20 de diciembre de 2011

Capítulo XXXI (octava parte)


Lollipop, de Mika
Al otro extremo del campo de batalla, Hansel y Gretel acababan de subirse sobre el coche de Astreo (causando una gran abolladura en el techo) armados con sendos pasteles de cereza-bomba, y se burlaban impunemente del Príncipe con sus muecas más grotescas, mientras que Aurora repartía el resto de la provisión de explosivos entre sus compañeros. Iván cogió el megáfono que le trajo un Guardia Real y les habló así:
–¡Rendiros, criminales! ¿O es que acaso pretendéis derrotarme con un par de niños y unas cuantas tartas?
La frase no pudo ser más desafortunada, porque detrás del aerobarco, en otra de las transversales que salía de la plaza y conducía al puente que cruzaba el Río en dirección al Ensanche, apareció un pequeño ejército de niños y adolescentes, todos vestidos con el uniforme de la Academia Grimmoire y comandados por la mismísima Rosa Grimm. A su lado, Canella, Cindy, Sinclair, Vincent y Demian marchaban con paso firme, liderando una tropa de casi dos mil estudiantes. La noche anterior, bajo el campanario de la Torre de Propp, habían descubierto toda la verdad sobre la Astrología y el Príncipe, jurado vengar a Loa Lovett y Pippi Tottenlich, y acordado liberar a la autora de El Blues del Hada Azul. Rosa traía el último ejemplar inalterado –aunque sí estropeado– bajo el brazo. La guerra había comenzado.
Los Guardias Reales arremetieron contra los revolucionarios concentrados en el centro de la Plaza, y estos repelieron el ataque con pasteles que estallaban en una explosión de mermelada y hojaldre. No había suficientes tartas para todos los alumnos de Grimm, pero quienes no consiguieron hacerse con una bomba química de la Pastelera, ayudaron a frenar el avance de los Guardias con sus propias manos.
Protegidos en la retaguardia, Azul le explicó a Pushkin los fundamentos de la Astrología Defensiva (porque en su opinión, Bella no necesitaba ninguna técnica especial; ella sola había noqueado ya a cinco Guardias) cuando Rosa interrumpió la conversación para lanzarse al encuentro de su hermana. El Corsario soltó un gritito agudo y femenino al ver a Ricitos, así que la chica se apartó, se despidió de Azul sin decir palabra –con una gran sonrisa y los ojos llenos de lágrimas– y volvió a la arena de combate. Rosa había convencido a todo Grimm de participar en su liberación, y al ver que Azul estaba a salvo pensó que quizás habría sido en balde…, pero pronto se dio cuenta de que aún había mucho trabajo por hacer; que eran muchos los Guardias que amenazaban el éxito del rescate. No podía entretenerse martirizando a Pushkin, o llorando de alegría por un reencuentro que ya tendrían ocasión de celebrar. Debía regresar al campo de batalla y compensar a ambos por el daño que les había causado.
En la vanguardia, cuando vio que las tartas se acababan, Geppetto cerró los ojos y suspiró. Se ajustó las gafas sobre la nariz redonda y encarnada; se abotonó el chaleco, arremangó la camisa, y salió del aerobarco a través de la rampa, empujando el pesado carromato. Tras unos pequeños ajustes, el teatro ambulante estuvo listo para entrar en acción; el Titiritero sacó entonces un mando a distancia, y tras presionar una secuencia secreta de botones, válvulas e interruptores, el vehículo comenzó a chirriar y a soltar nubes de vapor que pronto lo envolvieron enteramente. La madera crujió, las juntas de metal chocaron unas contra otras, y el carro comenzó a transformarse para adoptar una forma humanoide. La gigantesca marioneta –que más bien parecía un estrafalario robot de pino– alzó los brazos y se golpeó el pecho con fuerza. Luego desenvainó una espada, también de madera, dispuesta a atacar a los Guardias que tenía cerca.
–¡Adelante, MegaPinocho! ¡Despierta a la vida y destruye a nuestros enemigos! –Geppetto rió de forma macabra, delirante… y también precipitada.
La actuación del androide fue breve; el lanzagranadas ya estaba preparado, y disparó sin previo aviso un proyectil desde la escalinata del Tribunal Supremo. Impactó justo en el corazón mecánico del Golem, que estalló en mil pedazos entre luces y fuegos artificiales. El Titiritero cayó de rodillas al suelo, con el mando aún entre los dedos, y clamó al cielo de forma que incluso a sus aliados pareció cómica.
–¡Noooooooo! Habéis matado a mi pequeño, ¡con lo que me costó fabricarlo!
La derrota del títere gigante no llegaba en buen momento: ya no quedaban provisiones, y los chicos de Grimm no eran rivales para los Guardias. Las Hadas se defendían como mejor sabían –a taconazos– y Bella comenzaba a quedarse sin fuerzas, a la vez que experimentaba un súbito cansancio que la hizo bostezar lánguidamente. Pushkin era el que mejor llevaba la lucha armada, pues blandía la espada sin filo de MegaPinocho y combatía bajo las indicaciones de Azul, quien le gritaba desde lo alto de la furgoneta el signo de su rival, y el lugar donde tenía que golpear para derrotarlo fácilmente. El Hada también le protegió poniéndole el casco de un Guardia Real caído en la cabeza, ya que siendo Aries (y un tanto supersticioso, después de todo) ese sería su punto débil.
Pero ningún hombre ha ganado él solo una guerra. Era el momento de que llegasen más refuerzos, si los había…, y tal parecía que algún astro favorable (o el propio Supremo Autor, incluso) estaba de parte del bando revolucionario.
La Cenicero, henchida de orgullo patrio, vio cómo su canto había conseguido invocar un ejército más al campo de batalla. La mujer entró al aerobarco a través de la escotilla, subió una escalera de caracol y llegó a la cubierta de un salto; desde allí hizo señas a la peculiar manada que llegaba del Casco Antiguo para que sus integrantes supieran dónde estaba el fortín aliado. Un coro de voces respondió a su llamada, y la balanza se inclinó de nuevo a favor de la coalición de alborotadores.
Samba de Janeiro, de Claudio Coccoluto
A la cabeza de la larga marcha estaban Paloma, Dodó, El Rata, Lagartija, Lobo, Alimaña y Garrapatas, y les seguían miles de huelguistas, Ilegales y antiguos residentes de la Travesía del Arcoíris; todos venían a liberar a Azulão después de ver las primeras imágenes de la manifestación por televisión, y de haber sido citados a participar en un discurso emitido días atrás por El Caldero de Oro FM, antes de desaparecer para siempre del espectro radiofónico.
La Cenicero también hizo señas de dónde se encontraban los Guardias, y sus compatriotas saltaron por encima de los coches aparcados para enfrentarse a ellos. Las autoridades no había sido entrenadas para defenderse de rivales expertos en el arte de la capoeira; esto es, capaces de atacarles con pies y manos, y de esquivar sus golpes con una facilidad pasmosa. El resto de manifestantes, que desconocían la técnica de aquel baile marcial, optaron por hacer lo mismo que los estudiantes de Grimm: valerse del mobiliario urbano o de las propias manos para neutralizar a la Guardia Real y obligarles a retroceder en el acto.
Rubí y Esmeralda dejaron de combatir y fueron a buscar a Azul, pues confiaban en la voluntad guerrera de la nueva tropa; era el momento de prepararse si querían dar allí el que, previsiblemente, sería el último concierto del Trío de Hadas. Astreo sustituyó a su hija mayor como General del frente revolucionario, y Aurora acompañó a las cantantes para retocarles el maquillaje en el camarote del aerobarco.
La Ceni, evidentemente fuera de forma después de trabajar durante años como Cuidadora de dos niños obesos, no podía seguir el ritmo de la capoeira de los demás Ilegales…, aunque se defendía bien con su método particular, consistente en cerrar puños y ojos, y lanzar golpes a diestra y siniestra. Así era como había conseguido sobrevivir a las temibles peleas con sus hermanastras, de manera que podía confiar ciegamente en su capacidad de ataque. Su destreza no sólo le mantuvo a salvo de los Guardias, sino que además le despejó el camino a Rosa y a Sinclair, quienes luchaban por una oportunidad para acercarse al bastión del Príncipe, en lo alto de la escalinata.
Entre tanto, las Tres Hadas –ya preparadas y perfectamente maquilladas– salieron a la cubierta del aerobarco micrófono en mano, y llamaron la atención tanto de los que batallaban activamente, como de los que permanecían escondidos o recuperaban fuerzas tras las barricadas. Sólo los combatientes en primera línea siguieron luchando; los rezagados hicieron de espectadores, aplaudiendo rabiosamente la entrada de las artistas.
¡Eh, chicas, mirad cuánta gente ha venido a vernos! –gritó Rubí, y el público enloqueció en respuesta–. ¡Qué alegría nos dais sólo con vuestra presencia! Incluso los que no estáis aquí por convicción, sino porque vuestro coche quedó atrapado en el atasco…, o porque sois de los que han intentando apresarnos –El Hada roja oteó a sus espectadores con ojos inquisidores y achinados, y la Guardia Real fue brevemente abucheada–. ¡Bienvenidos seáis todos a nuestra última actuación! Es poco probable que salgamos de ésta, pero me consuela saber que en vosotros vivirá el recuerdo de las Tres Hadas y de este día tan importante para nosotras. En especial para mi compañera Zafiro, el Hada Azul, que fue apresada por un delito que no cometió, y que hoy ha sido enjuiciada por atreverse a ser ella misma y alcanzar su sueño –Azul saludó al público y fue aclamada como heroína. Ella se sorprendió primero, se emocionó después, y no pudo más que lanzar besos a todos, gesticulando su muda gratitud.
Esmeralda habló a continuación, al darse cuenta de que sus compañeras eran incapaces de seguir el discurso, pues tenían sendos nudos en la garganta: “Querido público: heliopolitanos que estáis aquí para luchar por la libertad y la verdad, y en contra de la Astrología, la superstición y la corrupta Monarquía que gobierna el Reino y esta ciudad. Compañeros Ilegales, que habéis venido para reclamar vuestra dignidad durante tanto tiempo negada. Amigos de la libertad… Necesitamos vuestra ayuda para que nuestro sueño se haga realidad, así que prestad atención: quiero que todos los que creáis que somos Hadas, aplaudáis” –un bramido generalizado, seguido del sonido que uno supondría a un cataclismo, inundó la Plaza de los Neones en forma de aplausos. “¡Eso es, así! Ahora quiero que lo hagáis al ritmo de la música, si así lo sentís al escucharnos cantar. Porque para hacer auténtica magia sólo necesitamos amor y aplausos, y saber que nuestra vida tiene sentido porque hacemos más feliz la vuestra”.
“Esta canción va dedicada al Hada Azul y a todos los que lucháis por ella. Es su número favorito de nuestro repertorio, ¡así que batid bien esas palmas!”.

2 comentarios:

rina_ sunshine dijo...

Dios, ¡cuánto me emociono al leer discursos sobre la libertad! ^^

Quiero mucho a tu novela y espero que algún las editoriales ciegas ¬¬ se den cuenta de lo valiosa que es.

Galileo Campanella dijo...

La verdad es que los discursos fueron muy, muy divertidos de escribir.

Espero tener noticias pronto sobre la posible publicación de la novela. De hecho, esta misma semana...

¡Muchas gracias por tu apoyo, Rina!