os doy mi palabra. ¡Así que seremos un Trío de Hadas! Y lo más curioso es que precisamente de eso venía a hablaros… –dije, redirigiendo la conversación a donde quería llevarla.
Me saqué la bolsa de monedas del bolsillo y la dejé sobre la mesa. Rubí la cogió, la sopesó en su garra de uñas escarlata, y me la devolvió con una negativa. “No es suficiente”, puntualizó Esmeralda, por si acaso no lo había dejado claro su compañera.
–¡Pero es todo lo que he podido ahorrar en un mes!
–Chico, ¿tienes idea de cuánto cuesta ser un Hada? –dijo Rubí, cruzándose de brazos y levantando una de sus perfiladísimas cejas.
–No, en realidad, pero guardaba la esperanza de que vosotras me lo dijerais.
–Pues deja de perder el tiempo y corre a por papel y lápiz…
Tardé unos segundos en caer en cuenta. ¿Realmente iban a decírmelo así, sin cobrar y sin mayor ceremonia? ¿O acaso iban a fijar un precio por sus servicios? Cogí lo primero que encontré para apuntar (una servilleta con una mancha de cerveza amarillenta y circular, y un pintalabios que hallé tirado en el suelo del bar hacía semanas) y me preparé para escribir la larga hilera de ceros de la que supuse sería una cifra gigantesca.
PRIMERO: Necesitas hacer algo con tu pelo, ¡urgentemente! El azul es un color novedoso y llamativo, pero te vendría mejor un tono más alegre. Para ser un Hada, hay que sentirse como un Hada –dijo Esmeralda muy risueña.
SEGUNDO: ¿Qué clase de ropa llevas puesta? Debes renovar por completo tu vestuario. Busca prendas coquetas, bisutería, zapatos de tacón, lencería femenina…, y comienza a ahorrar para el vestido de gala. Para ser un Hada hay que parecerlo, y ser un ejemplo de elegancia –señaló Rubí, mientras yo subrayaba las palabras “Pelo” y “Vestido”.
TERCERO: Necesitas un buen par de alas. ¿Te imaginas a un Hada sin ellas? Encuentra un modelo que sea armonioso con la forma de tu cuerpo y de tu rostro. Ni demasiado grandes, ni demasiado pequeñas; el color y el diseño son más importantes que tenerlas de talla 120 –Esmeralda desplegó sus magníficas alas de mariposa color turquesa a modo didáctico–. ¡Para ser un Hada, hay que ser capaz de deslumbrar al público mientras una canta y baila sobre el escenario!
–Y CUARTO, lo más importante: debes visitar al Doctor Unicornio… –y al decir esto, Rubí utilizó su tono de voz más solemne y misterioso.
–¿Quién es el Doctor Unicornio? –pregunté, completamente ignorante de su identidad y de cómo podría ayudarme.
–¿Ni siquiera has oído hablar de él? A veces me sorprende que hayas llegado hasta aquí. Espera; quizás tenga una tarjeta suya… –Rubí rebuscó en su bolso, que parecía un vertedero portátil de pinturas, cremas, cepillos, chicles y pastillas para el dolor de cabeza–. ¡Aquí está! Quédatela, y no tengas miedo en llamarle: es un encanto de persona.
–¡Dile que vas de nuestra parte! –chilló Esmeralda–. Quizás así nos haga un descuento –le dijo luego a su compañera, tapándose los labios para que yo no se los leyera, pero olvidando bajar la voz. Rubí le respondió con pellizco que la hizo chillar aún más.
Entre tanto, leí la tarjeta que tenía en mis manos:

CLÍNICA PERRAULT
Dr. Unicornio
Especialista en
Reasignación de especie
Órganos vestigiales y apéndices metafísicos
Extremidades supernumerarias
Teléfono: 555–345689. Ext. 123”.

–No lo sé… No me gustan demasiado los Médicos, y además me encuentro bien de salud. ¿Por qué debería llamarle?
–Porque él es el único capaz de completar tu transformación, Azul…
–Su rostro será lo último que mires mientras conserves tu forma humana, y también lo primero que verás cuando ya no la tengas.
–Al entrar en su consulta darás un pequeño paso como hombre, pero alzarás el vuelo como una de nosotras (metafóricamente hablando).
–¡Considera esa tarjeta un auténtico tesoro!
Tanto Rubí como Esmeralda añadieron más frases hechas sobre el inconmensurable valor de aquel rectángulo de cartulina y sobre la vasta sapiencia del Doctor Unicornio, pero no me quedé con sus palabras; en ese instante sólo me preocupaba poder controlar el temblor de mi pulso –tan intenso de súbito– y responder con la máxima gratitud a la ayuda recibida de parte de mis Hadas madrinas.
–¡Muchas gracias, chicas! ¡No sé cómo os lo puedo agradecer! –y les extendí de nuevo la bolsa de monedas–. No tengo nada más…
–¿Y qué pretendes hacer con eso? –dijo Rubí, casi indignada.
–Pagar vuestros honorarios. Parte de vuestros honorarios, quiero decir.
–¿De qué hablas?
–Esperad…, ¿de qué habláis vosotras?
–¡Sobre qué piensas hacer con tus ahorros! No alcanza para costearlo todo: vestido, peluquería, alas… ¿Honorarios? Se está burlando de mí, tiene que ser eso –le dijo el Hada colorada a su compañera de verde, y luego se dirigió otra vez a mí dando un manotazo sobre la mesa–. ¿Acaso creíste que íbamos a cobrarte? ¿Por qué clase de harpías nos tomas?
El carácter de Rubí parecía calentarse a cada frase. Afortunadamente, Esmeralda estaba ahí para intervenir y calmarla. Devolvió el hielo que estaba chupando al vaso, tranquilizó al Hada furibunda y deshizo de una vez el enredo:
–Azulito, yo en tu lugar cogería esa bolsa de monedas e iría a por el primer punto de tu lista. Avenida Hoffmann: el sitio se llama Rapunzel’s. ¡Y date prisa, que a las diez de la mañana ya suele estar lleno de clientes!
No pude reprimir mi alegría cuando supe sus verdaderas intenciones, y les di un beso y un abrazo del que no consiguieron zafarse. También besé y abracé a la Cenicero y a Pushkin, que me llenaron respectivamente de polvo y jabón lavaplatos. Salí de El Caldero de Oro y corrí sobre el lomo en espiral de la Travesía del Arcoíris, dando saltos de vez en cuando, con unas cuantas de monedas de oro tintineando en el bolsillo junto a un mapa dibujado con pintalabios, que señalaba la ruta exacta para alcanzar mi sueño.

2 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

:O Doctor Unicornio jajaja

Sigo pendiente y veré que sigue

G. Campanella dijo...

¡El Dr. es lo más!