25 de noviembre de 2011

Capítulo XXVI (cuarta parte)


De nuevo en el bar, en la misma mesa donde Hansel y Gretel acababan de zaparse el último trozo de la tarta, Aurora pudo terminar de explicar la historia del nacimiento de Rosa a sus dos hijas y dar paso a la sección de preguntas.
–Veamos si lo he entendido: Resulta que me he creído huérfana durante años porque mis padres temían que naciera con el cabello azul, o con cualquier otra tara. Sin embargo, aún después de comprobar que era una niña normal y blonda, me desecharon.
–¡Esa es una palabra terrible, y tan lejos de la realidad! Querida, tu Padre estaba aterrorizado. Dijo que a los recién nacidos suele caérsele el pelo con el que llegan al Mundo, y temía que al volver a salirte ya no fuese rubio sino de un color más peculiar. Él no podía o no quería correr riesgos, porque la crianza de Céfiro estaba siendo demasiado complicada y nuestra familia corría peligro de desmoronarse.
Azul apartó la mirada al escuchar a su Madre hablar por primera vez de lo duro que había sido convivir con un niño-Hada, pero como no quería restarle protagonismo a Rosa, disimuló lo mejor que pudo la tristeza que sintió al oír esas palabras.
–Sé que no es una excusa, pero fueron nueve meses muy extraños. Incluso el recuerdo que guardo del embarazo es borroso, como si no hubiera cuajado en mi memoria. Entiéndeme; yo me moría de ganas por regresar a casa con Céfiro, y tu Padre estaba decidido a no tener más hijos desde un primer momento. Al final sólo conseguí convencerle de tenerte bajo la condición de entregarte en adopción el mismo día de tu nacimiento, sin importar que fueses rubia, morena o pelirroja.
–Por cierto, ¿qué día nació Rosa? ¡Pero dímelo en secreto! –Azul acercó la oreja a su Madre, quien le dijo la fecha en voz baja y procurando que nadie le leyera los labios.
–¡Decidlo en voz alta, que necesito saberlo! –chilló la chica con la potencia combinada de su garganta y sus pulmones. Sinclair, que pese a estar sentado en otra mesa tenía el oído puesto en aquella conversación, pensó que la familia de Rosa era tanto o más cruel que ella. En su humilde opinión, nadie podía quitarle el derecho a saber en qué día nació, ni siquiera con la excusa de que no saberlo la haría más libre de lo que nadie había sido jamás.
–¿En serio? Pues no lo parece –dijo Azul, que volvió a repasar a su hermana para comprobar que no encajaba por completo con las características de su supuesto signo.
–No sabes lo doloroso que fue desprenderme de ti, Rosa –le dijo Aurora intentando retomar su historia–. Y es que no sólo eras una niña normal y sana, sin desmerecer lo presente –Azul tuvo que redoblar su disimulo tras aquel sutil agravio de su Madre–, sino un bebé precioso, con rizos dorados y unos ojos verdes que irradiaban serenidad.
La mirada de Rosa distaba mucho de ser serena en la actualidad. No era dulce, ni amable, ni inocente. Todos pensaron lo mismo, pero nadie se atrevió a decirlo.
–Que nadie me venga con zalamerías a estas alturas. ¿Tenéis idea del daño que me habéis hecho al abandonarme en Grimm sin una Carta Astral? ¡Y esto me resulta aún más incomprensible ahora que sé que mi Padre y mi hermano eran Astrólogos, y nada les hubiera costado escribirla! –Los músculos le temblaban a la chica; en parte por el agotamiento, y en parte por unas ganas tremendas de salir corriendo de allí.
–No culpes a Azul: él ni siquiera supo de tu existencia hasta hoy. Y tu Padre, bueno, supongo que con las prisas… O quizás sea parte de su carácter; ¡con decirte que no me dejó ponerte nombre, y que tampoco quiso hacerlo él! Estaba convencido de que así sería más fácil entregarte a la Academia Grimmoire.
Rosa pensó fugazmente en Gato. Ella tampoco había querido ponerle nombre para no sentir que era de su propiedad, para no encariñarse tanto y para no sufrir si algún día no regresaba. “¡Pero yo no soy un gato!” se dijo, e inmediatamente imaginó la respuesta que le habría dado su mejor amigo de estar allí presente: “Y aunque me vistas con camisa, pañuelo y botas, yo no soy un ser humano…, pero me quieres como si fuera parte de tu familia”.
Resultó que, si fuera capaz de hablar, el felino tendría razón…, ¿o acaso Rosa habría sido verdaderamente un miembro más de la familia Celeste si Astreo le hubiesen dado un nombre y un signo zodiacal? La chica observó a aquellos dos parientes recién descubiertos al otro lado del tablón de madera, y se preguntó qué clase de amor podría sentir por ellos. ¿Llegaría a quererles tanto como a Gato: ese animalito sin nombre al que había acariciado durante incontables veladas insomnes? No se sentía capaz de pensar en Aurora sino como en una abuela que se entretenía haciendo pasteles, mientras buscaba a su hijo perdido y huía de un marido imbécil. Y en cuanto a Azul… En fin, a él no es que no le quisiera: incluso había llegado a odiarlo profundamente. Y a destrozarle su sueño. Y a tenderle una trampa que lo enviaría entre rejas.
Fue entonces cuando se produjo el primer chispazo. Imaginó a Azul siendo arrestado gracias a su denuncia. Pudo prever el sufrimiento de Aurora y de Astreo, y pronosticar el triste final que tendría la historia de alguien que simplemente había intentado realizarse a sí misma; la conclusión de unas memorias que no servirían para recordarle, sino para borrarle de la faz de la Tierra. Ese libro, El Blues del Hada Azul, las había hermanado…, y ella, a cambio, lo había utilizado para condenarla.
Rosa se había preocupado de tener testigos y una coartada. Había borrado su rastro con esmero, y utilizado a Sinclair para hacer el trabajo sucio cuando su venganza así lo ameritaba. Pero de nada serviría ahora todo aquello, ¡pues Azul era realmente su hermana! ¿Acaso la Guardia Real no ataría cabos después de que trascendiera lo descubierto en esta velada? Si la Familia Celeste se hundía en la miseria, también la arrastrarían al abismo a ella: ¡les unía un vínculo de sangre!
–Creo que he hecho algo muy malo –dijo Rosa, que parecía ausente desde hacía un minuto pese a tener los ojos abiertos.
–¿Algo malo? –preguntó Aurora, creyendo imposible que aquel ángel de mirada feroz fuese capaz de cometer ninguna fechoría.
–Corrijo: algo muy, muy, muy malo…

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