25 de noviembre de 2011

Capítulo XXVI (primera parte)


Azul llegó al taller de Geppetto sin aliento, y cuando se suponía que las tiendas aún debían de estar abiertas; la del Titiritero, sin embargo, tenía puesto el cartel de “Cerrado”. Nadie contestó a sus insistentes llamadas al timbre, y después de unos minutos tuvo que darse por vencida. “¿Dónde estarán Hansel y Gretel? ¿Con la Cenicero, quizás? ¿O se habrán ido con Geppetto a buscar a su madre a la Clínica?”. En cualquier caso, lo mejor será que yo también coja un tren al hospital”.
“Sin embargo, ¿qué pasaría si nos cruzamos en el camino? Debo dejar el dinero aquí para que Geppetto pueda cogerlo tan pronto vuelva a casa; ¡con un poco de suerte, aún estará a tiempo de comprar el billete de avión rumbo a Evenkia!”. Azul, que había comenzado a correr a la boca de metro más cercana, frenó en seco y regresó sobre sus pasos al taller.
Empujó todas las ventanas de la fachada hasta que encontró entreabierta la que llevaba a la habitación donde dormían Gretel y Hansel. Agradeció entonces el no llevar encima toda su indumentaria, porque aquel allanamiento de morada sería sido impropio de un Hada (exceptuando, quizás, a la de los Dientes) y habría podido dañar su vestido de gala o sus delicadas alas en la peripecia.
Como estaba muy delgada, no tuvo problemas para colarse sutilmente por una rendija, pero calculó mal el aterrizaje y éste fue menos glamoroso. Se levantó del suelo llena de un polvillo marrón de pies a cabeza, y sólo entonces comprobó que los mellizos no exageraban sus historias. Según ellos, el serrín era omnipresente en aquella casa; se colaba en cualquier grieta u orificio al menor descuido, y tarde o temprano todo acababa lleno de pequeñas virutas de madera: la nariz, los cereales del desayuno, los zapatos del uniforme y hasta el agua de la pecera. Además, Azul pudo comprobar que la Cenicero tampoco se esmeraba demasiado con la limpieza de la casa, tal y como había prometido hacer a cambio de alojamiento.
Cuando acabó de sacudirse el polvo, fue hacia la tienda y buscó algún sitio seguro donde esconder el dinero, así como una nota que dejaría en un lugar visible, en la cual pediría disculpas al Titiritero por su egoísmo y le daría pistas para encontrar el botín.
“Vaya con el olor a pintura… ¡Esto no puede hacerle bien a nadie!”. Azul se tapó la nariz para evitar salir de allí mareada y enterró las bolsas de dinero en una montaña de juguetes. Luego escribió la nota y la dejó sobre el recibidor; se escurrió de nuevo por la ventana (esta vez con más gracilidad) y respiró unas cuantas bocanadas de aire puro antes de ponerse en marcha al hospital.
Sólo entonces cayó en cuenta de que tendría que haber apartado al menos unas monedas de su pequeño tesoro: y es que si cogía el ferrocarril, el camino hasta la Clínica le llevaría al menos una hora, mientras que en taxi podría haber llegado en la mitad del tiempo. “Mejor será que no lo piense más y me ponga en marcha aunque sea a pie, o no llegaré puntualmente al espectáculo y el jefe se enfadará”.
Quizás a Azul le habría tranquilizado el saber que Pushkin acababa de quedarse inconsciente en ese instante, o que en cuestión de minutos sus compañeras se verían involucradas en un peligroso secuestro; la duda, en el caso de Rubí y de Esmeralda, no era tanto si regresarían a tiempo para actuar en el show de El Caldero de Oro, como si volvería a vérseles con vida alguna vez.
Ajena al disparate en el que se habían visto envueltas las otras dos Hadas, Azul llegó al hospital, tal y como previó, más de una hora después. Corrió directamente a Rehabilitación, en el ala este, y preguntó entre jadeos por Bella McCartney.
–Esta es la segunda vez que vienen buscando a la Señora McCartney en lo que va de tarde. Ya le hemos explicado al hombre de gafas y bigote que debe tratarse de un error, porque el alta de la paciente aún no tiene fecha –dijo una Enfermera malencarada.
–¡Pero si hemos recibido una carta diciendo que teníamos que venir a recogerla, porque estaba previsto que hoy…!
–Escuche, Señor…
–Señorita –le corrigió Azul.
La Enfermera se acomodó bien las gafas sobre la nariz, pero no vio motivos para cambiar de parecer respecto al género de su interlocutor.
–Escuche, “Señorito”: no es necesario que repita de nuevo el contenido de esa supuesta carta, pues nos la sabemos de memoria. Su amigo se tomó la molestia de leérnosla unas cuantas veces antes de tirar la toalla y marcharse. La Señora McCartney aún no está preparada para abandonar nuestra institución.
–¿Pero por qué no podéis darle el alta aún? ¿Acaso ha tenido una recaída?– Azul se dio cuenta de que hacía semanas que no hablaba con Bella por teléfono; la cercanía de la operación y de Sapito, y la coincidencia con los preparativos del último espectáculo de la temporada habían absorbido por completo su atención.
–Venga otro día en el horario de visitas reglamentario y averígüelo usted mismo.
–Es que la carta decía que su estado de salud era frágil…
–¿De nuevo con lo mismo? Le repito que esa misiva es completamente falsa. Un timo, o una broma de mal gusto, quizás. Piénselo, si su estado de salud fuese frágil, ¿por qué le daríamos el alta médica?
–Es decir: como no se la dais, ¿debo suponer que su salud es realmente delicada?
La inagotable insistencia de Azul obligó a la Enfermera a quitarse las gafas, a dejar a un lado su revista de Cuentos de Hadas, y a presionarse con fuerza el entrecejo entre los dedos pulgar e índice para detener la incipiente migraña.
–La paciente está bien. Ahora, le ruego que se vaya…
–Si la paciente está bien, ¿entonces por qué no le dais el alta? –La mujer pareció desquiciarse tras escuchar esa nueva vuelta de tuerca, y el Hada aprovechó la debilidad de su contrincante para asestarle el golpe de gracia–. Quizás sólo queréis exprimirle unas cuantas monedas más, haciéndole creer que aún necesita estar aquí. ¡Sólo sois una panda de charlatanes!
–Y usted debe ser el peor de los amigos de la paciente, ya que ni siquiera sabe cómo se encuentra.
–¡Claro que soy su amiga, maleducada! Qué contraataque tan ruin…
Azul se dio media vuelta y salió de allí furiosa, pero antes de abandonar el hospital pasó por Recepción y pidió hablar con el Doctor Unicornio a través del interfono. Mientras esperaba, no pudo evitar fijarse en el largo ventanal de la Maternidad, convenientemente situado cerca de la entrada principal para que sirviera como escaparte publicitario; y es que la Clínica Perrault era bien conocida por sus partos programados, que permitían a los futuros padres adelantarlo o retrasarlo unas semanas (incluso meses, si eran ciertos los rumores) para que su retoño naciera con un signo propicio.
A Azul le desagradó descubrir a un diminuto bebé, apenas sietemesino, que sobrevivía gracias a un respirador artificial en una de las incubadoras que abarrotaban la Maternidad. “¡Qué absurdo se ha vuelto este Mundo enfermo de supercherías!”.
–Tanto el Doctor Unicornio como su Secretaria se han marchado ya –dijo el Recepcionista, atrayendo de nuevo su atención–. Si quiere, puede dejarle un recado.
–Sí; dígale que la operación de reasignación de especie que tenía prevista para mañana ha sido anulada por la propia paciente.
–Entiendo. ¿Y cuál es el motivo de la cancelación?
Azul meditó durante unos segundos. “El Recepcionista debe pensar que me he asustado en el último minuto. Y no le faltará razón, aunque realmente hago esto por Geppetto…, o quizás porque esta Clínica se dedica a saquear a sus pacientes y a no soltarlos hasta que no se han dejado aquí el último céntimo. O tal vez porque me siento culpable después de haber descuidado a mis amigos. O a lo mejor porque sólo me interesaba cumplir mi sueño, y eso me estaba convirtiendo en una persona egoísta. O quizás lo hago por Sapito, para descubrir si es capaz de quererme a pesar de no ser un Hada de verdad. ¡El caso es que ya no sé por qué estoy abandonando mi sueño!”.
Forzó una sonrisa y se fue de allí sin decir nada más..., y en la hora de camino que le esperaba para regresar al centro de la Capital le arrolló la depresión como un tren que, en vez de llevarle dentro, le estuviera pasando por encima. “¿Cómo es posible que todo se haya venido abajo cuando sólo faltaban unas pocas horas para mi gran día? ¿Y quién podría ser tan cruel como para gastar a los mellizos y a Geppetto una broma así?”.

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