25 de noviembre de 2011

Capítulo XXVI (tercera parte)


Así que ahora tenemos en la misma mesa a todos los miembros de la familia Celeste. Ya han acabado los gritos, reproches y explicaciones iniciales, y los cuatro han conseguido sentarse (sin volcar las sillas antes) para ponerse al día de su existencia.
Rosa lo observa y escucha todo; su cerebro hace el duro trabajo interpretar y archivar cada palabra y gesto, pero su consciencia está lejos de ahí, flotando sobre El Caldero de Oro y asistiendo a la gran revelación como si fuera parte del público de una obra de teatro. De teatro de marionetas, si queremos precisar.
Arriba, escondido en la negrura del caldero, supuso estaría el Supremo Autor, manejando los hilos invisibles de la voluntad de cada personaje mientras que abajo, sobre las tablas, se representaba el drama o la comedia de su antojo. Rosa puede recrear ahora todo su pasado mientras que Aurora, ¡su Madre!, lo recita con narrativa algo torpe. Pero lo que más le interesa a la chica no es la versión oficial de la historia, sino esos pequeños detalles que se le habían escapado: las cosas ocurridas entre bastidores. La tramoya ya no oculta secretos, y Rosa puede estudiarlos tanto como desee.
La primera escena inédita salta en la habitación de Aurora y Astreo, en una Mansión de la Campiña en la que Rosa no ha estado jamás. Los esposos discuten acerca de la educación de su hijo Céfiro; la mujer pierde los nervios, avisa de su segundo embarazo y el marido le dice que no quiere tener al bebé. Ella suplica primero y reclama después; al final le convence de cambiar de aires durante un tiempo e ir a la Capital, donde decidirán qué hacer con el recién nacido cuando llegue el momento. La pareja hace las maletas, se marchan de casa y la marioneta de Azul se queda sola en el decorado, con un trozo de tarta entre sus manoplas de madera.
El atrezzo cambia ahora; caen paredes de cartulina y se levantan muros de papel maché. Estamos en Heliópolis, donde Aurora y Astreo Celeste son padres de una niña que nace con el pelo rubio y no azul; aún así, ya está decidida su entrega a la costosísima Academia Grimmoire, que promete hacerse cargo de ella hasta que cumpla la mayoría de edad. El títere de la Madre patalea, pero abandona a la bebé marioneta sin darle un nombre siquiera. Y regresa abatida a la Campiña con el fantoche paterno: el Astrólogo al que tanto costó redactar una Carta a la pequeña, así fuera de despedida.
Luego pasan los años, tan velozmente como se suceden los decorados. El títere de Ricitos ha salido a escena para protagonizar su desastroso encuentro con los Tres Osos y ya vuelve exhausta a la Academia de cartón-piedra. La niña está cambiada, como si hubiera perdido parte de su vitalidad; ahora sabe que hay normas, y que uno debe acatarlas si se quiere evitar tristezas, abandonos y adopciones fallidas. Si tan sólo conociera su signo y futura profesión, y tuviera por donde empezar a edificar el orden… Pero está perdida y sola; incluso furiosa, aunque no grita. Está tristísima, y aún así, a veces sonríe. Ya ni siquiera se llama Ricitos: ahora todos la conocen como Rosa.
La niña pronto lo olvida todo, pero los Tres Osos la recordarán siempre, cada cual a su manera: Klaus el que más, pues decide enviarle regalos por Navidad a ella y a todos los huérfanos de la Capital. Pushkin aborrece su estampa, que evoca infernalmente cada vez que le vence el sueño o se encuentra con un niño en la calle; la solución que encontrará será encerrarse, al igual que Geppetto, el último oso…, sólo que el claustro de éste no será físico sino mental. La depresión embarga durante años al Titiritero, y su sueño de ser padre queda enterrado en un baúl de malos recuerdos.
Aurora tampoco olvida a Ricitos, aunque la complicada adolescencia de Azul la distrae de su reciente maternidad. Pero cuando su hijo se marcha a la Capital y ella se ve sola –con Astreo, es decir, doblemente sola–, el anhelo de tener cerca a sus retoños la arrastra a la Ciudad del Sol, y a hacer cuanto esté en sus manos para reunirlos por vez primera. Abrirá una pastelería como medio de subsistencia, madrugará todos los días en el portón de Grimm con su puesto de tartas, llamará a cuanto programa de radio pueda ofrecerle una pista, y recorrerá una y otra vez la calle del Mercado Central en busca de la Travesía del Arcoíris y de El Caldero de Oro FM. ¡Cómo iba a imaginar que Azul ya no salía de allí más que de madrugada, o que el pastel encargado por el Príncipe Iván era precisamente para su hija perdida!
Mas no tendría que alegrarse del encargo Real, pues desconoce las verdaderas intenciones del futuro Monarca y de su regalo. Iván lleva meses avocado a ganar su competición contra el Príncipe Igor, y para conseguirlo ha de engañar a un tiempo a Rosa, Azul y la Cenicero. El estricto ambiente de la Academia Grimmoire no ha hecho mella en su carácter, como preveía el Rey, y las fechorías del chico van en aumento. Fiestas de no-cumpleaños, noviazgos falsos, frascos de “Z” y todo cuanto haga falta para escapar de Grimm de noche pasará a formar parte de su repertorio de engaños.
Pero llega un día en que éstas caen por su propio peso. Sinclair, su fiel lacayo, se subleva al mando y comienza a perseguirle. Rosa descubre sus tretas e incluso saca provecho de ellas. La Cenicero se entera de la verdad y se lanza a la vivisección de su Sapito, y Azul asiste perpleja al relato de su Madre, boquiabierta y con las piernas cruzadas por debajo de la mesa. ¿Qué hacer en una situación así?, se pregunta la chica de pelo rosa (o mejor dicho, la consciencia que flota sobre el escenario y se ve a sí misma en tercera persona). ¿Morder, destrozar? ¿Pellizcarse el brazo para despertar? ¿Venirse abajo como un meteoro apocalíptico y acabar con la humanidad?
–Hijita, quizás deberías reconsiderar el color de tu cabello. Es demasiado moderno… ¡Con lo bonito que era su tono natural! –Astreo miró despectivamente el rosa chicle que adornaba la cabeza de su recién reencontrada hija y arrugó la nariz.
–Oiga abuelo, acabo de conocerle. Se está tomando demasiadas libertades conmigo.
–¡No soy tu abuelo, soy tu Padre!
–¿Acaso pretende que le llame así después de la historia que acaba de contar su mujer?
–Pero ¿cómo te atreves a hablarme de ese modo, jovencita? ¿Sabes quién ha pagado año tras año la matrícula de la Academia Grimmoire? ¿Tienes idea de cuántas Cartas Astrales hay que hacer para…?
–¿Y ahora me lo piensa echar en cara? Esto es increíble…
El hombre se levantó de la silla, ofendidísimo, mientras que Azul estallaba en aplausos. ¡Qué fácil le había resultado a Rosa encarar a su Padre, al terrible Astreo Celeste! El hombre fue a esconderse tras la puerta más cercana y acabó encerrándose en el despacho de Pushkin; se sentó en la silla, trasteó un poco con el equipo radiofónico del Tabernero, y pronto descubrió que éste se escondía debajo del escritorio.
–¿Qué hace allí abajo?
–Niños... –dijo Pushkin con voz temblorosa.
–Le entiendo muy bien.

2 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

Que triste la manera de Rosa al pensarse como un títere al que mueven a su antojo.

Hace mucho que quería preguntar si Rosa y Azul eran hermanos, pero consideré mejor esperar. Se puede adivinar como se desenvolverá la trama, más no como será escrita.

Te ha quedado de maravilla todo.

Galileo Campanella dijo...

¡Muchas gracias, Rina!