26 de octubre de 2011

Capítulo XVII (primera parte)


Entramos en la Travesía del Arcoíris y caminamos ceremoniosamente, sin poder apartar la vista de los edificios multicolor que se sucedían a cada lado de esa calle enroscada. Mirase a donde uno mirase, no veía más que un desfile de viviendas de tres o cuatro plantas (como cualquiera del Casco Antiguo, sólo que aún más añejas) que convergían en el horizonte, en un punto hipotético que quedaba siempre oculto por la propia curvatura de la calzada. Arriba, donde debería estar el cielo, seguían colgados los rombos de tela entre los edificios, como si quisieran celebrar un carnaval todos los días, o proteger a los viandantes del sol durante el verano… Pero ni ahora, ni a ninguna hora, ni en ninguna estación del año llegaba la claridad por detrás de los lienzos; tan sólo se adivinaba una negrura indefinida, que bien podría ser del techo de una cueva, del vacío más absoluto, de la noche perpetua, o incluso del extremo opuesto de la calle sobre la que estábamos caminando. Quién sabe.
Como era bastante tarde (al menos para los que transitábamos desde el Mundo exterior), la gente del barrio ya se había desperezado, hacía su vida forzosamente nocturna y llenaba el ambiente de conversaciones, música y risas. ¡El espectáculo aumentaba a cada paso que uno daba! Así, caminando despacio para que los mellizos no se perdieran de nada, tardamos un rato en ver la tibia luz dorada de nuestro destino, colándose a través de rendijas en las ventanas tapiadas, de la puerta abierta de par en par, y del fondo del enorme caldero que yacía en su cama tejas y vigas. Sólo entonces apresuramos la marcha y entramos allí donde se cocinaban las promesas de diversión para toda la Travesía.
Rosa, sin embargo, no vería nada parecido esa noche. Caminaba varios metros por delante de Sinclair, dando patadas al aire, con los puños apretados y dispuestos. El pobre chico la seguía cabizbajo, intentando mantener el ritmo para no perderla de vista.
–¡Rosa, espera! ¿A dónde vas?
–¡A cualquier sitio donde no estés tú! ¡Piérdete!
–Faltan horas hasta que amanezca, y no podrás regresar a Grimm hasta que abran el portón a las seis de la mañana. ¿Por qué no me acompañas a casa? Podrías dormir en mi habitación y yo en el sofá del salón. ¿Qué me dices?
Rosa se detuvo en seco en el Paseo del Río, al final de la calle del Mercado Central; se sentó en un banco con vistas fluviales y no pudo evitar llorar. Estaba embargada por una decepción que se sumaba a las anteriores e incluso las multiplicaba. La súbita aparición de su amigo había tirado por la borda toda esperanza de encontrar la Travesía del Arcoíris esa noche, y quizás para siempre. ¡Todo se había ido al traste!
–¿Qué haces aquí a estas horas, Rosa?
–¡Lo mismo debería preguntarte yo a ti! ¿Qué hacías acosándome? –dijo la chica, secándose las lágrimas con los pliegues de la falda.
–¡No te estaba acosando a ti…!
A Sinclair se le subieron los colores al saber que acababa de delatarse ante su amiga, y al intuir la inevitabilidad de la pregunta que vendría a continuación.
–¿A quién seguías, entonces?
–Aún no estoy seguro, pero debo de haberle confundido contigo…
–Es decir: perseguías a alguien que también se escondía bajo la capucha del uniforme de Grimm –Rosa vio cómo Sinclair intentaba tragar saliva y evitaba su mirada inquisitiva–. Por lo visto, no soy la única a la que le ha dado por fugarse del Campus, ni la única a la que incordias y espantas. ¿Acaso tienes un amor secreto?
–Sí, más o menos… Pero insisto, no pensé que fueras tú, así que no tienes motivos para estar enfadada conmigo.
En cualquier otra circunstancia, aquella respuesta habría tranquilizado a la chica; el saber que Sinclair se había enamorado de alguien más le quitaba un peso de encima, pues sus sentimientos hacia ella eran un secreto a voces desde hacía años… Sin embargo, las palabras de su amigo sonaban falsas, y podrían ser la excusa perfecta para ocultar algo incluso más terrible que el amor no correspondido.
–No te creo –le dijo al chico al fin, intentando desenmascararlo.
–¿Y tú, Rosa? Se supone que deberías estar con el Príncipe –fue el flojo contraataque de Sinclair.
–No quiero hablar de eso, y mucho menos contigo. Eres el único que sabe que no pasó conmigo la última noche que estuve en el hospital…, y quizás tampoco las dos anteriores, ¡así que no pretendas acorralarme! Aunque no seas demasiado listo, ya debes imaginar que las cosas no andan bien entre Iván y yo.
–¿Pero por qué sigues diciendo que él duerme en tu habitación? ¿Utilizas eso como coartada para escapar de Grimm cada noche?
Rosa no dijo nada; estaba indefensa ante su amigo y demasiado cansada como para seguir batallando. Tan sólo le quedaba apelar a su amistad para que no boicoteara aún más su búsqueda de Azul. Aunque mientras pensaba esto, su silencio le sirvió a Emil para confirmar erróneamente aquella hipótesis (si es que un nombre tan grandilocuente podía aplicarse a los pensamientos de Sinclair) de que Rosa también se fugaba de Grimm todas las noches.
–¡Qué ironía! –dijo el chico, resoplando luego por la nariz.
–¿A qué te refieres?
–Nada. No me hagas caso.
–Perdona, pero creo que me debes una explicación. ¡Aún no sé por qué estás aquí, arruinando mis planes! Por tu culpa he perdido una valiosa oportunidad de descubrir quién soy. ¿Tienes idea de lo que has hecho?
–No, desconozco qué se hornea en tu cabeza. Siento mucho si te incordio, pero me prometiste no investigar nada más sobre la historia de tu adopción…, y sospecho que te dedicas a eso por las noches, si no a cosas peores.
–¡Por supuesto que no! Es más, acabo de pasar frente al taller de Geppetto y seguí de largo… Ni siquiera pensé en bajar del autobús y verle.
–Entonces ¿qué haces en la calle a estas horas? ¿A quién buscas?
–¡A Azul, maldita sea! –confesó Rosa gritos, pensando que así le sería más fácil.
Sinclair meditó durante unos minutos, mordiéndose la lengua y entrecerrando los ojos. Rosa se preguntaba si estaría luchando consigo mismo para no descubrirla ante el Rector e impedir que siguiera exponiéndose a incontables peligros, o si estaría pensando en ayudarla, y en alguna manera de encontrar al chico-Hada que a ella no se le hubiera ocurrido; tan profunda era la concentración que veía en la expresión de su amigo.
Emil habló por fin y la sacó de dudas:
–¡Ya entiendo! Quieres encontrarlo porque él es capaz de adivinar el signo de las personas sólo con mirarlas, ¿no es eso?
–¡Pues claro, so memo!
–Pero es imposible llegar a la Travesía del Arcoíris si no es de la mano de alguien que ya haya estado allí. ¿Has probado ir al piso de Bella McCartney y sus hijos?
–De allí vengo. Se han mudado, y creo que ahora viven en El Caldero de Oro.
–Qué mala suerte… ¿Y has pensado en pillar a Azul o a la Cenicero cuando recojan a los niños a la salida del colegio? Si es que siguen asistiendo a clases, por supuesto.
–Salen una hora antes que nosotros; además, no sé qué cara tienen…
–Cierto. Pues no se me ocurre qué otra cosa puedes hacer.
–A mí sí: intentar encontrar la entrada a la calle otra vez. ¡Aún queda tiempo antes de que amanezca! Y ahora que sabes mi secreto, bien podrías ser mi cómplice.
–No Rosa, mejor vayamos a mi casa. Es casi media noche –dijo Sinclair en tono suplicante–; convéncete de que es imposible hallarla. ¡Yo también lo he intentado!
–¿Cómo que lo has intentado? Bueno, da igual, tú sabrás en qué gastar tu tiempo libre… ¿Que vaya a tu casa? ¿Estás chalado? Prefiero quedarme aquí sola, recorriendo una y otra vez la calle del Mercado Central –la chica intentó poner una voz quebradiza para hablar a continuación–: ¡Con la hora que es, y lo peligroso que es el Casco Antiguo! Veo que serías capaz de irte, porque mis problemas te traen sin cuidado…
–No es eso. Me encantaría ayudarte, Rosa, aunque fuese en vano. Pero aún si lo logramos y llegamos a El Caldero de Oro, quizás encuentres allí algo que no te guste, ¡y acabas de salir del hospital! Estás demasiado débil como para recibir otro tortazo anímico.
–Vamos a ver: ¿qué es eso que podría disgustarme tanto? ¿Acaso sabes algo que no te atreves a decir, mal amigo?
–Lo diré cuando esté seguro. Ahora vayamos a mi casa, por favor…
La mirada de cachorro de Sinclair (que sólo empleaba en ocasiones de extrema necesidad) persuadió finalmente a Rosa, que aceptó dormir en su casa siempre y cuando fuese ella quien se quedara en el sofá. Continuar la búsqueda esa noche –teniéndole de lastre, más que de secuaz– habría sido estúpido; además, durante el trayecto se le ocurrió una razón adicional para aceptar la invitación, y no tardó en comenzar sentirse más cómoda con la decisión que había tomado. Su estancia en la residencia de los Sinclair podría resultarle muy provechosa a la mañana siguiente…
Caminaron en silencio a lo largo del Paseo del Río hasta el Puente del Rey, donde el padre de Emil tenía su restaurante. Todos los edificios construidos sobre las vías que cruzaban el Río entre el Casco Antiguo y el Ensanche habían sido demolidos por una ordenanza municipal que los consideró peligrosos; sin embargo, la casa de tres niveles donde vivían ellos (y en cuya planta baja se situaba el local) se conservó por tener valor turístico, y una bonita terraza donde los políticos acostumbraban cenar. Ya despejada de sus maquinaciones, Rosa imaginó a Sinclair subiendo todas las mañanas en el autobús escolar que lo llevaba a Grimm, y pensó que el conductor del vehículo debía ser muy hábil para conseguir meter aquella mole amarilla en un puente tan estrecho.
Los padres de Emil estaban trabajando en el negocio familiar cuando llegaron a su casa, así que Rosa pudo acomodarse con total tranquilidad en uno de los sofás del salón en la primera planta. Mientras tanto, su amigo fue a la cocina para advertir al Chef de la inesperada visita. Regresó sonriente y con un plato de Crujiente de pato con mermelada de arándanos y puré de calabazas que Rosa devoró con avidez.
–¡Está riquísimo! Muchas gracias, Sinclair. Felicita a tu padre de mi parte, y dile que es un Cocinero estupendo.
–También te he traído manta y linterna, por si quieres leer un rato antes de dormir.
–Gracias, Emil…
–Me alegra que estés aquí, ¡y descuida, no diré nada a nadie! Es más, a partir de mañana te ayudaré a buscar a Azul. Se me ocurrirá un plan, ya lo verás; no se cómo, pero la encontraremos y le obligaremos a decirte cuál es tu signo. ¡Ya me gustaría saber si eres compatible conmigo! Quiero decir, por curiosidad, porque no todos los signos del Zodíaco congenian… Algunos son como la leche y el zumo de limón; aunque para hacer pie hay que mezclarlos y añadir mucha azúcar, y clara de huevo, porque…
Rosa sintió ganas de darle un largo abrazo al ver cómo se ponía colorado y tartamudeaba, pero dada la situación, aquello habría inducido a más enredos. Se limitó a sonreírle, a afirmar con la cabeza, y a despedirse de él con un gesto adusto antes de cubrirse completamente con la manta y encender la linterna. Se imaginó a sí misma de acampada –algo que jamás había hecho, pero que suponía tan incómodo como dormir en el sofá de una casa extraña–, recuperando energías para reemprender la aventura al día siguiente, y documentándose sobre la peculiar fauna de un lugar que, tarde o temprano, acabaría por explorar…

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