29 de octubre de 2011

Capítulo XVIII (primera parte)


A las 6:05am, un enorme autobús amarillo con el emblema de Grimm pintado en los laterales entró en el Puente del Rey, maniobrando lentamente para no chocar contra ninguno de los muros del edificio construido sobre él. Las mesas y sillas de la terraza ya estaban recogidas, y en ese pequeño patio con vistas al Río esperaron, ateridos de frío, Rosa y Sinclair antes de subir al vehículo.
Emil no tuvo problemas para convencer a Rosa de subir con él al autobús: durante el desayuno –en el cual comieron delicia de chocolate con mantequilla de nueces– le explicó que casi siempre iba medio vacío, porque la práctica totalidad de los alumnos de Grimm vivían internados en la Residencia, y del resto eran pocos los que necesitaban recurrir al transporte escolar; así pues, nadie la incordiaría con preguntas sobre dónde había pasado la noche al menos hasta llegar a la Academia.
El Conductor tampoco puso trabas a Rosa para subir al autobús; tan sólo le pidió que le enseñase el carné estudiantil. A fin de cuentas, los alumnos solían reunirse en época de exámenes para estudiar, y cuando tocaba hacerlo en casa de un compañero que vivía fuera del Campus, lo más normal era que sus compañeros pasaran allí la noche. Eso sí; aquellos dos debían ser estudiantes muy aplicados, pues apenas acababa de comenzar el año escolar y ya estaban preparándose para la primera evaluación. Y de los dos, la chica de pelo rosa seguramente obtendría las mejores calificaciones, pues no soltaba en ningún momento su pesado libro de Astrología; ni siquiera apartó la vista del texto cuando el transporte escolar dio botes a causa del empedrado de alguna calle.
La Cenicero bajó de la primera…
“Espero no marearme, o vomitaré el desayuno encima de Sinclair” –se dijo Rosa, conteniendo la respiración. “¿Por dónde iba? Ah sí, la Cenicero bajó de la primera…”
…planta cuando se despertó de su siesta; se había quedado dormida con los mellizos, mientras esperaba a que conciliaran el sueño en su primera noche fuera de casa. Los clientes ya se habían marchado, Pushkin dormitaba a ratos en medio de su programa de radio, y yo estaba acabando con la limpieza del bar. Al ver que Rubí y Esmeralda no estaban (pues se fueron a repartir propaganda en la calle del Mercado Central), mi amiga aprovechó para interrogarme y saber qué tal había ido nuestra conversación.
–Azulito, ¿preguntaste si los mellizos podían quedarse en las habitaciones de arriba?
–¡Buenos días! Menuda siesta te has echado; se ve que la necesitabas. Sí, hablé con ellas.
–Lo siento, estaba tan cansada… –algo que confirmó con un larguísimo bostezo–. ¿Y?
–Descuida, recuerda que son Hadas; ¿cómo van a negarle un deseo a su mayor fan? Dijeron que no había problema, aunque yo sigo pensando que esto sólo debería ser un arreglo provisional. Oye, ¿cómo son sus habitaciones? ¡Tengo curiosidad!
–La de Rubí está repleta de fotos suyas y de sus actuaciones. Tiene un ropero gigantesco, y es imposible caminar sin tropezar con cientos de pares de zapatos. Por otra parte, Esmeralda cultiva cualquier matojo en su habitación, por horrible que sea; tiene al menos ocho tiestos con plantas de interior luchando entre sí por el poco espacio que queda. Bueno, y espera, que casi olvido lo mejor: estando allí, hemos comenzado a escuchar maullidos. Resulta que bajo su cama guarda varias de cajas de zapatos (supongo que se las proveerá Rubí) donde esconde una mugrienta colección de animales que recoge de la calle; gatitos, cachorros, gorriones, salamandras, hámsteres, ratas, ratones, ¡de todo!
–¡Qué asco! ¡Tal y como me lo imaginaba!
–¿Te repugnan los bichos? Pues fíjate, los niños se han peleado por decidir quién dormiría primero en la habitación de Esmeralda, y al final se han quedado allí los dos; creo que les hace gracia la idea vivir en un pequeño zoológico. Tendré que comprar champú antipiojos y algún pesticida potente.
–Por cierto, no te he preguntado cómo te fue ayer con tu Sapito…
–¡Ah, de mil maravillas! Es tan tierno e inteligente… ¡La de cosas que sabe hacer para lo joven que es! Pero no me apetece hablar de ello ahora. Estoy preocupada, Azulão, ¿dónde voy a verle ahora que nos hemos mudado aquí? En su casa es imposible; según me cuenta, su padre es un déspota y se la tiene jurada. Tampoco me parece bien utilizar el piso de Bella como picadero, así que tendré que traerlo aquí, ¡esto no tiene otro arreglo!
–Bueno, si confías en él…, invítalo a venir a la Travesía.
–¡Ya hemos llegado!
Rosa levantó la vista y vio que el autobús aparcaba frente al portón de la Academia Grimmoire. Bajaron lentamente, en fila india y sin hacer ruido, como si las normas del Manual radiasen de entre las rejas y también tuvieran efecto sobre unos pocos metros de la vía pública, fuera del Campus.
–Oye Rosa, si lo prefieres, me retrasaré a propósito e iré de último en la fila. Supongo que ya es bastante extraño que te vean llegar en autobús, como para que además se den cuenta de que vienes conmigo…
–¡No digas tonterías, Sinclair! He pasado la noche en tu casa; hemos cenado y desayunado juntos... No voy a despreciar tu compañía ahora sólo por el qué dirán.
Sinclair sonrió, y de haber tenido cola, la habría meneado de un lado al otro como el perro más feliz del Mundo. No sospechaba que Rosa había meditado ya sobre la posibilidad de que les viesen llegar juntos y los problemas que esto podría acarrear. Sin embargo, eso era precisamente lo que buscaba: comprobar si el Príncipe era capaz de sentir algo parecido a los celos (y por tanto, al amor), después de que el rumor sobre su traicionero arribo con Sinclair se extendiera por todo el Campus.
Los alumnos fueron entrando de uno en uno en Grimm, enseñando sus carnés estudiantiles al Monitor apostado en la puerta. Si Rosa hubiera estado menos atenta a sus pérfidas estrategias, se habría dado cuenta de que dos mellizos pelirrojos habían subido en el mismo autobús escolar que ella hacía apenas dos paradas. Pero no se fijó en ellos entonces, ni tampoco cuando coincidieron frente al Monitor a las puertas de Grimm, pues había entonces una nueva y poderosa distracción: la Tendera que le sonreía tras un puesto ambulante de tartas. El olor de bollería recién hecha flotaba en el aire, y si no fuera porque acababa de desayunar, porque el viaje en autobús no había sido precisamente placentero y porque ya no le quedaba dinero, se habría escapado de la fila unos instantes para comprar cualquiera de aquellos dulces.
–¡Allí está esa bruja otra vez! –gruñó Sinclair–. ¡Por su culpa ya nadie toma el postre en el restaurante de mi padre!
–Nunca la había visto por aquí…, aunque claro, tampoco es que salga mucho de la Academia. ¿Ha estado siempre ahí, vendiendo brioches y tartas?
–Lleva unos meses sin apartarse del portón en el horario escolar. Además, ha abierto una pequeña pastelería en el Paseo del Río que atiende personalmente todas las tardes y noches. ¡Y lo peor es que es una Repostera excepcional!
–Eso parece, al menos por el aroma. Ya probaré algo horneado por ella.
–¡Pero si ya lo has hecho! El Príncipe le encargó tu tarta de no-cumpleaños.
Rosa se alejó de fila (poniendo en peligro su exactitud cronometrada, que debía llevarla hasta el aula justo a tiempo para entrar, sentarse y abrir el libro de texto sobre su mesa) y fue hacia el puesto de la Vendedora ambulante para echar un vistazo de cerca. Sinclair, muy nervioso, la siguió; a él sí seguía preocupándole la posibilidad de que los expulsaran a ambos por llegar tarde a clase.
–¿Qué te apetece, querida? –preguntó la Tendera, muy amable.
–¡Ya pedirá algo cuando se le antoje! –chilló Sinclair, al tiempo que cogía a Rosa de la manga y tiraba con fuerza.
–Vaya, si eres tú otra vez… –Emil le sacó la lengua en respuesta, tal y como acostumbraba a hacer siempre que se topaba con ella–. ¿Y quién es tu amiga, o acaso no piensas presentármela? Jamás te había visto por aquí –le dijo la simpática Señora a Rosa, desistiendo de cualquier intermediación en la conversación.
–Vivo de interna en la Residencia –respondió la chica sin apartar la vista del escaparate de bollos, cada uno con una forma y un color peculiar, pero todos igualmente apetitosos–. Por eso jamás me ha visto a estas horas.
–¿Sabes? Tienes un cabello muy… interesante. ¿Es natural?
Sinclair rió de manera exagerada, burlándose de las palabras de la Repostera.
–¿Acaso se ha visto que alguien nazca con el pelo de un color tan original?
–¡Estoy hablando con tu amiga, maleducado! Escucha, niña, llévate un trozo de tarta, ¡el que quieras! Con la condición de que vuelvas aquí siempre que te apetezca…
–No soy una niña. Y gracias por el detalle, pero ya he desayunado.
Dicho esto, Rosa y Sinclair dieron media vuelta y regresaron al final de la fila india. Entraron en Grimm justo antes de que se cerrara el portón tras ellos.
–¡Espera! ¡Dime al menos cómo te llamas! –gritó la Vendedora al otro lado de la verja.
Los chicos se dieron media vuelta y le hicieron un gesto obsceno (Sinclair se habría limitado a sacarle la lengua nuevamente, pero se sentía envalentonado en compañía de Rosa). Durante todo el camino hasta el aula de clase, estuvieron riéndose de aquella extraña mujer que regalaba tartas en lugar de venderlas, que confundía el rosa con el rubio o el castaño, y que se preocupaba por saber el nombre de sus clientes, ¡como si aquello importase, por todos los Astros!

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